TANATOS12

Capítulo 57

Me retiré y María se revolvió con rapidez, aunque algo aturdida, tocada, y se bajó de la cama. Comenzó a quitarse los pantalones y esbozó un “joder…” cuando vio el tremendo agujero y el manchón enorme y blanquísimo de semen que Roberto había vertido. Le pregunté entonces sobre cómo lo había roto.

—No sé… le metió la uña en la costura y no sé cómo coño hizo —respondió, aunque desprendiendo que no tenía demasiadas ganas de hablar.

—¿Pero cómo os dio por romperlo así? —pregunté, sabiendo que obviamente la idea había sido de él.

—No sé, Pablo. Mañana te lo cuento. Bueno, mañana no. En dos o tres horas.

No me pude resistir a preguntarle alguna cosa más, pero su idea era clara y era meterse en la cama. Me pareció ver tristeza…. O quizás lo confundía con cansancio.

Ella iba al cuarto de baño, cogía su camisa manchada y maltrecha, su pantalón agujereado… Parecía que había pasado un huracán por aquel dormitorio. Le pude ver el coño antes de que se pusiera su camisón marrón y se vio claramente que el huracán también había pasado por allí.

Yo tenía mil preguntas sobre aquella media hora en la que me había ausentado, pero sobre todo tenía dudas sobre cómo estaba ella.

Se metía en la cama y parecía bastante entera, pero tras, sobretodo, aquella despedida brutal de Roberto, destrozándole el culo, insultándola, vejándola así… parecía casi imposible de creer.

Me acosté. Y antes de disponerme a dormir la miré. Me pareció ver una lágrima.

No me atreví a dormir cerca de ella. No me atreví a abrazarla.

Nos dormimos.

Un grito. Un estruendo. Un golpe.

Me desperté.

Abrí los ojos. Entraba aire frio. La luz iluminaba aquella habitación de hotel de forma tenue, de sol aún bajo, de mañana.

Aquel grito seguía en mi cuerpo. Impactándome. Oprimiendo mi pecho. El grito había sido descorazonador. Como si te arrancaran el alma.

Miré hacia la ventana. La cortina ondeaba por el viento.

Miré a mi lado. María no estaba.

Me levanté en un segundo. Sabiendo que el terror era posible. Me desgarraba por dentro. Avancé hasta la ventana.

Mis piernas me fallaron. Me agarré a la cama. No veía bien. Conseguí alzarme hasta más o menos ponerme en pie. Me asomé a la ventana.

Miré hacia abajo. Desde aquel cuarto piso. Hacia el patio de luces. Lo vi:

Un cuerpo. Estampado contra el suelo. Unas piernas largas. Una melena extendida. Un camisón marrón.

Grité.

Vi sangre. En mis ojos. No veía nada. Un pitido en mis oídos. En mi cabeza. Gente asomándose a las ventanas. Las piernas desordenadas. La cabeza, boca abajo de María. Su cuerpo… aplastado.

Caí hacia atrás. No lo había podido soportar. Yo la había empujado. Llevaba un año empujándola.

Fingiendo siempre que podía con todo. No había podido más.

Veía todo rojo. Rojo oscuro. Como si me sangraran los párpados, las pestañas. Temblé. Como si sufriera un ataque. El dolor era inmenso. El impacto… el shock… Me desmayé.

Abrí los ojos otra vez. No sabía el tiempo que había pasado. La cortina seguía ondeando. Mis ojos estaban llenos de lágrimas. Me incorporé. Me asomé de nuevo. Allí estaba. Su frágil cuerpo. Su melena. Sus piernas. Sus delicados brazos… Su camisón marrón. Había algo de sangre.

Me moría. Me morí.

Había… lo que parecía ser personal sanitario a su alrededor.

Grité. Chillé en un alarido desgarrador.

Abrí los ojos. Había más luz. Escuchaba el sonido del agua caer de la ducha. Me senté en la cama. Me apoyé contra el cabecero.

El camisón marrón de María colgado de una silla. La ventana cerrada. La cortina quieta. Me dejé caer a un lado, como un niño. Se me saltaban las lágrimas.

Quería verla. Salí de la cama. Fui hacia la ducha. María salía de la bañera, envuelta en una toalla.

—Pablo es la una. Venga, dúchate, que son capaces de cobrarnos más.

La abracé.

—¿Te vienen los mimos, ahora? —dijo ella, en un reproche que en el fondo también era cariñoso, dejándose abrazar.

Entré en la ducha. Y allí maldije la terrible pesadilla. Nunca había soñado con aquella intensidad.

Después, mientras me vestía, hablaba con María sobre dónde comer, sobre cuando ir a la estación para coger el tren de vuelta y ella me sorprendía, de nuevo tan entera, y no parecía fingido.

Salimos del hotel y buscábamos algún restaurante. María vestía unos vaqueros ajustados, un jersey grueso, rosa, y una camisa a rayas por debajo. Guapísima. La María de los fines de semana. Tranquila, risueña, con gracia. No la asfixiante y erótica María del tren… ni la de la noche anterior.

Nos sentamos en una terraza. A aquellas horas del mediodía de aquel mes de abril se podía disfrutar del sol mejor que en verano. María se quitó las gafas de sol y me miró.

—¿Qué? —le dije.

—¿No vas a decir tu frase? —preguntó.

—¿Qué frase?

—Pues esa. La de siempre. La de… “¿Y ahora qué?”

Sonreí, pues su gesto, su tono, marcaban intimidad y reconciliación, si es que hubiera habido algún conflicto.

—Siempre me sorprende lo entera que estás, después de noches como la de ayer.

—¿Y qué quieres que haga? Que me pase tres días callada… en plan… yo que sé.

—No, no sé. Pero parece que me quedo más tocado yo que tú.

En ese momento su móvil se iluminó. Nos trajeron las bebidas. El camarero se retiró. Yo no veía quién la llamaba. Hasta que nos quedamos los dos solos otra vez y, mientras se llevaba el teléfono a la oreja, me dijo en voz baja:

—Es Roberto.

Me alteré y me incliné algo hacia adelante, como por acto reflejo. Me extrañaba que le cogiera el teléfono, como si tal cosa. Ella se recostaba un poco. Cruzaba sus piernas. Él hablaba y ella no decía nada. Yo estaba tan sorprendido como nervioso.

—¿Despedirte? —medio rio María—  En tres horas cogemos el tren —dijo seria, mirando su reloj— Se hizo un silencio, él hablaba. Ella me miraba. Tranquila. O desviaba la mirada hacia la gente que pasaba —Pues claro que trabajo mañana— dijo y yo sospeché una propuesta —¿Que si me podría coger el día? Pues sí… —dijo ella y yo me infarté.

El que hablaba entonces era él. Parecía claro lo que podría pasar. Y entonces ella dijo:

—Espera, espera, que tienes mucho rollo —y, mirándome, dirigiéndose a mí, me preguntó:

—¿Tú te puedes coger mañana el día?

—No creo —respondí casi sin pensar.

—Que mi novio no puede —dijo ella, al teléfono, rápidamente, y yo apenas podía digerir lo que sucedía— No, no, a mí… solo me follan con el delante —dijo ella, diciendo “follan” en tono más bajo, alegrándome de manera inmensa.

Roberto parecía hablar más y ella ya ponía cara de hastío, hasta que dijo:

—¿Tus calzoncillos? Pues no sé. Yo no los cogí, quedarían allí. Espera. ¿Los has cogido tú? —me preguntó.

—Sí, los he cogido yo.

—Eso, que los ha cogido él —le dijo a Roberto, el cual le dijo algo y ella respondió:

— Sí, sí… maricón sí… pero hoy duerme conmigo, y mañana, y mañana… Y tú… paja como mucho —dijo, de forma extraña y algo infantil, raro en ella.

Hablaron un poco más hasta que María le cortó de forma bastante drástica y colgó el teléfono.

Nos trajeron la comida. La miré sin que se diera cuenta. Su pelo precioso a un lado de su cara. Su jersey grueso que la hacía abrazable… Su jovialidad, su mirada que lo iluminaba todo… La amé con locura.

—¿Y ahora qué? —dije entonces, y ella me miró, en una sonrisa.

—Pues… ahora… Resulta que nos casamos en dos meses. Así que podríamos estar tranquilitos una temporada, ¿no crees?

—¿Una temporada? —pregunté recordando que ella había dicho que todo nuestro juego quedaría como una locura de novios, por lo que, tras la boda, quedaría sepultado.

—Sí.

No quise incidir, pero me pareció claro que entonces no cerraba la puerta a repetir, aunque fuera dentro de varios meses.

Acabamos de comer y nos fuimos a un parque, arrastrando las maletas, cerca de la estación. Allí nos acabamos tirando sobre la hierba y yo comencé a recordar todas las imágenes… de la noche… de los bares, de los pubs… de nuestra habitación de hotel. Lo de Marcos parecía que había sucedido en otra vida.

Me hacía muchas preguntas pero, de todas las que había sin responder, había una que era la más importante, y la acabé soltando:

—¿Llegaste a…? No sé si miedo es la palabra, pero…

María dudó un poco.

—No, miedo no. Pero es cierto que era demasiado bruto. Hizo cosas que no me gustaron. Que con el calentón te dejas ir… pero… Vamos…

—¿Vamos, qué?

—Pues que… hubo momentos en los que no estaba a gusto… Que sigues… porque estás un poco… en la vorágine, digamos. No sé, el muy idiota aprovechó bien que yo estaba como estaba.

—Ya… —respondí, sin saber muy bien qué decir.

—Que no hice nada que no hubiera querido hacer. Solo me faltaba. Que antes le parto cara —sonrió.

Nos quedamos un rato en silencio. Hasta que la siguiente duda en la escala necesitó resolverse:

—Oye, por cierto… mis… digamos… interactuaciones con él…

—Ya, Pablo, no te preocupes, ni hace falta que me lo aclares. Y no me hagas recordarlo —rio.

—¿El qué? —pregunté, sin estar del todo seguro de si nos referíamos a lo mismo.

—Pues eso. Que aunque hubieras hecho eso que estuviste a punto de hacer… No por eso… ibas a ser gay, vamos. Las cosas que hará la gente por ahí en situaciones… extremas, o lo que sea.

De golpe todo parecía encajar y recordé cuando ella le había dicho a Roberto que solo quedaría con él esa noche si iba conmigo. De golpe todo era perfecto. Sentía que yo ganaba. Que María ganaba. Y entonces Edu me vino a la cabeza. Edu perdía.

Edu había intentado arrancármela, pues, si él le escogía los amantes y ella no me quisiera delante cuando estuviera con esos escogidos, yo ya no pintaría nada. Podrían hacer el juego ellos dos. Y eso habría sido el punto de partida para alejarme de ella y que ella se acercase a él. Pero, finalmente, aquella noche habían quedado expuestas las reglas del juego y era María quién las había redactado: Edu podría ordenarle que se vistiera de tal o cual manera, o que se encontrara con tal o cual candidato, pero al final la última palabra la tenía ella, y, además, siempre conmigo delante. A Edu no le quedaban más que meras propuestas, con voz, pero sin voto, y para María y para mí nos quedaba todo lo demás.

Además, a pesar de la evidente brutalidad de Roberto, nada me hacía pensar que… en unos meses, María no quisiera repetir. Quizás habíamos encontrado a ese tercero que calmara a María de vez en cuando y que la apartara del juego peligroso con Edu, el cual era su jefe y estaba dentro de su entorno. Roberto, con sus defectos, resultaba ser una auténtico semental y estaba fuera de nuestro círculo.

Aquello no significaba que María no se sintiera atraída por Edu, lo cual era obvio. De hecho me parecía que le atraía más que Roberto, pero, ponderando, era notorio que ella era lo suficientemente lista para no caer, para no arriesgarse, teniendo a Roberto accesible.

En aquellos pensamientos estaba cuando mis recuerdos volvieron a la habitación de hotel y a toda aquella locura sexual.

—María…

—¿Qué?

—¿Me puedes explicar cómo hicisteis con los pantalones?

—Puf, ya te lo contaré. Anda. Me estaba quedando dormida.

—Solo eso… Yo os dejé… como de lado y a la vuelta me encuentro con…

—Ya, ya… si no te escapas al menos un rato no te quedas contento.

—Era para llevarte el café, que no tomaste, por cierto —Hablábamos más en broma que en serio.

—Ya… ya… Sigo sin entender esas escapadas. En fin. Pues… —dudó, haciendo memoria— después de eso… me… me levantó. Es verdad. Ahí se le fue de las manos. Yo creo que ve mucho porno. Porque me quiso follar de pie.

—Sí, sí… Eso ya lo había hecho antes…

—No, no. No los dos de pie. Como que me cogió en brazos, para follarme de pie. Y que al final sí que lo hizo así.

—¿Te cogió en brazos y te folló?

—Sí. Pero vamos. Poco tiempo. Créeme que no es muy cómodo, ni para él ni para  mí. Creo que estaba más al show de quedar bien que a otra cosa. Y bueno, eso. Acabamos en la cama. Le dije que me diera un respiro. Empezó entonces a curiosear. Vio el arnés… me preguntó cómo usábamos eso… y de golpe me lo veo agujereando el pantalón —dijo ella, suelta, alegre.

Yo la escuchaba encandilado, entendiendo que lo llevábamos mejor, que lo llevábamos bien, que quizás pudiéramos tener esa vida y ser felices. Que quizás pudiéramos tener las dos vidas. Entendiendo que María me había salvado al necesitarme presente cuando quisiera colmarse y al necesitarme, incluso sexualmente, en aquellos momentos de más calma y menos excitación.

—Qué pesado… —dijo entonces ella.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada, tengo un mensaje. Será Roberto, otra vez.

Yo miraba al cielo azul, y cómo las nubes se entrecruzaban y se movían a sorprendente velocidad, pues a ras de suelo apenas se notaba brisa.

—¡Pablo! ¿Qué coño es esto? —dijo ella, casi en un grito, enseñándome su móvil.

Infartado, me giré y vi su pantalla. En grande. Enorme. Su foto. La foto de María. Sentada, recostada contra el cabecero de una cama, con su camisa blanca abierta, con su pelo tapándole las tetas, con una de sus manos tapándose el coño, con la otra recogiéndose un pecho. Foto que me había enviado ella a mí, meses atrás. A María se le saltaban las lágrimas. Se ponía en pie. Era la foto que yo le había enviado a Edu. Edu se la acababa de enviar.

—Eres un hijo de puta…

Me dijo. Sin gritar. Negando con la cabeza… Con lágrimas ya brotándole de los ojos. Con una decepción enorme… Matándome…

FINAL Libro 3

Un comentario sobre “Jugando con fuego. Libro 3 (57)

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