RICHARD QUIROGA

Llegué a un establecimiento ganadero al norte del rio Daymán en Uruguay, me habían contactado para eliminar una plaga devoradora del ganado y hasta de varias personas, me contrataron para matar un chancho Jabalí muy especial.

Ni bien bajé de mi camioneta, me puse al tanto de la situación con el encargado del lugar, le pedí un caballo para iniciar cuanto antes la tarea con un recorrido por los posibles comederos del hambriento animal, tomé mi rifle y mi pistola.

  • Tenga cuidado señor, hoy hay luna llena.

Me dijo aquel peón de campo que ensillo mi caballo, muy serio mientras mordisqueaba un tabaco entre sus dientes.

  • Esas son historias del campo, amigo.

Le contesté de la manera más razonable.

  • Hay varios que me dijeron lo mismo y jamás volvieron

Me reí, de aquellas palabras y le dije

  • gracias, por la advertencia o chiste, pero prefiero confiar y creer en mi instinto y en mis adorables armas…
  • Ya veo…pero de nada le servirán si se topa con él, el patrón ni idea tiene y solo manda hombres al matadero.
  • Si usted lo dice…gracias por el caballo, me voy a hacer mi trabajo y no se preocupe, que sé muy bien lo que hago y como lo hago…no se deje llevar por las falsas apariencias, amigo.

Le dije al extraño hombre con desinterés y partí al galope por diez minutos rumbo al monte cerrado y oscuro, la noche ya se acercaba.

Ni bien me adentré, tuve que dejar el caballo atado a una rama, era muy grande para el tipo de terreno, caminé entonces unos cuantos metros y me envolvió una extraña sensación de que alguien me observaba desde algún lugar.

De pronto sentí un ruido, luego otro y justo frente a mí salió desprevenido un pequeño Jabalí, muy pequeño.

Levante el arma y cuando fui a disparar…un rayo de luz lo envolvió y sus ojos brillaron mirándome como congelado, entregado a la bala de la muerte, la luz de la luna llena había caído penetrando dentro del sombrío monte.

Esperé un instante apuntando al indefenso animal, cuando a mi espalda sentí un sonido de una fuerte respiración, cuando gire mi cabeza lo vi…al peón de la estancia, desnudo agazapado como un animal.

A unos tres metros de mí, comenzó a cambiar…  temblaba y gritaba de una manera desgarradora, mientras su cuerpo poco a poco se oscurecía por un largo pelo y su cabeza se hinchó desfigurándolo por completo.

Ante aquel horror, esperé tranquilo…

  • Se lo dije señor, le advertí como cazador que soy

Dijo aquella aberración con un tono chillante y maldito, iluminado por los rayos de luna llena que penetraban entre los árboles, lo vi con total claridad…un enorme chancho jabalí grisáceo como jamás yo había visto.

Cuando noté que clavó sus patas traseras en la tierra buscando ganar velocidad, yo ya lo tenía en mi mira y antes de lanzarse hacia mí, tenía tres balas incrustadas en su enorme cabeza.

Soy bueno en lo que hago, mientras el humo salía de mi cañón, el Jabalí quedó inmóvil y me dijo frenéticamente.

  • ¡Idiota!…las balas no me hacen nada, ¡ya verás!
  • ¿Ya verás?, ¡ya verás tú maldita bestia! cuando la plata llegue a tu sangre- 
  • ¡Plata!-

Fueron sus últimas horripilantes palabras, antes de que le estallara su cabeza por efecto de mis especiales balas con plata derretida, las que solía usar mi difunto abuelo, allí quedó tendida y temblando la bestia sin cabeza.

Cumplido con mi trabajo, recibí mi paga, cuando desmonté del caballo el cuerpo sin vida del peón, el encargado lo observó y cubrió con un poncho del mismo difunto y me despidió… yo solo me fui en mi camioneta rumbo al Paraguay, otro contrato reclamaba mis eficientes balas.

Fin…

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