Mª DEL CARMEN MÚRTULA

– Háblame hoy del futuro inmediato después del coronavirus. ¿qué me dices al respecto?

– Esta mirada al presente nos lleva a un futuro muy poco claro. La crisis del coronavirus va cuestionando nuestro estar en la historia. Nos sitúa ante unas relaciones humanas que hay que revisar y nos urge a mirar hacia la precariedad de la distribución de la economía global.

– Si, muchas cosas estamos aprendiendo en estos meses tan atípicos. La vida nos está enseñado a reconocer nuestra vulnerabilidad y dependencia. ¿Qué nos aconsejas?

– Ya ves, hemos de aprender a vivir valorando a las personas que nos cuidan, que nos proporcionan nuestras necesidades más básicas, a tantas y tantas que están dejando su vida al servicio de la salud de otros.  

– Es verdad, reconozco que nos estamos haciendo más sensibles ante el valor de los cuidados.

– Así es. Nuestro enfoque de cuidados pasa por reconocernos como personas interdependientes que necesitamos atendernos unas a otras ante el valor existencial de la Vida. Hoy por hoy todos compartimos los retos y el aprendizajeque nos está aportando esta experiencia de pandemia. Coincidimos en que nos va regalando la posibilidad de vivir con mucha más esperanza y confianza, siendo más solidarios y comprensivos

– Si, de golpe hemos tenido que adaptarnos a trabajar de otra manera, a sacar más partido a la tecnología, a considerar que no es lo mismo no tener trabajo cuando puedes contar con una compensación económica por el paro que cuando sabes que no lo habrá. A ser más sensible a las carencias de los otros. Pero dime, ¿cómo situarnos ante los que reclaman nuestra atención?

– Ahora es una buena ocasión para ofrecer la acogida, escucha, cercanía ante los que quizás en silencio nos requieren estar a su lado en estos momentos, dándonos la oportunidad de mostrar con amplitud ese tesoro de humanidad que llevamos dentro.

– ¿Cómo?

– Llamando a personas amigas que sabemos solas, haciendo vecindad con otros y otras; valorando a tantas personas que hacen fácil nuestro estar en estas circunstancias tan diferentes. Pienso en cada una de las personas que son cuidadas y que cuidan, en las que están haciendo procesos de duelo en soledad, en las que no salir a trabajar significa no cobrar, no poder llenar la nevera…  Este es un tiempo en el que sin duda estamos aprendiendo la importancia de cada persona en toda su dignidad. Unamos nuestra voz por los más vulnerables.

– ¿Podemos tener confianza en que la humanidad tiene dentro de sí un tesoro solidario que es capaz de emerger en estas circunstancias?

– Ese tesoro está ahí, en el interior de cada ser humano, sólo hace falta que, frene sus ansias de poder y poseer, sea más consciente de sus valores sociales que le lleva a desarrollar su dimensión de fraternidad universal.

-¿Podemos vivir el presente, creyendo que sacaremos de nuestro interior lo mejor de cada uno para mostrarnos honrados ante la auténtica justicia social?

– Ese es mi sueño. Ojalá seamos capaces de CREAR otra economía que impulse y favorezca los recursos para toda la humanidad y no sólo para el enriquecimiento de unos pocos, cuando sabemos que la abundancia mundial da para todos.

-Es verdad, “la nueva normalidad” después de la crisis del coronavirus, no puede ni debe ser la excusa para seguir manteniéndose ese desequilibrio económico y social hasta el punto de que aumente la superestructura de los desfavorecidos y sean unos pocos los que se lleven la mejor tajada.

– Exacto, va siendo hora de sentirnos obligadosa cambiar el foco, a cambiar la mirada para favorecer que el ser esté por encima del tener y el producir.

– Si, todos hemos de sabernos solidarios y colaborar para que los más perjudicados de esta crisis, que son siempre los últimos, sean de verdad los más favorecidos.

– Este es el mensaje que te dejo para reflexionar hoy: Para recuperar la auténtica libertad y para dejar actuar a Dios en nosotros, te invito a escuchar al Padre de todos que habla en nuestro interior y nos propone ayudarnos a sentirnos no sólo miembros de la misma especie sino hijas e hijos de una única familia. El experimentar que todos somos hermanos puede reforzar nuestra capacidad de crecer en solidaridad. El vivir en actitud de fraternidad nos puede impulsar a buscar el bien común de toda la humanidad, empezando por los más pobres y necesitados.

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