ISA HDEZ

Le gustaba contar fantasías que surgían sin esfuerzo en cuanto alguien se prestaba a escucharlo. A sus once años le complacía que el corrillo prestara atención en silencio y entonces su rico vocabulario brotaba con palabras justas y bien argumentadas, más propias de adultos que a su vez se quedaban embelesados al oír la quimera con respuestas contenidas si alguien añadía alguna observación. El cuento era inventado sobre la marcha sin tiempo ni para pensar, y se veía trepando hacia el planeta más pequeño del universo para esconderse del fantasma que lo perseguía con una pistola de agua y lo mojaba al son de la canción que le cantaba su madre cuando era pequeño y por ello identificaba la melodía. Siempre era la misma música, y corría dentro del planeta mientras llamaba a su mamá para que le dejara ropa seca antes de que se durmiera. El fantasma no le daba miedo, sino curiosidad por saber como se llamaba, pero el fantasma le respondió que no tenía nombre y que no se asustara, que era el protector de los niños y solo estaba para ayudarlo. El planeta estaba lleno de rocas de los colores del arcoiris, que brillaban con el sol. No había oscuridad y pensó en quedarse un tiempo, pero el fantasma lo perseguía y le insistía en regresar. Abandonó el lugar y al mirar para despedirse el planeta había desaparecido. Siempre lo recodaría y quedaría grabado en su memoria, lo podía repetir sin error cuantas veces quisiera. ©

Un comentario sobre “La invención

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