ALLTEUS

Capítulo octavo. Confidencias.

-Nena, ¿desde cuándo sabe tu hermana que hemos tenido prácticas sexuales “diferentes”?

Tumbados en la cama, leyendo a mi lado, baja el libro y me mira.

-¿Por qué me preguntas eso ahora?

-Por nada, por saberlo. Porque creo que lo sabe seguro ¿no?

Me mira condescendiente. Sonríe. Una vez más y, como miles de otras veces anteriores, me gana simplemente sonriendo.

-Lo sabe desde siempre.

-¿Desde siempre?

-Desde la primera vez, quiero decir- aclara.

-¿Desde la primera “primera”?

-Sí, desde la primera “primera”.

-Y Carlos… ¿lo sabe?- continúo interrogando.

-No lo sé. Con él no lo he hablado, sólo con mi hermana. Y no le he preguntado si se lo ha dicho a su marido- completa la explicación, avanzándose a mis preguntas-

La primera vez no fue un encuentro de parejas. La primera “primera” era algo diferente.

-Nena… ¿desde la primera “primera” con todo detalle?

Deja el libro en su regazo para afrontar una conversación que percibe ineludible por mi insistencia, de nuevo, en el tema. Suspira.

-¿Qué quieres decir “con todo detalle”?

-Pues eso, si le has explicado los pormenores de nuestros encuentros.

-Bueno, ya sabes, entre nosotras no ha habido nunca secretos.

No nunca ha habido secretos entre ellas, pero intento explicarle que una cosa es decir el qué y otra es describir minuciosamente las circunstancias, hechos, actos, palabras… en fin… todo.

-Depende. Unas veces sí y otras no.

-¿De qué depende?

-¿De qué va a depender?… del momento, de si hay tiempo o no, del estado de ánimo, qué sé yo… de muchas cosas.

Tengo ahora la confirmación de lo que ya sospechaba. Sin embargo, debo admitirlo, nunca había observado un cambio en la conducta de Loli. Ha sabido mantener la misma tónica de relación familiar, sin que haya experimentado -hasta los últimos encuentros “familiares”- ni mayor aproximación ni tampoco rechazo.

Diría, además, que ha mantenido nuestro secreto, el que le confiaba su hermana, ante su marido. Lo deduzco por la ausencia de variación en su forma de relacionarse con nosotros en estos años. No hubiera podido ocultarlo. No sólo por el carácter de Carlos, sino también por su condición masculina, que le hace mucho más transparente frente a los demás. Podrá cualquiera tacharme de sexista, misógino u otras lindezas -que algo de ello habrá, seguro-, pero en mi opinión la capacidad de disimulo de una mujer, su habilidad para esconder emociones y disfrazarlas con un manto de corrección social, en general, supera y desborda la de cualquier hombre.

-¿Has hablado con ella hoy?

-Sí, esta tarde.

-¿Cómo están? ¿Lo digieren bien?

-Ríe. Contesta de nuevo con otra pregunta.

-¿Te acuerdas de cómo vivimos nosotros la primera vez? Pues más o menos…

***​
Y tanto que me acuerdo. Es uno de esos recuerdos que no podré olvidar jamás. Han pasado seis años, pero aunque pasen cuarenta no podré olvidarlo.

Nuestra primera “primera” no fue un encuentro de parejas.

Fruto de una evolución de muchos meses, de un camino recorrido paso a paso, a veces desandando un trecho, otras apenas avanzando un poco, pero allí estábamos.

Aquella noche, aquel hombre, más joven que yo, bien formado, atractivo y agradable, estaba proporcionando a mi mujer un placer inmenso, arrancándole unos gemidos que hasta entonces sólo había arrancado yo, haciéndola estremecer para alcanzar varios orgasmos (era algo que también conmigo había experimentado, pero creo que no con tanta intensidad).

Sentí que me liberaba de una carga que había resultado insoportable hasta entonces. El placer de Rocío no era mi responsabilidad.

Aprendí, en aquella noche, que el placer no es un bien común, no se comparte. El placer propio es placer propio, nada más, y nadie puede ser responsable de provocarlo. Uno mismo, hombre o mujer, es destinatario de su placer, algo que nadie puede sentir por nadie. Es, en suma, el bien más íntimo existente. Como el dolor es el mal más íntimo existente.

Nada perdía, nada me quitaban, porque era algo que o no tenía antes o para tenerlo debía sacrificar mi propio bienestar y disfrute, hasta convertirlo en el sufrimiento de un corredor de maratón preocupado por llegar a la meta, que al final no puede sentir placer por el logro conquistado.

Habíamos preparado el momento con excitación e, incluso, algunas dudas, incertidumbre sobre nuestras propias reacciones, sobre nuestras propias emociones, porque la existencia del deseo la teníamos muy clara, la habíamos trabajado por mucho tiempo.

Era sólo sexo. Y aquel hombre se convertía de pronto en un instrumento del placer de mi hembra, sin otra trascendencia que ser agente de placer. Follaba y follaba bien. Ella estaba excitada y siendo satisfecha por aquella persona.

Mi objetivo -su satisfacción- estaba siendo conseguido sin que yo debiera poner el esfuerzo.

Con cada una de las sacudidas de aquel potente macho sobre el cuerpo de mi mujer, y con cada uno de los gemidos de placer que salían de su garganta, el mío se multiplicaba, con cada uno de sus varios orgasmos crecía la sensación de liviandad, de estar flotando en un magma cálido de sensaciones placenteras.

Desde el principio sentí más interés por como lo vivía Rocío que cualquier otro sentimiento. Cuando él se enfundó en un preservativo la verga, anuncio de la inminente penetración, mi atención se concentraba en que mi mujer estuviera cargada de deseo y pudiera recibir el mástil en su interior sin dificultades, cuando apretaba las caderas contra su vientre, clavándose muy profundo, mi deseo era que aquellos gemidos de hembra en pleno clímax se multiplicaran, se mantuvieran sin cesar todo el tiempo posible.

Cuando finalizaron las acometidas, cuando acabaron ambos saciados y él se retiró discretamente, mi hembra se acurrucó abrazada a mi cuerpo, jadeante todavía, y así permaneció mientras poco a poco su respiración se serenaba y adquiría profundidad.

Aquel muchacho viril, potente, atlético, semental de buena presencia y excelente rendimiento había sido poco más que un juguete, poco más que uno de aquellos consoladores con los que nos habíamos iniciado en los juegos sexuales en los últimos tiempos, un instrumento de placer al servicio de nuestro amor, un multiplicador del deseo y de su saciedad, una extensión de mi propio cuerpo para suplirme en hazañas que yo a solas no podía completar.

Y sí… claro que recuerdo lo que pasó después.

Vivimos ambos unos días en los que podía dudarse de nuestro equilibrio mental.

Apenas nos daba tiempo a otra cosa que a follar.

No había despuntado el día siguiente y ya estábamos de nuevo enganchados, Rocío y yo, locos de deseo, follando sin control. Y antes de comer. Y después.

Los niños estaban por casa, pero nos encerrábamos en la habitación sin importarnos otra cosa que nuestro deseo enloquecido.

Buscábamos cualquier momento, cualquier rincón, y un solo roce nos empujaba a una actividad sexual desaforada.

Durante la semana nos escribíamos notas, mensajes por el teléfono, nos enviábamos fotos nada sutiles de nuestros sexos desde el trabajo, Rocío andaba sin bragas por todas partes, algo en ella que era imposible unos días antes… pasábamos las noches casi en blanco, hasta caer rendidos de tanto sexo, pero eso no evitaba que en las tardes, o en las mañanas si era festivo, volviéramos a follarnos con desespero.

En el colmo de aquel fragor sexual llegó a presentarse un mediodía en el despacho, vestida sólo con un abrigo, liguero, zapatos de altísimo tacón y medias, desnuda en todo su interior, para follarme sobre la mesa de reuniones mientras todo el personal disfrutaba de la pausa para la comida.

Había puesto un pretexto en su trabajo, corrido a casa para vestirse de mujer desnuda, atravesado toda la ciudad desde nuestra casa al despacho, caminando, alimentado el morbo en cada paso, aumentado su propio deseo en el roce de sus muslos desnudos sobre las medias, había llamado al timbre con las pulsaciones de su corazón disparadas, saludado a la recepcionista que en pocos minutos salía a almorzar dejándonos solos… para simplemente dejar caer el abrigo en medio de la sala de juntas, tumbarse sobre la mesa y proclamar que necesitaba ser follada de inmediato, abriendo con sus dedos la raja para ofrecerme el sexo abierto, como fruta sobre el altar, en un ritual pagano y obsceno, sin pronunciar una palabra.

Hacía tiempo que habíamos incluido en nuestra sexualidad algunos juguetes. Un par de sexos masculinos de proporciones prudentes, uno realista, simulando en silicona un pene real; otro con pilas y movimiento vibratorio, con una especie de rodillos de bolas en el interior rotando contra la parte exterior flexible del aparato.

Les habíamos asignado nombres. Pepe y Luís. Así, en nuestros juegos, habíamos invitado a supuestos y fantasiosos terceros, inicio de lo que después desembocó en aquel otro chico real.

En aquellos días el juego varió. Perdieron sus nombres y, por iniciativa mía, adquirieron el de personas reales de nuestro entorno. Le pedía que se follara, en ellos y conmigo, a quien hubiera deseado follarse.

En medio de nuestra excitación pasaron por nuestro juego de fantasías un auténtico regimiento de personajes. Casi todo el profesorado masculino de su escuela -en realidad poquitos en ese colegio femenino segregado-, algunos amigos de toda la vida, compañeros míos del despacho, el consejero espiritual de la congregación religiosa que regía el colegio, familiares -no, Carlos no estuvo, pero algunos primos míos y de ella sí estuvieron-, padres de la asociación del colegio de nuestros hijos, personajes locales de cierto nombre… Cada uno de ellos representado por uno cualquiera de los dos juguetes le proporcionó, en nuestra loca ficción, uno o varios orgasmos memorables, en comandita conmigo, instigador del juego y endiablado estimulador de aquella enajenación en la que ambos habíamos caído.

Ella correspondía ofreciéndome la misma ficción. Me follé, en ella y con ese juego, a un buen puñado de mujeres de toda condición, edad y apariencia.

Incluida la bruja madre, algo que no sé por qué -o tal vez sí- a ella la ponía muy perra, llevándola con facilidad a un orgasmo.

Incluida su hermana.

Nos duró un par de meses.

Sin duda nos volvimos locos.

Una hermosa locura.

***​
– ¡Y tanto que me acuerdo! ¿así que están follando como locos desde que rompieron tabúes? ¿sí? ¡Cuenta, cuenta! ¡Cuéntame a mí también “con todo detalle”!

-¡Te pone eso, eh! ¡Quieres saber mucho!

Entre risas y juegos me contaba.

-Apenas pudieron llegar a casa, me ha dicho. Nada más entrar se liaron y en el mismo recibidor estuvieron otra vez dándole al asunto. Se han pasado la noche follando, y hoy han estado varias veces enganchados.

-Parece que lo han vivido bien, entonces ¿no?

-Eso parece.

No acaba de darlo por definitivo, aunque pinta bien. Es el carácter de mi mujer, prudente y paciente.

-¿Y tú? ¿Cómo lo viviste? Porque no es de cada día eso de acostarse con el marido de una hermana…

-Ni tampoco lo de acostarse con la hermana de tu mujer- responde.

-Cierto- convengo, pero insisto en la pregunta- ¿Cómo lo viviste?

Habla con serenidad y explica con su voz de maestra de escuela algo que parece muy pensado.

-Bien… era lo que queríamos. Sabíamos que iba a pasar o al menos que lo intentaríamos ¿no? Lo teníamos hablado. Con mi hermana también lo había hablado. Ella estaba muy inquieta, pero decidida. Han tenido varios meses para madurar su decisión, para seguir o dejarlo en el juego loco de una noche especial en la que habíamos bebido demasiado. Cuando lo preparamos lo estuvimos comentando mucho, y tanto ella como Carlos querían también que pasara. Me decía Loli que a veces veía a Carlos algo inseguro, pero que más por su carácter que por otra cosa, porque al hablarlo acababan siempre muy excitados los dos. Fue bonito. A mí me gustó. ¿Y a ti?

-A mí también me gustó, Rocío. A mí también.

Estamos en uno de esos momentos de confidencias en pareja, de conversación serena, pausada, sincera. Podemos hablar de todo cuando alcanzamos ese clima de intimidad compartida, revelarnos sentimientos, preocupaciones, angustias, deseos… y que nada de eso adquiera tintes trágicos… ni dramáticos… ni cómicos.

Lanzo la pregunta. Aún a sabiendas de que con toda seguridad contestará con otra.

-¿Repetiremos?

-¿Tú quieres?

-Sí -me sincero al contestarle- pero creo que debemos dejar que fluya con naturalidad, sin agobios ni precipitaciones. Ellos deben vivir ahora ese proceso que parece que ya viven de reencuentro de pasión loca entre los dos. Ya sabes… al final estar con otros es un estímulo para las relaciones de pareja… al menos así ha sido para nosotros ¿no?

-Tienes razón… dejemos que sea lo que deba ser…

-Rocío…

-¡Qué?

-Anoche no perdiste del todo el oremus…

-¿Por qué lo dices?

-Ya sabes por qué.

No eludió la respuesta. Con voz clara y suave, sus respuestas son precisas.

-Es mi hermana. La quiero mucho. Y no me pareció bien. No lo necesitaba y me sentía algo incómoda. Era muy fuerte, tal vez. No me apetecía y a lo mejor hoy lo hubiéramos vivido todos diferente. No sé… Me salió así… Los tabúes existen, y el incesto es uno de los más elementales ¿no?

Es inteligencia emocional lo suyo. No lo hace desde el análisis completo de las situaciones, es más intuición, aplicación natural de sus emociones en cada momento, una habilidad que siempre ha tenido y que guía, con bastante acierto, la mayoría de sus decisiones. Pese a ello, insisto.

-Me pareció que ella tenía curiosidad al menos.

-No sé, pero alguien debía mantener un poco de sensatez, porque no es el fin del mundo y la vida sigue. Prefiero que no haya pasado. Más vale que de la experiencia quede un deseo no satisfecho que un arrepentimiento irremediable ¿no?. Ella (eso lo sé bien) no ha estado nunca así con otra mujer… no sé si precisamente la primera ha de ser tan fuerte…

-¿Pero pasará?

– No lo creo, es improbable.

Para suavizar la dureza de la respuesta y al mismo tiempo dejar una puerta abierta, decido contestar con una mezcla de evidencias empíricas y un apunte de humor.

-También era improbable, y mucho, que tú estuvieras con otra mujer –le digo y, tras una pequeña pausa, añado- … o con otro hombre y tu marido juntos…

Sin dar tiempo a contestar, completo la boutade.

-O que hubiera cocodrilos en el Pisuerga… y ¡mira! ¡los hay!

No me contesta. Se ríe y me dice insinuante.

-¡Pervertido! ¡Seguro que se te ha puesto tiesa hablando de eso! ¡Déjame ver!

Metiéndose entre las sábanas, juega con sus manos a cosquillearme y agarrarme con fuerza las bolas y el tronco, comprobando que, efectivamente, estoy trempado como un palo al recordar aquel breve momento en que la mano de su hermana palpó uno de sus preciosos pechos.

Los dos sabemos cómo va a acabar… busco sus pezones con la boca, intentando empacharme de sensaciones, mientras ella, juguetona, busca con un dedito acariciador mi entrada trasera.

Un comentario sobre “Dos hermanas (8)

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