SILVIA ZALER

Las Guarris

Fuera del círculo de amistades, digamos tradicional, tengo un grupo de cuatro amigas cómplices a las que conocí en fiestas, un club de intercambios al que fui una vez con un amigo haciéndome pasar por su mujer, y aplicaciones de ligar. Y sí, son parecidas a mí. Pero cada una de ellas con sus propias características.

Marta no está casada y los novios que ha ido teniendo, no han sospechado que gime de placer con otros. Es la más cañera de nosotras y quizá, la que más se expone. Es muy de aquí te pillo, aquí te mato. Divertida, sexual y muy directa. Morena, más bien bajita, de ojos muy oscuros y vivarachos, torneada sin llegar a tener un gran tipo, pero con curvas sensuales que suelen gustar a los hombres. Está muy dura porque se curte y machaca en el gimnasio, además de salir a correr en un grupo de estos de running tan de moda ahora. Muy deportista, muy orientada a la vida sana, pero también viciosa como la que más y dispuesta a casi todo.

A mí, me encanta y me río mucho con ella. Es bióloga y trabaja en un laboratorio. Sé que se aburre como una ostra, que su sueldo no es una maravilla, pero está cómoda, y como ella dice, hay que llegar a fin de mes. Los sábados y domingos se libera y desata esa fiera sexual que lleva encima. La conocí a través de una web de citas a la que yo me había apuntado para quedar con hombres. Coincidimos en una fiesta en la que nos gustaba el mismo tipo. Para no discutir, nos lo tiramos ambas. A partir de ahí, inseparables.

  Gabriela está casada, como yo. Tiene dos hijas. Esta sí es amiga cercana. No del círculo más íntimo de mi marido y mío, pero más que una simple conocida. Nos conocimos estudiando la carrera y yo siempre supe que le gusta el sexo como a mí. Lo que pasa es que, ya antes, y ahora, se intenta controlar. Yo soy la que le empujo a follar fuera de su cama. Suele tener remordimientos, aunque cuando hablamos en confidencias, sé que le brillan los ojos cuando recuerda alguna polla determinada.

 Su marido, un respetable abogado, como es natural, no sabe tampoco nada de su vida golfa. Aunque tengo que admitir que es la menos promiscua de las cuatro. Como digo,  se reprime, porque le gusta una polla tanto como a mí. Se lo hace con alguno de forma puntual, sin entrar a mayores, ni a quedar más de un día. Es una regla que se ha autoimpuesto para no tener problemas en su matrimonio. Tiene una cara angelical, de niña buena, rubia de pelo largo hasta la mitad de la espalda, delgada y sinuosa, no es totalmente consciente de lo que despierta en los hombres. Tiene unos ojos grandes, entre azul y grises, pestañas largas, boca grande y labios gruesos. Se mueve como una gata, y sé que no lo hace adrede, le sale natural.

Es llamativa, más que guapa, y viste muy bien, siempre con ropa cara y a la última. No trabaja, aunque estudió Derecho, y se dedica a sus dos hijas pequeñas. Pinta, va al gimnasio, juega al pádel, acude a cenas benéficas, exposiciones de pintura de arte contemporáneo y presentaciones con su marido. Si no está él, porque viaja bastante, nos llama y acudimos. Y si surge, follamos.

No sufre una pizca de estrés, ni de ningún tipo de agobio, por lo que está estupenda. Alta, algo más que yo, estilizada, pechos también operados, piel tersa, suave y siempre morena, de buena conversación, culta y seria. Pero no todo es color de rosa: lo que la mata es que no sabe reírse de la vida o de ella misma. Es muy analítica, tiene miedos y su conciencia la muerde un poco, cayendo en la melancolía y el estado de culpa de vez en cuando. No entiende que la vida hay que tomarla con alegría, como hace Marta, por ejemplo. O como yo, que si pudiera, me follaría todo hombre atractivo que viera por la calle

Está a la última de todo y vive sin mayores preocupaciones, salvo los remordimientos que la entran al día siguiente de haberse tirado a uno. Pero al final, siempre termina por volver a caer de nuevo. Y es que el sexo sin ataduras, queridas, es muy adictivo. De verdad. Yo la conozco desde la facultad. Estudiamos lo mismo, y aunque en ese momento no pasábamos de ser conocidas, nos caímos bien. Por esos extraños vericuetos que la vida nos pone, hemos terminado viviendo cerca, en La Moraleja. Yo en un chalet, ella en un ático dúplex. En el caso de Gabriela, su marido gana un pastón. En el mío, tenemos dos buenos sueldos. El de mi marido es muy alto y la empresa es suya además.

Y luego está Menchu. Divorciada, loca del coño y tras un divorcio complicado hace seis años, decidió que no iba a dejar pasar un día sin disfrutar. Como Marta, enlaza novios, amantes, follamigos o como se quieran llamar. Le duran menos que a nuestra pequeña bióloga vigoréxica.

Menchu es sarcástica, con un humor tirando a negro, cáustico y a veces hiriente. Lo pasó mal con su divorcio y quizá, por eso, no puede evitar ser así. Su marido era, o es, un gilipollas. Un cretino rico de familia bien, muy pagado de sí mismo y más hablador que trabajador. Tiene la vida resuelta, y la de las tres generaciones siguientes.

Menchu se enteró de que estaba con otra, una modelo delgada y lánguida que aún sigue con él. Entendemos que por el dinero, porque Agustín es fofisano tirando a regordete, escaso pelo, no muy alto y tampoco de fácil trato. Y según dice Menchu, en la cama, normalito. Sobre todo, después de lo que ha ido probando. Cuestión que, además, aprovecha para ponerlo a parir en cuanto sale el tema a relucir. Pero vamos, que el hombre suple esas carencias con una tarjeta de crédito a rebosar. Y no nos viene mal, porque Menchu, en venganza, se aprovecha de ello y le saca lo que quiere. Tiene dos hijos, ambos en edad universitaria y estudian en Estados Unidos. Con lo que ella tiene, no solo un casoplón en la Moraleja a su disposición, sino la total libertad para disfrutarlo. Y para sus correrías, que últimamente son muchas.

Es la mayor de todas nosotras. Gabriela y yo somos de la misma edad, treinta y ocho, bueno, ella unos meses menos. Marta tiene treinta y seis y Menchu creo, no lo sé bien, cuarenta y cinco.

Lleva mucho quirófano encima, porque tiene casi todo operado, retocado o mejorado. Aunque se lo ha hecho bien, sin que resalte ni sea excesivo. De hecho, fue la que nos aconsejó a Gabriela y a mí el cirujano que nos operó los pechos a ambas. Aparenta menos edad de la que tiene, no ya por los retoques estéticos, que también, sino porque se deja aconsejar por Gabriela y viste elegantemente, pero de manera joven e informal. Y también se cuida. Come poco, nada de grasa, hace ejercicio… En fin, que como Marta dice, tiene mucho pescado aún por vender, y hay que cuidar el escaparate.

Y todas follamos el máximo que podemos. Bueno, salvo Gabriela, que es la más discreta y a la que más cuesta, pero yo la he visto, y sé cuándo una mujer disfruta con el sexo. Y ella, lo hace.

Por si alguien se está preguntando si mi conducta sexual, o la de mis amigas, está provocada por algo del pasado o presente, se equivoca. No hemos tenido traumas de pequeñas, ni nadie nos ha pegado o han abusado en determinado momento de nosotras. Ni padres, ni tíos, ni maridos o novios o amantes. No, sencillamente, no existe nada que me impulse a follar todo lo que podemos. Nos gusta mucho, y eso es todo. Y quizá que nuestra moral es flexible, distraída, egoísta o amoldable. Elegid la que más os guste…

Únicamente, salvo el tema del divorcio de Menchu, nada nos empuja a ser como somos. Y yo, queridas, lo pongo en tela de juicio. Ella dice que nunca le fue infiel a Agustín. Pero yo he visto cómo funciona en la cama, y a mí no me puede negar que experiencia tiene. A Menchu me la presentó Marta un día que quedamos a comer y para hablar de la última juerga con dos casados treintañeros que nos habíamos metido el fin de semana anterior. Se presentó con ella y me reí mucho con sus locuras. Yo, si tuviera que apostar, me jugaría el sueldo de un mes a que Menchu ha revuelto durante su matrimonio, bastantes más sábanas de las que dice. Pero bueno, eso ni nos preocupa ni tiene la más mínima importancia.

Todas, Marta menos, somos de clase alta, con buenos ingresos, ya sea por sueldos o pensiones, con lo que no tenemos problemas para vivir a nuestro ritmo. Salvo Menchu, que estudió hostelería y cocina en Suiza, todas hemos cursado carreras universitarias en España. En mi caso, soy licenciada en Derecho y hablo dos idiomas. Cosa que me ha venido muy bien para follar en el extranjero. Soy más culta e inteligente que la media. Trabajo en una gran editorial y me dedico a gestionar los derechos de autor, incluso para las series de televisión. Y aunque parezca lo contrario, soy bastante buena en lo mío. Tanto, o más, que en la cama. Mis jefes no tienen queja ninguna, cumplo los objetivos y soy competitiva y tenaz. Como cuando me empeño en acostarme con alguien.

En definitiva, y para terminar con esta presentación, hacemos esto porque nos gusta, nos apetece y no tenemos ni complejos, ni ataduras ni apenas límites. Ni tampoco el más mínimo remordimiento, o para ser sincera, muy pocos. Solo Gabriela, la pobre.

Si nos pusiéramos a contar los cuernos que entre todas hemos puesto, la lista sería interminable. A lo tonto, Gabriela en el último año lleva tres chicos nuevos que se ha pasado por la cama. Yo, el doble, sin contar los amantes fijos, que alguno tengo, claro. Menchu, ni se sabe, porque no para de follar. Aunque quizás a lo de ella, no se le puede llamar cuernos, salvo que pensemos que un sesentón francés con el que se ve en Mallorca, podamos llamarlo pareja. Y Marta, pues diría que por un estilo a mí. También tiene a un par de fijos con los que se desfoga habitualmente. Y los cuernos que pone son continuados, porque chico que tiene, chico al que le cornea sin problema ninguno. Sus novios, como mi marido o el de Gabriela, ni se imaginan lo que tienen en casa. Y el ex de Menchu, menos. Se piensa que sigue siendo una estrecha, como he oído que la ha calificado en un par de ocasiones. Casi dan un poquito de pena…

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