ROSA LIÑARES

Durante años nos encontramos a escondidas bajo el roble que había cerca del arroyo, al final de los terrenos de don Bernardo. Allí nos contamos nuestros secretos, nos hicimos casi adultos, e incluso llegamos a descubrir nuestros cuerpos.
Tu mayor sueño era convertirte en actor, pero el mero hecho de mencionarlo en tu casa era motivo de discusión. Tu padre no entendía ese interés tuyo por el mundo de la farándula, como él lo llamaba. Creía que tu sitio estaba allí, en el pueblo, ayudándole a cuidar el ganado y los campos. Nada más lejos de tu intención. Tú no habías nacido para aquello. Tu mundo era otro. Más bien otros, porque lo que querías era, precisamente, disfrutar de otros mundos. Cuanto más variados, mejor.
Bajo el roble yo disfrutaba de un pase VIP en el que me deleitabas con tus maravillosas actuaciones. Te inventabas personajes y te metías en la piel de algún rudo hombre del oeste, como en tus películas favoritas. Cuánto talento por descubrir, pensaba yo, mientras disfrutaba de tu actuación. Lo mismo te convertías en un sheriff corrupto que en un cazarrecompensas. A veces me hacías pasar por una bella mujer a la que tenías que rescatar y cuando lo hacías me besabas con tanta pasión que yo casi no era capaz de discernir si era realidad o ficción.
El día de tu decimoctavo cumpleaños, te regalé un sombrero de cowboy. En realidad, lo había comprado en una tienda de disfraces, pero te hice creer que lo había conseguido en internet y que había sido utilizado en el rodaje de una película del oeste en Hollywood. Una mentira piadosa que creíste a pies juntillas (o eso me hiciste creer, porque fingir sabías muy bien). Desde aquel día no te lo quitaste de encima. Eras un hombre a un sombrero pegado. Incluso tus actuaciones adquirieron más fuerza, si eso era posible. Eras grande ya. Y yo lo sabía.
Aquel año, una tarde de finales de agosto, tumbados bajo el roble, después de habernos bañado en el río y de haber jugueteado con el roce de nuestras pieles, me confesaste tu intención de marcharte. Con la cabeza oculta bajo tu sombrero, mientras dabas vueltas a una manzana antes de trocearla con la navaja suiza que siempre llevabas en el bolsillo, lo soltaste.
-Mañana me voy.
-¿A dónde? – pregunté, sorprendida.
-A Madrid. Lo he decidido.
A mediodía habías tenido una de las discusiones más fuertes con tu padre por el motivo de siempre y había sido la gota que colmó el vaso. Te marchabas a cumplir tu sueño, costase lo que costase, aunque dejases algunos muertos por el camino. Aquel resultó ser
el día de nuestra despedida, sin darme tiempo a asimilarlo. Sin promesas vacías ni fecha para un reencuentro. Me pediste que te acompañase, pero sabiendo perfectamente que yo no podía hacerlo.
Y te fuiste, cual ave migratoria escapando del invierno. Mantuvimos el contacto durante un tiempo. Hablábamos casi a diario y me ibas contando tu vida en la capital. Como tantos otros, trabajabas en lo que podías, para poder acudir a tus clases de interpretación. Estabas cansado, pero feliz. Cada vez tenías menos tiempo y nuestras charlas se fueron espaciando hasta casi llegar a ser inexistentes. Y nos fuimos distanciando. Fue algo paulatino, casi imperceptible, como el paso del verano al otoño, que poco a poco va dejando entrar el frío en nuestros cuerpos.
Un par de años después fui yo la que se marchó. Con otro fin, pero también a Madrid. Por aquel entonces ya hacía unos meses que no sabíamos nada el uno del otro. Eso no quería decir que no me acordase de ti o no te echase de menos. Simplemente, la vida se había puesto en medio.
Una tarde, al salir de casa para ir a correr como cada día al salir del trabajo, te vi. Allí delante estabas, con el sombrero de cowboy y cortando una manzana como aquel último día. En un primer instante, no reaccioné, pero después de ver tu sonrisa, me abalancé sobre ti y te abracé con todas mis fuerzas, a riesgo de clavarme la navaja suiza que portabas todavía en la mano y casi no te dio tiempo a apartar.
Subimos a mi apartamento y nos pusimos al día. Lloramos, reímos, hicimos el amor… Habías conseguido tu sueño. Precisamente aquella mañana habías firmado tu primer contrato como actor, con un pequeño papel en una estupenda película. Todavía no se lo habías dicho a tus padres, pero cuando firmaste aquel pequeño triunfo, pensaste que sólo había alguien en el mundo con quien querías compartirlo. Y era yo.
Rememoramos aquella tarde bajo el roble y nos reímos cuando te confesé que bajo el árbol me recordaste a Newton. Aunque aquella manzana no te había ayudado a descubrir la ley de la gravedad, pero te había mostrado la fuerza de tu pasión, que estaba dentro de ti y tenía que salir. Esa era tu ley. La ley de los sueños por cumplir.
A día de hoy, tu sombrero está colgado en la entrada de nuestra casa y tú sigues comiendo manzanas.
http://www.lallavedelaspalabras.wordpress.com

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