SUSPHYRIA

Efervescencia, agitación o excitación grande …

Supongo que todo el mundo sabe que agotador es trabajar, y más aún cuando es un trabajo que implica escuchar a clientes que te gritan durante media hora por un problema o por falta de entendimiento, claro está, pero bueno, la cosa es que acabas tan agotado que te acabas arrastrando hacia tu casa.

La suerte que tengo es que vivo sola. Logré independizarme en un arrebato de ira, y ahora disfruto de mi libertad como un niño al que le dan una gigantesca piruleta, sabiendo que eso provoca caries, aun así, está feliz, y en mi caso no son caries, sino gastos.

Tenía el apartamento de mis sueños, con gigantescos ventanales que daban a la inmortal vista de la ciudad que nunca duerme, NEW YORK, oh sí, era un sueño hecho realidad. Unos de los pocos caprichos que mi querido trabajo me permitía. Además de los gigantescos ventanales, tenía una bañera vintage de mármol en medio del cuarto de ducha, que era mi pequeño rincón en el inmenso paraíso infernal de esta ciudad.

Llegué después de 8 horas de largo y tedioso trabajo, tire mis preciados tacones Louboutin negros en el rincón más cercano, me baje la cremallera de la apretada falda de tubo de Armani, mientras iba encaminada hacia mi minibar, otro de mis pequeños caprichos, y descorche una fresca botella de Cabernet.

Adoro este vino, creo que es el vino que más me identifica como mujer, dulce al principio, delicioso, pero muy peligroso si se bebe demasiado.

Aspiré el aroma francés, y me eché en una copa un poco, lo agité ligeramente, una táctica que me han enseñado en un Congreso Vinícola, un italiano demasiado sexy y viril, que además de enseñarme la exquisitez de los vinos, me enseño la exquisitez de la masculinidad italiana. Dioses, sólo de pensarlo siento una agitación muy cerca de mi órgano que tantas puertas me ha abierto.

Dejé la copa sobre la repisa de mármol negra, mientras me deslizaba fuera de mi falda, de una patada un tanto elegante la eché a un lado y fui directa al cuarto de baño donde me esperaba mi más preciado tesoro, mi bañera. Solté el grifo de agua burbujeante, y me volví a por la copa de vino.

Un baño sin vino no es un baño sino un sacrilegio.

Me quité la blusa de algodón blanca, y acto seguido me desabroché el sujetador de encaje rojo, soltando mis pequeños, aunque llamativos pechos, saltaron disparados como si estuviesen oprimidos.
El agua salía deprisa, por lo que la estancia no tardó en verse envuelta en una capa de vapor. Bebí un sorbo de vino mientras miraba la ciudad, esa inmensa y misteriosa ciudad, después me giré y deslicé mis manos dentro de las bragas negras. No eran de encaje, esta mañana no tuve tiempo de buscar el conjunto entero, y las deslicé despacio, como si el solo roce de las bragas me provocara una pequeña sacudida.

Sonreí, y me metí en la bañera, a la que le eché aceite de lavanda, tenía todo el cuerpo adolorido y necesitaba calmarme.

El vapor ha subido mucho, toda la estancia se transformó en un campo de nubes, donde hacía calor y no paraba de sudar, podía ver como pequeñas gotas de sudor mezcladas con agua de lavanda se deslizaban por el valle de mis pechos, los cuales estaban puntiagudos.

Respiraba con dificultad, no sé si por la falta de aire, o porque el vino me subía más rápido de lo normal, pero me costaba respirar.

Levante la cabeza hacia arriba y suspire, un suspiro sensual, que hizo que bajara la cabeza de golpe hacia mis muslos. Estaban relucientes, al igual que el dorado montículo de rizos que asomaba despacio en la superficie del agua.

Me quedé mirándolo, como sin saber que hacer. Empecé a deslizar despacio mis dedos, primero bajando por el valle de mis pechos, siguiendo la ruta de las gotas de agua, trazando un pequeño círculo alrededor de cada pecho, tirando un poco de mis pezones puntiagudos, mientras suspiraba lentamente. Bajé con la otra mano hacia mi ombligo, acaricié la suave parte antes de dirigirme hacía donde me interesaba, hacía donde podía sentir el pálpito de una efervescencia que estaba a punto de estallar.

Decidí no depilarme mis rizos dorados, porque me parecía tan erótico, de vez en cuando los recortaba y les daba una forma, pero siempre los dejaba. Cuando deslicé mis pequeños dedos hacía ellos, pude sentir además del agua, un líquido burbujeante que se entrelazaba, mi propia esencia.

Con la ayuda de la otra mano, aparté suave y despacio las paredes espesas dejando al descubierto mi pequeño gran problema.

Sentí de golpe el agua hirviendo ahí, lo cual me azotó con una ola de placer increíble.

Decidí no torturarme más, con una mano mantenía la puerta abierta, mientras que con la otra pellizcaba la elevación. Un suspiro sonoro salió de mis labios, sumándose a la ola de vapor.

Volví a pellizcarlo, pero esta vez metí un dedo dentro de mí, estaba fresco a pesar de la subida repentina del aire, y empecé a gemir, volví a meterme uno,
después dos, después tres, me estaba penetrando como si no hubiese un mañana.

Abrí las piernas lo máximo que pude, quería un mejor acceso, más profundo, me estaba penetrando como una posesa. Utilicé ambas manos, necesitaba alcanzar el clímax lo más rápido que podía. Con una movía el clítoris, lo torturaba, mientras con la otra me penetraba, estaba al punto de alcanzarlo, lo sentía porque estaba temblando, sentí como se comprimía mi vagina, Dios, faltaba muy poco….

– ¿Señorita Trance?

Como un rayo, estallé.

El orgasmo me golpeó tan fuerte que grité, grité y gemí, mientras vaciaba todo mi interior en aquella bañera de agua de lavanda.

-Señorita Trance, ¿me oye?

Abrí los ojos de golpe, y ante mi estaba mi jefe, mirándome con cara de pocos amigos.

-Señorita Trance, creo que me debe una explicación a este grito que acaba de soltar, por no decir que se ha dormido en su puesto de trabajo.

-Yo….

Un comentario sobre “Efervescencia

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