TANATOS12

Capítulo 56

Aquel mal pálpito con el que había salido de allí una media hora antes se multiplicaba por mil. El hecho de haberla dejado sola con aquel animal parecía confirmarse como un tremendo error.

El corazón se me salía del pecho.

Abrí la puerta.

Los gemidos ahogados, los jadeos asfixiados… me estremecían, me agobiaban. Cerré la puerta tras de mí.

Caminé. Infartado. Atemorizado. Angustiado por saber qué descubriría. Hasta que di los pasos necesarios para abandonar la pequeña entrada y llegar al dormitorio.

Lo que vi me sobrepasó.

No entendía ni a lo que estaba asistiendo. Los bufidos ahogados de María me dejaban sin aire. Caminé un poco más, me acerqué mejor hasta comprender la gravedad y la locura de lo que aquel bestia hacía con María.

Posé la bolsa con los cafés sobre el suelo, tragué saliva.

Vi a María, a cuatro patas, sobre la cama, siendo penetrada por Roberto, pero María llevaba sus pantalones de cuero puestos. Tardé en entender que éstos estaban agujereados por la zona justa y necesaria para ser penetrada. María mantenía las piernas muy juntas y entendí el porqué de sus gemidos ahogados, y es que de su boca colgaban los calzoncillos rosas de aquel animal. No había ningún amordazamiento, ni ninguna unilateralidad. Simplemente la imagen era salvaje, el polvo era salvaje… pero lo más brutal de todo era que, al ponerme tras ellos, al fijarme bien cómo Roberto la embestía desde atrás, estando él con las piernas flexionadas y las plantas de sus pies posadas sobre la cama… veía el coño de María libre… abierto… destrozado… por lo que el pollón oscuro de aquel gigante perforaba su otra cavidad. Le daba por el culo a María. Metiéndosela hasta el fondo. La enculaba, él sí completamente, ultrajando aquel culo, humillándola con sus calzoncillos en la boca y habiéndole agujereado a saber cómo sus pantalones de cuero.

No pude evitar quedar pasmado, hipnotizado, al ver cómo aquella polla entraba en su ano, constante, martilleante, implacable. Cómo los músculos de ambos se tensaban, cómo María se agarraba a las sábanas y ahogaba en gritos de dolor y placer sus quejidos en aquellos calzoncillos rosas.

Comencé a desplazarme, aturdido, rodeando la cama por un lado y por otro. Para ver aquella polla entrar allí, con aquella vehemencia, para ver sus tetas desnudas colgando y moviéndose adelante y atrás, y su cara ida. Y es que una vez me coloqué en frente y la miré, me di cuenta de que nunca la había visto así, con sus ojos casi en blanco, bufando, como en otro mundo. Yo no podía creer que se degradara así… pero ella parecía no verlo como una degradación sino como una bendición. Y, mientras yo seguía en shock, Roberto la sujetaba por la cadera y decía: “Joder… qué culo estrecho tiene tu novia…” “Por fin la noto bien…” “Por el coño no me enteraba de nada”. Y María me miró entonces, estando yo en un lateral con respecto a ellos, giró la cara y me miró, allí, enculada, solo vestida con aquellos pantalones de cuero agujereados, con los calzoncillos en la boca y con los ojos casi en blanco; le lloraban los ojos de placer, de gusto… por aquella polla partiéndola en dos y por aquella vejación máxima. Yo quería saber el origen de todo aquello, pero lo único que podía hacer era sentir.

Cuando me pude dar cuenta me había quitado los pantalones, los calzoncillos y los zapatos y me masturbaba viendo el regalo de despedida que Roberto le daba.

Aquel animal alargó después su mano, le sacó los calzoncillos de la boca y le dijo:

—Te los quito, pero no te pongas a gritar como antes. A ver si nos van a echar.

María cogió aire… miró hacia atrás, no preocupada por los decibelios de sus gritos, sino pidiendo consentimiento a su macho, pues bajó una de sus manos hacia su coño.

—Te quieres correr, eh… Te quieres correr con mi polla en el culo —dijo él y ella llevó su cara hacia adelante.

Sus palabras. Su expresión. Su mirada. El primer Roberto había vuelto. Y yo me preguntaba cuál habría sido el detonante.

—¿Le das mucho por el culo a ésta, eh, maricón? —me preguntó, sin saber que yo nunca jamás había hecho eso con ella, ni que Álvaro lo había intentado y no lo había conseguido del todo… Sin saber que él, en aquel preciso momento, le estaba desvirgando el culo a aquella pedazo de mujer.

—Vamos a hacerlo bien, eh… —dijo él, entonces, sacando del todo su polla… dejando aquel ano abierto… para volverla a llenar inmediatamente…

El grito de María fue ensordecedor… un “¡¡Aaaaahhhhh!!” tremendo, de morbo, de placer, de impresión y de dolor.

Y yo no entendía cómo cinco minutos atrás estaba en la calle y ahora veía como aquel animal le rompía el culo a mi novia.

Comenzó a penetrarla, despacio. Y ella, con un codo clavado en la cama y con la cara hacia adelante, llevaba aquella otra mano para frotarse el clítoris. Yo no sabía si ir atrás para ver cómo aquella polla entraba o ir al otro lado para ver bien la cara de María.

Y empezó a follarla, por el culo, volcado sobre ella… y ella gemía… entregada:

—¡¡Ahhh…!! ¡¡Mmm!! ¡¡Así…!!

—¿Te gusta eh? ¿Te gusta por el culo, eh?

—¡¡Aaammm…!! ¡¡Sí…!!

—¿¿Sí??

—¡¡Sí…!! ¡¡Así… Dame…!!

Le respondía ella, siguiéndole el juego con tal de que consiguiera arrancarle un orgasmo así. Y yo disfrutaba de aquella locura como un cornudo más maduro, más experto. Me movía, tensísimo y torpe, de un lado a otro, y Roberto me miraba de cuando en cuando con desprecio.

Colocándome frente a ellos veía el gesto chulesco de él, su gesto rudo, áspero… y cómo apretaba los dientes, de forma extraña… y veía la cara de ella, la boca abierta… con los ojos abiertos… pero sin ver nada… De lado sus tetas enormes, colgantes, moviéndose adelante y atrás, por las embestidas, con sus pezones arañando literalmente la cama. Desde atrás la penetración brutal, la polla entrando y saliendo, los huevos del semental, grandes y en movimiento, como un péndulo, prestos a descargar en aquella hembra. El coño abierto, destrozado, con los labios libres, desprendidos, desperdigados… un coño maltrecho, pero a la vez precioso, ya anteriormente vejado, pero ahora huérfano y envidioso del otro orificio.

—¿Te gusta cómo te lo rompo?

—¡¡Ohhh!! ¡¡Siii…!!

—Joder… qué estrechito lo tienes… ¡¡Joder…!! ¡¡Me voy a correr dentro…!! ¡¡Eh…!! ¡¡Me voy a correr dentro de tu culito estrecho!! ¡¡Eh!!

—¡¡Mmmm….!! ¡¡Síi!! ¡Síí! ¡¡Diooos!! ¡¡Ahh!! ¡¡Aahhh!! —enloquecía ella, sin importarle nada, nada más que aquel orgasmo que ya asomaba.

Cuando él deceleró un poco, para coger aire, buscando que ella pidiera más, pero siempre sin cesar en aquella penetración, en aquella polla oscura profanándola… en aquellos huevos que rítmicamente golpeaban su coño.

—Joder…. Dame… ¡Dame un poco más! ¡Un poco más y me corro!

—¿Sí? ¿Te falta poco entonces? —preguntó, cínico, mientras alargaba una de sus manos y le apartaba la melena de la espalda, para que cayera sobre un lado.

—¡Sí! ¡Dame…! ¡Dame así….! ¡Sigue… y… y me corro…! —jadeaba ella, desesperada.

—Ya… cabrona… ya sé que estás a punto…

—¡¡Mmm… Dame!

—¡Ya te doy…! Pija tetuda… ¡Ya te doy…! ¡Cómo me pones…! Joder… con tus pantalones de guarra… con tus tetones de guarra… ¡Mírame…! —casi le gritó y ella volteó la cara— ¡Joder….! ¡Y tu cara de guarra….! ¡Qué cara de cerda tienes….! ¡Mírate…! ¡Con mi polla en tu culo eh…!

—Sí… Dios…

—¿Que sí qué?

—Que me encanta… así… —decía ella, moviendo ella misma su cadera, para metérsela bien, mirándole, obsequiándole con una cara de guarra increíble.

—En el bar no te imaginabas acabar así… ¡Eh… cabrona…!

—¡¡Mmmmm….!! ¡¡Dios…!!

—¡¡A que no!!  ¡¡Eh…!!

—¡Joder…! Jo-der… no….

—Dime… dime que eres una guarra… una cerda… que te gusta que follen por el culo —dijo él, acelerando el ritmo de nuevo y ella tan pronto lo sintió se frotó con más vehemencia y su gesto cambió.

—¡Ahhh…! ¡Así! ¡Así y me voy! ¡Ah…! ¡Dame cabrón…!

—¡¡Dímelo!!

—¡¡Ahhh!! ¡¡Aaaaahhh!! ¡¡Dios!! ¡¡Me corroooo!!

—¡¡¡Dímelo!!!

—¡¡Aahhhhh!! ¡¡Jooder!! ¡¡Sí…!! ¡¡Soy… soy una cerda…!! ¡¡Me gusta…!! ¡¡Aah!! ¡¡¡Aaahhh!!! ¡¡Me gusta por el culo…!! ¡¡Dioss!! ¡¡Me corrooo!!! ¡¡Me corro, cabrón!!

Jadeaba, gritaba, María, fuera de sí, frotando su clítoris a toda velocidad, embestida por él, gritando aquellos “¡¡Me corro, cabrón!!” con todas sus fuerzas, retorciéndose del gusto, allí, empalada por el culo. Y yo me pajeaba, con la polla durísima, impactado por aquella brutalidad, por aquella sexualidad, por aquella pérdida de elegancia, de finura y de exquisitez. María, enculada y corriéndose de aquella manera tan salvaje y soez, comportándose como una auténtica cerda ante aquel desconocido que jadeaba, con la boca entreabierta, casi babeándose… repugnante…

… y, cuando María terminaba su orgasmo, él se salió de ella y dejó aquel ano abandonado, saliendo al descubierto su pollón oscuro, pero a la vez brillante y sobre todo empapado. Se llevó entonces una mano a su polla, se la sacudió solo una vez, y un chorro blanco y caliente salió disparado, manchando la espalda desnuda de María… y el resto de chorros comenzaron a resbalar por su tronco, cayendo sobre el pantalón de cuero, por una de las nalgas, dejando caer más y más líquido, hasta dejar un charco enorme y blanco, que contrastaba con  la negrura del pantalón de cuero.

Aquel semental quedó extasiado y se echó hacia atrás. María se quedó quieta. Con los codos apoyados, la cabeza agachada y las piernas juntas.

—Venga maricón, métesela tú ahora por el culo —dijo, sin tiempo a que nadie se recuperase, y se bajó de la cama.

Yo, con el miembro completamente duro, esperaba que María reaccionase, pues lo había escuchado, como yo, pero no decía nada.

Roberto me insistió e iba en busca de su café. Como si tal cosa.

Sin saber aún que hacer, avancé, y me crucé con él; con su cuerpo enorme, marcado, sudado, con aquella polla casi negra que colgaba, orgullosa, imponente, después de haber hecho un trabajo impecable.

Me volvió a insistir… y me subí a la cama.

Esperaba un “no” un “apártate”, algo así, de María, pero no se producía.

Una vez colocado tras ella, tan cerca, hasta pude sentir su calor. Vi su cuerpo sudado y aquel latigazo de semen que le cruzaba la espalda. Pude sentirla. Agitada. Recién follada. Recién descargada. Podía oler el sexo que irradiaba. Casi pude oler el semen que allí yacía posado sobre el culo, sobre los pantalones de cuero.

Me incliné un poco, y vi su coño abierto… con sus labios totalmente salidos… Toqué uno de aquellos labios… y lo sentí blandísimo. Ella no reaccionó a mi roce.

Alcé la mirada, ella no se inmutaba y Roberto sorbía de su café, no del todo presente.

Acaricié aquel coño… con sutileza… y ella no emitió ningún sonido… abatida. Cansada.

Dirigí entonces mi polla, durísima. Apunté. Al coño. Pues no me veía con derecho a que nuestra primera vez por el culo fuera así, en aquel contexto de tanta locura. Me enterré dentro de ella y jadeé… desvergonzado… sentí un calor inmenso, si bien sus paredes, anchas, extensas, blandas, me recibían sin implicación alguna. Me maravillaba penetrarla después de haber sido follada por él. Me volvía loco que ella no emitiera sonido alguno, que ella apenas me notase… Me salí de ella y vi el agujero de su coño, y sus labios, en idéntica posición. Vi que nada se alteraba por mi ridícula penetración. La volví a invadir y entonces ella dijo, seca, seria:

—Por el culo, Pablo.

Me quedé bloqueado. Por su entereza. Por su seguridad. Me intimidaba que se comportara así en momentos como aquel, con aquel imponente hombre allí, que también habló:

—¿No sabes ni por dónde meterla? —dijo, con ganas de herirme, pero sin ganas de reírse, mientras ultimaba el café.

Y entonces me salí de ella, y su coño de nuevo ni lo notó, y dejé de estar de rodillas para situarme como se había colocado él, casi de pie, con las piernas flexionadas y las plantas de los pies sobre la cama, a ambos lados de María.

Mi novia alzó la cara, hacia adelante, y Roberto se acercó a ella, y, chulesco, le dijo:

—Al final te he follado fuerte, eh.

Ella no respondió y él quiso machacar más:

—De todas formas se veía que querías duro, eso se ve. Eso se veía ya en el bar.

María apartó un poco la cara y eso a él no le gustó. Cogió entonces sus calzoncillos que estaban sobre la cama y se los quiso llevar a la boca de ella, y le dijo:

—Yo me voy, pero toma, te dejo esto, de regalo —y se los quiso meter en la boca, pero ella de nuevo apartó la cara. Él se los restregó entonces un instante por el rostro, pero durante no más de un segundo, también cansado de tanta guerra, y dejó caer los calzoncillos sobre la cama.

—¿Me la metes o no, cabrón? —dijo entonces ella, sobre actuada, como si quisiera fingir, delante de él, que no le necesitábamos… que podríamos disfrutar del sexo, del sexo anal en este caso, con total plenitud.

Comencé a apuntar entonces hacia aquel ano que veía cerradísimo, mientras Roberto se disponía a ponerse sus pantalones sin sus calzoncillos.

María bajó los codos y presioné con la punta, me volqué más sobre ella… le separaba una de las nalgas como podía, pero con los pantalones agujereados no me era fácil… no me era fácil agarrarla justo por la nalga, por la piel, hasta que conseguí meterle un poco la punta y ella dio un respingo… y hasta llegó a jadear, y yo sentí aquel jadeo sincero, no una farsa para Roberto… Y me fui enterrando, poco a poco… dentro de su ano… dentro de su culo. Yo sentía la presión, la estrechez… y ella llevó una de sus manos a una de sus nalgas… para ayudarme, separándosela… y conseguí metérsela entera, y sentí aquello ardiente, y estrechísimo… Le daba por el culo a María mientras Roberto abandonaba la habitación, sin decir nada…. Y me vi tentado de llevar mi mano a aquel semen posado sobre el pantalón de cuero… y lo hice… no me resistí, lo toqué… llevaba mis dedos allí, jugaba con la leche derramada y caliente de aquel semental que la había follado por el coño y por el culo, y lo esparcía sobre el pantalón de cuero, mientras la penetraba, lentamente, por el culo… y ella gimoteaba unos “Ohhh…” “Ooohhh…” morbosísimos.

—¿Te gusta? —le susurré.

—¿Se ha ido? —preguntó, sorprendiéndome. Seria. Brusca. De golpe en un tono neutro. Como si no tuviera mi miembro dentro de su ano. Como si nada.

—Sí, sí… se ha ido.

—Pues salte… venga…

—¿Sí? —pregunté, ciertamente humillado.

—Sí, salte… Que estoy destrozada.

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