VÍCTOR HERRERO

Ya era casi la hora y Javier culebreaba entre la gente. Se colaba entre los cuerpos teñidos de blanco. En pocos minutos todos entregarían su tiempo a los distintos colores que regalaban las fiestas. Las calles estaban inundadas de almas esperando el chupinazo. Al fondo estaban los de siempre, invitándole a que se uniera a ellos. Javier les saludó con la mano. Y se desvió hacia un portal. Dentro, subió las escaleras de dos en dos. Casi no tenía tiempo. Al llegar a la puerta C del segundo piso llamó al timbre. Le abrió su abuela, a la que se le escapó una mirada orgullosa. Javier le dio un beso furtivo y salió despedido hacia la habitación. Allí estaba él, tumbado en la cama, encerrado en sus demonios. Javier abrió la ventana del cuarto para poder oir el ambiente. Desanudó el pañuelo que llevaba en la mano y lo puso alrededor del cuello de su abuelo. El gesto no le despertó, ni le hizo volver a este mundo, pero les unió en esa melodía que tanto les gustaba. 

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