ISA HDEZ

Quedaron sobre las cinco de la tarde en el portal de la casa de Magnolia. Flora la recogió con su coche blanco, lo había alquilado para pasar unos días en el pueblo que había vivido tiempo atrás y donde dejó raíces, por ello de tarde en tarde lo visitaba. Magnolia anhelaba desahogarse y pasar unas horas con Flora, disfrutando de su compañía. Hacía tiempo que no se veían y querían buscar un lugar que les evocara tiempos pasados. Sintieron una inmensa alegría al encontrarse y marcharon hacia el balneario, atravesando el paraje lunático que separa el recinto del pueblo. Mientras conducía, iba extasiada admirando el terreno, y atravesaba la carretera sinuosa entre montículos y puentecillos sobre barranquillos por los que corría escasas corrientes de agua cristalina en el secano y caluroso mes de agosto. Parecía un viaje por el desierto en dirección al pequeño oasis donde fluía el manantial de agua termal para dar descanso merecido a escasos visitantes. Poco quedaba de lo que en otro tiempo fue aquel lugar de jaleo, júbilo y algazara. La pandemia no daba tregua y los habituales huéspedes de otros años han mermado su asistencia, pareciendo más bien un rincón desolado pese a la belleza y frescor que ofrecía el circuito. Las dos amigas aprovecharon la tarde para disfrutar del paisaje en calma y contarse las aventuras pasadas en estos tiempos difíciles que les ha tocado vivir. Magnolia se sentía compungida por heridas del alma y pareciera que su pecho se abría y se desbocaba con palabras sentidas acompañadas de lágrimas fugaces que brotaban de sus grisáceos luceros apagados por la tristeza. Flora intentaba transmitirle sosiego, armonía y consuelo, chapoteando algunos consejos de los que ella se valía para acallar su alma que también estaba pasando por un duelo acaecido de manera colateral a la pandemia hacía pocos meses. A pesar de ello ayudaba a su amiga a sacar fuerzas del interior de su recóndito cuerpo apagado por las proezas de la vida y le hacía entender que merecía la pena seguir adelante, aunque solo fuera por esos momentos compartidos y por la contemplación de ese paisaje moruno de figuras que brotaban retorcidas emergiendo de la tierra seca. ©

Un comentario sobre “Paseo al balneario

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