ALLTEUS

Capítulo séptimo. El día después.

Una vez en la cama me resulta imposible dormir.

Las 3 de la madrugada, pasadas, y no hay forma de dormir.

-¿Qué caminos nos han traído hasta aquí?

Lo de esta noche ha sido la culminación de algo que viene de muy lejos, que se ha ido construyendo a lo largo de años, de muchos años. En la vida de las parejas suceden hechos cuya trascendencia y efectos pueden no aparecer de forma inmediata, proyectándose las consecuencias años después, a veces de forma inesperada.

Conocí a Rocío poco tiempo después de que llegara a nuestra ciudad. La tienda de su madre estaba en el camino más directo entre la Facultad y mi casa, así que algunas tardes, a la vuelta, cuando ella también había finalizado la jornada escolar en las monjas, me la cruzaba por la calle, con su uniforme y sus libros, acompañada de su hermana y, también otras veces, por unas cuantas de sus compañeras.

Llamaba, entre todas ellas, la atención. Un porte elegante, una mirada profunda, una sonrisa arrebatadora, un cuerpo atractivo.

Los colegios religiosos harían bien en reflexionar sobre esa costumbre suya de mantener a sus alumnas adolescentes, a veces mujeres muy hechas con todos sus atributos, enfundadas en unos uniformes pensados para cuerpos infantiles.

Se paseaban con sus faldas grises, plisadas, a medio muslo -los visitantes de páginas pornográficas saben muy bien que forman parte de todas las fantasías-, con las camisas blancas de botones, en el buen tiempo sin la rebequita que completaba la parte superior, los calcetines azul oscuros hasta casi las rodillas y los zapatos merceditas completando el conjunto.

Cualquier movimiento, salto o giro -algunas lo sabían muy bien y lo utilizaban cuando querían- desnudaba sus piernas, abriéndose aquellas anchas faldas de fácil vuelo.

Mis amigos y yo a aquellas niñas en grupo, que unos años antes habían sido para nosotros nuestro primer pecado solitario y nuestra fábula de la zorra y las uvas, las llamábamos “las monjas”, por extensión de la identificación del colegio al que asistían, y más tarde “las beatas”, para acentuar el carácter despectivo de la calificación (en venganza por el poco caso que desde siempre nos habían hecho a los niños de mi barrio).

Eran tiempos, los primeros noventa, de modas algo extremas, trajes chaqueta de colores vivos, con hombreras, jerseys, con hombreras, camisas, con hombreras, peinados sin hombreras, pero que parecían tenerlas por el cardado y subida artificial de los cabellos, incluso los más lacios, al estilo que rompía entonces de los protagonistas de la serie Beverly Hills.

Aunque la veía de vez en cuando, no fue hasta años más tarde que nos conocimos, propiamente y en todos los sentidos, incluido el bíblico. Una ciudad universitaria, como la nuestra, ofrece a los jóvenes muchas ocasiones para encontrarse en ambientes distintos, desde los campus en sentido estricto, los lugares en que radican las escuelas y facultades, sus patios, jardines y paseos, hasta aquellos otros menos académicos, mucho más festivos, en que alcohol y fiesta se hacen falsos sinónimos de juventud.

Estaba finalizando el último curso de la licenciatura, lo que daba una pátina de veteranía que uno mismo se tomaba muy en serio. Ella estaba en aquella fiesta y, como siempre, me llamó la atención. A sus veinte añitos y a uno de finalizar su diplomatura, reinaba en un grupo de jóvenes aspirantes a maestras, todas radiantes de alegría, o al menos de euforia producida por aquel alcohol -probablemente venenoso- que los organizadores de la fiesta servían con una generosidad que hacía sospechar de su calidad.

En aquella ocasión no la acompañaba su hermana, y si lo pienso es una de las pocas ocasiones en que en aquellos tiempos, y tampoco más tarde, no estaban juntas.

La moda grunge había hecho estragos entre la gente de nuestra edad, había arrinconado las hombreras, cazadoras cortas de piel y vestidos de colores, dejándonos botas de cuero con plataformas, ropas carísimas por el trabajo que necesitaban para aparentar ser los vestidos de pordioseros y cortes de pelo desaliñados. Ella, curiosamente, no desentonaba con las nuevas líneas estilísticas, pero mantenía el porte señorial, la apariencia de salón de alta y aristocrática sociedad.

No busqué a propósito la cercanía, y ella -según años después me comentó- tampoco.

En uno de los movimientos, entre otros muchos compañeros, nos encontramos de frente. Nos saludamos con la mirada primero. Era difícil -lo sigue siendo- no devolverle una sonrisa automáticamente cuando ella te sonríe.

Me sentí obligado a añadir algo más que una sonrisa a nuestro saludo casual, así que mostrando los efectos perniciosos de aquellos brebajes infectos de garrafa, que obnubilaban el entendimiento y la razón, le solté algo estúpido.

-Hola, “beatilla”. Encantado de conocerte.

Y además se lo solté gritando, porque la música no permitía otra posibilidad, de forma que algo que en mi cerebro se representó como un apelativo inocente y cariñoso, una verdadera delicadeza castellana, surgió como un agresivo calificativo denigratorio, más teniendo en cuenta el negocio materno en el que ella había participado como colaboradora.

En medio de Nirvana, Bruce Springsteen, Bon Jovi o Queen a todo trapo, allí estaba yo soltando una gilipollez.

Debía ser mi noche de suerte. En lugar de arrearme una hostia, o al menos mandarme a la mierda, o girarse y olvidarse de mí para siempre, me regaló una de sus maravillosas sonrisas mientras acercaba su boca a mi oreja para decirme -gritando, claro-:

-¿Cómo te llamas?

Me sorprendió tanto su dulce respuesta que no tuve más remedio que rendirme.

-Juan. ¿Y tú?

-Rocío, como la Virgen.

Era ella la que se burlaba de mí, volviéndome en contra mi expresión anterior, demostrando que, aunque había hecho caso omiso a mi procacidad, no le había pasado desapercibida.

Y así, a base de gritarnos al oído, nos presentamos aquella noche durante aquella fiesta, explicándonos la parte de la vida que cada cual quiso compartir con la nueva relación. Yo había salido hacía pocas semanas de una relación anterior de varios meses, algo tóxica, lo confieso, pero cómoda porque me había estado tirando a una compañera de curso (hoy ilustre letrada de la administración de justicia en Valencia), con la que preparaba los exámenes y desahogaba las urgencias de la líbido, haciéndolo compatible sin restarle demasiado tiempo al estudio.

Ella tenía un novio que en esa misma noche se transmutó en ex, porque Rocío y yo acabamos metiéndonos tantas manos como pudimos, en varios rincones de la ciudad, sin importarnos en alguno de ellos la cercanía de personas, escandalizadas algunas, que pasaban a nuestro lado de vuelta a sus casas o de ida al trabajo, que las horas que eran lo permitían sospechar.

No culminamos en una relación sexual completa ni esa noche ni unas cuantas después. Quien lo ha vivido sabe del dolor inhumano que provoca en toda la zona genital masculina, muy especialmente concentrado en los testículos, pasarse un par de horas tocando el cielo sin poder alcanzarlo plenamente. A pesar de que intentaba no dejar rastro alguno, para evitar las miradas fiscalizadoras de mi señora madre, irremediablemente las sábanas acababan por recoger el voluminoso producto de mi elaboración prostática y testicular, convirtiéndose en grandes y muy visibles manchas amarillas de textura acartonada, a veces por haberme ordeñado consciente y voluntariamente pero, otras en que el dolor era tanto que ni una paja permitía, por obra de sueños húmedos con eyaculación espontánea, mientras en mi falso paraíso onírico Rocío llevaba a cabo las más extremadas manipulaciones que entonces era capaz de ensoñar, la mayoría de las veces simples fantasías de mamadas hasta el final.
Siempre he creído que la ingesta de alcohol que ambos habíamos tomado con abundancia tuvo mucho que ver con la forma de actuar de aquel primer día, aunque siempre lo niega. Sostiene que aquella noche ella realizó una fantasía de adolescente porque, al igual que yo la había visto de más jovencita, ella me había repasado con la mirada más de una vez, y que incluso había fantaseado románticamente, y me gustaría creer que no tan románticamente también, conmigo.

***​-¡Nene!

Debo haberme dormido, al final, entre tanto recuerdo y ensoñación.

La voz de mi mujer me devuelve al mundo, para comprobar que ella está a mi lado, de pie, duchada y vestida informal, preciosa como siempre, y que la luz de la mañana de primavera entra con fuerza por los ventanales.

-Es muy tarde, – insiste- la una ya.

-Me costó dormir anoche- le respondo como justificándome.

-Pues yo caí reventada.

-Claro… caíste reventada. Nunca mejor dicho.

La tomo de la muñeca y tiro hacia mí, sentado en la cama, haciéndola caer entre mis brazos.

-Anda, dime… ¿cómo te lo pasaste? ¿Te gustó follarte al yogurín?

Adopta una entonación barriobajera, forzando un acento andaluz que no tiene y utilizando expresiones chonis.

-Tengo el chichi resentío.

-¿De verdad? ¿Tan bien se lo montó?

– ¡Digo!

-¿Superó la prueba?

-Y con muy buena nota -continúa en el tono descarado- vamos… por hacerte un resumen rápido, cumple los tres requisitos: gorda que tapa, larga pero no topa y, sobre todo, dura que dura.

Es una fórmula defensiva para ella, que no es la primera vez que utiliza en circunstancias parecidas. Le permite sincerarse, responder a las preguntas más desvergonzadas que pueda hacerle, superando el pudor al hacerlo como si por un momento se hubiera convertido en la más grosera y directa de las lorailas.

Pero no me devuelve las preguntas. Hasta ese punto no llega, y mucho menos al ser su hermana quien se convertiría en objeto de mis comentarios.

Yo tampoco se los hago. Estoy seguro de que en algún momento, de forma natural, como ella hace las cosas, surgirá la conversación y la ocasión de explicarle lo que he vivido, lo que he sentido.

-Levántate ya. Vamos a llegar tarde y ya sabes cómo se pone tu madre si se enfría el cordero.

Es verdad. Se pone muy borde. Sí. Nos esperan para comer y para que recojamos a los niños, que deben tenerla harta con su desorden y sus polémicas preadolescentes. Si después de estar toda la mañana con el horno preparando la comida llegamos tarde, me gano la bronca explícita o los morros de muestra implícita del enfado. ¡Menudo carácter!

Acelero para ducharme y vestirme rápidamente.

Es un sol, Rocío. Ha recogido todo y no queda ningún vestigio de la fiesta de anoche. Tampoco manchas en el asiento del sofá. No sé cómo lo habrá hecho.

-Te ha cundido la mañana- le digo, al salir, como forma de reconocimiento por el trabajo realizado mientras yo dormía.

-Casi tanto como la noche- me responde jocosa, mientras le cedo con mucha cortesía el paso, al salir de la casa, para sobarle el culo con gesto de sátiro.

La comida estuvo bien, mi madre no demasiado incisiva y los niños como siempre: insoportables.

De vuelta a casa me refugio en el estudio del sótano, junto al garaje. Allí apenas se atreven a bajar mis hijos y no está nada mal. Una pequeña habitación acondicionada para escuchar música, insonorizada a base de aislamiento y con temperatura constante todo el año. Ha sido testigo de siestas memorables en aburridos fines de semana, de esos de transición entre dos semanas de mierda.

Hace unos 8 años, al principio de venirnos a vivir aquí, cuando los niños eran más pequeños, este rincón fue el escenario de algún polvo rápido. Una escapa tras la comida de domingo, un aquí te pillo aquí te mato mientras los peques veían la tele, o dormían siesta, o ambas cosas uno y otra.

Me acomodo dispuesto a digerir el cordero (y las patatas, y el vino…) entregándome de nuevo a la remembranza de lo vivido.

Creo que el principio fue otro. Como un buen guiso, lo de anoche se ha cocinado a fuego lento y tras muchas horas, días, años… de estar hirviendo. Antes de suceder, durante semanas, estaba anunciado que pasaría. La anterior cena dejó esa puerta abierta. De hecho, en la anterior cena ya iniciamos el juego del intercambio de parejas, dejándolo a punto para su culminación.

Sólo la puñetera pandemia ha retrasado el momento. Tal vez debamos alegrarnos, porque la pausa forzosa ha permitido también que no quepa la excusa de la pérdida de sentido de la realidad, o la de la obnubilación temporal del entendimiento, que podría alegar cualquiera cuando los hechos se suceden con demasiada rapidez.

Hemos madurado suficientemente lo sucedido en la ocasión anterior, observado los efectos en nosotros y en nuestras respectivas parejas… y lo hemos aceptado.

Las hermanas han hablado mucho de todo esto, seguro. Se pasan horas hablando por teléfono. Cuando se encuentran siguen hablando. Jamás se han ocultado nada. Aunque Rocío nunca me ha reconocido que le haya contado a su hermana nuestros juegos sexuales con otros partícipes, siempre he estado segurísimo de que lo ha sabido desde el primer día.

Además, Rocío me confirmó que había hablado con su hermana después de la cena anterior. Se lo pregunté.

-¿Has hablado con tu hermana de “lo de la otra noche”?

-¿Por qué me lo preguntas?

-Para saber cómo lo vivieron, si les gustó o si están arrepentidos, o si les preocupa que pasara… no sé, para saberlo.

Me dijo que sí. Que primero quedaron algo preocupados por haber compartido “aquello”, pero que le había reconocido que su excitación había crecido después de lo vivido allí.

Me lo decía riendo divertida.

-O sea, que están follando como conejos a costa del recuerdo de la cena ¿no?

– Más o menos.

Nuevas miradas cómplices.

-Corruptora- le solté con tono acusador entre risas.

-¡Mira quién fue a hablar!

Pero si hay alguna duda, la jugada de vestirse igual, con los mismos complementos, con la misma provocadora y sensual apariencia, es la demostración definitiva de que, después de aquella primera noche, han aceptado y decidido continuar.

Porque, en realidad, hace tres meses no pasó nada importante.

Bueno, algo sí.

O tal vez mucho más que algo, no sé.

No sé. Follar, lo que se dice follar, no follamos.

Era una cena más. Puede que una diferencia importante consistiera en que habíamos bebido mucho más que otras veces.

Conversamos. Comimos. Bebimos…

Rocío estaba especialmente alegre. Hablaba más que otras veces. Sin saber cómo, la conversación derivo hacia comentarios íntimos. No era la primera vez que tratábamos de temas sexuales. Hemos pasado muchos momentos juntos, hemos estado juntos de vacaciones en la misma casa o apartamento infinidad de veces, aunque pocas veces porque nos pillan lejos y no es nuestra más importante forma de diversión, hemos estado en playas nudistas simulando que no nos importaba estar desnudos porque somos muy modernos…

Pero era la forma de comentarlo. Fue Rocío, ya digo, la que más expresiva se mostró. Sin alterar su tono alegre y pausado habitual, lo soltó con naturalidad, en forma de pregunta directa y clara.

-Carlos… ¿Si tuvieras que acostarte con otra mujer que no sea mi hermana, qué tipo de mujer elegirías?

Pobre Carlos, le pilló por sorpresa y no sabía que responder.

-No digo que lo hagas ¿eh?- continuó diciendo – pero es un suponer… no hablo de amor, ya sé que estás enamorado de Loli… pero digo si ella no estuviera, si no la conocieras, ¿qué tipo de mujer desearías?

Loli miraba interesada a su marido. También había bebido bastante y eso la desinhibía lo suficiente como para adentrarse en aquel camino peligrosísimo.

Porque la pregunta se las traía. Un hombre está muerto cuando le plantean según qué cuestiones. Esa es una. Si describes un tipo de mujer, aunque sólo sea por el físico externo, diferente a la tuya propia, has palmado. Si describes el tipo de tu mujer, inmediatamente te acusarán de falta de sinceridad. No falla. Es así.

-Venga, nene, contesta.

Esta vez era su mujer quien le apremiaba.

-No sé… yo creo que no lo he pensado nunca- se justificaba el yogurín.

-Venga, no me digas que no has tenido nunca una fantasía con otra mujer.

El alegato de Rocío, absolutamente lógico, desmontaba la maniobra defensiva de Carlos. La peor respuesta posible, porque al no ser creíble de ninguna manera, introduce la sospecha de que el tipo de mujer de tu fantasía es tan prohibido que te impide confesarlo.

-No creo que me excitara estar con otra mujer- añadió, para acabar de hundirse.

-No me lo puedo creer- le espetó ahora su mujer, en medio de risas alborotadas y protestas de insinceridad en las que yo también participé divertido.

-¿Lo has probado? ¿Nunca has estado con otra mujer diferente a mi hermana?

-Tuve una novia antes de conocerla, pero éramos muy jóvenes, ya lo sabes, cuando empecé a salir con Loli tenía 17 años- se justificaba.

Quería decir que más allá de los magreos de novios no había tenido otras experiencias sexuales diferentes a las de su mujer. Al menos así lo interpretamos Rocío y yo. Es verdad que la respuesta tampoco aclaraba si estando ya con su mujer había tenido alguna aventura, pero no era cuestión de indagar inquisitorialmente sobre su experiencia sexual.

La ofensiva continuaba, para diversión de todos, menos del interpelado, que parecía incómodo con la conversación, aunque tampoco tanto, más bien mosqueado, picado.

Un par de pullas más y el novillo embistió para defenderse.

-¿Y tú? ¿Tú has tenido otras experiencias diferentes a tu marido?

Rocío le miró con una sonrisa de triunfo.

Temí que en ese estado de lengua suelta en el que estaba se descolgara con la verdad, narrando alguna de las experiencias sexuales que hemos venido realizando en los últimos años.

Pero no… cambió de tercio con facilidad, sabiendo que había llevado a su interlocutor al punto en el que el orgullo -regado, se ha de recordar, por bastante alcohol- acaba por responder antes que la razón.

-Anda… vamos a bailar un poco.

La salida magistral, el cambio de conversación, dejando en el aire una pregunta sin respuesta, es una habilidad de Rocío que practica con frecuencia, naturalidad y gran éxito.

Bailamos.

Ellos dos son unos buenos bailarines. Cuando por razón de trabajo tuvieron que establecerse durante un tiempo en Alemania, encontraron la forma de relacionarse socialmente acudiendo a actividades lúdico-deportivas, primero, finalmente a grupos de bailes de salón.

Acababan de ser padres, y Loli había pedido una excedencia por guarda de menor, lo que le permitió acompañar a su marido, que para favorecer su promoción y perfección profesional debía realizar una estancia de dos años en las oficinas principales de su compañía, estancia que incluía un periodo de formación nada menos que en la sede central de SAP GmbH.

Se establecieron durante ese tiempo en Walldorf, una pequeña –y aburrida, según cuentan- ciudad, cerca de Hockenheim y su famoso circuito de carreras, con poco más de 50.000 habitantes y una vida social muy poco activa, especialmente para los foráneos.

Habían tenido suerte –explicaban- por entablar cierta amistad con un compañero de Carlos que acudía a las clases de baile y a las fiestas entre alumnos que realizaban algunos fines de semana. Les invitó a unirse a aquellos grupos de alumnos y acudir a la academia de baile, haciéndoles de cicerone y anfitrión en los comienzos de su socialización.

Así descubrieron los secretos de algunos bailes, especialmente de los llamados latinos. Bachata, salsa, bolero, rumba, chachachá, merengue o samba centraron sus ratos de ocio. También otros menos propios, como el rock o el lindy hop, en los que no obtuvieron la misma destreza.

Desde que volvieron, hace ya cinco años, no han perdido ocasión de ayudarnos a aprender algunos rudimentos básicos de esos bailes. Y en nuestras cenas, desde que volvieron y nos interesamos por su habilidad en la danza, introdujimos la costumbre de bailar un poco, convirtiéndonos, durante un rato, en profesores –ellos dos- y alumnos –Rocío y yo- de ese arte.

Esta vez, ignoro si casualidad o expresa decisión, tocaba bachata.

Curioso baile. En la bachata los cuerpos se mueven muy pegados a un compás de 4 x 4, en el que el cimbreo de los bailarines se remata en el cuarto tiempo con un movimiento de cadera, que se supone ha de hacerse con cierta gracia. Es un baile sensual, muy sensual, caribeño, de vientres muy pegados y roce continuo, incluso en ocasiones con muslos que se introducen entre los muslos de la pareja, especialmente en los giros.

Si los bailarines se acompasan, sus roces semejan un acoplamiento carnal completo, de dulces movimientos compenetrados, de oscilaciones rítmicas muy excitantes.

Pero incluso si no hay tanta compenetración, los movimientos no dejan de ser sexualmente excitantes, porque el desacoplamiento provoca roces más bruscos todavía en una proximidad en la que los choques son notablemente percibidos por ambos danzantes.

Había algo distinto a otras veces en el ambiente. O yo lo veía distinto. Si la conversación anterior había ya despertado mi interés -y algo también mi polla- el baile aumentó más ambas cosas.

Loli, tal vez igual que en otras ocasiones, pero en ésta siendo yo mucho más consciente, se pegaba a mí, pasándome los brazos por el cuello, por la cintura, por la espalda… presionando mi vientre con el suyo, rozándose con movimientos de anguila al ritmo de aquella música, y sin duda alguna percibiendo la excitación que me provocaba, en forma de dureza que tampoco yo ponía ningún esfuerzo en disimular.

Rocío y Carlos bailaban también. Creí ver, en los pocos momentos en que presté algo de atención, que seguían hablando del mismo tema que habían iniciado, pero sin dejar de moverse al ritmo de la música.

Creo que conozco bien a Carlos y no tengo la menor duda de que seguía herido con las pullas que había recibido. Pero si alguien puede amansar una fiera herida es mi Rocío. Su dulzura natural, especialmente cuando a las palabras añade su cuerpo, es imbatible. Después de un par de bachatas en las que mi sexo se mantuvo erguido sin descanso, paramos para acercarnos a echar un trago de nuestras copas.

Seguimos bailando un poco más.

Más bachata y más roces.

Y más bebida, bendita coartada para aquel momento.

Sí.

Algo había cambiado.

Y mucho.

Aquellos roces, aquellas arrambadas, aquel frotar el sexo uno contra otro, no podía justificarse siquiera por el alcohol, menos todavía por el baile.

Pero no era menos en Rocío y Carlos. Atisbé, en uno de los giros, cómo las manos de él bajaban hasta el mismísimo culo de Rocío para apretarla contra su cuerpo, seguramente con el sexo empalmado rozando el vientre de mi mujer.

Yo me sentí autorizado a hacer lo mismo, si bien procuré hacerlo dando la espalda a su marido, pues no quería ser imprudente y, con cierta malicia y esperando hacer durar mucho más aquel momento, pensé que mejor sería que él se dejara llevar, sin que un gesto como el mío –por más que fuera idéntico al suyo- le sacara de aquel estado de excitación, volviéndole a la conducta más convencional.

Al fin y al cabo, si para mí ya no es una novedad contemplar a mi mujer haciendo manitas –y algo más- con otro, para él –que yo sepa- era un hecho novedoso que le podía provocar una reacción de rechazo.

Durante los días siguientes Rocío me explicó que sí, que había sobado a Carlos, que lo había calentado con su cuerpo, que le había pasado por el pecho los pezones en círculos insinuantes, siempre al compás de la canción, que le había pasado los brazos por el cuello, apretado los muslos en cada giro para que el suyo le rozara la entrepierna, que había notado su verga enhiesta palpitando en el vientre… y todo ello sin dejar de ahondar en la conversación anterior, con especial detalle en la ausencia de otras experiencias sexuales.

En definitiva, que si antes le había hurgado en el amor propio, después le había hurgado también en el deseo, calentándolo, a modo de demostración de todo lo que se había perdido por no haber tenido nunca a otra mujer en la cama.

Después de otras dos o tres canciones paramos de bailar. Rocío llenó de nuevo las copas y brindó.

-¡Por nosotros!

Volvió a girarse inmediatamente después hacia él.

-Sigamos, Carlos. Me estaba gustando el baile y no quiero “enfriarme”.

La expresión no podía ser más pícara, cargada de un doble sentido.

Y así seguimos un par más de canciones, sin dejar de tocarnos y rozarnos, pero tampoco yendo más allá.

Volvimos a parar, supuestamente para refrescarnos con otro trago, aunque en realidad parecía una pausa de confirmación de que todo y todos estábamos bien, de que seguíamos en el juego sin que nadie se sintiera herido o forzado.

En ese momento, dirigiéndose directamente a Carlos inició un movimiento que llegó a ser definitivo.

-Mira, te propongo un experimento a ver si eres capaz de hacerlo. ¿Eres capaz?

“Eres capaz”, le preguntaba. Perverso planteamiento en aquellas circunstancias, pensado para llevar a un hombre con el amor propio herido al punto al que una mujer hábil quiera llevarle.

Sin darle tiempo a responder, levantándose de la silla y rodeando la mesa, le tomó de las manos para hacerle levantar también.

-Ponte de pie… Aquí… Espera un momento.

Miró alrededor hasta ver una servilleta que parecía adaptarse a su intención.

-Te voy a tapar los ojos- le dijo.

-¿Para qué?- se interesó él con presteza.

-Ahora verás…

La servilleta no era bastante para poderla anudar alrededor de su cabeza. Loli se desplazó con celeridad trayendo en las manos un pañuelo grande, uno de esos que a veces las mujeres utilizan a modo de chal, alargándoselo a su hermana que, ahora sí, consiguió cegar a Carlos.

-Has dicho que no te excitaría otra mujer ¿no?

Carlos no respondía, y si lo hacía yo al menos no le escuchaba.

-Ahora vamos al experimento. Durante unos minutos vas a recibir caricias. Tú no sabes de quién son esas caricias. Y vamos a comprobar si es verdad que sólo te excitan las de tu mujer.

Creo que Carlos no se acababa de creer que Rocío estuviera dispuesta a acariciarle delante de todos, con finalidad claramente sexual, cegado como estaba de la vista –por el pañuelo- y del entendimiento -por las pullas recibidas-, y todo lo más -debió pensar- las caricias que pudiera hacerle delante de todos, incluidos su marido y su hermana, serían inocentes.

Y así debió confirmarlo cuando una mano se deslizo por su pecho para rozarle, a través de la camisa, los pezones.

Para que no pudiera revelar por el origen del sonido la autoría de la caricia, ambas permanecían en silencio, entre espasmos de risa silenciosa. Fui yo quien al cabo de unos segundos hizo la pregunta.

-¿Quién es, Carlos?

-Loli- la respuesta sonó segura y clara. Y en efecto era ella.

Abandonó el contacto y la mano de Rocío, mirando a su hermana, que hacía gestos de aprobación divertida con la situación, se paseó lentamente por las nalgas de la víctima, acariciándole con delicadeza.

-Loli- repitió, esta vez sin que nadie le preguntara.

A partir de ese momento, la mano de Rocío recorrió por varios lugares el cuerpo de Carlos. Entre risas silenciadas, gestos de picardía de las dos hermanas, y una excitación creciente que me invadía, pues al fin y al cabo mi mujer estaba sobando a otro hombre, algo que en nuestras vivencias sexuales secretas es siempre un momento especial.

En los muslos, por el interior, el vientre…

Finalmente, alcanzó el punto al que, desde hacía un buen rato, yo sabía que llegaría. La mano se paseó por la entrepierna, desde abajo, recorriendo primero la parte de los testículos y después el bulto que evidenciaba la derrota de las tesis de Carlos. Estaba como un toro, empalmado, y la autora de su excitación no era su mujer.

Si el resto de las caricias habían sido de apenas unos segundos, algo que seguía siendo una broma divertida, la nueva caricia adquirió otro carácter. Rocío ya no reía, y una expresión que conozco bien, una expresión lujuriosa, iluminó su rostro.

Loli no era, creo, ajena a ese sentimiento. Algo más que interés morboso por las reacciones de su marido también se le veía en la expresión.

Rocío recorrió varias veces, con suavidad, toda la extensión de aquella verga escondida detrás de la bragueta, haciendo señas con la otra mano a su hermana para que se acercara. Cuando la tuvo a su lado le indicó con un gesto que también acariciara a su marido.

-¿Estás seguro de que sólo te excitaría tu mujer?

Carlos no respondía. No podía tener seguridad ninguna sobre quién podía estar detrás de las dos manos que le acariciaban.

Fue idea de Loli ponerle frente a la realidad. Se colocó a sus espaldas mientras Rocío continuaba acariciándole, soltando el nudo para que pudiera ver lo sucedido.

Reíamos todos. Carlos también. Se sentó rápidamente, tal vez para esconder el efecto notable de su excitación, pero sin parecer molesto. Bien mirado, acababa de vivir una experiencia muy especial. La hermana de su mujer le había provocado una tremenda erección, tocando su polla por encima de la ropa, a la vista de su esposa y a mi propia vista.

No tenía yo otra pretensión que reír la gracia y divertirme, procurando mantener el grado de picardía en el que habíamos entrado, cuando se me ocurrió decir que Loli tampoco sería capaz de distinguir quién la acariciaba.

Desencadenó un nuevo revuelo mi expresión, una mezcla de negación de mis afirmaciones, asegurando que sí sería capaz, más pullas jocosas de mi mujer hacia su hermana, comentarios entrelazados con risas y tonos de falso amor propio ofendido… en unos minutos Loli estaba allí, de pie en su comedor, con los ojos tapados y esperando ser tocada para reconocer al autor, o autora, de una caricia.

Su vestimenta daba bastante campo a la caricia inocente, y algún resquicio a las que menos.

Una camiseta ancha, de esas de vestir, en las que, a modo de escote, el cuello en la parte delantera y trasera superior hacen pliegues amplios, dejando parte de la espalda al descubierto, y otra parte delantera, redonda, menos amplia, también, para caer recta por los costados y por delante, en un pequeño vuelo desde la punta de los pechos hasta el final. Una falda no muy corta -hasta las rodillas- de tela suave, ajustada en la cintura y amplia en el vuelo. Como siempre en ella, algo de tacón, esta vez no muy elevado.

-Rocío, tú haces de árbitro, fíjate bien que no me engañen… A ver… ¡el primero!

Suena a provocación de adolescente en aquellos juegos de tinte sexual que practicábamos hace muchos años.

Y Rocío me señala, en silencio, para que inaugure el juego. Soy prudente. Paso la mano, muy despacio y apenas rozando su piel, por la nuca y el inicio de la espalda. Noto que se estremece.

-No sé… es poco… ha de ser más.

Es el turno de Carlos. Mucho más decidido, y tal vez con la intención de vengarse de lo anterior, abarca con la mano un pecho de su mujer y lo estruja ligeramente.

El gesto debe ser tan habitual que Loli no puede dejar de notarlo.

-Carlos, que eso es inconfundible. Esa es tu mano.

Risas, Mas risas, Más traguitos de bebida, que no decaiga.

Descubierto, cambia la posición, poniéndose detrás de ella, para iniciar otra caricia. Con toda la confianza del mundo coloca sus dos manos entre las piernas de Loli, haciendo que las separe bien para, acto seguido, introducir una por debajo de la falda, ascendiendo entre los muslos. No sé el punto al que pudo llegar, pero seguro que no se quedó muy lejos de la entrepierna.

Si no hubiera estado muy excitado, aquello me hubiera puesto igualmente a tope.

Loli se inclinaba hacia delante, haciendo sobresalir el culo hacia atrás, en una posición de clara respuesta favorable a las sensaciones, oscilando el cuerpo levemente pero de forma bien perceptible, como buscando aumentar el contacto.

-Hummmm… ¡Juan!

Lo hizo a propósito, no puede haber ninguna duda. Estaba lanzando una señal muy evidente, algo que yo relacioné con el deseo de hacer realidad que el autor de la caricia fuera alguien diferente a su marido.

Aproveché la oportunidad que su grito me brindaba. Carlos se incorporó sorprendido por el nombre que ella había asociado a la caricia, con una sonrisa de compromiso la abrazó desde la espalda, sujetándole un pecho con cada mano, sobre la camiseta, y acerté, delante de ella como estaba, a meter mi mano entre sus piernas recorriendo todo el muslo, hasta hacer tope en su entrepierna, en la tela de las bragas, última barrera que evitó el contacto directo con su coño. Si la mano anterior no era la mía, ahora no podía caber duda. Mi contestación a su mensaje estaba también emitida.

Un breve ronroneo por toda respuesta. No podía pronunciar ningún nombre, porque si dos manos la sujetaban por el pecho, otra le acariciaba por delante, sin que pudiera concluir algo distinto a la realidad: que los dos machos presentes estábamos metiéndole mano.

-Juan… tú no te vas a librar, ahora te toca a ti.

La voz de Rocío, anunciando mi turno de juego a ciegas, me sacó del ensimismamiento en el que había caído desde que alcancé a tocar la ropa interior de Loli en el punto exacto en el que las bragas le tapaban el potorro.

Rápido cambio de víctima del juego y nuevo destinatario -yo- de las caricias. No era posible distinguirlas. Si hubiéramos estado en otras circunstancias, hubiera intentado distinguir las autoras por el grado de atrevimiento, pero hacía unos minutos había sido testigo de la poca fiabilidad del criterio, pues yo mismo había osado tocar a la hermana de mi mujer en una forma que no resultaba nada convencional.

Tal vez la primera caricia, en el pecho, rozando mis pezones a través de la camisa, sería de Loli. Más que por la caricia en sí, porque era la misma que había realizado en primer lugar a su marido, cuando él estaba con los ojos cerrados.

Y el pulgar recorriéndome los labios de una punta a la otra, para culminar entrando en la boca y hacer el recorrido contrario por los dientes, también imposible de confundir. Rocío.

Pero a partir de ese momento todo resultaba confuso. Varias manos, tocando el culo, el sexo ya enderezado dentro de los calzoncillos, aplastándose contra el vientre en búsqueda del ombligo. Incluso una mano -no sé de quién- entrando entre mis piernas, desde detrás, para sujetar con firmeza mis bolas, masajearlas bastante rato, deslizarse después por el tronco tapado y empuñarlo con fuerza agitándolo en un par de sacudidas enérgicas, para dejarme con un monolito saliendo del vientre, buscando el cielo.

Cuando por fin me descubrieron los ojos noté la ausencia de Carlos. Pregunté por él.

-Ha ido al lavabo. Ahora vendrá- me respondió Loli.

-Tú tampoco te libras- exclamé, dirigiéndome a mi mujer- Después de provocar todo esto tú has de pasar también por el aro- añadí, siempre entre risas.

Sin contestarme, manteniendo la actitud pretendidamente chulesca, me arrebata el pañuelo y ella misma lo sube a su cabeza para anudarlo alrededor.

-Espera que venga Carlos. ¡Caaaarloooos! ¡Ven ya!

-Voy- respondió a la llamada de su mujer.

La respuesta de su marido, desde el pasillo que accede al aseo, no se hizo esperar. Por fin aparece para unirse a nosotros, y en actitud desafiante, mirando a su mujer, alarga la mano y frota el culo de Rocío, sin ninguna timidez. Parece un mensaje de venganza por los toques que haya podido darme Loli.

Rocío viste pantalón y una blusa ceñida pero cerrada, de manga larga. Ofrece poca piel a la vista. Pero por encima de sus ropas, la mano de Carlos busca, sin acercarse demasiado a la zona genital, busca zonas erógenas para tocar. El culo por detrás, los muslos, la cintura, los pechos.

Estoy seguro de que los pechos de Rocío le ponen. Son bastante más voluminosos que los de su hermana, y en alguna ocasión, en verano, en la playa o en familia, tumbada en la arena haciendo topless o alguna vez totalmente desnuda, incluso en el jardín con nada más un bañador puesto, le he visto mirarla a hurtadillas, especialmente en ese punto en que se aprietan, tersos y redondos, dejando una línea profunda entre ambos.

Rocío se contonea y relame los labios, provoca con sus movimientos y reclama que la toquemos más, a ver si puede distinguir de quién es cada mano.

Sé que las está distinguiendo sin problemas. Malvada, toma la mano de Carlos, la separa de su pecho, la conduce con firmeza al pubis y la aprieta contra su vientre.

Hummm- susurra con voz ronca, al tiempo que disimula – Juan… me estás poniendo muy caliente…

-¿Por qué eres tú, verdad?- añade en un tono que conozco, de falsedad completa.

Habíamos pasado todos por el juego. Pudimos dejarlo ahí y hubiera sido un recuerdo simpático de un calentón algo atípico en una noche en la que todos estábamos algo pasados, nada más.

Pero no.

Loli retiró el pañuelo de los ojos de su hermana, para que pudiera apreciar qué mano estrujaba contra su entrepierna. La reacción fue descarada. Más que descubrir que era la mano de Carlos, porque no tengo duda que ya lo sabía, puso de relieve que no le molestaba que fuera la suya, es más, que le gustaba mucho, porque continuó apretándola contra ella y contoneándose para demostrar el placer que recibía.

Rocío -¿de dónde saldría la idea?- quiso dar una vuelta de tuerca más a la situación.

-Así no tiene emoción el juego. Vamos a hacerlo más interesante…

La mirábamos todos con interés, sin saber qué nos quería proponer.

-Vamos a jugar en serio. Hacemos lo mismo, pero el que pierda paga una prenda.

-A ver esas reglas como son- respondió inmediatamente Carlos.

-Sencillas. Por ejemplo… yo tengo los ojos tapados, me acaricia alguien y yo tengo que saber quién. Si me equivoco pago una prenda. Si acierto, entonces quién me haya tocado se tapa los ojos y los demás tocamos. Pero una condición: sólo se puede tocar en la piel directamente, sólo las partes de la piel que estén sin cubrir.

Nunca he sabido de dónde saca la capacidad de establecer juegos y sus reglas. Debe ser el entrenamiento profesional como maestra. Siempre es quien se inventa estas cosas, establece las reglas y describe el procedimiento.

Pero nunca había sido en juegos de esta clase. Me dejó de nuevo sorprendido y admirado por su capacidad.

Loli fue la primera entusiasta de la propuesta. Se sumó e incluso se ofreció a ser la primera en “parar” en el juego.

Sí, claro pensé- tampoco es tan novedoso, al fin y al cabo nos hemos visto totalmente desnudos más de una vez.

Pero no. Así no. En una playa y a plena luz del día, lejos de casa y entre cientos de personas desnudas no es lo mismo, claro que no.

Y tocándonos.

La primera en la frente.

Carlos pasea sus dedos, apenas rozándola, por el escote abierto, por el cuello, la nuca, baja hasta el límite que el escote redondo le permite, acercándose al nacimiento de los pechos, siempre en la parte de piel a la vista.

-¡Juan!

Risas, grititos de Rocío…

-¡Prenda! ¡Pagas prenda!

Mi polla no afloja. Se mantiene dura, permanezco con los ojos bien abiertos clavados en Lola. Tiene poco donde elegir. Prenda superior o falda. Se revela así la perversión del juego. A medida que los jugadores van pagando prendas, la porción de piel al descubierto y susceptible de ser acariciada es mayor.

Pero la inventiva femenina, su capacidad para manejar las situaciones puede sorprendernos la mayoría de las veces.

Con un gesto decidido, echa las manos atrás por debajo de la camiseta, manipula el cierre del sujetador, se contorsiona en un escorzo que le permite sacar el tirante primero en un brazo, después en el otro, y metiendo la mano por delante, por el escote, saca la prenda con una sonrisa de triunfo, sin descubrir ni un solo centímetro de piel más del que ya estaba a la vista.

-¿Y ahora?- La voz de Loli interroga por la continuidad del juego.

Rocío, convertida en árbitro del juego que ha inventado, es quien responde.

-Ahora sigues parando hasta que aciertes.

-Espera, que se ha acabado la botella, voy por otra.

Y así, entre bebida, risas y juego morboso, al poco rato estábamos todos con una excitación tremenda, perdiendo cada vez más prendas. Fue Loli la primera en dejar a la vista toda su desnudez. Íbamos perdiendo prendas todos, más o menos. Pero ella parecía tener menos acierto que nadie. Hizo otra maniobra similar a la realizada con el sujetador, con las bragas. Se despojó de ellas antes que de la falda, pero en la siguiente jugada que perdió el dilema estaba servido.

No se amilanó. Entre risas, se incorporó y, para darle la trascendencia que tenía ser la primera que mostraría alguna de las partes normalmente ocultas de su cuerpo, volvió a apurar hasta el final su copa e inició un baile que quería ser llamativo, haciéndose ella misma el acompañamiento musical.

-¡Tachán! ¡tachaaaaaaaaaán! ¡Tachán, chan chan!

Y cayó la falda.

Una sorpresa que se reflejó en todas nuestras expresiones. La de su marido, la de su hermana, la mía…

Esperábamos- yo por supuesto, creo que los otros también- que se quitara la parte superior. Pero no, no acertamos.

Quedó allí, en medio, desnuda desde la cintura, enseñando su pubis con el pelo perfectamente recortado, muy cuidado, y su culito respingón, pequeño y firme a la vista.

La temperatura fue aumentando. El juego era de lo más morboso. Y mi verga comenzaba incluso a doler.

Casi desnudos todos, apenas calzoncillos Carlos y yo, las bragas Rocío, desnuda de cintura para arriba exhibiendo sus maravillosos pechos, llegó un momento de necesidad de nuevas reglas. Loli, totalmente desnuda ya, ¿qué debía hacer si perdía?

Sin pestañear, Rocío lo aclaró.

-Quien ya esté totalmente desnudo deberá hacer lo que quiera hacer con la persona que quiera de los presentes.

De nuevo mi sorpresa. Con qué rapidez había contestado. ¿De verdad estaba sobre la marcha y en un cierto estado de euforia alcohólica inventando el juego?

Carlos, tan racional incluso en aquellas circunstancias, puso la objeción.

-Eso es un premio por fallar. Puede elegir qué y con quién.

-Vale, tienes razón, entonces quién y qué lo decide quien haya hecho la caricia que no ha adivinado.

Seguimos jugando.

Aquella noche, por primera vez, toqué entre risas y comentarios jocosos, en un juego, el sexo desnudo de Loli, una sensación que no podré olvidar. Un recuerdo que estará al lado de los más importantes en mi vida sexual, casi tanto como las primeras veces que besé la boca de Rocío, que acaricié el cuerpo de Rocío, que besé el sexo de Rocío, que la penetré con mi sexo, que ocupe la boca de Rocío con él, que… que contemplé otra boca lamiendo a Rocío, que ayudé a que jugara con otro sexo, que la oí en un orgasmo explosivo cabalgando a otro macho, que la vi lamiendo el sexo de otro hombre mientras me retorcía de placer con otra mujer en mis brazos…

Y así acabó precisamente el juego.

Mi mano entre las piernas de Loli, buscando recorrer con los dedos sus labios sobresalientes entre el pelo que los ocultaba a la vista, notando la humedad de esa zona, que no podía esconder ni disimular las sensaciones que la hermanita experimentaba en el juego.

-¡Carlos!- se equivocó de nuevo, creo que esta vez sin intención. La caricia que le estaba haciendo era de tal intensidad, tan íntima, tan sexual… tal vez le resultaba imposible creer que el dedo que finalmente se había deslizado en el interior de su coño era el mío.

Un breve alboroto y una expectación completa. Me sentía como debía sentirse un emperador romano con capacidad para decidir sobre los actos, incluso los más íntimos, de los súbditos.

Podía decidir lo que haría Lola y con quién lo haría.

¿Podía?

No. No podía.

Antes de que todo aquello pudiera ir mucho más allá, sólo tuve que mirar la expresión -ahora seria- de Rocío. No cabía duda. Su gesto era una llamada a la cordura.

Supe que se había acabado.

-Bueno…- comencé a decir con lentitud, con fingida solemnidad y dando tiempo para crear inquietud.

-Ahora, mi decisión es que Loli nos demuestre sus habilidades sexuales más secretas… -Ya no había risas. Silencio. -Y que se vaya a la habitación, a esperar la llegada de la persona que compartirá con ella un buen polvo.

Ninguna reacción. Callados, con una sonrisa en los labios, pero con el corazón en un puño todos, incluso Rocío.

Loli fue la primera en reaccionar. Nos miró a todos, primero a su hermana, después a su marido, finalmente a mí. Parecía incrédula. De nuevo recobró la risa, adoptó un tono de chulería provocadora y dándonos la espalda comenzó a caminar, desnuda, moviendo el culo con un marcado contoneo.

-Vale, pero quien sea que no me haga esperar mucho…

Tal vez era la valentía del alcohol, siempre inconsciente. Tal vez.

“Quien sea” – dijo.

Cuando desapareció escaleras arriba, lo solté mirando a Rocío, para recibir el premio de su sonrisa a medida que escuchaba mis palabras.

-Ya has oído, Carlos, no la hagas esperar.

***​
-¡Juan!- La voz de Rocío, llamándome, me saca de los recuerdos para devolverme a la realidad de mi sábado en casa.

-¿Vas a subir? ¡Te has pasado la tarde ahí encerrado!

Tiene razón, el tiempo ha volado y no está bien que desaparezca de ese modo.

-¡Voy!

Un comentario sobre “Dos hermanas (7)

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