SILVIA ZALER

Antes de empezar

Quizá si ese día en la discoteca hubiera pensado con la cabeza, en vez de con las bragas, mi historia sería muy diferente. Aquella cena, en ese baño, con aquel chico, todo cambió. La culpa no es de él, ni de la bebida, ni de la coca. No puedo ser tan estúpida por pensar eso. Fui yo quien sucumbió a esta vorágine.

Y si esa primera vez pudiera tener algún tipo de disculpa, la segunda ni la tercera, ni las que vivieron, la tienen. Te puedes engañar a ti misma una vez. El resto, ya no. Eres consciente de lo que haces.

Y todo lo que hice a partir de ese momento, fue cavar mi degradación. Mi deseo desaforado de sexo. Mi propia sentencia…

Ahora, no sé si es tarde. No puedo saber si hay arreglo. Pero todo lo que he hecho, está ahí.

Señalándome…

Acusándome…

Mis verdaderas vacaciones

Me llamo Elsa.

Estoy yendo a Valencia en coche desde Jávea. Mi marido se ha quedado estos últimos días con nuestros dos hijos y sus sobrinos. Los dos nuestros tienen ocho y nueve años respectivamente, y los hijos de su hermana, de similar edad, suelen pasar con nosotros buena parte del verano.

Hoy es veintidós de agosto y en realidad, no voy a Madrid porque tenga trabajo. Voy a follar, así de simple y directo. Desde siempre, le digo a mi marido que necesito trabajar esos días en Madrid, en previsión de los lanzamientos editoriales del mes de septiembre. Y aunque yo no me ocupo de eso, le argumento que tengo que acudir. Se lo cree, el pobre. Por supuesto la chica sigue de vacaciones y ni se me ocurre llamarla. Quiero estar sola. Y libre.

Son tres o cuatro días —según se presente el plan—de desmadre total, de follar con tíos jóvenes o mayores, con monitores de gimnasio, con amantes más estables o con desconocidos en fiestas y reuniones que nos montamos Las Guarris. Ya os las presentaré.

No lo oculto. Soy una zorra, me encanta hacerlo, no me pesa ser infiel a mi marido y me divierto al máximo esos días. Eso, al menos, me hace estar tranquila unas semanas, pero en octubre o como mucho a principios de noviembre, vuelvo a meterme en cualquier otra cama que pueda. 

Estos días son una necesidad para mí. En Jávea, salvo algún lío que he tenido muy esporádico, apenas follo. O lo hago con mi marido. Que, por cierto, me gusta. No lo rechazo, ni mucho menos. Debo decir que esos días me comporto como una esposa perfecta, liberada, sensual y divertida con mi marido. Solo con pensar en lo que me esperan de desmadre cuando regreso sola a Madrid, me provoca ese subidón de la libido con mi esposo.

He dicho que he tenido algún lío. Sí, es verdad. Pero siempre de forma discreta. Una vez, hace tres años, fue con un jugador de pádel argentino. Gilipollas hasta decir basta, tonto, relamido, pagado de sí mismo, pero guapo a rabiar. No me pude contener cuando me metió las fichas de forma descarada aquella tarde. No sé, a veces pienso que llevo impresa en la frente que estoy disponible y que me puede follar cualquier hombre con un cierto atractivo. Y estoy segura de que la forma de mirar, de andar, o simplemente de mostrarme, debe decir algo parecido. Porque las dos veces que en Jávea me he follado a alguien, han sido ellos los que me han entrado.

Gustavo, el argentino, lo consiguió esa misma tarde. Es cierto que no puse ninguna objeción en cuanto vi que mi marido se marchaba con unos amigos a tomar una nueva copa. Aquel día teníamos cena y le dije que necesitaba descansar un poco. El socorrido dolor de cabeza, queridas. Además de que así tendría tiempo para arreglarme, ducharme y ponerme guapa para la cena de unos amigos de mi marido. Un matrimonio forrado como he visto pocos y que todos los veranos se distraen en hacer fiestas o cenas, a las que solemos ir mi marido y yo algunas veces. También tienen, cómo no, barco. Nosotros, no. Lo considero una gilipollez. Y solamente lo he pensado si contratáramos a un capitán de esos buenorro que me distrajera del coñazo de navegar a base de pollazos. Pero no, es demasiado arriesgado, termino diciéndome.

Esa tarde, Gustavo me echó un buen polvo. Y no fueron dos, porque el cretino hablaba por los codos. No para de escucharse, de mirarse al espejo, de colocar poses que piensa que son sexys. El memo de él está muy bueno, esa es la verdad. Pero, punto. Maneja con destreza la polla, todo hay que decirlo y folla muy bien. Se nota que se ha tirado a bastantes, y eso, a mí me encanta. No soporto a los que no saben follar, no se muestran creativos o timoratos. Gustavo no es de esos. Es idiota, pero suple sus estupideces con una buena follada como la que me metió esa tarde.

Lo metí en mi casa por la puerta de servicio, y además, como me dijo que también pintaba, se empeñó en que me regalaría algún cuadro. A mí me daba igual, bastante tenía con follármelo ese día. Pero lo hizo y debo decir que no están mal. Son abstractos, pero me valen para algunas de las paredes de nuestro salón.

Me parto de risa cuando ahora lo veo y pienso en Gustavo, mientras mi marido se toma una copa justo debajo de aquel conjunto de rayas y cuadros de bastante colorido. Es surrealista, pero divertido, la verdad. O a mí, me lo parece. Sé que puede parecer cruel, pero chicas, qué le voy a hacer. Me mojo solo con pensar en él empotrándome mientras mi marido descansa debajo de su cuadro.

A Gustavo lo vi solo una vez más ese mismo verano. Obviamente, que lo vi, significa que me lo follé. Fue en una fiesta en la que estábamos invitados, así como él. No tuvimos que hacer demasiado. Bastó con meternos en uno de los cuartos de baño y desaparecer durante unos veinte minutos. Morboso, ¿verdad? No me digáis que no os pone follar con un tío en una fiesta donde está tu marido. Brutal, aunque no lo entendáis.

Cuando le bajé los calzoncillos bóxer y saqué su polla para metérmela en la boca, solo podía imaginarme que a escasos diez o doce metros podía encontrarse mi marido sonriendo con sus amigos y contándose chorradas. La sensación de vértigo, de morbo, de atracción, es tremenda cuando sabes que bordeas el máximo peligro. Le hice una mamada que campeonato, pero tuve que pararla porque quería que me la metiera y corría el riesgo de que si seguía comiéndomela terminase en mi boca y yo a dos velas. De eso nada. Me la saqué e hice que la metiera en mi coño, húmedo como pocas veces lo he tenido. Lo hicimos en silencio, mirándonos a los ojos, sabiendo el morbo y la fantástica sensación que nos recorría hacerlo allí, en medio de esa fiesta sin que nadie se percatara.

Me encanta chupar las pollas. No puedo compararlo con follar porque ahí llego al orgasmo, pero tener un buen pollón en la boca, saboreándole, lamiéndolo, es lo más excitante que se me pasa por la cabeza. Bueno, que eso, que me pirro por comerle la polla a un tío bueno. Y si encima es una de buenas dimensiones, ya ni te cuento.

Hay mucha tontería con eso del tamaño. Queridas, sí que importa. Importa porque una polla como Dios manda te llena todo el coño, te roza en toda la cavidad vaginal y pueden empotrarte sin temor a que se salga cuando lo cabalgas. Lo demás, cuentos. Sí, el clítoris lo alcanza una polla normalita, es verdad. Pero, creedme, cuando se ha probado un pollón de buenas dimensiones, las pollas pequeñas o tipo lápiz, para quien folle poco, queridas. No me valen, así de simple. Con esto no quiero decir que solo me tire tíos con trancas descomunales. No, me sirven normales. Pero prefiero que sean gordas y largas, por ese orden. Si no me creéis, tiraros a uno de los que yo hago y comprobadlo.

A Gabriela le pasa lo mismo. Pensaba que una polla normalita servía. Ya, claro… Hasta que se tiró a Romeo, un brasileño, monitor de zumba de un gimnasio al que nos apuntamos para ver si nos lo tirábamos. A final, fue nuestra Gaby la que se lo llevó al huerto. Bueno, a la oficina del responsable comercial, un memo de cara avinagrada que no vendería nada si los monitores no fueran unos tíos cañón. Sospecho que la directora del gimnasio los debe catar. No sé si a todos, pero a más de uno, seguro. Tiene la misma mirada de zorra que yo.

Bueno, pues mi amiga, cuando tuvo en la boca, dijo que ya solo quería ese tipo de pollas. Pero claro, eso es imposible. La inmensa mayoría de los tíos la tienen normal. Y muchos, pequeña. Digan lo que digan. Por eso, hay que saber conformarse con una estándar, pero gorda. Menos de eso, ya podemos discutirlo.

Con la otra persona con que he sido infiel a mi marido en Jávea fue con un tipo este verano, al que he visto —follado— dos veces, y que lo conocí de forma tonta y casual en el supermercado, un día que fui a hacer la compra y mi marido jugaba al golf.

No lo hicimos ese mismo día, pero no por falta de ganas, sino porque la inoportuna de su hija nos cortó el rollo cuando ya habíamos empezado las sonrisas y los dobles sentidos. No importó, al día siguiente, quedamos en su casa. Yo salgo a correr —es gracioso, ese día me corrí dos veces— por las tardes cuando ya baja el sol y la brisa hace que la temperatura sea mucho más agradable que de día.

Este verano, rompiendo las reglas de mi discreción cuando estoy de veraneo con mi marido, he aprovechado dos de esas tardes para acercarme a su casa y tirármelo sin el más mínimo pudor o remordimiento. Es educado, tiene dinero y mucho vicio encima. Me invita a unos porros de maría que luego me cuesta mantenerme serena cuando llego a casa. Pero qué coños, me encanta trasgredir y pasarme de la raya. Me he llevado de su casa, además, una bolsa de hierba que me la pienso fumar enterita, yo sola. O bueno, con mis amigas que tampoco le hacen asco a esto de los vicios.

Ahora, como digo estoy volviendo a Madrid. Antes de ayer estuve con este nuevo fichaje y tuvimos una sesión de más de una hora y media. Tuve que alargar el tema porque estaba tan colocada que no me atrevía a ir a mi casa en ese estado de risa continuada. Aprovechamos, por lo tanto, para follar más. El segundo espermazo me lo tiró encima de mi ombligo. Me tuve que dar dos duchas allí mismo en su casa, una de agua bastante fría para despejarme, y aun así. No sé qué maría tiene, pero no solo me pone cachonda perdida, sino que me coloca muchísimo.

Mi marido no sospechó nada porque de inmediato me tiré a la piscina de nuestro chalé con la excusa de que venía acalorada de correr. Sí, era cierto, estaba acalorada y venía de correrme como una zorra con Marcos, que así se llama ese padre divorciado con una hija estúpida a más no poder, y que sé que tiene una novia inglesa bastante potente. Pero, qué queréis que os diga, estoy segura de que no folla ni la mitad de bien que yo.

No os he comentado nada de mis amigas. Y no me refiero a las de Jávea o La Moraleja de Madrid. No, me refiero a Las Guarris.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s