MARYCRUZ HERNÁNDEZ

Hola. Yo me llamo Minerva, y soy alcohólica. No me van a encontrar a las seis de la mañana un lunes, durmiendo en el piso a media calle con una botella de tonayan en la mano. Tampoco van a encontrarme todo el día en una cantina de mala muerte hablando, bebiendo y bailando con desconocidos. No falto al trabajo por encontrarme ebria o cruda. Tampoco cargo en mi mochila una botella oculta que deba beber a escondidas en el baño o el transporte. Mi manera de manifestarlo es distinta, y creo que, por tanto, un poco más peligrosa. Yo bebo a solas y en mi casa, mientras todos trabajan. Asalto la vitrina de licores de mi familia a media tarde, o corro a la licorería a comprar provisiones suficientes, y me encierro en mi cuarto a beber de a poco. Yo oculto las latas y botellas en bolsas negras bajo mi cama, y las tiro en basureros de la calle en cualquier oportunidad. Yo sé cuánto tiempo tarda mi organismo en procesar el alcohol, si es un día entre semana, dejo de beber en el momento oportuno para que al día siguiente la cruda no sea un problema. Yo he aprendido a fingirme sobria por si aparece alguien a mitad del trago. Yo asisto al trabajo puntualmente, con la auto promesa de que sin importar qué tan duro o difícil sea el día, podré beber al volver. Yo limpio mi casa, alimento a mis mascotas, lavo mi ropa y cuido de no verme mal. Busco maneras de no dar sospechas a nadie. Me autodenomino “alcohólica funcional”. ¿Y qué hay de malo entonces? Si aparentemente he logrado equilibrar todo bien. Que no hace falta terminar tirada en la banqueta para saber que estás jodiéndolo todo. Que, en alguna fiesta o reunión, con la música a tope y las bebidas libres, te resulta imposible controlarte como en tu casa y terminas extremadamente mal, vomitando en un baño ajeno tomada de la mano de algún desconocido acomedido o una chica solidaria, que decidieron acompañarte en tu agonía, al verte tonta e indefensa. Que a solas en tu cuarto te pones a llorar y gritar sin sentido, porque sabes que el beber es sólo un desahogo incorrecto de todo aquello que está mal en tu mente y tus sentimientos, desde hace años.
Que, en arranques de furia o dolor, acrecentados o provocados por los tragos, has herido a gente a la que le importas y a quien amas. Física y emocionalmente. Que tienes lagunas mentales de las que sólo quedan marcas, huellas y rastros que debes seguir y ensamblar: audífonos rotos, hojas arrancadas, notas desesperadas, una herida sangrante en tu cuerpo, moretones inexplicables, mensajes borrados, tu registro de llamadas… Que sientes la mirada decepcionada y dolida de un amigo, familiar, conocido o pareja, cuando por casualidad entraron a tu cuarto mientras ocultabas las botellas, o te vieron llorando, o contaron las cervezas que te tomaste y descubrieron el exceso, o simplemente estaban contigo mientras, poco a poco, te descomponías y pasabas a convertirte en la piltrafa que deja de ti la bebida. Eso es lo que tiene de malo. Esa es la parte peligrosa. Que sin tanto escándalo y sin aparentes consecuencias, terminas igual o peor que los alcohólicos tonayaneros de banqueta. Porque ellos arruinaron su vida de manera declarada, pero tú… tú la arruinas en silencio, día tras día, y no lo admites sino hasta que se te sale de control. Me llamo Minerva, soy alcohólica, y hoy por primera vez lo reconozco: esto se me salió de control.
https://cronicasdemad.wordpress.com/

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