TANATOS12

Capítulo 55

Tan pronto cerré aquella puerta tuve un mal pálpito. Un intangible de desconfianza. Me quedé allí, frente a la puerta. Completamente quieto. En silencio. Y pude escuchar, en tono bajo, pero con nitidez, aquellos jadeos de María, aquellos “¡Ohhh!” “¡Ooohh!”, morbosísimos. Unos jadeos, más largos, otros más cortos, y pensaba que… si aquel polvo tranquilo, en cuchara, se escuchaba desde fuera de la habitación… lo que se habría escuchado cuando la embestía con furia, a cuatro patas, y ella gritaba entregada.

Caminé hacia el ascensor, recordando, yendo mi memoria a aquella última postura, como si no la hubiera retenido por completo. Ella, de lado. Él pegado a ella, con una mano a la vista y otra tras ella. María echando una de sus manos hacia atrás, para impedir que él maniobrara de aquella manera, en aquella zona, y sentí como si me hubiera perdido algo y ahora lo viera más claro; pudiera ser que él estuviera hurgando con su dedo… cerca de su ano… intentando lo que nadie había conseguido por completo.

Aquella imagen rebotaba en mi mente. No podía estar seguro y me preguntaba el porqué de mi huida y no la entendía del todo. Pero sentía un cierto orgullo por haber soportado, por fin, verla follar, sin marearme del todo, sin vomitar, sin sollozar. Me sentía un cornudo más maduro. Y ella también había demostrado, durante toda aquella noche, un mayor control, aunque pareciera lo contrario, pues había sido una pérdida de dignidad consentida y, hasta cierto punto, controlada.

Salí del ascensor, revisé mi móvil, y no me lo podía creer.

Tenía cinco llamadas perdidas… de Edu.

Tenía además varios mensajes. Caminaba por el vestíbulo, hacia la salida, con la idea de buscar una cafetería, para coger unos cafés para llevar, para dar combustible a mi novia, para que siguiera follando, y a su macho, para que le siguiera dando placer, mientras revisaba aquellos mensajes y no daba crédito.

Un Edu visiblemente enfadado, me decía que sabía que un tipo grande se la estaba follando, que yo lo estaba viendo, y, lo que era más pretencioso y molesto, quería que yo grabara aquel acto, aquel polvo, con mi teléfono móvil. “Al menos graba el audio, quiero escuchar como grita María”.

Mi incredulidad no descendía e intentaba ordenar lo que sucedía. Deducía que María le habría estado narrando la noche, hasta la llegada de Roberto a nuestro hotel. Por tanto Edu sabría que el amante elegido por él, Marcos, no había triunfado, y que ella finalmente había elegido lo que ella había querido. Ella ganaba. Y yo también, pues la veía follando, estando yo presente. Y Edu perdía, pues no elegía amante y además María me había querido allí durante el acto, sobre todo al principio, lo cual me hacía ganar también a mí.

Me volvió a llamar y rechacé la llamada. Inmediatamente después me escribió. Amenazándome.

—No pienso grabarla, ni audio, ni video —le acabé escribiendo, en aquel vestíbulo, antes de salir a la calle.

—¿Aún se la está follando? —preguntó.

—Sí —respondí, y me sentí por primera vez con control sobre él.

Me volvió a amenazar con que si no la grababa me acordaría de él. No le hice caso. Me agradaba imaginarle desesperado, descontrolado, ¿envidioso? ¿celoso? María y yo ganábamos, él perdía.

La mañana me sorprendió, fría. Caminé un rato hasta que encontré una cafetería y pedí dos cafés. Uno para Roberto y otro para María, por si quisiera. Si bien suponía que una vez acabasen de follar, ella querría dormir hasta las doce.

Me sentía maduro. Me sentía bien. Con una plenitud extraña. Como si sintiera que por fin controlaba aquello. A María se la estaban follando y yo estaba cachondo… algo alterado, pero a la vez mantenía la cordura. Quizás fuera surrealista, pero me sentía en cierto modo orgulloso de mí mismo. Con la capacidad de decirle a alguien, sin temblar, sin gimotear: “Estoy aquí, cogiendo unos cafés, y a mi novia se la está follando un tío, en aquel hotel, a dos manzanas”.

Edu me volvió a llamar. Dudé en cogerle, y en recrearme en que yo tenía el poder, pero no me apetecía ni escuchar su voz, no quería alterar mi estado, positivo… y hasta casi dichoso. No cogí aquella llamada.

No tuve prisa en volver al hotel. Entre lo que había tardado en llegar a la cafetería, pedir los cafés con calma y desandar el camino, dejé pasar más de media hora, hasta que dieron casi las nueve. Me sentía como en un sueño y, a medida que me iba acercando, deshaciendo el camino andado, me iba poniendo un poco más nervioso. Quizás hubieran acabado y estuvieran durmiendo. Quizás hubieran acabado y él se estuviera vistiendo. Quizás él ya se hubiera ido, rehusando el café. Quizás aún estuvieran follando. Recordé aquel hipotético intento de Roberto de hurgar en su ano… quizás aquello hubiera desembocado en algo, o en nada.

Subía en el ascensor, ciertamente tenso. La puerta se abrió en la planta de nuestra habitación. Las pulsaciones se me disparaban. La existencia de aquel yo cornudo más maduro no implicaba que una vez cerca de ellos mi corazón no bombease con fuerza y mis manos no sudasen. Avancé por el pasillo. Llegué a la puerta.

No me hizo falta pegar la oreja. Se escuchaban gemidos, de María, contenidos, ahogados, como si algo no la dejara jadear o respirar bien, como si estuviera amordazada…

Me aterré.

2 comentarios sobre “Jugando con fuego. Libro 3 (55)

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