ALLTEUS

Capítulo sexto: Sobresofás.

El vestido tradicional chino que visten es muy curioso. Si bien es cerrado por arriba, ajustándose al cuello y a los brazos, cubriendo casi hasta el codo, las aberturas laterales y la falda recta permiten un acceso sencillo y rápido desde el ombligo hasta los pies, bastando subirlo por delante o por detrás para dejar al descubierto toda la parte inferior del cuerpo. Siempre me ha parecido una forma de sumisión manifiesta, porque sumisión es que baste un único gesto del macho para acceder sin problemas a la zona genital de la hembra, poniéndolas al alcance de su vista o, incluso si así lo desea, de su miembro.

Con Lola estirada sobre mi cuerpo, casi totalmente acostados uno encima del otro en el sofá, levanto la parte inferior trasera de su vestido, doblándola hacia arriba a modo de nueva capa sobre la espalda, dejando al descubierto sus piernas, su precioso culo y el nacimiento de su espalda, hasta la cintura. Lo hago con toda la intención. Me gustaría ver la cara de su marido cuando se acerquen a nosotros y pueda contemplar la desnudez de su mujer revolcándose conmigo.

Pero no parece que Rocío y Carlos quieran acercarse a nosotros todavía. Permanecen en la otra parte del salón, dedicándose a lo suyo sin reparar en nosotros, y desde allí nos llegan los jadeos de ambos.

Mejor –pienso para mí- porque de esa manera es poco probable que se interrumpa lo que hemos iniciado. Cuanto más se haya avanzado, cuanta más excitación acumule más difícil será frenar todo esto. Tal vez si contemplara a su mujer en la forma en que la he puesto con intención morbosa, tumbada sobre otro hombre, desnuda de cintura para abajo, besándose con pasión desatada, podría sentir un algo que le bloqueara.

Me dedico entonces a lo que tengo entre manos, y mientras seguimos devorándonos las bocas agarro las nalgas delgadas y firmes de Loli, casi en los muslos, y estiro hacia afuera y hacia arriba con fuerza, desplazando la piel y el músculo al mismo tiempo. Es un gesto que a mi mujer le encanta, incrementando su excitación y su respuesta. Esa caricia le abre la raja del culo, tensiona el ano y abre también un poco los labios de su cerrada rajita del coño, algo que le provoca la sensación de quedar expuesta y mucho más accesible al capricho del macho.

A su hermana también le produce el mismo efecto, y lo noto de nuevo por el cambio de tiempo de sus grititos, que vuelven a hacerse más prolongados.

-Quiero tus labios en los míos, Lola- le deslizo al oído, sin pensarlo, en un momento en que puedo hablar porque hemos dejado de besarnos para darnos un respiro.

He usado su nombre a propósito. Normalmente, La llamo tanto con el diminutivo como con el más redondo Lola, según me salga de forma natural. Incrementa mi excitación y mi placer que hagamos expresa la transgresión. No somos un hombre y una mujer cualquiera que van a follar. Somos Juan y Lola, ella es la hermana de mi mujer, soy el marido de su hermana, nos conocemos desde hace más de 20 años y en la misma sala están nuestros respectivos cónyuges, su marido y mi mujer, su hermana, a punto de follar como nosotros.

Intenta besarme de nuevo, pero haciendo imposible su estirada para acercar la boca, la freno.

-No me refiero a estos labios- le digo, intentando alcanzar el tono grave y sugerente que merece la proposición.

Tarda unos segundos en comprender. Cuando lo hace entorna los ojos, sonríe con picardía y rápidamente se incorpora, levanta con determinación las dos partes del vestido, de rodillas, con una pierna a cada lado de mi cuerpo, avanza lentamente, sin dejar de mirarme provocativamente, hasta dejar su delicioso coño apenas a unos centímetros de mi cara.

-¿Estos quieres?- me pregunta con voz ronca.

-¡Tómalos!- continúa sin esperar respuesta.

Demoro el contacto. Me recreo en la contemplación primero. La forma de ese sexo tan diferente al de su hermana, un sexo que se exterioriza en unos labios grandes, gruesos y rugosos, rematados en su parte superior por un botón visible, un capuchón del clítoris sonrosado, una especie de piel gruesa y brillante bajo la cual, de un rosado más pálido, aparece apenas un botoncillo húmedo…

Mientras repaso esa deliciosa fruta que en un instante me comeré, Loli la hace oscilar ante mi cara, en pequeños círculos que lo acercan y alejan un poco, en un gesto de llamada a que por fin levante la cara y puede tocarlo con mi rostro.

Sigo en esa lenta contemplación, disfrutando de ella. Me llama la atención algo que no había tenido ocasión de ver antes. Una considerable diferencia entre las hermanas en su zona genital. La de Rocío es una continuidad, una depresión que se inicia delante, en su raja, sigue hacia atrás para separar los glúteos y a medio camino aloja un ojal fruncido pequeñito y apretado. La de Lola encuentra una barrera prominente entre el sexo y el ano, una especie de cilindro transversal prominente, una protuberancia que atraviesa con claridad por esa zona de una pierna a la otra, como un tendón grueso que las uniera. Tiene un perineo transversal sobresaliente, un músculo hiper desarrollado, entrenado ves a saber con qué movimientos o gestos…

Cuando ya he observado bastante, aprovecho uno de esos pequeños círculos. Levantando ligeramente la cabeza atrapo ambos labios y sorbo con fuerza para notar que se adentran en mi boca, mientras ella emite uno de sus gritos agudos de zorra asiática con un volumen muy superior a todos los anteriores.

Juego, mientras chupo y lamo, rozando con la nariz su botón superior, sin apretar, dejando que ella gradúe la presión, que sea su propio movimiento adelante y atrás el que marque el ritmo y la intensidad.

Separo los labios con mi lengua y alcanzo a meter una punta entre ellos, saboreando sus humedades. Me enloquece ese sabor. Es delicioso. Es diferente al de su hermana. Algo más ácido, no sé, más cítrico.

-¿Habrá una posibilidad de categorizar la gama de sabores de los coños, como con los vinos? ¿Existirán expertos en esas catas?

Las preguntas -absurdas, lo sé- atraviesan por mi cabeza de forma incontrolable, y casi me hacen perder la concentración en la tarea que llevo a cabo: la delicada tarea de lamer concienzudamente el higo sabroso que me ofrece la hermana pequeña de mi mujer.

A veces se deja caer sobre mi, chafando su entrepierna en mi boca, incluso tapándome la nariz para dejarme por breves instantes sin posibilidad de respirar. Le sigo el juego sin alterarme, y cuando alza otra vez su peso para liberar mi rostro alargo la lengua para regalarle un nuevo lametón y arrancarle otro gritito.

Cuando decide cambiar de posición vuelve a sentarse, suspirando, a mi lado. Quiero que me compense por el trabajo que he realizado, y estoy seguro de saber algo sobre cómo excitarla.

Vuelvo a empuñarle con rudeza el coño y le mordisqueo una oreja mientras le suelto con voz imperativa:

-Ahora tú. Hazlo.

-Soy un hombre muy exigente- añado junto a su oído, con voz grave, incrementando la presión de la mano

-Soy una mujer muy complaciente- me responde con dulzura y poniendo énfasis en ese muy tan excitante.

Me acomodo en el respaldo, a esperar su acción.

Está caliente, y quiere demostrármelo. Se nota en los gestos felinos que realiza, en la forma en que me baja la cremallera de la bragueta mientras se relame exageradamente los labios…

Libera mi sexo del pantalón. No llevo calzoncillos. He excluido esa prenda a propósito, porque de llevarlos hace rato que me hubiera dañado el cipote. Los hombres no estamos hechos para esa tortura inhumana, especialmente para la que nos producen los slips ajustados, imitación de las bragas femeninas que no tiene en cuenta el espacio necesario para esa parte tan y tan delicada de nuestro cuerpo.

¡Qué boca tan suave!

Apenas unos segundos después, la hermana pequeña se aplica a mi placer con empeño. Me acomodo algo más, dispuesto a disfrutar poniendo a prueba esa cualidad de hembra complaciente que me anunciaba, pero dejo de atender a sus actos porque la vista que se me ofrece concentra toda la atención.

¡Cuánta belleza!

Frente a mí, en el otro sofá, Rocío y Carlos se han desnudado. Ella conserva sólo las sandalias planas de incrustaciones rojas. Él nada.

Sentado Carlos, con las piernas muy abiertas, Rocío se encaja de espaldas a él, sentada también y utilizando su pecho como respaldo, con las piernas también muy abiertas. Mientras una mano hunde los dedos en la entrepierna de mi mujer, la otra sostiene un pecho, como si quisiera sopesarlo, y de tanto en tanto tironea un pezón.

Rocío se retuerce en un escorzo para intentar alcanzar con la boca la boca del hombre que la hace disfrutar.

Nos miramos y mantenemos la mirada una eternidad. Soy yo quien, sintiendo uno de los lametones de “la niña”, suspiro profundamente y entorno los ojos, en una señal inequívoca de placer.

Ella sonríe y hace lo mismo, entorna los ojos un momento. Nos hemos entendido… estamos disfrutando una experiencia única.

Con la suavidad que le caracteriza, se incorpora, sin cambiar de posición, mete un brazo entre sus piernas abiertas para sujetar con firmeza el tronco de Carlos, que se levanta firme tras ella. Acerca sus nalgas a esa columna y desciende lentamente, guiándola a su interior, metiéndosela y dejándose caer para que la penetración sea completa.

No ha parado ni un momento de mirarme a los ojos mientras llevaba a cabo ese movimiento, a modo de dedicatoria. He sentido casi tanto como ella las sensaciones que debe provocarle ese durísimo mástil entrando, milímetro a milímetro, en los pliegues de su vagina, estirándolos uno tras otro, en el recorrido hacia su interior.

Es un juego que casi siempre hemos practicado en nuestros encuentros. Ese momento en el que nos follamos a través de los cuerpos de otras personas, sabiendo que ambos queremos hacerlo, que ambos disfrutamos haciéndolo, que ambos consentimos en esas formas de placer.

Por amor.

Vuelvo a acordarme de Loli, que sigue recorriendo mi verga con su boca de todos los modos posibles. La incorporo ligeramente, para que cese en esas caricias.

-Desnúdate- le ordeno, y acompaño la orden desabrochando mi cinturón y bajando los pantalones para quedar yo también desnudo de cintura para abajo.

-No, los zapatos no- le indico cuando observo que está descalzándose.

Me gusta esa actitud sumisa que adopta, el rol que cumple en esta nueva forma de relacionarnos, actitud sorprendente en alguien que a su inquietud natural ha añadido siempre un carácter independiente y bastante rebelde.

Cuando se despoja del vestido, la dejo un instante de pie, desnuda, contemplándola y haciendo evidente que estoy contemplándola. Me desplazo hacia el filo del sofá para sentarme con la espalda muy recta, y la invito a sentarse en las rodillas, pero, a diferencia de lo que están haciendo muestras parejas, la coloco de espaldas a ellos, con la cara hacía mí.

-¡Fóllame!- exijo de nuevo con voz imperativa.

Desliza el culo por mis piernas, acercándose a mi verga, me rodea con las suyas la espalda, como si se hubiera sentado en la posición del sastre pero conmigo en medio, desliza el vientre arriba y abajo hasta situar en la entrada la punta del capullo. Como si hubiéramos acordado antes el movimiento, compartimos una sacudida sincronizada que encaja nuestros sexos y nos permite continuar con un ligero vaivén, ella subiendo y bajando para aliviar la presión y volver a encajarse una y otra vez…

He querido que esté de espaldas a su marido y hermana.

No quiero compartir con nadie el momento.

Rocío y yo seguimos mirándonos, cómplices únicos. Carlos queda oculto tras el cuerpo de mi mujer, Lola de espaldas a ellos y concentrada en sus propios movimientos es ajena a la escena.

Al cabo de un rato Rocío ha acompasado, puede que inconscientemente, los movimientos a las subidas y bajadas del cuerpo de su hermana.

Es como si nos estuviéramos follando en otros cuerpos distintos, utilizándolos para amarnos en ellos, pero para amarnos nosotros. La verga de Carlos entra y sale en su coño al mismo ritmo que la mía en el coño de su hermana.

Los movimientos de Lola se aceleran cada vez más, rompiendo la sincronía que habíamos alcanzado. Al principio de forma imperceptible, más tarde de forma mucho más evidente, mientras la cantinela de sus grititos se hace cada vez más ininterrumpida.

Oigo perfectamente los jadeos, fuertes y sonoros, de Carlos, mezclados con los de Rocío, también cada vez más intensos.

Aunque no reparo en lo míos, supongo que los demás también deben escucharlos, en ese concierto coral de sonidos del placer.

Cierro los ojos y decido centrarme en las sensaciones que me produce el contacto con Loli, en un arrebato de mala conciencia. Siento como si le estuviera robando parte de algo suyo en esa atención exclusiva a su hermana.

Estamos follando. Las dos hermanas han intercambiado sus parejas y los cuatro resoplamos y nos movemos haciendo algo que era impensable hace al menos unos meses. Siento una especie de vértigo ante la evidencia de tanta perversión.

Para salir de ese peligroso pensamiento, me quito de encima a Loli y me levanto. Enseguida comprende mi gesto de agarrarla por la cintura y voltearla, poniendo su culo contra mi vientre. Sin perder el tiempo apoya las rodillas en el borde del asiento del sofá, abre las piernas todo lo que puede y se apoya con los brazos en el respaldo.

Sin miramientos, le encajo el pulgar en el interior de su caliente y mojado coño, haciendo movimientos giratorios amplios, como si quisiera agrandar el espacio. Lo saco con la misma brusquedad y, con un golpe de cadera, empujo hasta el fondo mi sexo mientras sujeto las suyas con fuerza, intentando penetrarla hasta donde sea posible.

Acusa el movimiento con otro grito, pero sin esperar más comienza un movimiento de vaivén agitado, rápido, hundiéndose mi polla y sacándola casi del todo en cada golpe.

Estamos de espaldas a Rocío y Carlos. Son ellos los que pueden disfrutar del espectáculo que brindamos, si quieren, y sin que sepamos -ni nos importe- qué estén haciendo.

Sigo actuando con cierta brusquedad y formas dominantes. Tengo muy claro que le gustan, que le excitan. Ignoro si es así siempre en la cama, aunque creo que no, que es todo lo contrario, pero hoy, ahora, aquí, es una mujer entregada, con un punto importante de sumisión.

Con ese punto de grosera y premeditada brusquedad, agarro sus brazos, los giro hacia atrás y los utilizo como puntos de sujeción de su cuerpo para atraerlo hacia mi vientre en cada embestida. Al privarla del apoyo de sus brazos para sostenerse a cuatro patas, la cabeza acaba cayendo sobre el asiento al tiempo que se eleva más el culo, en un nuevo escorzo que facilita más la penetración.

Sé que no aguantaré mucho más. Días, semanas, de espera… horas preparando este encuentro… varias horas, más de cuatro, desde que comenzamos la cena, casi dos desde que iniciamos el juego sexual… No soy un atleta, puedo disfrutar un buen rato, pero las maratones no han estado nunca a mi alcance. Sé que en unos minutos no podré resistir.

Afortunadamente, el indicador sonoro de Lola me avisa de su inminente orgasmo. El sonido continuo se complementa primero con la crispación de todo el cuerpo, que adquiere poco a poco mayor rigidez hasta alcanzar una tensión máxima, hasta endurecerse y permanecer inmóvil como una estatua de piedra, únicamente animada por ese gritito eterno y apretando con fuerza su culo contra mi vientre, como si quisiera conseguir que llegara mucho más lejos en su interior. No ha debido ser mucho tiempo, pero esa fase me parece durar una barbaridad. De pronto, sin aviso alguno, recupera la movilidad para continuar frenéticamente en las sacudidas de su cuerpo, al tiempo que cambia el sonido por otro entrecortado y más gutural.

Vuelve a serenar el ritmo, y es mi momento. Ella es consciente y se adapta a la cadencia de mis vaivenes, arquea la espalda para suavizar el movimiento en cada ida y venida, mueve en círculos sus caderas para incrementar mi placer…

Siento la urgencia de acariciarle el ojete. Lo tengo allí, tentador, llamativo, fruncido y coqueto, como un pequeño ojal muy redondo y oscuro. No quiero penetrarlo, no es mi intención… pero quiero tocárselo, más que nada porque será otra forma de poseer su cuerpo haciendo patente mi condición dominante en nuestro juego de hoy, Dejo caer un buen volumen de saliva, que le cae justo entre los glúteos y le resbala hasta llegar al objetivo. Con un dedo lo extiendo suavemente, y acaricio haciendo círculos alrededor del agujerito…

Creo que le gusta. Le provoca el retorno al ritmo frenético anterior.

Y me corro.

Noto, como si ascendiera a cámara lenta, el recorrido del semen por los conductos, las contracciones de mis testículos, las sacudidas de mi polla en el interior de su coño al tiempo de descargarlo, incluso las contracciones de sus músculos, que parecen haberse ejercitado con Kegel para mi deleite.

Me corro con la intensidad que la ocasión merece, con la intensidad de las ocasiones especiales.

Se desploma sobre el sofá y yo sobre ella, sintiendo mi sexo aflojarse y desprenderse lentamente de su interior. Permanecemos un par de minutos así, normalizando la respiración, serenando el ánimo, descansando del esfuerzo…

Hace mucho rato que me he desentendido de lo que estén haciendo Rocío y Carlos. No he percibido, centrado como estaba en mis propias sensaciones, ni sonidos, ni señal ninguna, como si no estuvieran ahí, como si se hubiesen disuelto en la penumbra de la habitación. Poco a poco vuelvo a la realidad y recupero el sonido de sus jadeos. Deben seguir haciendo algo, porque ambos resuellan rítmicamente, acompasados, diría que incluso armónicamente.

Temo estar chafando a Loli, que permanece inmóvil bajo mi cuerpo. Con cuidado me retiro y la ayudo a incorporarse. Tengo un interés morboso por ver su expresión cuando volvamos a mirarnos a la cara, amortiguada ya la locura del sexo encendido.

Me gusta lo que veo, su mirada tiene algo de timidez y descaro, las dos cosas al mismo tiempo, mezcladas, en contradicción…

La lujuria satisfecha proporciona una serenidad hermosa. Lola luce mejillas sonrosadas, piel ligeramente humedecida y cabello alborotado.

Me acomodo en el sofá y la atraigo para sentarla de espaldas a mi pecho, apoyada en él, rodeada por mis piernas muy abiertas y por mis brazos, que alcanzan sus pechos para palparlos con cariño.

Podemos, en esa posición, ser espectadores del diálogo físico entre nuestras parejas.

Y lo que se nos ofrece es realmente bello. Carlos está estirado en el sofá, que es lo bastante grande para que esté totalmente horizontal, como si de un lecho se tratara. Sobre él, en posición invertida, mi mujer.

Un hermoso sesenta y nueve.

El tronco de Carlos se hunde en la boca de Rocío, que no alcanza a introducirla entera y que, hábilmente, la ha empuñado con su mano, que actúa así a modo de tope de profundidad. A él no podemos verle la cara, hundida como la tiene entre los muslos de mi hembra.

Conozco bien las reacciones sexuales de mi mujer. Sé que está en esa meseta superior de su goce, en ese largo periodo en el que va alcanzando puntas de excitación y encadenando orgasmos, uno tras otro, sin solución de continuidad… Hasta 15 veces ¡15! Le llegué a contar en cierta memorable ocasión, y no recuerdo ninguna en que no alcanzara al menos 5.

Me siento hechizado por la visión.

Pero bien mirado, quien debe estar viviendo un momento único es Loli. Ante ella, apenas a dos metros de distancia su marido y su hermana se devoran con saña, sin ningún freno ni reparo.

Me excita la visión.

Y a Loli también. Bajo una mano para acariciarle el sexo, pero llego tarde. Tropiezo con la suya, que está rozando con lentitud su entrepierna. La mano está impregnada de un líquido viscoso, la mezcla de flujo y semen que debe estar rezumando.

Pienso –no puedo evitarlo-que debemos estar poniendo perdida la piel del sofá. Descarto ese pensamiento cuando se me ocurre aprovechar que tengo la boca justo a la altura de sus orejas.

-Te calienta ver a tu hermana comiéndose la polla de tu marido- le susurro con sorna.

No responde nada, continúa acariciándose, ahora acompañada por mi mano, que puesta sobre la suya quiere moverse al mismo ritmo.

-Mira- insisto- mira como se la traga.

Noto el cuerpo de Lola acelerarse, agitarse excitada, volviendo a mostrarse nerviosa.

Me decido a darle una vuelta más a la presión sobre la hermanita.

-Míralos… son Rocío y Carlos… y están follando- le deslizo bajito, buscando entrar por las lindes de su consciencia hasta lo más profundo.

-Míranos -añado en el mismo tono- soy Juan, y estoy follándote, Loli…

Se retuerce un poco más, inquieta, y acelera el movimiento de la mano en su sexo.

-¿Quieres ayudarla?- le deslizo con maldad en otro susurro.

-Sí… quieres ayudarla, ¿verdad?

En ese preciso instante Rocío vuelve a contraerse y a enronquecer su jadeo, en una de esas puntas orgásmicas suyas.

-Ve- ordeno- ayúdala, corre… ve. Necesita que la socorras.

-¿Y tú?- me pregunta con voz melosa, medio girando su cara hacia mí.

Aprovecho para atrapar sus labios con los míos y hundir otra vez la lengua en su boca.

-Yo me haré una paja mientras os miro- le suelto separando nuestros labios por un momento, con premeditada intención de provocarle.

Me devuelve ahora ella la búsqueda de lenguas, y al finalizar se incorpora para acercarse al otro sofá.

Decido acompañarla. Rodeamos el respaldo del que ellos ocupan, y desde allí repaso con un dedo la columna vertebral de mi mujer, hasta llegar a pasarlo entre las nalgas, recorriendo su raja del culo lentamente, para provocarle ese cosquilleo que conozco. A mi lado Lola permanece quieta, observando desde arriba la cabeza de su hermana subiendo y bajando sobre el gordo pollón de su marido.

En un arranque, le tomo la mano, se la hago bajar rodeando el torso de su hermana y la deposito, en una invitación a que lo acaricie, en uno de sus pechos, que cuelgan firmes, pero sueltos, en la posición en la que está. Parece estar dispuesta y la mantiene allí un instante, junto a la mía, tocando ese pecho fraterno. Incluso mueve la mano, como ponderando volumen y textura.

Pero dura muy poco. Rocío ha notado las caricias, ha entendido lo que estaba pasando y se incorpora lentamente. Queda con el cuerpo erguido, las rodillas apoyadas en el asiento, con la cabeza de Carlos entre sus piernas, toma de la mano a su hermana, retirándosela del pecho con una sonrisa y una leve negación con la cabeza, mientras le hace señales de que rodee el sofá y se acerque por delante.

Cuando la tiene frente a ella toma sus dos manos, las hace girar hacia arriba y deposita, con una dulzura impensable en esas circunstancias, un beso en cada palma. Después, cariñosamente, las conduce a la columna que nace en el tronco de Carlos, y allí las abandona para que continúe dándole placer a su marido. Rocío, sin abandonar su posición, observa amorosamente a su hermana pequeña, como ella la llama, mientras sigue apropiándose de la boca de Carlos, que tiene la cara sumergida entre sus muslos.

Cuando Lola, después de masajear con energía la verga que aparece como un tronco rígido ascendiendo hacia el techo se sube a horcajadas para metérselo entero, dejando caer todo su peso sobre él, la escena que contemplo es realmente bella: dos mujeres, dos hermanas, de rodillas sobre el asiento, una en cada extremo del sofá, frente a frente, cabalgando al mismo hombre, moviéndose a su propio compás, acelerado, sincopado, brusco, la una, lento y melódico la otra.

Rocío gira su rostro hacia mí. Me muestra, con los ojos entornados, la imagen de su placer, de su vicioso placer de hembra a la que no le importaría en este momento –lo sé porque en otras ocasiones me lo ha dicho- follarse un regimiento de hombres, la humanidad masculina entera que polla en ristre se turnara para encajarse en cualquiera de sus cavidades…

Se desentiende de todo lo demás y me besa. Un beso de novios enamorados, sólo alterado por algún jadeo de respuesta a las maniobras que con dedos y lengua realiza Carlos en su sexo.

Hace unos interminables segundos que los quejiditos de Lola se han convertido en un único sonido. Cuando Rocío finaliza el beso y me sujeta la cara con sus manos, mirándome con los ojos entornados, resistiendo el tremendo impulso que se los cierra, sé que me va a regalar con la mayor demostración de amor que un hombre puede recibir: mientras su cuerpo experimenta varias sacudidas, mientras un temblor incontrolable agita todo su cuerpo, mientras un intenso orgasmo descontrola todo su ser, ella lucha por mantener sus ojos abiertos y pronunciar en un susurro…

-¡Te quiero, Juan!-

Sello su boca con la mía para poner fin a su esfuerzo, para que pueda cerrar los ojos y gozar de los últimos espasmos de su cuerpo, para que pueda huir de todo y quedarse a solas con ella misma disfrutando de sus sensaciones.

Un minuto después todo parece haber acabado. Permanecen inmóviles, Carlos sepultado por los cuerpos de ambas hermanas, Lola sentada todavía sobre el vientre de su hombre y desparramada contra el respaldo, Roció abrazada a mí y con las piernas cubriendo las orejas del yogurín.

Le ayudo a salir de su posición, poniéndola de pie en el suelo. Su hermana entonces se deja caer sobre el cuerpo de su marido, acostándose con él con los cuerpos totalmente extendidos.

-Un momento- me dice Rocío, parándose.

Mete las manos bajo la mesita alargada y extrae una especie de lienzo de hilo de algodón tejido, una mantita de croché, que normalmente utiliza en primavera, incluso en verano, si estamos en el salón y refresca algo.

La extiende con cuidado sobre la parejita, que por toda respuesta sonríen ante la delicadeza de la hermana mayor.

Toma otra idéntica del mismo lugar y, tras acomodarnos en la penumbra también nosotros, la extiende con gesto maternal, se acomoda en mi pecho y me reitera

-Te quiero, Juan.

Poco a poco las respiraciones se van serenando, y los cuatro caemos en un estado de sopor, o en un silencio similar.

Hasta Lola parece haber alcanzado cierta paz en su constante agitación, porque permanece inmóvil junto a su marido. Rocío, por su parte, cae derrengada. El ritmo de su respiración se enlentece tanto, y se hace tan profunda que -para mi sorpresa-, al cabo de unos minutos se ha dormido.

Las emociones del día, más el trajín de prepararlo todo, el final de varias horas de intensa excitación sexual, y el remate de varias llegadas a la cumbre de todos los placeres, la han vencido.

Repaso mentalmente las últimas horas, desde la preparación de mi mujer para el encuentro hasta ese otro instante en que quise provocar que las dos hermanas se ofrecieran caricias incestuosas, ese instante en que con toda sensatez y gesto delicado, pero firme, Rocío hizo un paréntesis en su disfrute para volver las cosas a un cauce menos transgresor.

Se presenta de nuevo ante mi recuerdo la actitud relativamente sumisa de Lola, ofrecida de espaldas a mí, sujetada por los brazos para facilitar que mi vientre impacte en las nalgas, para conseguir la máxima penetración que mi verga pueda alcanzar en su interior, mientras ella contribuía a ese fin empujando con el culo hacia atrás.

En ello estoy cuando oigo la voz, apenas un susurro, de Loli.

-¿Rocío?

Llama a su hermana primero, pero hace un buen rato que ha entrado en un sueño relajado, sin que el volumen de la voz que la llama sea suficiente para sacarla del mismo.

-¿Juan?

Decido no contestar tampoco, haciéndome el dormido. No lo hago porque quiera ignorarla, simplemente no me apetece alterar ese instante, no quiero cambiarlo. Me siento bien, y ya no tengo el ánimo para conversar o para afrontar ahora mismo la vuelta a la normalidad social y familiar.

-Nos vamos a ir-, añade en el mismo tono y volumen, mientras ambos se levantan intentando mantener el máximo sigilo en sus movimientos.

Loli se pierde en las escaleras hacia las habitaciones, seguramente en busca de la ropa con la que llegó -deduzco- mientras él busca, más a tientas que otra cosa, la suya dispersa por el suelo o las sillas del salón.

Al cabo de unos minutos un taconeo ligero, amortiguado pero audible, anuncia la vuelta de la hermanita, y ambos de puntillas se marchan procurando cerrar la puerta de la calle sin hacer demasiado ruido.

Giro hacia abajo la vista, hacia mi pecho, en donde el cabello alborotado de mi mujer se esparce, mientras su respiración hace elevar y descender su cuerpo armónica y dulcemente.

No puedo evitar el impulso y la aprieto un poco, estrechándola más en mi pecho, mientras unas preguntas con visos de haber salido de un guion de comedia romántica de los años 50 me asaltan.

-¿Se puede ser más afortunado?

-Esto que estamos viviendo ¿es un sueño o es real?

-¿Qué caminos nos han traído hasta aquí?

El apretón parece haber alterado a mi mujer, que se mueve buscando mejor posición, una mejor posición imposible en el lugar en que nos hemos tumbado.

-Vámonos a la cama- le digo acompañando la expresión con el intento de incorporarme.

Un suave gruñido por toda respuesta, pero al final estamos los dos de pie, la abrazo y ella parece estirarse un poco con ese gesto.

-Dónde están?

-Se han ido a su casa.

Subimos a oscuras la escalera, a tientas, cogidos a la barandilla, ella delante, yo justo sujetándola por detrás. Entramos en la habitación y se dirige al cuarto de baño. Entro con ella.

La luz cruda nos molesta a los dos. Una vez sentada en la taza me pide que la apague, pero no lo hago. Siempre he disfrutado viéndola cuando el sonido del líquido choca con la porcelana mientras ella, encogida sobre su vientre, parece concentrarse en vaciar la vejiga. Relaja la tensión, aliviada por la salida del chorro, para inmediatamente después pasar un papel por la rajita y limpiarla de los restos de orina.

Me mira mientras la observo.

-¡Guarro!- me espeta con voz somnolienta y una sonrisa -otra más- en sus labios.

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