QUISPIAM

Los tacones resonaban con fuerza sobre el pavimento de las vacías calles de la ciudad a aquellas horas de la madrugada. No sabía exactamente qué hora era pero tenía prisa por llegar a casa. Me crucé con un chico que, viendo mi rostro descompuesto y las lágrimas cayendo de mis ojos, me preguntó si estaba bien.

No contesté. ¿Cómo hacerlo? No, no estaba bien. Nada bien. Si en aquel momento tuviera que definir mi estado de ánimo, las palabras que mejor se ajustarían serían vergüenza y miedo, mucho miedo. ¿Cómo había sido capaz de hacer algo así?

Aceleré el paso. Tenía que llegar a casa cuanto antes, necesita verlo, comprobar que seguía allí, que no había cumplido su amenaza. ¿Pero a quién quería engañar? Aunque él siguiera allí, en casa, en cuanto me viera sabría la verdad, descubriría mi falta. Y todo se iría a la mierda. Otra vez. Y por culpa del mismo hombre.

Me costaba respirar, tanto por el esfuerzo como por la ansiedad ante lo que se avecinaba. Estuve tentada de parar un taxi, si es que encontraba uno claro, pero entonces recordé que no tenía con que pagarlo. El bolso con la cartera y el móvil se habían quedado en el piso y por nada del mundo pensaba volver allí, al escenario donde todo había ocurrido.

Paré momentáneamente, apoyándome contra una pared, tratando de recuperar el aliento y ganar un poco de tranquilidad, algo de sosiego para pensar cómo afrontar el encuentro que cada vez estaba más cercano. Respiré profundamente, llenando mis pulmones con el frío oxígeno de aquella madrugada, buscando algo de claridad.

Nunca tenía que haber salido, acudir a aquella cena con mis compañeros de trabajo. Y más, después de la dura semana que había vivido en casa desde que había anunciado mi intención de acudir. Una semana de discusiones, de frío trato y, al final, de aquel ultimátum que ahora temía más que nunca se hubiera podido hacer realidad.

No, Miguel no sería capaz de hacerme algo así. ¿O quizás sí? Ya no sabía qué creer… pero si no lo había hecho, cuando descubriera la verdad, sí que lo haría. Vería el reproche en su mirada, su ira contenida, la decepción pintada en su rostro. Y con razón. Y luego se iría, saldría por la puerta y lo perdería para siempre.

Y yo no quería que pasara aquello, no podía permitirlo. Debía recomponerme, interiormente y exteriormente, mostrarme fuerte y segura, no dejar ver nada que hiciera sospechar a Miguel que algo pudiera haber ocurrido. Volví a coger aire, me miré en el escaparate de una tienda cercana y vio mi rostro demudado y mis ropas mal colocadas.

Lo de la ropa era fácil de solucionar pero lo de mi rostro… todo en él delataba mis faltas, mis miedos y mi vergüenza. Supe que aquello no iba a funcionar. Que en cuanto Miguel posara sus ojos sobre mí, lo sabría y ya no habría vuelta atrás. De nuevo las lágrimas volvieron a surcar mis mejillas arrastrando el poco maquillaje que aún conservaba.

¿Por qué no le había hecho caso a Miguel? Llevaba toda la semana pidiéndome, rogándome para que no fuera, temiendo que algo así pudiera ocurrir. Pero yo, orgullosa y dolida por su falta de confianza, le había recriminado su actitud, que dudara de mí e incluso defendiendo a mi compañero, a mi ex novio, al hombre con el que acababa de serle infiel.

¡Qué necia había sido! Me vino a la mente el día en que le dije a Miguel, a mi marido, que Juan había vuelto. No le hizo ni pizca de gracia. Podía comprenderlo. Él sabía mejor que nadie el estado en que me había quedado, rota y descompuesta por su abandono. Después de varios años de noviazgo, Juan había preferido aquel traslado suculento a seguir con nuestra relación y me había dejado en la estacada.

Fue Miguel, amigo por aquel entonces, el que hizo que resurgiera de mis cenizas, apoyándome en todo momento, estando a mi lado cuando más lo necesitaba. Así surgió el amor. Yo, que no creía ser capaz de enamorarme otra vez, descubrí en Miguel a mi verdadero amor, al hombre con el que quería compartir el resto de mis días y supe que lo que había sentido con Juan era otra cosa. Atracción, poderosa y sumamente intensa, pero no amor.

Por eso recelaba Miguel. Sabía de su influencia sobre mí, del embrujo que ejercía sobre mi persona. Lo había visto cuando éramos pareja y lo había sufrido durante mi penosa recuperación. Por eso saltaron todas sus alarmas cuando supo de su regreso tres meses atrás.

Y fui yo, ingenua de mí, quién habló en su favor. Juan ya no era el mismo, había cambiado, había sentado la cabeza. Se había casado al igual que yo, incluso era padre de un crío de pocos años. Y, además, yo ya había superado todo aquello, lo había dejado atrás. Era suya, de Miguel y de nadie más. Lo quería, lo quiero aún. A pesar de haberle fallado estrepitosamente.

Miguel lo aceptó o eso creí yo. Pero no había sido así, de ninguna manera. Miguel es de los que creen que la gente no cambia y supongo que por eso no estaba tranquilo con aquella situación. Ni se fiaba de Juan y, para mi dolor, tampoco de mí. Y no le había faltado la razón.

Pero nada presagiaba que aquello fuera a suceder. Juan se había comportado durante todo este tiempo mostrándose correcto, sin insinuaciones ni coqueteos. Y así se lo hacía saber a Miguel, para tranquilizarlo, para reafirmar mi postura que el Juan que me había dejado cinco años atrás no era el mismo que había regresado.

Volví a reanudar el paso, quedaba poco para llegar a casa y debía hacerlo en las mejores condiciones posibles. Mi única opción, mi única posibilidad, aunque era vil y rastrera, era mentir a mi marido, engañarle. Contarle cualquier milonga, cualquier historia que justificara mi tardanza, por qué no le había dicho nada desde hacía horas. Y, sobre todo, evitar por todos los medios que descubriera la verdad.

¿Pero sería capaz de hacerlo? Lo dudaba. Miguel me conocía bien, demasiado bien. Él había dudado desde el principio de las intenciones de Juan, había dudado que realmente yo hubiera dejado atrás lo mío con él, que lo hubiera superado definitivamente.

Recuerdo cómo me enfadé con él ese día al escuchar como aseguraba que lo único que había hecho era poner un parche sobre la herida y seguir con mi vida. ¡Pero cómo te atreves! Le grité. ¡Tú nunca has sido un parche! Le recriminé ante aquellas palabras que me dolieron especialmente aunque, ahora, sabía que eran acertadas y que mi marido no había fallado en nada de su certero análisis. Para mi desgracia y la suya.

Seguí andando mientras seguía reviviendo las últimas horas, los últimos días. Su enfado ante mi persistencia por seguir empeñada en ir a aquella cena, los fríos silencios que seguían a esas discusiones, la falta casi de trato de los últimos días a medida que se acercaba la fatídica fecha. Debí haberle escuchado, hacerle caso pero no lo hice.

Y lo peor llegó esa misma tarde, mientras me arreglaba para salir. Miguel apareció en la puerta del dormitorio, me vio vistiéndome pero no dijo nada. Solo tristeza en sus ojos. Y aun así, no cejé en mi empeño. ¡Maldito orgullo! Y cuando iba a salir, casi sin despedirnos, fue cuando me soltó aquellas palabras a las que no hice caso y que ahora me pesaban como una losa sobre mi alma rota.

-Si sales por esa puerta, no esperes que esté aquí cuando vuelvas -me soltó- no voy a volver a pasar por lo mismo, Lara.

Su voz sonaba desesperada, era su última bala para evitar mi marcha, para impedir lo que él veía tan claro y que yo negaba vehementemente. Me dio lástima, mucha, pero aun así salí por la puerta, después de darle un breve beso en los labios, volver a pedirle que confiara en mí y asegurarle que nada iba a ocurrir. ¡Que lo tenía todo controlado! Ya… y un cuerno…

Llegué al portal de nuestro bloque, donde llevábamos compartiendo nuestra vida durante los últimos cuatro años, dos de ellos casados. Aun no podía subir, aún no estaba preparada. Crucé la calle, entrando en el pequeño parque que había justo delante de nuestra casa. Me acerqué a la pequeña fuente, abrí el grifo y lavé mi rostro con el agua helada que de ella surgía.

En cierta manera, el lavar mi rostro hizo mejorar mi ánimo, creer que podía conseguirlo, como si el agua se llevara mi pesimismo y me insuflara confianza, firmeza y seguridad. Desde aquella posición, alcé mi rostro buscando las ventanas de nuestro hogar. Nada, todo oscuro. Estará durmiendo me auto engañé. La alternativa era peor, mucho peor.

Cuando salí del piso me propuse mantener el contacto con Miguel durante toda la noche, avisarle de cada paso que daba para mitigar aquel mal rato que estaba pasando y que yo podía haber evitado fácilmente. Lo cumplí, al menos durante buena parte de la velada. Durante la cena, mientras nos tomábamos una copa en un pub cercano. No sé cuántos mensajes le mandé diciéndole que iba todo bien, que lo estaba pasando bien y que Juan no había mostrado ningún interés en mí. Es más, parecía más distante, como si él también buscara poner tierra de por medio conmigo, buscando otras compañías.

Me relajé y, rodeada de mis amigas y compañeras, bebí, bailé y disfruté como si no hubiera un mañana, inconsciente que aquello era precisamente lo que esperaba Juan que hiciera. El último mensaje que envié fue para decirle que íbamos a una discoteca a tomar la última. No contestó a ninguno de mis mensajes a pesar de haberlos leído.

Suspiré resignada e hice acopio de valor para afrontar la dura prueba que tenía por delante pero un movimiento hizo detener mi avance y que me paralizara, quedando al amparo de la oscuridad de la noche. Una pareja se acercaba al portal, algún vecino o vecina que desde allí no podía distinguir y que regresaba a casa. Los observé esperando que desaparecieran ya que no me interesaba encontrarme con nadie, quería evitar preguntas indiscretas, miradas reprobatorias, rumores malintencionados… me sabía pecadora y estaba convencida que mi falta era visible para los demás.

La pareja se besó en el umbral y fue inevitable recordar el comienzo de mi caída. Ni siquiera había entrado en aquella discoteca. Una de mis compañeras me propuso ir a su casa, acabar la fiesta allí en plan más tranquilo y lejos de los habituales moscones que seguramente atraeríamos. Me pareció bien el plan y acepté. La casa no estaba lejos y fuimos andando mientras ella avisaba a los demás por si querían apuntarse.

Iba demasiado bebida como para sospechar que mi compañera pretendía algo, que había algo más detrás de aquella invitación a su piso. No lo hice y pagué muy caro el haber sido tan inocente, tan confiada. En su piso volvimos a beber, otra copa más, y nadie aparecía. Ante mi muda pregunta ella me aseguró que estaban al caer y, como si estuvieran esperando sus palabras, sonó el timbre de la puerta.

Ella fue a abrir la puerta y, al hacerlo, vi que los que venían eran dos chicos, un compañero al que ella enseguida cogió de la mano apropiándose de él y, cómo no, Juan. La fulminé con la mirada viendo claramente la encerrona que me había montado pero ella hizo caso omiso, llevándose a su chico al interior del piso y dejándome a solas con Juan, despidiéndose con un “pásalo bien, guapa”

Fue en ese instante cuando empecé a ser consciente del peligro que corría, de lo necia que había sido y a maldecirme por no haberle hecho caso a Miguel. Juan, a pesar de su ausencia, seguía teniendo amigos en el trabajo, amigos que conocían nuestro pasado y que estaban dispuestos a echarle una mano como había hecho aquella mal llamada amiga que me la había jugado de mala manera.

Intenté huir, salir de allí y evitar que nada ocurriera. Pero había un problema, uno solo y era que Juan se interponía entre la puerta y yo. Cuando quise salir, al llegar a su altura, él me agarró de las manos reteniéndome a escasa distancia suya. Quise protestar, liberarme de su sujeción y entonces me encontré con su mirada, intensa y fija en mí, desarbolándome por completo.

Supe que estaba perdida. Miguel tenía razón. Ni Juan había cambiado ni yo había superado mi enganche a él. Estaba atrapada, a solas con él, subyugada por aquellos ojos que me atrapaban y confundida por la multitud de sentimientos enfrentados que abotargaban mis sentidos.

Es curiosa la forma en que algunas personas ejercen su influencia sobre otros. Basta una mirada, un gesto, un simple roce para caer rendidos y caer en sus redes. Y eso fue lo que me sucedió en esos instantes. Su mirada me tenía atrapada, ni me di cuenta que había soltado una de mis manos y su dedo acarició mi mejilla, sintiendo como todos los muros que había construido se derrumbaban, que todas mis defensas se hacían añicos.

Y cuando sus labios se posaron sobre los míos… fue como si el tiempo no hubiera pasado, como si aquellos cinco años en que habíamos estado separados no hubieran existido, arrastrándome a aquellos años de principios de nuestra relación, con veintipocos años, cuando los dos nos amábamos cuando y donde podíamos.

Me rendí. Correspondí aquel beso, olvidando el dolor que aquel hombre me había causado, ignorando el que seguramente me iba a provocar, entregándome sin remisión, sintiendo como su lengua se colaba en mi boca y se enzarzaba con la mía en una apasionada batalla y notando como sus manos, sabiéndose vencedor, acariciaban mi culo, primero por encima del vestido y, después, subiendo este hasta la cintura, sobre la fina tela de las braguitas que llevaba esa noche.

Solo separó sus labios de los míos para anunciarme lo previsible, lo inevitable. “Voy a follarte, zorra” esas fueron sus palabras que, en lugar de ofenderme, me calentaron. A ningún otro hombre le había permitido aquel tipo de trato pero Juan, no sabía por qué, le gustaba insultarme y a mí que lo hiciera.

Me volteó, me empujó contra el sofá y dejó mi cuerpo recostado sobre su brazo, con mi grupa expuesta y mi rostro hundido contra la tela del asiento. Estaba entregada, en aquella posición de sumisión total ante mi ex pareja, sin saber muy bien qué estaba haciendo pero intuyendo lo que iba a suceder.

No tardé en notar sus manos acabando de subir el vestido hasta mi cintura, esas mismas manos bajando las braguitas que cayeron hasta mis tobillos y luego, el sonido inconfundible de su cinturón y ropa cayendo al suelo también y su carne, dura y rígida, saliendo a relucir y golpeando mi cadera, mi nalga, apoyándose en la separación de estas, resiguiendo el canal hasta llegar a su meta, a unos labios hinchados y húmedos, listos para recibirla.

-Métemela –recuerdo haberle pedido. Esta vez no tuvo que pedirme que lo hiciera, fui yo la que de forma voluntaria se lo suplicó, se lo exigió.

-Mírate, haciéndote la dura y a las primeras de cambio estás suplicando que te folle –me espetó Juan con sorna- eres igual de puta que las demás…

Quizás debería haberme molestado aquel puta o aquel demás que dejaba entrever que no era la única y que nunca lo había sido pero, en aquel instante, en mi mente solo había cabida para una cosa y era en sentir su polla adentrándose en mi interior hasta saciarme como solía hacer cuando estábamos juntos.

Pero el destino me tenía preparada una sorpresa, algo con lo que no contaba y que no iba a tardar en descubrir. Su glande buscó mi entrada y sin esfuerzo empezó a abrirme en canal, penetrándome sin compasión como a él le gustaba hacer. No pude evitar gemir ante aquella brusca intromisión pero no por ello menos placentera.

Enseguida empezó a moverse, entrando y saliendo de mi encharcado interior, con penetraciones profundas y rápidas, un mete saca rudo que recordaba perfectamente y que antes me volvía loca, que creía el súmmum del placer. Pero no esta vez. Aunque disfrutaba del roce de su miembro contra mi vagina, de sentir su cuerpo chocar con fuerza contra mis nalgas enterrando mi rostro contra el sofá, sabía que de aquella manera no me iba a correr en la vida.

¿El motivo? Miguel, cómo no. Al final sí que se había equivocado en algo. Sí que había cambiado y él había sido el causante de ello. Con él había descubierto otro tipo de sexo, más completo, más sofisticado, más placentero. Había madurado junto a él. No era por el tamaño, Juan estaba mejor dotado que mi marido. Era su forma de moverse, de tocarme, de preocuparse por mi placer.

Juan se movía de forma frenética, como si de un conejo se tratara y solo buscaba su propio placer, sin preocuparse del de los demás, como si por tener un miembro grande ya tuviera suficiente. Miguel era otro mundo. Con él disfrutaba más teniéndolo cara a cara, sentir su cuerpo sobre el mío, moviéndose de forma más sosegada, menos profunda e intensa, pero más constante, mucho más.

Juan, a ese ritmo que imprimía a su pelvis, no tardaría en correrse y Miguel, a su manera, podía durar una eternidad. Pero no era ya la penetración, sino su mirada fija en mí, sus labios besando los míos, sus manos recorriendo mis pechos, mi cintura, mis nalgas… era otro mundo y lo estaba descubriendo ahora. Y eso empeoraba aún más mi vil traición.

Como supuse, aquello no duró demasiado. En menos de dos minutos sentí su polla palpitar, cómo la sacaba precipitadamente de mi interior y los trallazos de su esperma golpear mis nalgas desnudas. Ni me corrí ni estuve cerca de hacerlo. Juan enseguida se separó de mí, bufó satisfecho y salió hacia el baño a limpiarse conminándome a que lo esperara allí para continuar con la fiesta.

Esos dos minutos de polvo supusieron una catarsis para mí. Fue como cerrar la herida que Miguel, acertadamente, me dijo que seguía abierta. No sabía que había visto en un hombre como Juan, egoísta y manipulador, incapaz de preocuparse por nadie más que por él mismo. Pero para mi desgracia, para cerrar esa etapa de mi vida, había tenido que volver a recaer en mi adicción hacia él.

¿Cómo le había podido hacer algo así a mi marido? Asqueada de mí misma, avergonzada a más no poder, sintiéndome humillada y ultrajada, abandoné aquel piso a la carrera antes de la reaparición de un Juan que seguramente intentaría evitar mi marcha. Lo único que me importaba era regresar con mi marido, volver a verlo y temiendo que hubiera cumplido su amenaza de irse.

Y allí estaba, frente a mi casa, esperando que aquella pareja se marchara para poder acceder a mi hogar, volver a reunirme con mi marido y que pasara lo que tuviera que pasar. Al final lo hicieron y, tras un breve margen de tiempo, me precipité hacia las escaleras que me iban a llevar a donde pertenecía, al lugar de donde no debía haber salido nunca.

Frente a la puerta, el primer dilema. ¿Cómo entrar? Me había dejado las llaves en el bolso y este, en el piso donde no pensaba regresar. No tuve más remedio que tocar el timbre. Una, dos, tres veces. No hubo respuesta y la seguridad y firmeza que me había autoimpuesto empezó a desaparecer, empezando a temer que fuera incapaz de mantener la compostura y negar lo innegable como me había propuesto.

Con los nervios a flor de piel y sin saber qué hacer, empujé la puerta y, para mi sorpresa, esta se abrió. Sorpresa y pánico a partes iguales recorrieron mi cuerpo y temblando me adentré en el interior buscando alguna justificación para que la puerta estuviera abierta. Solo se me ocurrieron cosas horribles que intenté, inútilmente, apartar de mi mente.

Unos pocos pasos y allí, en medio del salón, me tranquilicé algo. La mesa estaba cubierta de rastros de comida y un vaso con algo que parecía cerveza y, lo más importante, su móvil. Si su teléfono estaba allí, Miguel también tenía que estar y eso me llenó de alivio y alegría, descartando lo que más temía que era su abandono.

La única opción plausible, aunque no me acababa de encajar, era que mi marido estuviera durmiendo y no se hubiera enterado de nada, ni de mi llegada ni del estridente sonido del timbre del piso. Con paso ligero me adentré por el pasillo, yendo en su búsqueda. En la cocina nada. Un dormitorio, otro, el baño. Nada.

Tampoco lo esperaba. Si estaba dormido, lo estaría en nuestra habitación, la última que me quedaba por revisar. No me hizo falta entrar para sentir como mi mundo se venía abajo. La cama sin deshacer, ropa por doquier, cajones abiertos… un caos, un absoluto caos.

Me apoyé contra la pared mientras intentaba asimilar lo que veía. No tuve que acercarme para saber que los cajones abiertos eran los suyos, donde estaba su ropa. Ni acercarme al armario abierto para saber que faltaban sus trajes ni las demás prendas que allí guardaba. Ni levantar la vista para confirmar que de la parte alta del armario faltaba una de las maletas.

Miguel se había ido. Me había dejado. Había cumplido su velada amenaza y me había abandonado, sabiendo que iba a ocurrir lo que, efectivamente, había sucedido, que lo iba a traicionar, que le iba a fallar estrepitosamente, incapaz de afrontar de nuevo todo el dolor y sufrimiento por el que habíamos pasado cuando Juan me abandonó la primera vez y que, esta vez, era infinitamente peor ya que conllevaba una traición hacia él.

Me derrumbé, lloré, grité y pataleé fruto del dolor por su pérdida, de la vergüenza por mis actos y que habían llevado a aquella situación. No sé ni cómo llegué de nuevo al salón donde me dejé caer sobre el sofá, destruida y totalmente rota, culpándome por haber sido tan necia y haber dejado escapar a aquel hombre que tan feliz me había hecho. ¿Y por qué? Por una mierda de polvo con una mierda de hombre.

Fue allí, recostada sobre el sofá, cuando caí en la cuenta del móvil que seguía sobre la mesa entre los restos de la última cena de Miguel en aquella casa. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué se había ido sin él? Me incorporé y lo cogí con mi mano temblorosa, lo desbloqueé y me apareció un vídeo enviado por una aplicación de mensajería que, con aquella imagen algo desenfocada, no me dio ninguna pista sobre qué debía ser.

Tonta de mí, activé la reproducción y se me heló la sangre al ver el contenido de aquel vídeo. Enseguida la imagen se estabilizó y no me costó nada saber qué era aquel vídeo y quién lo había enviado. Me reconocí enseguida, recostada sobre aquel sofá, con Juan detrás empujando con fiereza mientras con una mano sostenía aquel móvil con el que me había grabado sin haberme yo enterado de nada.

Lloré de rabia mientras revivía mi propia decadencia y de pena al imaginar que Miguel había tenido que ver aquello. Una cosa es intuir o saber que tu mujer te es infiel y otra muy distinta es tener que verlo en persona. Y el cabrón de Juan había querido asegurarse que Miguel se enterase que había conseguido de nuevo hacerme suya, quitársela.

Llorando amargamente, sin ver la pantalla, solo escuchaba los tenues gemidos que escapan de mis labios después de pedirle que me follara, los bufidos de Juan embistiendo de aquella forma suya tan ruda y el chocar de nuestros cuerpos. Lo mismo que debía haber escuchado Miguel horas o minutos antes en ese mismo sofá, destrozándole viendo mi traición.

No duró mucho, el polvo tampoco lo había sido, pero para Miguel debía haber sido eterno ver aquello, como me dejaba follar por Juan de nuevo, como le rogaba que lo hiciera y ver cómo, después de hacerlo sin protección alguna, se vaciaba sobre mi culo desnudo. Una autentica tortura para el hombre que me había sacado del pozo en que Juan me había sumido, el hombre que me había hecho descubrir lo que era ser mujer y el que me había amado como ningún otro hombre había hecho.

Y yo le había pagado así, engañándole, traicionándole, fallándole. A pesar de su amenaza, él no se había ido, había decidido confiar en mí, darme una última oportunidad. Hasta que llegó el vídeo. Eso lo rompió y de ahí su precipitada marcha. Ya no había marcha atrás, todo había acabado. Si quedaba algún resquicio para la esperanza, para que me diera una oportunidad, Juan lo había finiquitado con aquel vídeo.

El vídeo llegó a su fin y, entre lágrimas, lo lancé contra la pared donde estalló en pedazos, rompiéndose en una miríada de fragmentos al igual que mi corazón y mi espíritu. Miguel se había ido y no iba a volver, lo había perdido para siempre. Ya no me quedaba nada, lo había perdido todo. Por mi culpa, por la de Juan. Ya nada tenía sentido…

Un comentario sobre “Por un error

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