ALICIA NORMANDA

En el librero de mi abuela hallé un libro de Faunos, Sátiros y Silenos. Al hojearlo vi por primera vez un sinfín de ilustraciones hermosas y coloridas, pero terribles al mismo tiempo: seres semihumanos saciando su lujuria con mujeres desnudas en la mitad del bosque.

Yo tenía doce años y mi primera reacción fue devolver el libro y alejarme del estante.

A los pocos días regresé a buscarlo. Estuve horas pasando de una ilustración a la siguiente, como hipnotizada; devolviéndome y luego volviendo a empezar.

La expresión lasciva los faunos me inquietaba. Sus penes curvados, enormes y lustrosos; pero la verdadera impresión me la provocó la imagen de un fauno lamiendo la vulva de una mujer que se retorcía de placer.

Durante semanas no pude toquetearme con la luz apagada en mi cuarto. No dejé de hacerlo, no podía detenerme; pero no a oscuras. Temía que debajo de las sábanas se formara la silueta del fauno, que repentinamente se atenazara de mis piernas; y aunque me daba mucho miedo, lo anhelaba también.

Llegué a confesárselo al padre de la capilla del colegio. Me pidió detalles y describí las escenas obscenas y oscuras que se revolvían en mi cabeza. Yo tenía miedo por mi alma, pero temía más por mi cuerpo y mi virtud, porque desconfiaba de mí. Cómo iba a mantener a salvo la virginidad que casi me acababa de confiar mi madre en una charla incomodísima de la que salimos huyendo las dos. Cómo si yo misma me veía acariciándole el coño a Lulú con mi lengua; a Lulú, a mi querida Lulú.

El padre, sin perder la calma me explicó que no había irracionalidad en mi miedo; por el contrario. El fauno, dijo, habita en ti, como habita en mí y en todas las mujeres y los hombres de este mundo pecador.

Pero no me ajustaba ni su fe ni la mía para salvarme; porque quería salvarme, pero al mismo tiempo no. Sin metáforas: yo, Alicia, me sentía el fauno; y al mismo tiempo, anhelaba no serlo para ser su víctima.

En la tarde, incapaz de responder por mis actos, esperé que cayera la tarde para bajar al patio a espiar a Lulú. Para ver si se encerraba en su cuarto como alguna vez la había visto, tendida en su cama, frotándose contra el colchón y la almohada.

Me trepé al lavadero de un salto y me quedé inmóvil, alerta, evitando ser descubierta.

Me senté con cuidado sin llegar a recargarme en la pared, porque había un enorme charco de agua. Pero eso no me detuvo, abrí mis piernas en forma de mariposa, y tras acariciarlas durante algunos minutos metí dos dedos entre mi ingle y mi short morado de algodón.

Empecé a frotarme suavecito encima del calzón, imaginando a Lulú del otro lado de la puerta, echada de espaldas en la cama, con sus piernas morenas y redondas tensando su vestido de rayón. estirándolo y aflojándolo al ritmo de sus dedos que penetraban su vagina y se bañaban en su lúbrica soledad.

Yo imaginaba a Beto, su novio, regresando de Chicago, tumbando la puerta de un golpe y hallándola recordándolo de bulto. Y él, dejaba caer su pantalón percudido por el viaje hasta los tobillos, y le ofrecía una polla erecta, formidable, que de seguro habría bastado para las dos, de ser real y de haberme convidado.

Y saltaba Beto sobre Lulú en la cama, y la tomaba entre sus brazos corriosos para levantarla y columpiarla, haciéndola ir y venir.

La penetraba con su verga a tope y le vaciaba de nuevo las entrañas para volverla a rellenar hasta hacerla sudar, hasta hacerla amoratar sus labios apretados de dolor y de gusto; hasta hacerme babear de excitación y de placer en mi orilla del lavadero, porque en esas salidas al patio había aprendido a acariciar mi vulva sin desvirgarme hasta hacerme estremecer.

En el algodón humedecido de mis bragas enjugaba mi dedo y humectaba con él mis labios como si fuera un bilet; y lo probaba con mi lengua para lamentarme que no supiera a nada, y me urgía averiguar a qué sabría ese jugo si lo probara directo de la guayaba oscura y tibia que Lulú tenía entre las piernas.

Sin pensarlo imitaba la postura arqueada de la mujer del libro de mi abuela, mientras jadeaba en voz baja e imaginaba el aliento del fauno en la boca de mi coño, que disparaba el rosario de orgasmos que llegaban uno detrás del otro.

No estaba segura de que fueran orgasmos. Yo así los llamaba porque eran míos y porque me hacían torcer los ojos de la intensidad, porque me sacaban de control y me hicieron estirar las piernas empujándome del borde del lavadero hasta hacerme quedar sentada chapoteando en el charco helado.

Traté de bajarme pero no pude, en la maniobra se me acalambró una pantorrilla. Me dolía mucho. No sé si mis jadeos terminaron en gritos o qué, pero salió Lulú apurada de su cuarto a ayudarme.

Le indiqué mi dolor y empezó a masajearme con las yemas de sus dedos hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo. Lulú aliviaba mi dolor y yo recuperaba la consciencia, abrí mis ojos, tomé aire y me di cuenta del olor de mi excitación flotando en el ambiente. Sería sólo percepción mía, quizá el sopor se habría quedado en mi nariz.

Lulú me miró. Palpó mi short mojado con expresión maternal y meciendo su cabeza de un lado a otro me lo bajó de un jalón hasta la cadera. Me recargó contra el lavadero, puse las manos en los hombros y la dejé hacer mientras bajaba mi short a jaloncitos con las dos manos. Saque una pierna y luego la otra. Lo aventó al lavadero y quedamos una de frente a la otra; ella hincada, con su cara a la altura de mi sexo que clarito se habría dibujado en mis bragas, de lo hinchado y húmedo que estaba.

—Vas a tener que meterte a bañar, Ali; si no te vas a enfermar.

Quise cambiar el tema, preguntarle si extrañaba a Beto. Quise inventar algo para justificar mi presencia en la puerta de su cuarto; pero en lugar de palabras, en mi lengua sólo había sed.

Quité mi mano izquierda de su hombro —porque a esa distancia estábamos—, y la bajé. Con mi dedo corazón me jalé el borde de una pierna de mis bragas hasta descubrir la mitad de mi coño, sin dejar de mirarla. La vi ruborizarse. No podía quitar sus ojos de mí.

Lulú acercó su boca, me estremecí de verla llegar. Prendió uno de mis labios y tiró de él suavemente. Se le soltó y yo exhalé un jadeo apenas audible. Lulú no volvió por él, se quedó contemplando cómo recuperaba su forma.

Sin poder sostener ese ritmo tan lento, me bajé los calzones de una vez, me los saqué a tirones con los pies temiendo que el calambre regresara. Eché mis brazos hacia atrás hasta encontrar el lavadero y abrí las piernas.

Lulú me prendió de nuevo en un beso tierno, que se hizo mordiscos. La lengua se le volvió un falo pequeño como un dedo, pero húmedo y vigoroso que frotaba y pulsaba paciente los interminables dinteles de mi vagina, hasta hacerme retorcerme en mi placer.

No hallé nunca mujer tan saciada y completa, de entre los libros de mi abuela, que la mujer que fui aquella tarde. Desde entonces disfruté hacer hablar a Lulú para mirarle la verga lustrosa de fauno que tenía oculta en la boca, la que empezó a usar en mí, cuidando no irme a desvirgar.

https://alicianormanda.wordpress.com/

Un comentario sobre “El fauno

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