MAVERICK

Me desperté de una siesta plácida y, al hacerlo, pensé que todo lo sucedido había sido un sueño. Pero bastaron nada más unos segundos para devolverme a la realidad: allí estaba el mando de la videoconsola junto a mi cara y la copiosa corrida, medio seca y pegajosa, esparcida por mi vientre y mi cama. Me puse un poco nervioso pensando en como debía actuar ahora, todo esto era totalmente nuevo para mí, pero claro, como soy un adolescente, mi mente se dispersó rápidamente y recordé que había quedado en la playa con mis amigos y decidí dejar esa reflexión para otro momento; ya tendría tiempo, y además: ¡Estaba de vacaciones!

Cogí mi mochila con la toalla y mis trastos de la playa, me puse la primera camiseta que pillé, y salí de mi habitación. Cuando llegué al salón me encontré con María sentada en el sofá, frente a la tele, y a punto estuve de pararme en seco, pero enseguida reaccioné y, sin mirarla, pasé rápidamente por delante de ella, sin mirarla, y me dirigí hacia la puerta de la calle diciéndole:

  • ¡Hasta luego!, me voy a la playa con los colegas.
  • ¡Hasta luego, enano pajillero!

¡Joder!, -pensé. Cerré la puerta de casa rápidamente, y mientras esperaba el ascensor me di cuenta de lo que me habían afectado sus palabras. Me había ruborizado solo con verla en el salón y sus palabras me impactaron. Eso era la culpabilidad. Joder, ¡cómo podía estar tan tranquila como si no hubiese pasado nada!

Eso me tranquilizaba de alguna forma, porque seguramente, ella parecía no darle la misma importancia que yo, seguramente no volvería a hablar del tema y, por supuesto, no iba a hablar del tema con nadie. Pero de alguna manera, me turbaba mucho ese control de la situación que ella tenía después de lo ocurrido y, sobre todo, que con solo esos pequeños movimientos, conseguía que yo estuviese totalmente nervioso, alterado, y diría que casi en un estado de calentura constante.

Si lo pensaba fríamente, en las últimas horas María me había pillado, casi con seguridad, haciéndome una paja mientras la espiaba a través de la pared, posiblemente me había visto masturbarme mirando a nuestra hermanastra Melisa, y habíamos compartido masturbación en mi habitación. María estaba en todas partes, y eso no podía ser una simple casualidad. ¡Demasiado para un chaval de mi edad!, me iba a volver loco.

La tarde en la Playa del Postiguet, donde solía quedar con mis amigos, hubiese estado muy bien, si no hubiera sido porque tenía la cabeza en otro sitio y porque la gran cantidad de chicas preciosas, casi desnudas, que circulaban por todas partes, no hacían otra cosa que reafirmar mi calentura y hacerme recordar todo lo vivido durante el día en casa con mi hermana María. Deseaba regresar para verla, pero a la vez me despertaba cierto recelo encontrármela.

Cuando el sol ya no calentaba y estábamos hartos de decir burradas, jugar a palas, mirar las chicas y hacer planes para las vacaciones, emprendimos el camino de vuelta a nuestros respectivos hogares. Compartía el camino de vuelta con mi colega Pedro, que era el que vivía más cerca y con el que, mientras caminábamos, comentábamos la jugada de la tarde:

  • Desde luego Vicen, las tías cada vez están más buenas, y nosotros sin una sola en el grupo.
  • Ya, Pedro, pero es que ninguno tenemos demasiado éxito con ellas, además, ahora los prefieren mayores que nosotros.
  • Bueno, pero por lo menos nos alegramos la vista.
  • Eso si…pero también nos ponemos malísimos.
  • Si tío. Ahora que el que se tiene que alegrar la vista todos los días eres tú, ¡no veas el nivel que tienes en casa!
  • ¡Pero qué dices!, si son mis hermanas y mi madre, ¡no seas guarro!
  • ¡Venga ya!, seguro que te has cascado unas cuantas a la salud de cada una.
  • ¡Eres un cerdo!
  • Bueno, bueno, no te rayes.

En ese momento llegábamos donde yo vivo y entré en el vestíbulo de mi edificio sin despedirme de mi amigo; el muy cabrón había puesto el dedo justo en la llaga y en el peor momento posible. Justo cuando entré, se disponían a entrar en el ascensor mis padres y mi hermanastra Melisa, que regresaban a casa. Fue mi padre el que me vio y sujetó la puerta para que subiese con ellos.

  • ¡Hombre Vicente!, ¿cómo ha ido esa tarde de playa?

Mientras aceleraba el paso para llegar al interior del ascensor le respondí:

  • Bien, con los colegas.
  • ¡Qué suerte tienes bribón! Como me gustaría a mí…

Me hicieron sitio en la cabina y las féminas me recibieron con una sonrisa y un sonoro beso en la mejilla. No lo hacían todos los días, pero era un saludo habitual en mi familia. La segunda en hacerlo fue Melisa, qué bien olía…

Mientras subía el ascensor y ellos comentaban entretenidos las excelencias de la playa, no pude evitar mirar a mi hermanastra con disimulo; realmente era una mujer espectacular y debía llenar la frutería de moscones solamente con su atractivo físico. Solamente había que mirar su linda cara, su cabello largo, negro y ondulado recogido en una larga cola de caballo. Todo esto aderezado de su escueta indumentaria, compuesta por un breve short blanco tipo tejano, muy ajustado, que realzaba su espectacular culo y dejaba ver sus magníficas piernas y el principio de sus nalgas, y aquella camiseta, también blanca, cortada por encima del ombligo, mostrando aquel magnifico vientre plano y moreno, que contenía aquellos maravillosos y turgentes pechos, bien definidos por la camiseta, atributos con los que yo me había masturbado unas horas atrás. Para rematar el cuadro llevaba unas alpargatas de verano con un poco de tacón, que se anudaban graciosamente con unas cintas, en sus tobillos y gemelos. No pude evitar notar que se me empezaba a poner un poco dura. -tú estás fatal tío-, me dije.

Llegamos a casa y me fui directo a mi habitación, estaba deseando dejar los trastos y darme una buena ducha para quitarme la arena, la sal…y el calor “extra” si hacía falta. No parecía haber rastro de María. Entré en mi habitación, tiré la mochila en un rincón, junto a la ventana, saqué la toalla y la llevé a la terraza para tenderla, regresé a mi habitación, cogí ropa de recambio y me dispuse a entrar en el baño.

  • ¡Coño no se abre!

Llamé con los nudillos y me respondió Melisa: se me había adelantado.

  • ¡Está ocupado!

Eso significaba que el baño permanecería “secuestrado”, un buen rato. Maldije mi lentitud y le contesté a mi hermanastra:

  • ¡Avísame cuando salgas!, porfa.
  • ¡Vale, Vicen!

Resignado, me giré y recorrí la escasa distancia que me separaba de mi habitación. Entré, me senté frente al escritorio y conecté mi adorada Play. Enseguida me enfrasqué en una nueva misión para salvar no sé que planeta inexistente.

Ya me había olvidado de la ducha cuando, ¡como no!, entró sin llamar Melisa para avisarme de que el baño estaba disponible.

  • Vicen, ya estoy, puedes entrar.
  • Vale, gracias Mel…

Cuando me giré para acabar la frase, no fui capaz de acabar de articularla. Melisa estaba justo detrás de mí, a poco más de un metro, con la cabeza ladeada a la izquierda y sus dos manos secando su largo cabello, totalmente mojado con una toalla, mientras su cuerpo estaba cubierto únicamente por otra toalla que llevaba enrollada, (estampada de cuadros blancos y rosas), y dejaba totalmente visibles sus piernas desde un palmo por encima de las rodillas, y a duras penas contenía sus magníficos pechos. Tanto era así, que al ladear su cabeza la toalla se había deslizado ligeramente hacia abajo, dejando al aire la parte superior de la aureola de su pezón derecho, visión que hizo que yo enmudeciera al instante y mis ojos se clavaran en esa celestial visión. Fueron tan solo dos segundos, pero mi sorpresa fue tan evidente, y la expresión de mi cara debía de ser tan delatora, que mi hermanastra se dio cuenta al instante, y tirando de la toalla hacia arriba, me dedicó una amplia sonrisa y salió parsimoniosamente de mi habitación.

Me quedé impactado. ¿Es que todos los astros se habían alineado para conseguir que se me fuera la olla?; esto no podía seguir así o me mataría a pajas.

Después de ducharme, y cascarme la consiguiente paja en honor del regalo que me hizo mi hermana mayor, y porqué no decirlo, para calmar mi ilimitada calentura y afrontar con más sosiego la cena en familia, salí del baño. Me cogió el relevo María que también había llegado de la playa. Me saludó con un escueto –hola- y entró a toda prisa.

Cenamos en la terraza, como era costumbre cuando llegaba la canícula, y yo procuré no mirar a ninguna de mis dos hermanas más de lo estrictamente necesario. Ninguna de ellas me dirigió ninguna mirada extraña, y su actitud hacia mí fue completamente normal. Tal vez consiguiera controlarme el resto del verano, estaban las vacaciones, luego nos iríamos al pueblo, y después vuelta a estudiar y todo habría quedado atrás, seguro que sí –pensé.

Después de la cena, una vez recogida la mesa, mis padres se sentaron en el sofá, frente a la tele y preguntaron quién quería ver una película en Netflix, todos se apuntaron menos yo, que comenté que me iba a mi habitación para echar unas partiditas en la Play; fue entonces cuando mi hermana María comentó:

  • Si, últimamente estás más unido a tu videoconsola que nunca, ¿no?

Dijo esto con un tono burlón, pero esta vez, harto de sus insinuaciones y de que llevase siempre las de ganar, mientras pasaba por su lado camino de mi habitación, le respondí:

  • No hables tanto, que a ti últimamente también te está empezando a gustar mucho, ¿no?

No respondió, pero me siguió con la mirada, con una extraña media sonrisa en su cara. Cuando salía del salón escuché a Melisa decir:

  • Lo que necesita Vicen es echarse una novia ya y que le dé un poco de caña.
  • ¡Pero niña!, ¿qué dices? – le respondió mi madre-, si es muy joven aún, ya tendrá tiempo de complicarse la vida.
  • Que no, mamá, que necesita que le calmen las hormonas, ¡que las tiene muy revolucionadas!

Elevó la voz para decir esto último, seguramente para asegurarse de que yo lo escuchase, y todos rieron el comentario, claro está, todos menos yo. Empezaba a estar harto de recibir por todas partes y, además, pobre de mí, no tenía ni idea de manejar a las féminas de mi casa, y mucho menos ahora, que estaban adquiriendo ese influjo sobre mí, que yo hasta el momento desconocía. Se me estaban yendo todas las cabras al monte y no daba para más.

Me puse a jugar con mucho interés, dejando únicamente encendida la pequeña lamparita que tenía sobre el escritorio, para crear el ambiente propicio para mi concentración, y tan concentrado estaba que, para variar, no me di cuenta de cuando entró mi hermana María en mi habitación, de forma sigilosa y no autorizada; aunque debo reconocer que en las últimas horas no me molestaban tanto sus intromisiones y su compañía.

  • ¿Otra vez jugando enano?
  • Si, ya ves, no tengo otra cosa que hacer ahora…
  • ¿A qué juegas?
  • Bueno, es un juego de lucha, me voy cargando rivales hasta llegar a la final.
  • ¿Y pueden jugar dos?

No se me escapó lo que podía implicar esa pregunta, pero me hice el despistado.

  • Pues sí, pueden jugar varios. A veces estamos conectados cuatro colegas a la vez y les pegamos unas palizas brutales.
  • No, me refiero si pueden jugar dos a la vez desde aquí.

Decidí forzar un poco más la situación, quería que me hablase lo más claro posible para poder estar seguro de que entendía correctamente lo que me quería decir.

  • Si, pero es más aburrido.
  • ¿Me vas a decir que prefieres jugar con tus colegas que con tu hermanita?

Esto último lo dijo con un tono bajo, suave, con su bonita y sensual voz, que a la vez tenía algo de sugerente, de seguridad y afirmación. Titubeé en mi respuesta y le dije lo único que me vino a la cabeza en ese momento, con muy poco convencimiento, y sin medir el alcance que tenían mis palabras:

  • Pero están todos en casa…en el salón.
  • ¿Y qué tiene de malo que dos hermanos compartan un rato de juegos juntos?

Su respuesta, en el mismo tono de la anterior, me desarmó por completo e hizo que al instante me pusiera un poco nervioso, -hay, hay, hay.

  • Vale, ¿a qué quieres jugar?
  • ¡Oh!, este juego está bien, hay mucha acción, ¿no?
  • Si…pero falta un asiento, espera.
  • Puedes coger una silla de mi habitación, Vicen.

Salí de la habitación y me fui a buscar una silla a la habitación de María. Entré, encendí la luz y fui junto a su escritorio a coger su silla de estudio. En ese momento pensé que me hubiera encantado entretenerme y rebuscar en su armario y en sus cajones, merodear por la habitación de mi hermana para poder saber más de ella, necesitaba saberlo todo, curiosear, mirar toda su ropa, mirar su ropa interior, poder mirar en su móvil…seguro que tenía fotos muy sexis de ella y sus amigas; pero me era difícil entrar en aquel lugar al que, seguramente, era la primera vez que accedía yo sólo desde hacía muchos años; se me estaba yendo la pinza. La voz de María me sacó de mis pensamientos:

  • ¿Qué haces enano?, no me digas que no encuentras la silla.

Le contesté lo primero que se me ocurrió:

  • Es que estaba enterrada debajo de tu ropa y sus cosas.

Era mentira, María era el paradigma del orden.

  • Venga ya y deja de husmear en mis cosas.
  • ¡Qué ya voy!

Entré en mi habitación empujando su sillón de estudio con ruedas, pensando que yo parecía ser transparente para todo el mundo, y me encontré a María totalmente acomodada en mi súper sillón. No rechisté, acerqué el sillón de su cuarto y lo puse a la derecha de ella. Acto seguido cogí el otro mando y lo conecté, reiniciando la partida.

  • Bueno, explícame cómo va esto.
  • Es sencillo…

Y diciendo esto me acerqué a ella para explicarle las funciones que tenían los botones en ese juego: movimientos, golpes, defensas, ataques, combos. Pero mi mente se estaba comenzando a diluir por el aroma que emanaba del cuerpo de mi hermana y de su cabello, ese olor a hembra, dulce, su gel, su champú, su crema hidratante… Pensaba que con todo lo que me había masturbado durante el día podría afrontar esa situación con más calma y decidí intentar dedicarme solamente a jugar, o me volvería loco. -¡venga Vicen que tú puedes chaval!-.

Pensé que tenía a mi favor que mi hermana se había vestido de manera cómoda pero nada sensual; una amplia camiseta gris de manga corta y unos pantalones blancos, tipo pirata, más bien holgados…si, seguro que yo podía con ello.

Iniciamos la partida y, durante los primeros minutos todo discurrió con total normalidad, incluso parecía que se divertía con el juego aunque, claro está, yo la estaba machacando, y así seguimos como un cuarto de hora, hasta que…

  • Joder, Vicen, vaya paliza me estás pegando, ¿seguro que me has explicado bien cómo va esto?
  • Que siiii, pesada, lo que pasa es que no te enteras, María.
  • A lo mejor lo que necesito es que me prestes un poco más de atención y me enseñes como Dios manda. Has de ser un caballero, que ya estás bastante grande hermanito.
  • ¿….?
  • Que si, ya verás, deja el mando y levántate.

Y dicho esto me cogió del brazo y me colocó de pie, justo detrás de ella, quedando separados por el respaldo de mi silla de juegos, que quedó entre su espalda y yo.

– Vale, ahora quiero que pongas tus manos sobre las mías, en el mando, y tus dedos sobre los míos y me guíes con los movimientos, me ayudas a presionar los botones y eso; pero sin machacarme los dedos, ¿eh?

– Pero…

– Que si, ¡qué pareces tonto!, ¿no has visto en las películas cuando el chico guía a la chica con la raqueta de tenis o con el taco de billar?

Asentí en silencio y obedecí. En un primer momento me quedé justo detrás de ella, e intenté llegar a sus manos estirando los brazos por cada uno de los lados de su cabeza, esquivando el asiento pero, evidentemente, mi posición me hacía casi imposible alcanzarlas, (además de ser completamente ridícula y forzada) y, mucho menos, me permitía mover un solo dedo en condiciones.

  • ¡Pero qué haces, tío!
  • Pues…
  • Vamos a ver, ven por la derecha, pasa un brazo por detrás de mi cuello…así, eso es, ¿ves? Ahora si que llegas, te inclinas un poco y ya está…ahora, ¡perfecto!

Perfecto, ¡los cojones!, no solamente estaba incómodo porque estaba muy inclinado hacia adelante, sino que ahora, además, tenía a mi hermana prácticamente abrazada desde mi lado izquierdo, (su derecha), con mis manos sobre sus manos, tan suaves, mis brazos en contacto con los suyos, que eran como seda, y mi mejilla izquierda casi pegada a su mejilla derecha, mientras percibía su aroma y escuchaba su dulce voz tan, tan, tan cerca de mi oído…

  • Ahora empieza, pero despacito…

Y así lo hice, estirando al máximo mis brazos y para poder complacer a mí hermana y, en lo posible, evitar el contacto con ella; el resultado fue una postura todavía más incómoda.

  • Pero Vicen, tú estás tonto, ¿qué quieres? ¿que me haga una contractura?, ¿no ves que no llego?…además así no puedo ver nada

Y diciendo esto, tiró hacia atrás con fuerza y acercó el mando a la altura de su pecho, un poco por debajo de su cara. Girando esta hacia mí, me miró y me dijo con total tranquilidad:

  • Ves, así es mucho más fácil y más cómodo. Venga empecemos.

Dicho y hecho. Inicié la partida más descolocado y nervioso que otra cosa, e intenté concentrarme en el juego a pesar de todas las influencias externas que tan difícil me lo hacían. Casi lo estaba consiguiendo cuando me di cuenta de que mi hermana aproximaba cada vez más el mando a su pecho, tanto era así, que en algún movimiento más brusco que realizábamos, producto de los acontecimientos que se producía en el juego, no pude evitar algún roce fortuito con su pecho y descubrir que no llevaba sujetador. Ella presionaba aún con más fuerza, sobre todo cuando se producía una vibración en el mando, con lo que empecé a pensar que no eran rozamientos accidentales. Seguí guiándola, a duras penas, y de forma cada vez más torpe, pero a María no parecía importarle, su atención estaba centrada en las vibraciones del mando que, ahora sí de forma evidente, acercaba descaradamente a sus pechos presionando sobre sus pezones, circunstancia que hacía que mi muñeca y mi antebrazo los rozasen;  los notaba muy marcados y duros, sobre todo el derecho, el que yo tenía más cerca. A pesar de mi postura mi rabo se estaba poniendo como una piedra, casi me empezaba a molestar, era demasiada caña para un solo día, incluso para un salido como yo. Seguramente mi hermana tenía que estar dándose cuenta y, pensar en esa posibilidad me excitaba aún más. Solamente esperaba que no le diese por entrar a nadie en estos momentos, porque se nos vería en una situación un poco rara y enturbiaría la atmósfera.

  • Vicen, ¿qué te parece si compartimos el mando? –me dijo con su dulce voz, casi en un susurro, pero muy seria-
  • Pero…como…-balbuceé.
  • Si mira, yo lo cojo con la izquierda y muevo la palanquita de dirección y tú lo coges con tu mano derecha y haces los movimientos, los golpes y todo eso con los botones que es más liado…
  • Vale.

Esta vez fui yo quién eligió la postura, quité mi brazo de alrededor de su cuello, me agaché  a la derecha de ella, como un futbolista que espera para la foto de equipo, puse mi mano en la parte derecha del mando y, entre los dos comenzamos unos más que torpes movimientos; nos daban hasta en la foto del carné de identidad y el mando no paraba de vibrar. Sin dejar de mirar a la pantalla, María pegó, literalmente, el mando a su pecho derecho sobre la camiseta, arrastrando así mi mano hacia este, con lo que sentí un escalofrío al sentir aquella forma redonda y dura, maravillosa…y un momento después, despacio, bajó su mano derecha hasta el botón de su pirata, lo desabrochó, bajó su cremallera hasta la mitad y la mano siguió su camino hasta hacerla desaparecer por la parte delantera de sus amplios pantalones.

Me quedé atónito y no sabía como reaccionar. Intenté rozar, en lo posible, aunque torpemente, ese maravilloso pecho, mucho mejor que cualquiera de los dos que había podido tocar en el pasado, de forma fortuita y que poco disfruté, (escasos de tamaño y en plena oscuridad). Este era un pecho soberbio, de un tamaño considerable, se adivinaba exquisito, firme, pertenecía a una chica muy guapa, que además, ¡era mi hermana!

Me concentré para que el juego avanzase y el mando siguiera vibrando con una cierta continuidad, porque me daba miedo que, si paraba, se rompiese la magia de aquel momento, pero mi inexperiencia no me permitía ver que, en aquel instante, mi hermana ya había pasado el punto de no retorno y no iba a parar. Y no paró, miraba la pantalla y entrecerraba los ojos, separó más las piernas y el movimiento de su mano dentro del pantalón se hizo más evidente aún, mientras presionaba con fuerza el mando sobre su pecho, comenzaron los primeros jadeos y algún gemido:

  • Aaaahh, aaaaahhh, Uuuuufff, uuuuufff, ummmmm, ummmmm

Yo no podía más, y de tan salido y caliente como estaba, arriesgué y, como pude, llevé mi mano izquierda, la que tenía libre, al cordón que aseguraba mi bañador, tiré torpemente de él, forzando al máximo, e hice hueco para llevar mi mano a mi rabo e iniciar mi masturbación a escasos cuarenta centímetros de mi hermana, que en ese momento me ofrecía una visión magnífica, de primera fila, de un espectáculo como nunca había visto. María vio mi gesto y temí que parase o que se molestase, pero lo único que hizo fue quitarme el mando, levantar ligeramente su culito un instante de mi sillón, dejar bajar un poco más su pantalón hasta sus ingles y hacer desaparecer el mando por dentro de él, dirección a su vagina. No pude más, me incorporé y me puse de pie, con mi miembro a medio camino entre su pecho y su cara, y comencé a masturbarme mirando a mi hermana que cada vez aceleraba más sus movimientos, cogiendo el mando por uno de los agarres y deduje que acariciándose o introduciendo la otra en su coñito. No me dejó verlo en ningún momento, solo veía el mando subir y bajar, el movimiento de su mano y su vientre. Ella gemía, con más intensidad que la última vez, tanto que temí que la escucharan, pero el home cinema atronaba desde el salón.

  • ¡Ooohhhh, ooooummm, uumm, umm!, ¡joder, qué bueno!

Me  tenía ardiendo, fuera de mí, la excitación hacía que los latidos de mi corazón martilleasen con fuerza en mi cabeza, y no podía controlar apenas mi respiración; no pude más, alargué mi mano izquierda y agarré aquella magnífica teta sobre la camiseta de María y la acaricié, la sobé, disfruté de su forma, de su textura extraordinaria, firme y suave a la vez, noté el pezón duro, erguido, lo pellizqué, y ella se dejó hacer, se dejó acariciar y me miró fuera de sí, con la excitación dibujada en su preciosa cara, sus labios estaban rojos, hinchados, su mejillas rojas, se humedecía su boca reseca con la lengua constantemente, y comenzaban a resbalar gotas de sudor por su sien en aquella calurosa noche de junio. Ni el ventilador del techo conseguía apagar aquel sofoco, sofoco que ella incrementaba con el ritmo de sus manos y el vaivén sus caderas, cada vez más rápido.

Cuando María aumento aún más el ritmo de sus movimientos y de sus gemidos, noté que se iba a correr, lo que no me esperaba fue lo que sucedió a continuación.

– Acércate Vicen…

Pegué mi pelvis al reposabrazos del sillón, todo lo que pude, y ella acercó su mano derecha a mi miembro y, con la punta de su dedo índice tocó mi glande, se me nubló el entendimiento, la excitación me venció y me corrí;

– ¡Me corro María, ooohhh, me coorro preciosa, me coorrooo!

Lo hice como si nunca lo hubiese hecho antes, como si aquella fuese la madre de todas las pajas; en ese momento no existía más que aquella diosa de la belleza y aquel placer, casi desconocido. Apreté con fuerza el pecho de mi hermana mientras me corría, pellizcando su pezón con fuerza entre mis dedos pulgar y corazón, y ella lo agradeció con un gemido aún más fuerte, y continuó presionado su dedo sobre mi glande, en una caricia, mientras mi primera andanada aterrizaba en su mejilla derecha, la segunda sobre su camiseta, entre su manga y su pecho, otra en su antebrazo y el resto, lo recogió en su mano en forma de cuchara junto a mi glande. Ella acababa su orgasmo, ralentizando los movimientos de sus caderas. Limpió de abajo a arriba una gota que colgaba de mi glande con su dedo corazón, sin dejar caer el resto del semen y yo creí morir.

Cogió mi socorrido rollo de papel higiénico y se limpió la mano, luego me dio un trozo generoso a mí. Mientras, yo me limpiaba, todavía de pie manteniendo la misma posición, como un estúpido, María se arregló la ropa y como si nada hubiera pasado me preguntó mientras se abrochaba el pantalón

  • ¿De verdad te parezco preciosa?
  • Si…lo eres, aunque seas mi hermana, de verdad, bueno…quiero decir que si, que estás buenísima
  • Je, je, vale, vale, entendido. Bueno te dejo que quiero hacer algunas cosas antes de ir a dormir.
  • Si claro…

Se acercó a mí, me dio un dulce beso en la mejilla, abrió la puerta y antes de salir me miró, me dedicó una sonrisa y salió cerrando muy despacio.

Me desplomé sobre la cama, exhausto, saciado y feliz, aunque muy confundido por todo lo que me estaba pasando, se me agolpaban todas las imágenes en el cerebro y aún no me lo podía creer. Entonces recordé que allí estaba el mando que había utilizado María, me levanté como si tuviera un muelle y fui a cogerlo. El extremo que yo no veía mientras ella lo utilizaba estaba húmedo, casi mojado. Lo acerqué a mi nariz: olía dulzón, como a un sudor dulce. Pasé mi dedo índice, saqué la punta de mi lengua y lo probé; me agradó el sabor, el sabor de mi hermana, de su sexo. Me volví a tumbar, lo puse sobre mi pecho desnudo, muy cerca de mi cara y sin tan siquiera apagar la lamparita de mi escritorio me dormí. Estaba deseando que llegara el día siguiente…

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s