TANATOS12

Capítulo 53

Extasiado. Sin haberme recuperado de mi orgasmo. Mareado, por el desahogo… y por la tremenda corrida… Vacío… Me encontraba afrontando la enésima disyuntiva. Pues, cuando parecía que aquel acto viraba hacia algo más pactado, hacia el disfrute de los tres, Roberto acababa ordenando algo que podría hacer que todo se rompiera.

Me imaginé masturbándole y sentí unos escalofríos y un rechazo terribles.

María se incorporó un poco y eso hizo que algo de semen discurriera por una de sus tetas hacia la camisa, y ella llevó allí una de sus manos para no mancharse la ropa. Yo la miraba, siempre pareciendo serena, a pesar de todo… La miraba también para no mirarle a él.

Pero Roberto insistió, aún con más vehemencia, y yo le miré. Se rascó la barba, como con aquel tic que ya había visto en el bar. Su polla semi erecta me apuntaba. La miré. Y sentí de nuevo un tremendo rechazo, pero a la vez me sentí atraído por aquella pérdida de dignidad, porque no concebía nada más morboso, como cornudo, que preparar al macho para su propia novia. También, por ella, por María, para que todo saliera bien y consiguiera su premio. Pero, por otro lado, y con mucha fuerza, mi heterosexualidad luchaba y me insistía en no tocarle la polla.

Dubitativo vi como María se incorporaba más, dándonos la espalda, hasta casi sentarse.

—Ven aquí, maricón, que nos vea ella.

Roberto bajaba de la cama y yo descendía también, por otro lado. Antes de que me pudiera dar cuenta estábamos de pie, en el suelo, frente a María. Él, aún con la camisa azul abierta y la polla, monstruosa, oscura y en horizontal. Yo con las medias y liguero de María y mi polla retraída, mínima.

—Ponte de rodillas, que me la vas a comer —dijo serio y algo me subió por el cuerpo. Aquello era demasiado.

Me insistió de nuevo. Casi gritando. Tuve miedo. Me puso una mano en el hombro. Me bajó con fuerza. Me arrodillé.

Todo iba muy rápido. Demasiado. Yo no quería ni mirar a María. No quería que me viera así. No sabía si ella estaba desviando la mirada o no. Miraba al frente y veía aquella polla, apuntándome y él hacía por moverla, un poco, sin usar las manos.

Estaba atemorizado. Mi corazón palpitaba a doscientas pulsaciones. No me lo podía creer. No me podía creer lo que sucedía, pero a la vez no era capaz de controlarlo. Sentí, de una forma extraña y desconocida, que estaba dispuesto a hacerlo. Por ella. Por María. Para que todo saliera bien. Estaba convencido que era el último de sus macabros juegos y, tras el, satisfaría a María como ella merecía.

Roberto me ordenó que cerrara los ojos. Y lo hice. Casi como si aquello fuera un alivio. Pero en aquella oscuridad me vi desde fuera. Allí. Arrodillado. Así vestido. Y me imaginaba con su polla en la boca y me aterraba a la vez que suponía una pérdida de dignidad tal que me llegaba a excitar, y yo no me comprendía.

El silencio se hizo eterno. Estaba sentenciado. Solo esperaba que no se recrease. Que no abusase. Y que María me perdonase. Que entendiera que lo hacía por ella.

Noté movimiento. En la cama. Y temí que fuera María… yéndose… Esperaba que no. Deseaba que no… Ella debía entender que mi pérdida de dignidad era, sobre todo, por ella. No era un auto engaño, de hecho mi heterosexualidad me estaba matando, mandándome señales de repugnancia y rechazo que me ahogaban…

Llegué a esperar el tacto de su polla en mis labios. Me aterré. La oscuridad se hacía perpetua e insufrible. Y seguí escuchando movimiento que provenía de la cama.

—Ya te dije que era maricón. Se muere por comérmela —escuché, y sentí un alivio inmenso… pues el sonido provenía de cierta distancia. Abrí los ojos. Aquella polla oscura había desaparecido. Roberto yacía tumbado al lado de María, la cual, boca arriba, pero recostada sobre sus codos, tenía su rostro cerca de él.

Quería ponerme en pie cuanto antes, para olvidar, para borrar lo que había estado a punto de suceder, pero aún no me había recuperado. Aún ni podía moverme. Les miré. De nuevo no existía. Y vi como aquel hombre, enorme, con aquella camisa extensa como una sábana… llevaba una de sus manos a los pechos desnudos de María.

Ella, a su merced, desesperada… cansada… se dejaba manosear… y yo, desde mi posición, vi como su coño me apuntaba. Un coño que no entendía nada. Que llevaba horas abierto. Que no estaba acostumbrado a semejante desplante. Que nadie lo había tenido en aquel estado tanto tiempo sin cubrirlo con ansiedad.

Conseguí ponerme en pie y vi como aquel agresivo provocador jugaba con un pezón de María, pezón que estaba embadurnado con aquel líquido blanco, con mi semen.

—Pues aun ha echado sus chorritos el maricón… ¿no? ¿Suele echar tanto? —preguntó.

—Sí —mintió María.

—¿Sí…? Bueno… Abre la boquita… —le dijo él.

Ella obedeció entonces y él llevó su dedo, impregnado de mi leche, a sus labios… y se lo pasó por el labio inferior… de un lado a otro… como si pretendiera pintarle los labios con mi semen.

—Me siento guarrísimo hoy… —susurró— No creas que ando por ahí tocando esperma ajeno —dijo, con un peso en sus palabras siempre asfixiante.

Yo, allí plantado, contemplaba como él iba buscando gotas de semen, por sus pechos o su camisa; los recogía, y se los iba llevando a la boca de María. Al principio se los pasaba por el labio, y después comenzó a darle sus dedos impregnados a chupar. María, con los ojos bien abiertos y las tetas hinchadísimas, mirándole, se dejaba mancillar la boca. Expectante y deseosa… deseosa de que acabara con sus juegos e hiciera lo que tenía que hacer.

Ella no se contuvo más y bajó una de sus manos hacia su polla, y él esbozo una media sonrisa. María comenzaba a pajearle mientras seguía dejándose ultrajar la boca… y él dijo:

—¿Qué haces…?

—Vamos… —susurró ella, desesperada.

—Vamos… qué…

—Que… me folles… —le rogó, masturbándole lentamente, con la mirada llorosa, mientras él le cerraba un poco la camisa y ocultaba uno de sus pezones para después frotarlo a través de la seda, haciendo que marcara la camisa y el pezón se pusiera aún más duro.

—Dímelo… otra vez… —dijo él— dime qué quieres.

—Que me folles…

—¿Ah sí?

—Sí…

—Pues… Dime…  Dime “fóllame, hijo de puta”.

—Fóllame, hijo de puta.

Roberto se incorporó, se arrodilló, sobre la cama, a su lado. Se quitó la camisa y María pudo ver su torso sin oposición y yo su espalda musculada.

Ya estaba. Se la iba a follar. Y mi excitación se mezclaba con alivio.

Se movió hasta quedar frente a ella. María separó sus piernas para darle acceso. Él se pajeó levemente pero su polla ya lucía tremendamente dura. Quizás por la pequeña masturbación que había recibido. Quizás por lo que sabía estaba a punto de suceder.

Yo me moví, para verles bien. Ya sentía todo el deseo posible, como si no acabara de eyacular. Ya volvía a ser el Pablo, tembloroso, con el sudor en las manos, con los espasmos involuntarios, con mi corazón palpitando y mi tragar saliva aleatorio.

Roberto se acostó sobre ella. Cubriéndola entera. Con su polla cerca de su coño. Llevó sus labios a los suyos. Se dieron un beso. Sus pechos se pegaron. La melena de María caía densa hacia la cama. Ella seguía sin tumbarse del todo. Recostada. Y él comenzó a frotarse… haciendo que su polla resbalara, por fuera, por el coño hambriento de María. Ella cerraba los ojos y disfrutaba del roce… Movía un poco la cadera… buscando que aquel pollón entrase solo… pero él se las apañaba para que eso no se produjera. La besaba con fuerza en la boca. Sus lenguas se juntaban con ansia. Los pezones de María marcaban los pectorales de él y ella seguía con su cadera, en círculos y abajo arriba… buscando que aquella polla entrase.

—Verás… niña rica… Es que no tengo condones… —le susurró en el oído.

—Me da… igual… —gimió ella, con los ojos cerrados.

—¿Te la meto a pelo, entonces?

—Sí…

—¿Sí? ¿Seguro?

—Sí… por dios… fóllame… —jadeó desesperada… besándose con él.

Roberto se retiró hacia atrás. Se puso de rodillas frente a ella, la cogió por las piernas y la atrajo hacia sí. Posteriormente la hizo flexionar las piernas, de tal forma que casi tocaban los muslos de María contra su propio torso y, como consecuencia de ese movimiento, su coño quedó aún más expuesto. Llevó entonces sus manos a los tobillos de ella y los empujó hacia adelante, de forma que las plantas de sus zapatos apuntaban al techo.

Posó su pollón sobre el coño abierto de ella… La cara de María le rogaba que la penetrara ya…

Dejaba sin aire verla… recostada sobre sus codos, con sus piernas encogidas, con sus rodillas casi en sus tetas… con aquellas piernas abiertas y con sus pies en lo alto… suplicando con su mirada que la follara…

Y él, dejando reposar aquella polla sobre su sexo abierto, polla cuya negritud chocaba con lo rosáceo de su coño, le dijo:

—Parecías más difícil en el bar, eh… Y resulta que ibas sin bragas… con tus zapatitos de putón… con tu camisita de pija… tu sujetador gigante de cerda… Y salías a buscar macho… —dijo él, despectivo, mientras mantenía sus manos arriba, en los tobillos de ella y la repasaba con la mirada mientras la describía en lo que eran una colección de insultos.

María dejó caer su cabeza hacia atrás. Allí quieta. Sujeta. Y movió su cadera hacia adelante… buscando de nuevo el roce… No podía más… Se fundía allí abierta de piernas… sudada… empapada… sobre aquella cama…

—¿Salías a buscar macho sí o no? —preguntó.

María reincorporó su cara y dijo, en un hilillo de voz:

—Sí…

—¿Que sí qué?

—Que salía a buscar macho… —dijo ella, humillándose… Ridícula.

Roberto llevó una de sus manos a su miembro y la otra la mantuvo en uno de sus tobillos. Los dos tacones de María se mantenían allí, en lo alto. Llevó su polla a la entrada. Yo me acerqué… y me llevé la mano a mi miembro, que ya estaba duro. Iba a ver cómo la penetraba por fin.

Él llevó la punta a aquel umbral y ella suspiró… llevó sus manos a sus pechos. Los abarcó como pudo. Cerró los ojos y gimoteó un “por favor” tremendamente desesperado. Y Roberto la calmó, un poco, deslizando, la punta, aquel glande hinchado y violeta, separando aquellos labios de su coño que parecían atraerlo, absorberlo. Todo el movimiento iba acompañado de un suspiro de María, largo, larguísimo, entregado, de alivio, de agradecimiento… Roberto le metía todo el glande y ella se aferraba a sus tetas y abría la boca… y su imagen chocaba con todo lo que había sido durante la noche, calentando a Marcos o a Roberto, tan recta, tan bien vestida, tan digna… Y ahora estaba allí, con la boca abierta, con las piernas separadas y con los tacones apuntando al techo, rogando ser follada, hasta el fondo, por aquel hombre que nos había hecho perder la dignidad paso a paso.

—Qué coño tienes… joder… Es enorme…

María no pudo más y dejó caer toda su espalda hacia atrás. Y él se inclinó más hacia adelante, de tal forma que ella apoyó sus piernas en sus hombros y un “Joder… así me vas a matar”, salió de la boca de María, anunciándole que si dejaba caer todo su peso, toda su polla sobre ella, la notaría demasiado.

Y entonces él me miró. Después de minutos en los que yo no había existido, él giró su cara. Tenía la punta de la polla incrustada dentro del cuerpo de mi novia y me miraba con una mueca de sorna, para que fuera testigo de su gesto, de su triunfo, mientras la follaba a su gusto.

Yo, con mi polla ridícula, con aquellas medias y aquel liguero, me pajeaba, de forma enfermiza, mientras María le rogaba que se la metiera con cuidado y él me miraba.

Y él se dejó caer… lentamente y un “¡Ohhhh….!” tremendo, fue gemido por María, y yo veía como él la invadía, hasta el fondo… se la metía hasta los huevos y ella llevaba sus manos a su culo para que se quedara allí. Y, de casualidad o no, la cara de María se giró hacia mí, y estando su mejilla contra la sábana, abrió los ojos. Me miraba, pero casi no me veía. Solo podía sentir aquel pollón dentro. Y el que me miraba con más decisión era él, que entonces se retiró un poco… y comenzó un vaivén, pausado, metiéndole la mitad de la polla y sacándola de su cuerpo, y ella acompañaba cada metida con un “¡Ohhhhh…. Dioos… !” que a él le hacía sonreír y a mí me helaba la sangre.

—Vaya coño tiene la niña rica… No me extraña que no le llegue con tu polla —dijo, mirándome, mientras seguía con aquel movimiento, mecánico, lento, pero que a María la volvía loca, hasta el punto de que giró su cara hacia el otro lado y llevaba sus manos al culo de él o a sus tetas, de forma caótica y mostrando un temblor en sus manos que impactaba… como si se fuera a desmayar del más puro placer en cualquier momento.

La follada era nítida, pura, sentida. Hasta que acabó por retirarse un poco, quedando su torso recto y la cogió por las piernas, como abrazándolas y movía su culo adelante y atrás. Ella posó sus brazos sobre la cama y se agarraba a las sábanas mientras sus tetas iban y venían, temblando, moviéndose, vibrando, con el vaivén de aquella follada.

Así la estuvo follando unos minutos en los que los “¡¡Ahhhh….!! ¡¡Diooss!!” de María se hicieron constantes, en los que su mirada llorosa hacía entender que todo sacrificio y toda humillación había merecido la pena… Hasta que él se detuvo, se retiró y le dio la vuelta, casi como si fuera una muñeca.

—Ponte así, que te voy a follar como a una perra, que yo creo que es lo que más te va —dijo, déspota, sabiendo que ya nada podría herirla, mientras la siguiera follando.

Al salirse de su cuerpo pude ver su polla durísima… y con una masa espesa, transparente y blanquecina… empapada por todo lo que María había estado soltando sobre aquel pollón. Al ser aquel miembro tan oscuro, aquello que María había desprendido parecía aún más blanquecino y la imagen me dejaba sin respiración, e hizo que la enésima gota semi transparente brotara de la punta de mi miembro.

María se colocaba a cuatro patas sobre la cama, con sus tacones aún puestos, con su sujetador bajado, con sus pechos desbordándolo, y con su camisa abierta, a excepción del botón más cercano a su cuello. Y esperaba con ansia a que se la volviera a meter.

—Mira esto, maricón —me llamó y me hizo ir a ver aquel coño abierto.

Obedecí y él separó aquellos labios con sus dedos. María, a cuatro patas, esperaba y escuchaba cómo él me mostraba su sexo que tenía sus labios abiertos, como una flor enorme, casi saliéndosele del cuerpo y parecían extremada e inusualmente blandos. Tiró de uno de aquellos labios de su coño y le dio un azote en el culo que resonó por toda la habitación.

—¿Es normal cómo lo tiene? —preguntó, sabiendo que no obtendría respuesta. Mientras María bajaba la cabeza, desesperada, y dominada hasta lo esperpéntico.

Se colocó entonces tras ella. Apuntó. Y la penetró. Con crudeza. Como si no valiera nada. Como si no se estuviera follando a María. A aquella chica estilosa, elegante, guapísima… La empalaba como si fuera una furcia más de las que se ligaba cada noche. Le incrustaba aquella polla oscura como si fuera una guarra de usar y tirar.

Y yo, impactado, mareado, angustiado, dolido… pero excitado como nunca, me movía, para verles mejor… para ver y disfrutar del morbo que me daba ver cómo la empalaba en aquella postura.

Veía el culo enorme de Roberto contraerse al penetrarla. Como se contraía a cada metida, acompañando además, cada penetración, con un sonido gutural, desagradable y humillante. Veía su cara de chulo… y de triunfo, pero contenido, como si tampoco le diera tanto valor a follarla. Veía los ojos cerrados de María y su boca abierta. Escuchaba sus jadeos, sus gemidos… sus “¡¡Ohhh Dioos!!” sus “¡Asíii!” y sus “¡¡Fóllame…!! ¡¡Fóllame así!” Y como él le tiraba del pelo, haciendo que su cara se levantase hacia adelante y asfixiándola un poco, como consecuencia de aquel botón que seguía abrochado. Aquel polvo iba mutando en un polvo violento y el sonido de la pelvis de Roberto chocando contra las nalgas de María se hizo rítmico en un “¡¡plas!! ¡¡plas!” que rivalizaba en decibelios con los “¡¡Asiii!! ¡¡ Fóllame asiií!!” de María.

Aquel botón acabó por soltarse, o por romperse, y pude ver más claramente las tetas de María, enormes, colgantes, moviéndose adelante y atrás e incluso chocando entre ellas cuando aquel animal más aceleraba, pero ella no se quejaba, no le pedía que la follara más despacio. Ella, entregada, desesperada, ida, seguía gimiendo, casi gritando y él comenzó a azotarla en el culo y a llamarla perra mientras ella esbozaba unos “¡Oh, si!” “¡Oh si!” cortos, y tan brutales como indignos en ella. María, desbordada, cerraba los ojos y gritaba unos “¡¡Dame, cabrón!! “¡¡Dame, cabrón!! atronadores y unos “¡¡Qué bien me follas!!” “¡¡Qué bien me follas, cabrón!!” que exteriorizaban un agradecimiento que me hacía casi correrme. Él llegó a acelerar tanto que su polla entraba y salía de su coño en un ritmo frenético y yo pensaba que estarían despertando a todo el pasillo con aquel sonido de aquella follada brutal, cuando él, en pleno frenesí le dijo: “¡Me voy a correr en tu puta cara…!” y se lo repitió “¡Me voy a correr en tu puta cara!” y, María, tras escuchar eso… comenzó a gritar… a retorcerse… con unos “¡¡¡Ahhhh!!! ¡¡¡Ahhhh!!! ¡¡¡Me corro!! ¡¡¡Me corroooo!!!” como si visualizarse recibiendo su corrida en su cara la hiciera estallar… Un “¡Córrete, puta cerda!” dicho con todo el desprecio, se solapaba con los gritos de María y él le volvía a repetir que se iba a correr en su cara y sus “¡¡Aahhh!! ¡¡Diooos!! ¡¡Jodeer!! ¡¡Me corroo!! ¡¡Me corroo!!” me hacían estremecer y tuve que detener mi paja para no correrme.

María acababa su orgasmo y él, poseído, sorprendiéndome, sorprendiéndola, sacó la polla de su cuerpo, la agarró del pelo, tiró de ella como si no pesara nada, como si no valiera nada, la arrastró con violencia hacia atrás, por la cama hasta bajarse ambos de allí, y la puso de rodillas frente a él, a toda velocidad, pues él se corría y, tan pronto la tuvo frente a él, arrodillada, se sacudió la polla dos segundos y de aquel oscuro y monstruoso miembro brotó un chorro enorme y blanco, espesísimo, que le cruzó la cara, de abajo arriba. María, aún sintiendo su orgasmo, recibía un segundo chorro, aún más denso, que le cruzaba la cara, dejando un reguero paralelo y le llegaba hasta el pelo. Todo aquello con la banda sonora de unos “¡¡Ohhhh!!” “Mmmm”, repulsivos, mezquinos, de Roberto que seguía pajeándose frente a la cara de María, la cual cerraba los ojos, y no se apartaba, intentando aguantar, de la forma más digna posible, aquel bombardeo de chorros en su cara. Ella mantenía sus brazos muertos, con sus tetones enormes, su sujetador arrugado bajo esas tetas hinchadas, con su camisa abierta y con la boca cerrada, permitiendo que aquel cabrón la bañara entera, y permitiendo hasta ocho o nueve latigazos de leche que la siguieron regando, mancillando su cara con aquel semen cálido… y los últimos chorros ya no brotaban con tanta fuerza sino que goteaban manchando sus tetas, su camisa y sus muslos.

María, con los ojos cerrados, humillada, sin atisbo ya de dignidad, era levantada entonces por él. La ponía de pie… le daba la vuelta… yo no entendía nada. Ella no podía abrir los ojos, allí de pie, y la pude ver mejor, pude ver mejor la cantidad de semen que bañaba su cara y él, diciéndole que aún la tenía dura, la agarró por la cadera, se agarró la polla, flexionó sus piernas, la dirigió, buscó su coño abierto y se la metió otra vez. Y se la empezaba  a follar, allí de pie, frente a mí, con la cara empapada… era follada por aquel animal que se acababa de correr… La follaba con fuerza, con rabia… y ella echaba una de sus manos hacia atrás para que no la follara tan fuerte… y no podía abrir los ojos de lo bañada que estaba… y de sus pechos goteaba semen y de su barbilla goteaba semen y era la imagen más brutal y morbosa que había visto jamás.

Pero ella no protestaba, con los tacones anclados al suelo, con las piernas casi juntas, acabó siendo sujetada por el cuello, por él, y ella echaba la cabeza hacia atrás… y se veía que llegaba a disfrutar de aquella vejación máxima y sus tetas rebotaban una con la otra y llegó a abrir la boca, totalmente manchada, para gemir… mientras él le susurró: “un poco más… un poco más que sigue dura…” mientras agotaba los últimos instantes en los que su miembro mantenía la consistencia.

Poco a poco las embestidas fueron decayendo en intensidad… y él acabo por salirse. Alterado. Respirando agitadamente. Y su polla salió de allí, encharcada, y cayendo hacia abajo, demostrando que ya al final se la estaba metiendo blanda.

María, allí plantada, con los tacones, la camisa abierta y la cara bañada, alcanzó a abrir un poco los ojos y se limpiaba un poco la boca con uno de los puños de la camisa.

Yo no podía entender cómo aquel animal se había corrido de aquella manera tan brutal y ella comenzó a caminar hacia el cuarto de baño, pero entonces él la detuvo, agarrándola por la muñeca.

—¿A dónde coño vas?

—A limpiarme.

—No, no. No te limpias —le respondió.

María se giró. Él le vio bien la cara, y dijo:

—Está bien. Ya está. Ve a limpiarte.

Un comentario sobre “Jugando con fuego. Libro 3 (53)

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s