MOISÉS ESTÉVEZ

Espero que te haya gustado. –

  • Ha estado bastante bien. Si quieres volvemos otro día, antes de
    regresar a Madrid. –
    Como Vincent le había prometido, fue María la que eligió donde cenar,
    una especie de pseudogastrobar de los que están de moda, y la verdad es que
    no fue como para tirar cohetes, pero no quería herir la sensibilidad de su chica,
    y aun menos volver…
  • ¿Otro día? ¿Hasta cuándo piensas que estemos por aquí? – Preguntó
    ella un tanto sorprendida.
  • Bueno, me gustaría alargar el ‘weekend’ unos días, ¿qué te parece la
    idea? –
  • A mí me parece genial, pero yo me tengo que incorporar al trabajo.
    Hablamos de regresar el lunes y no creo que mi jefe acepte un retraso. –
  • Podrías llamarlo a ver que te dice. Pídele unos días de esos que te
    debe. No pierdes nada. –
  • No sé. Posiblemente me diga que no, pero bueno, como tú dices, no
    perdemos nada. Mañana lo llamo a su número particular, no creo que se
    moleste, y con un poco de suerte lo cojo de buenas y accede. –
    Dieron un paseo por la orilla del río que lindaba con el barrio de Triana.
    El cielo, oscuro pero estrellado, miraba coqueto al Guadalquivir como si de un
    espejo se tratara. El suelo adoquinado y húmedo reflejaba el tono amarillento
    de las farolas.
    Decidieron hacer una parada en la terraza del Café de la Prensa.
    Necesitaban reposar la suculenta cena y descansar las piernas, agotadas
    después de un largo día de patear las calles sevillanas.
    El camarero les tomó nota, dos cafés, solos, y María encendió un
    cigarrillo, con la idea de compartirlo con Vinc mientras venían las bebidas.
    Él tomó el Marlboro entre sus dedos de manos de ella, se lo llevó a los
    labios y le dio un honda calada. Expiró el humo lentamente, un humo que
    precedió el inicio de una confesión.
  • María, tengo que decirte algo importante. Llevo días intentándolo,
    mereces saberlo y no encuentro el momento, pero ya no puedo postergarlo
    más. –
  • Joder! que serio te has puesto. Me estás asustando. ¿Es que ocurre
    algo malo? –
  • Depende de cómo se mire. Si es verdad que es para ponerse serio, y
    me preocupa tu reacción. No voy a pedirte que me prometas nada, ni que no te
    enfades, o algo parecido, sólo me gustaría que hicieras un esfuerzo por ser
    comprensiva en la medida de lo posible. –
  • Vale. Está bien. Lo intentaré al menos. – Respondió ella esbozando una
    media sonrisa.
    El camarero dejó las tazas en la mesa, María encendió otro cigarrillo y
    Vincent rebuscó en su mente cuáles serían las palabras más apropiadas…
    G. Sayah

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