MAVERICK

Hola, me llamo Vicente, aunque todos me llaman Vicen. Tengo dieciséis años, bueno, casi diecisiete, y necesito explicaros lo que me ocurrió el pasado verano, en 2019.  De verdad que necesito hacerlo, he de desahogarme y hasta ahora no lo he podido hacer con nadie. Además, fue todo tan alucinante que seguramente quien lea esto tampoco me creerá. También sé que no es recomendable que lo vaya contando por ahí, no debería contarlo nunca, sobre todo a mis amigos, porque son unos bocazas y si se supiera toda la verdad, se podría liar parda…

Bueno, vamos a ver si me centro y os los puedo explicar de forma que se me entienda. Tened en cuenta que soy un adolescente, con todo lo que ello implica, y ciertas cosas me alteran mucho.

Pues eso, que me llamo Vicente, ya os he dicho mi edad, y he nacido y vivo en Alicante, bueno, mi familia y yo vivimos aquí.  Me gusta mucho donde vivo, es una ciudad que tiene todo lo que puedo necesitar y un clima genial.

Supongo que tengo que hablaros de mi familia para que podáis comprender bien todo lo que os voy a contar; a fin de cuentas ellos son el centro de esta historia.

Mi familia es una familia normal, bueno…o eso pensaba yo. En la actualidad, está formada por cinco personas: mi padre, mi madrastra, mis dos hermanas, (una es mi hermana y la otra mi hermanastra en realidad), y yo. Mi padre, que se llama Vicente, como yo, es solamente padre natural de mi hermana María y de mí. Mi hermanastra, Melisa, (aunque siempre la llamamos Mel), es la mayor de los tres, y es hija de mi madrastra Carmen.

Tuvimos la desgracia de perder a mi madre cuando yo era muy pequeño, hacía ya once años. Mi padre se había quedado viudo y ya nos tenía a mí y a mi hermana. Conoció a Carmen, que venía con su hija desde Canarias, y se enamoraron y se casaron después de un tiempo. Ella estuvo casada, anteriormente, pero aquel matrimonio acabó en divorcio, aunque nunca he sabido muy bien porqué; no suele hablar del tema.

Vamos, que nuestra madre actual es nuestra madrastra. Supongo que lo único que me queda por decir es que mis padres son buena gente, la verdad, y que para que nosotros vivamos bien, trabajan un montón en una pequeña tienda de frutas y verduras, que mi padre abrió con mucho sacrificio. Allí también trabaja mi hermana Melisa. El negocio nos permite vivir con cierta comodidad, pero desde luego no somos unos potentados. Supongo que todo esto es un poco liado pero de lo más normal hoy en día, ¿no?

Pues eso, que yo soy muy normal, mi familia es muy normal y vivimos en una ciudad normal.

En fin, a lo que vamos. Ya habían acabado las clases y lo había aprobado todo, pero sin unas notas espectaculares. Lo justo para que mis padres estuvieran contentos y me dejaran pasar las vacaciones de verano a mi bola. Eran los últimos días de junio, con un calor de la ostia y estaba en mi habitación dándolo todo con mi Play. Mi habitación es mi guarida, mi refugio, mi castillo; y tengo la enorme suerte de que no tengo que compartirla con nadie. Casi nunca.

Pues eso, que estaba disfrutando con un juego en el que simulas que eres un piloto de fórmula uno, (vamos que eres el puto amo), repanchingado en mi sillón, tipo imitación asiento coche de competición, con mi camiseta de estar por casa, mi bañador, (con el mismo que luego bajaba a la playa por la tarde), y mis chanclas cochambrosas, cuando, como siempre sin llamar a la puerta y sin decir ni media palabra, cual fantasma, se coló silenciosamente mi hermana María en mi habitación, propinándome un collejón a discreción y de forma traicionera, con el correspondiente susto de cojones. Esto propició que mi alter ego en el juego, se diese un trompazo de la ostia contra un quitamiedos, al salirse en una curva a más de doscientos cincuenta kilómetros por hora. A tomar por saco la partida.

  • ¡Qué pasa enano!
  • ¡Joder María pero qué coño haces!
  • Vaya susto te he dado, ja, ja, ja.
  • Oye, ¿por qué no te vas con las pijas de tus amigas y me dejas en paz?
  • Míralo, igual de borde y de tonto que siempre.

Tras decir esto, María se abalanzó sobre mí, como hacía desde que éramos niños, y dando un pequeño salto se sentó de lado sobre mis piernas, en mi regazo, y continuó dándome collejas y coscorrones a mansalva. A mí hacía tiempo que ese juego no me hacía ni puñetera gracia, en parte porque me parecía humillante que una chica me atacara y, siempre, me pillase desprevenido, incapaz de quitármela de encima y también, bueno…porque María tenía ya dieciocho años y me daba cierto corte el contacto físico con ella.

No quiero que me malinterpretéis, nunca me había hecho una paja ni nada parecido pensando en ninguna de las mujeres de mi familia, pero es que mi hermana María se había convertido en una preciosidad, casi de la misma estatura que yo, una cara muy linda, con expresión de no haber roto nunca un plato en su vida, el cabello largo en un precioso color castaño claro, ojos rasgados, color miel, una boca de labios carnosos y rojizos que contrastaban con una piel blanca, perfecta, y una figura con unas formas pronunciadas y muy femeninas, rematada por una voz naturalmente sensual. A todo lo anterior había que sumar que era el ojito derecho de mis padres: buena chica, cariñosa, inteligente, buena estudiante, no le gustaba salir mucho, y nunca daba ningún tipo de problemas, vamos, la hija perfecta… y la hermana perfecta.

Paró en su afectuoso ataque, se plantó de pie frente a mí, con los brazos en jarra, y gesto serio y me dijo:

  • Oye Vicen, (ella siempre me ha llamado así, cariñosamente), últimamente estás muy soso y un poco borde, ¿te pasa algo conmigo?
  • No María que va, es que….
  • Es que ¿qué?
  • Nada, que me has jodido la partida.
  • ¡Vaya gilipollez!, pues empiezas otra, nos ha jodido el niñato…seguro que no es tan complicado. Vamos a ver: ¿a qué juegas?
  • Nada, es una especie de simulador, como si condujeras un monoplaza de formula uno. Es bastante complicado.

Dije todo esto dándole a mi tono de voz la mayor gravedad e importancia posible, como si ella no lo entendiera y fuese algo al alcance de muy pocos, y, por supuesto, no apto para ella que, además, era mi hermana. Pero lejos de conseguir lo que pretendía, que era que se largase de mi habitación, el efecto obtenido fue justo el contrario.

  • Tan difícil no será, ¿o piensas que no soy capaz de hacerlo porque soy una chica?
  • Que no, que no es eso; va déjame jugar tranquilo.
  • Pues no, ahora me explicas como se juega.

Y dicho esto, tiró de mí, y me hizo levantar para ocupar ella mi sitio frente al escritorio y la pantalla, arrebatándome de paso el mando de las manos. Se sentó con expresión muy seria mientras me miraba esperando mis explicaciones. Me di cuenta de que la única posibilidad de recuperar mi tranquilidad, pasaba porque descubriera su torpeza y se aburriese del juego, lo antes posible, o no me dejaría en paz. Le di unas cuantas instrucciones, de mala gana, y procedió a iniciar la primera partida. Evidentemente, demostraba su falta de práctica, y no paraba de confundir todos los botones y sus correspondientes funciones, circunstancia que se tradujo fielmente en la pantalla en forma de un auténtico desastre. Un tanto a mi favor.

Se enfrascó en el juego y comencé a exasperarme por momentos, hasta que de pronto sucedió algo que lo cambió todo. Tras presionar el botón correcto, el monoplaza de la pantalla arrancó de nuevo de forma descontrolada, lo que se tradujo en las correspondientes reacciones del mando inalámbrico en forma de vibraciones, igual que cada vez que mi hermana chocaba o pasaba por zonas comprometidas del circuito, y provocó que ella, que no lo esperaba, se diese un susto importante y soltase el mando de forma repentina, como si de una brasa ardiendo se tratase, mientras gritaba como un cochino jabalí. Por suerte, capturé el mando al vuelo de forma milagrosa.

  • ¡Aaaaay!
  • ¡Qué haces, loca!
  • ¡Pero serás cabrón!, ¿quieres que me electrocute?
  • Pero María, ¿qué coño dices “zumbá”?
  • ¡Esta cosa vibra!, ¡me ha pasado la corriente!
  • Claro joder, es un mando chulísimo y muy caro, y eso lo hace para dar realismo al juego, so tonta. Además es inalámbrico y no está conectado a la electricidad. (se lo mostré), ¿lo ves?
  • Entonces, ¿es normal?
  • Claro.
  • Joder, eso se avisa, menudo susto. ¿Puedo probar otra vez?

¡Hay que joderse! Cualquiera entiende a las tías; se pega un susto de cojones y en lugar de marcharse quiere volver a probar.

  • Bueno, pero ponle más atención, porque si tengo que estar aquí mirando y estás todo el rato dándote golpes, me voy a aburrir como una ostra.
  • Vicen, ¿y dices que esto vibra todo el tiempo?
  • Bueno, solo cuando te sales de la parte asfaltada del circuito, tienes un accidente, o algo parecido.
  • ¡Ah!, qué curioso…vale. ¿Cómo empiezo otra vez?
  • Bueno, puedes seguir, estás todavía en la partida, pero te llevan como tres vueltas de ventaja, así no vas a ganar nunca.
  • Ya, pero lo importante es que aprenda primero, ¿no?
  • Bueno, como quieras.

Y me preparé a quedarme sin Play durante un buen rato. Decidí entretenerme.

– Oye, me voy a por una Coca-cola, ¿quieres algo de la nevera?

No me respondió, estaba como atontada.

  • María, ¡que si quieres beber algo!
  • ¡Ah sí!, gracias, una Coca-cola está bien.

Resignado me pasé el tiempo que me llevó hacer el camino desde mi habitación a la cocina, coger las latas de la nevera y regresar a mi habitación, arrastrando los pies, refunfuñando y maldiciendo mi suerte por tener que sufrir esa invasión por parte de mi hermana, no solo de mi intimidad, sino de mi valioso tiempo junto a mi querida Play, tiempo que tanto había estado esperando durante todo el curso, ¡joder, me lo había ganado a pulso! Era el poco rato en que no había nadie más en casa y me lo tenía que fastidiar.

Entré en mi habitación con las dos latas en la mano y, por un segundo, me pareció que mi hermanita se había largado de mi habitación, porque no pude ver, ni su cabeza, ni rastro de ella en el sillón al entrar a mi habitación, pero esa impresión era errónea porque en la pantalla había movimiento y se veía el monoplaza que, por cierto, parecía un cortacésped, siempre fuera de la parte asfaltada del circuito. Me disponía a pegarle la bronca a mi hermana o cachondearme de ella, (o ambas cosas a la vez), cuando la encontré muy acomodada en mi querido sillón, pues había ido dejando resbalar su cuerpo un tanto hacia abajo, con las piernas separadas, de forma que el mando descansaba sobre sus muslos, más bien sobre su bajo vientre, sin necesidad de que lo tuviese que mantener en alto con las manos. Parecía realmente cómoda.

Joder, que rápido se acomoda la muy cabrona –pensé-. Pero acto seguido, y tras dejar su Coca-cola en un lado del escritorio, al mirar su cara vi algo en su expresión que me distrajo de mi intención de boicotear su partida y echarla con cajas destempladas de mi habitación. Puse mi brazo izquierdo sobre el respaldo de mi sillón de juegos, por encima de su cabeza,  y me quedé al lado de mi hermana; en esa posición podía ver desde arriba sin ser visto, salvo que ella se girase. Observé, eso si, con mucha precaución y me hice una composición de lugar. María seguía jugando de forma desastrosa, de echo el mando vibraba casi todo el tiempo pero a ella no parecía importarle, es más, parecía que dirigía premeditadamente el coche siempre hacia las zonas no asfaltadas del circuito y provocaba los choques a posta, buscando las vibraciones del mando, (ahora sí lo vi claramente), vibraciones que recibía justo entre los muslos, donde sus manos descansaban sujetando el mando. Allí solamente vestía  un escueto pantalón de deporte, de fina tela de color azul marino brillante, rematado en los bordes y costuras con una fina tira de color blanco, y realmente parecía ser lo único que cubría la parte inferior de su precioso cuerpo, porque no se notaba ni rastro de unas braguitas.

¡Joder, que piernas más bonitas tiene mi hermana!, la piel parece muy suave y tienen una forma espectacular (pensé), nunca las había visto así, como las piernas de una chica. Para mí eran las piernas de mi hermana y no requerían más atención, pero en ese momento…Miré un poco más detenidamente con esta nueva perspectiva que me brindaba la situación, tal vez dejándome llevar por las hormonas y el calor.

No sin cierto reparo proseguí mi cautelosa inspección. Su bonita cara, visible en su perfil derecho desde mi posición, estaba adquiriendo un tono de rubor muy importante que en muy pocas ocasiones había visto antes en mi hermana, salvo cuando hacía alguna actividad física a la que era tan aficionada, o en la playa, y lo que llamó aún más mi atención fueron sobre todo dos detalles: el primero que al mirar su boca observé que se mordía su labio inferior y entrecerraba los ojos, en ocasiones y, en segundo lugar, que su ajustada camiseta multicolor de finas rayas horizontales, cuello redondo y que cubría solamente hasta la parte superior de su ombligo, subía y bajaba al ritmo de una respiración un tanto acelerada, haciendo que se marcaran sus duros pechos y, sobre todo, y lo que más me turbó, haciendo que se notasen de forma mucho más que evidente sus dos pezones. No habían pasado más de dos minutos desde que observaba a mi hermana María con otros ojos, y ya comencé a notar una importante erección y una intensa curiosidad por descubrir que escondía esa prenda, por disfrutar de la visión de esa anatomía; pero eso era algo que jamás se me ocurriría hacer.  Eres un puto salido, Vicen, -pensé.

María siguió ensimismada en “su juego” otro par de minutos, con una respiración cada vez más evidentemente alterada, presionando con más fuerza el mando contra su bajo vientre, hasta que en un momento dado, se levantó, soltó el mando con malas maneras sobre mi escritorio y, sin mirarme al pasar por mi lado, se despidió diciéndome:

  • Hasta luego Vicen, este juego es una auténtica tontería.

Y me dejó perplejo mientras entraba rápidamente en su habitación, que se encuentra junto a la mía y cerró la puerta dando un portazo. Me quedé allí de pie, sin saber muy bien que hacer, con una erección enorme y unas ganas tremendas de hacerme una paja. Pero claro, ¿cómo me iba a hacer una paja porque me había puesto cachondo mirando a mi hermana?, ¡pero si he crecido con ella! y lo que es peor, ¿cómo me la iba a hacer pensando en ella?. Me sentía tan excitado como confuso.

Decidí ir al lavabo a darme una ducha fresquita; si, seguro que eso me quitaba la tontería y todo esto se me olvidaría con el tiempo. Pero nada más salir de mi habitación, a la izquierda, junto a mi puerta, estaba la de la habitación de mi hermana, y me frené, no sé, tal vez estaría bien preguntarle si estaba bien, si se había cabreado conmigo por alguna razón, tal vez si había sido un poco borde me acerqué…escuché lo que me pareció un lamento. -¡Ostras!, a que está llorando por mi culpa- Acerqué un poco más el oído a la puerta y lo escuché de nuevo…pero que lamento, si eso parece un gemido como el de las películas –pensé-, y envié mi conciencia al carajo en un segundo, o ella pasó de mí. Aceleré hacia la cocina, cogí un vaso, volé hasta mi cuarto, me arrodillé en mi cama que estaba pegada a la pared que separaba mi habitación de la de María, me acerqué todo lo que pude a la pared, despegué de un tirón la parte de abajo de mi enorme póster de Grand Theft Auto V, puse el vaso en la pared, apliqué mi oreja con fuerza, presté atención, y entonces lo escuché con claridad: mi hermana estaba gimiendo, y por como lo hacía debía de estar muy cachonda. Noté cómo me subía la sangre a la cabeza. No pude más, me saqué mi herramienta y me comencé a cascar una paja mientras me imaginaba la cara de mi hermana y recordaba la visión de sus pezones marcados en la camiseta, de aquellas preciosas piernas, y disfrutaba con sus gemidos. Ella aceleró la frecuencia de sus gemidos y yo, que estaba caliente como un mandril, y temiendo perder un estimulo auditivo de tal calibre, gratis y en directo, aceleré el ritmo y, en menos de dos minutos me estaba corriendo de forma abundante sobre la pared, casi a la vez que cesaban los gemidos de María.

Me tumbé en la cama para intentar calmarme, que bajaran los latidos de mi corazón y, de paso, intentar poner en orden mi cabeza. Todo esto era nuevo para mí, sobre todo en relación con mi hermana, y me costaba asimilarlo así de golpe. Pasados unos cinco minutos, escuché movimiento en la habitación de mi hermana, como se abría su puerta, y como entraba en el baño que compartíamos los tres hermanos, (el otro lo tenían mis padres en su habitación), supongo que para darse una ducha reparadora. Yo me la daría después. Pero ahora, ¡joder!, tenía que limpiar el estropicio de la pared.

En eso estaba cuando, otra vez y sin previo aviso, entró María en mi habitación.

  • Perdona, que me he dejado la Coca-cola, Vicen.

Yo me quedé totalmente paralizado, con la mano derecha y el pedazo de papel higiénico pegados a la pared donde estaban los lamparones producidos por mis impactos de hacía unos instantes, (como cualquier lector sabe todo adolescente prevenido tiene un rollo en su habitación para la limpieza de las correspondientes corridas), y en una décima de segundo toda la sangre me subió de nuevo a la cabeza. María me miró con cara sería, siguió rápidamente con la vista mi mano hasta la pared, vio los restos de semen, el vaso en mi cama, junto a mí, el póster medio arrancado y, con una expresión que no logré descifrar, se acercó al escritorio, cogió la Coca-cola y sin decir ni media palabra salió de mi habitación y cerró la puerta despacio.

¡Mierda! –pensé, esta se ha dado cuenta…pero bueno cálmate, tranquilo, ¿que va a decir que te has hecho una paja?, ¿Que te la has hecho mientras la escuchabas gemir en su cuarto?, no creo…es todo muy raro; es igual de incómodo para los dos. Que no tío. que no va a pasar nada.

Poco a poco me fui convenciendo y tranquilizando, y todos los miedos quedaron aparcados en mi mente tras un rato. Aunque no los últimos acontecimientos.

Llegó la hora de comer y llegaron mis padres y mi hermana Melisa de la tienda. Pusimos la mesa y todo transcurrió con normalidad. La comida y la cena en mi casa siempre han sido uno de los momentos preferidos para mí. Me gusta sentirme en familia. Durante la comida, de hecho, María actuó como siempre, bromeando conmigo y no hubo ni el más mínimo indicio de que fuese a salir el tema, todo bien, todo en su sitio.

Tras la comida todos nos fuimos a las respectivas habitaciones; con el calor siempre aprovechamos para descansar un poco: mis padres echaban una corta siesta antes de abrir de nuevo la tienda, María se recluía en su cuarto, (ahora mi mente no dejaba de pensar en que hacía mientras tanto), y Melisa aprovechaba para tomar el sol en la terraza, dormitando, antes de ir de nuevo a la tienda.

Yo no era consciente, pero esa tarde mi cerebro no funcionaba bien, o tal vez deba decir que lo ocurrido con mi hermana por la mañana, más mis revolucionadísimas hormonas adolescentes, sumado al calor y las recién estrenadas vacaciones, me debían estar licuando el cerebro, pero lo cierto es que de pronto, y por primera vez en los seis años que hacía que mi padre se había vuelto a casar y Melisa vivía con nosotros, pensé en ella como mujer. Nunca la había considerado como otra cosa que como a una hermana, aunque fuese mi hermanastra, y desde luego, nunca como mujer pero, esa tarde de finales de junio mi recalentado cerebro cedió a mis hormonas y me introdujo la imagen de mi hermana tomando el sol en la terraza, quien sabe si desnuda.

Debo decir en mi descargo, que Melisa es lo que se dice un cañón de mujer. Tiene lo mejor de su madre, (que es muy guapa), y por lo visto de su padre, oriundo también de Tenerife. Es una morenaza de raza, con cabello largo y ondulado, con sus 175 centímetros de estatura, con unas curvas de infarto, que a sus 22 años mima en el gimnasio varios días a la semana. Su culo es espectacular y el resto de sus formas femeninas no le van a la zaga; de hecho, mis amigos babean cada vez que la ven pasar o me ven con ella en mi casa y se acerca a saludar con más efusividad de lo habitual mientras la desnudan con la mirada, cosa que a ella no parece molestarle demasiado, pues lo cierto es que en esos casos se despide de mi con parsimonia y una amplia sonrisa, mientras que se contonea al marcharse sabiéndose objeto de todas las miradas. Creo que le encanta que la miren.

Supongo que otro de los factores que repercutía en mi estado era mi relación con las chicas hasta el momento. O tal vez debería decir mi falta de relación con ellas. La verdad es que mi única interacción había sido con las chicas de mi clase y del pueblo donde solemos ir de vacaciones en verano.

Aunque no soy un chaval especialmente feo, más bien alto para mi edad, tengo el cabello castaño, con un abundante flequillo, ojos marrones, y aunque no soy un tío cachas, si me gusta mucho el deporte; no me considero especial, más bien muy normal y nunca he destacado entre las chicas. A pesar de ello, en el pasado he podido dar algún morreo y acariciar un poco el cuerpo de alguna chica, aunque sin ver el objeto de mis tocamientos, pero no había tenido suerte de poder avanzar más; eso si, luego caían varias pajas a la salud de la moza en cuestión, pero el hecho es que nunca conseguía triunfar.

Supongo que mi carácter, un tanto introvertido, tampoco ha ayudado mucho. Sé que no soy un tío tonto y si tuviese que destacar algún rasgo de mi personalidad, es que soy espabilado y muy observador, y que, aunque a veces me traicionan las hormonas, que las tengo muy revolucionadas como es normal para mi edad, en ocasiones consigo que mi entendimiento triunfe sobre ellas y razonar con coherencia. He descubierto que, si te centras un poco, pones atención y escuchas, puedes enterarte de un montón de cosas y, que eso es muy útil en muchos aspectos de la vida.

Pero, todos estos acontecimientos de última hora, suponían algo completamente nuevo para mí: de alguna manera eran el inicio del descubrimiento de la lívido y del sexo, y su impacto sobrepasaba, con mucho, el equilibrio de mi joven mente. Vamos que era un adolescente salido.

Lo cierto es que en cero coma segundos decidí que me iba a aproximar a la terraza con cualquier excusa, y miraría si podía disfrutar de la visión de Melisa. En casa había tres estancias que daban de algún modo a la terraza, y cuatro puntos que ofrecían algún tipo de visión de ella, o bien directamente o a través de una ventana: el salón, el dormitorio de mis padres y su baño, y un poco más retrasada, como si fuera la parte final de una gran letra ele mayúscula tumbada sobre su costado izquierdo, la cocina. La opción de la habitación de mis padres estaba desestimada, y la del salón era demasiado evidente y expuesta, por lo que decidí que la más segura, aunque con peor ángulo de visión, era la cocina. Y hacia allí me dirigí.  

Salí de mi habitación intentando hacer el menor ruido posible, aunque ir a la cocina no tenía nada de extraño, pero si lo tendría el que tardase mucho en regresar de ella porque todos sabían que no era mi hábitat natural precisamente; mejor pasar desapercibido. Llegué a la cocina y, con cautela me asomé todo lo que pude a la ventana, y allí estaba Melisa, pero la encimera con la vitrocerámica y la fregadera, me impedía un mejor acercamiento y, por tanto, una correcta visión.

Quedaba en una posición adelantada a mi derecha, y estaba oculta, en parte, por el cuerpo que formaba la pared izquierda de nuestro salón, a la derecha de la cocina donde yo me encontraba. En principio lo que pude ver fueron sus magníficas y largas piernas, torneadas, con unos muslos rotundos, la izquierda extendida y la derecha ligeramente doblada. Estirando más mi cuello y empinado sobre las puntas de mis pies, llegué a ver un minúsculo tanga blanco que, abrochado con dos lazos a cada costado de sus magníficas caderas, dibujaba una exquisita y pronunciada forma de guitarra que, junto con mi calentura fue suficiente para que se me pusiera dura como una piedra y al instante metiera la mano por dentro de mi bañador. Pero quería más y, ya fuera de mí, decidí jugarme el todo por el todo y subirme de rodillas a la encimera. Y así lo hice. Me subí con cuidado, descorrí la hoja izquierda de la ventana de aluminio que daba a la terraza, procurando hacer el menor ruido posible, y saqué todo lo que pude mi cabeza a través de la ventana. Conseguí una visión que a mí me pareció celestial: llegué a ver hasta el magnífico vientre de mi hermana y sus magníficos pechos dentro de un minúsculo sujetador del bikini, también de color blanco, que apenas contenían aquellas maravillas; justo ahí acababa mi visión.

Decidí que era más que suficiente para poderme cascar una buena paja y me iba a retirar a mi habitación a hacerlo, cuando el poco sentido común que me quedaba desapareció, y llegué a la conclusión de que no me contentaría con una imagen mental si tenía el original frente a mí…dicho y hecho. Saqué mi rabo y empecé mi masturbación con una excitación, hasta ahora desconocida para mí, supongo que por lo osado de mi atrevimiento como voyeur incipiente, el tabú de hacerlo con la imagen de mi hermanastra, o sencillamente el morbo que me proporcionaba el tener tan cerca tan tremenda hembra y la sensación de ser sorprendido, en cualquier momento, por ella o por algún miembro de la familia.

El caso es que todo ello junto consiguió que me corriera en apenas dos minutos, con un placer enorme y que eyaculara en una cantidad e intensidad hasta ahora desconocida para mí.

Había acabado mi copiosa corrida y mi instrumento todavía se agitaba espasmódicamente, al igual que me alteradísima respiración; mis latidos martilleaban con tanta fuerza en mi cabeza, que temía que los pudiesen escuchar por toda la casa. Me calmé un poco, bajé de la encimera, cerré la ventana lenta y sigilosamente y, cuando me disponía a recoger los restos de la batalla, me pareció ver una sombra en la puerta de la cocina, frente al salón. Me quedé paralizado, casi en estado catatónico, lo que me permitió escuchar una puerta que se cerraba despacio en el pasillo; solo podía ser la de María, pues vaya día llevo –pensé-

Limpié el escenario del delito lo mejor que pude, y me deslicé a todo velocidad hacia el baño para eliminar el copioso sudor que me bañaba y acabar de limpiarme bien todos los restos. Abrí el grifo del agua fría y me vinieron a la mente varias imágenes, primero de Melisa y después de María. ¡Madre mía que iba a hacer a partir de ahora!. Tenía que vivir bajo el mismo techo que ellas y no las iba a poder volver a mirar igual a la cara. Bueno, pero ahora –me dije- que te quiten lo “bailao”, ¡vaya par de pajas que te has cascado hoy a su salud! Cerré el grifo de la ducha, cogí una toalla y me sequé pensando en la siesta que me iba a pegar y luego, ¡a la playa con los colegas!

En eso estaba cuando me puse mi bañador, me calcé las chanclas y salí del baño y, al dirigirme a mi habitación vi que la puerta estaba entre abierta. Que raro…entré despacio y me encontré a mi hermana María sentada en mi cama, mirándome con una extraña sonrisa. Me acojoné y con voz insegura le pregunté:

  • ¿Qué haces aquí María?
  • No podía dormir, y he pensado que me apetecía una partida en la Play, ¿no te importa, verdad?

Titubeando le respondí:

  • Bueno, pero es que me iba a echar un rato en la cama…
  • ¡Ah!, no te preocupes, conectaré los auriculares y no haré ruido, ¿vale?

Todo esto me parecía muy extraño y, lo que era peor sospechaba que me iba a acarrear problemas, pero no me atrevía a decirle que se marchara por si me montaba un lío; era muy capaz…vamos, que me sentía atrapado. Se levantó de la cama, y se sentó frente a mi escritorio mirando la pantalla y mirándome a mí después; entendí. Intentando aparentar una calma que no tenía, conecté la Play, puse el juego y, sin mirar a mi hermana, esperé a que se cargara. Conecté el mando, los auriculares y le preparé la partida. Mientras lo hacía observé de reojo su ropa. Vestía un pijama de verano de color azul claro, compuesto por un pequeño pantaloncito y una camiseta de tirantes a juego. Era realmente pequeño y realzaba sus magníficas formas, -¡Uuuffffff!-

  • Puedes apagar la luz si quieres, Vicen.

Y diciendo esto se puso los auriculares y comenzó la partida. Apagué el interruptor y la habitación quedó bañada, únicamente, por la luz de la media tarde que entraba desde la calle, a través de las rendijas de la persiana de la ventana de mi habitación. Conecté el ventilador del techo y me acosté en la cama.

Para que os hagáis una idea, mi cama estaba junto a la pared derecha de mi habitación, la misma pared que me separa de la habitación de mi hermana, como ya he explicado. Una vez tumbado en mi cama, dado que mi almohada queda en la zona más próxima a la pared del escritorio, si me giraba hacia mi derecha, como a un metro y medio, divisaba a mi hermana sentada y, unos cuatro metros más allá, pasado el armario, en línea recta estaba la ventana, de manera que la luz que entraba incidía en María, concretamente sobre su perfil izquierdo. La puerta de la habitación quedaba justo detrás de ella, a su espalda.

Decidí intentar dormir, aunque sabía que eso iba a ser imposible estando mi hermana en la habitación. Me ponía demasiado nervioso dados los últimos acontecimientos. Además, hubiera jurado que era ella a quién creí ver espiándome en la cocina, ¿me habría visto?, y si era así, ¿por qué no me había dicho nada? Demasiadas cuestiones para mí abotargado cerebro, por lo que opté por hacerme el dormido, eso sí, girado sobre mi costado derecho para poder controlarlo todo.

Pasados unos instantes, me atreví a abrir los ojos y lo que vi no hizo más que empeorar mi estado y alborotar aún más mi cabeza. María había separado ligeramente las piernas, más de lo lógico para estar cómoda, y agarraba el mando con ambas manos mientras jugaba, pero lo mantenía entre sus muslos presionando de forma evidente. La miré lo más disimuladamente que pude pero agudicé mis sentidos. Cada vez que el mando vibraba, lo que sucedía muy a menudo, ella presionaba con fuerza hacia su entrepierna y sus caderas se movían ligeramente hacia delante, presionando a su vez contra el mando. Su boca estaba entreabierta y su lengua se asomaba tímidamente por la comisura derecha de sus labios. La luz que entraba por la ventana, ahora le daba más directamente y, para mi sorpresa me descubrió que mi hermana no llevaba sujetador, porque el efecto de contraluz empezó a regalarme el fantástico perfil de los pechos de mi hermana, rotundos, firmes y redondos, que comenzaban a moverse o tensarse con los movimientos, cada vez más evidentes, que hacía su dueña. Comenzó a cerrar los ojos en algunos momentos, seguramente llevada por las placenteras sensaciones. Mi rabo estaba poniéndose duro de nuevo, así no había manera de tranquilizarse, y lo peor, es que solo con mi bañador, si se giraba María, se iba a hacer muy evidente la tienda de campaña que se estaba montando y que yo la estaba observando.

Pero ella estaba en otra cosa, o eso pensaba yo. Los movimientos de presión con el mando cuando este vibraba, y el acompañamiento con sus caderas, cada vez era más evidente y esto, junto la silueta que la luz dibujaba de sus pechos y el sensual movimiento de estos cuando su dueña se movía me estaban volviendo loco. Pero mi tortura aún podía ser peor, y así fue cuando María comenzó a dejar escapar pequeños gemidos, lo que hizo que mi polla pasara de dura a durísima y con algunas gotitas de líquido preseminal manchando mi glande.

¡Uuumm, ooooh, ooooh!

Pero aquello no había hecho más que empezar, y siguió echando leña al fuego de mi calentura cuando su mano derecha soltó el mando y, muy lentamente, se introdujo por dentro de la parte delantera de su pantaloncito, a la vez que ponía su pie  derecho sobre el asiento del sillón, doblando así la pierna, supongo que para evitar que yo pudiera ver con claridad. Prosiguió con su mano izquierda, con la que tenía sujeto el mando, que no dejaba de vibrar, introduciéndola por dentro de su camiseta, desde abajo, supongo que para acariciar sus pechos. Llegados a este punto me estaba volviendo loco, no podía más y desaté el lazo del cordón de mi bañador, lo bajé despacio, hasta que pude liberar a mi amigo, y comencé a acariciarme sin perder un solo detalle del espectáculo que me brindaba mi preciosa hermanita.

Tentado estuve de acercarme para poder contemplarlo todo aún más de cerca, incluso tocar aquel cuerpo que me estaba volviendo loco de deseo, quería más, necesitaba más, pero no me atreví, no quería abusar de mi suerte y, ese momento de lucidez tuvo su premio, porque cuando los movimientos de la mano de María se aceleraron dentro de su pantalón y su agitación los gemidos se hicieron más evidentes y continuados,

– ¡Uuuuuuummmmm!, ¡ummmmm!, ¡ooooohhh!

En ese mismo momento decidí que necesitaba acabar con mi sufrimiento, que necesitaba aliviarme aunque me viese mi hermana, pasase lo que pasase y, justo en ese instante, como si estuviésemos conectados, María giró su bonita cara hacia mí, abrió sus preciosos ojos, miró mi cara, desencajada por el deseo, y bajó su mirada hacia mi miembro mientras yo iniciaba mi primera descarga y ella se tensaba, cerrando de nuevo sus ojos, y con su mano izquierda, sin soltar el mando de la Play, subía un poco su camiseta, solamente durante un fugaz instante, lo suficiente para que mis ojos casi se salieran de sus órbitas al ver, casi por completo, el maravilloso pecho derecho de mi hermana, cubierto tan solo por el mando que tanto parecía gustarle. Fue solo un segundo, pero esa imagen me supo a gloria y se grabó a fuego en mi mente adolescente, marcándome para siempre. Era un regalo que ella me estaba haciendo; desde el primer momento sabía que la estaría mirando, ahora lo entendía.

Acabé mi copiosa tercera corrida del día, (y en menos de cinco horas ¡increíble!), y mientras ella se iba calmando, antes de que la situación se volviese más incomoda, sobre todo para mí, no se me ocurrió otra cosa que, tal y como estaba, subirme el bañador discretamente y, en la misma posición en la que estaba, con la cabeza pegada a la almohada, cerrar los ojos y hacerme el dormido. Pude escuchar como mi hermana se movía con suavidad, dejaba los auriculares y el mando sobre el escritorio, se acercaba hacia mí y después sentí como, despacio, me daba un tierno beso en la mejilla y  abandonaba mi habitación sigilosamente.

Esperé unos segundos, y por fin, me atreví a abrir los ojos. Se había ido. Si no fuese por los restos de semen que manchaban mi vientre, la sábana y el bañador, pensaría que había sido un sueño. Me levanté a por el papel higiénico, me senté en el sillón donde instantes antes había estado María, y me limpié lo mejor que pude; cogí el mando de la videoconsola y lo acerqué a mi nariz: olía a ella, a su perfume, a su piel, a su sexo.

Las cosas estaban cambiando demasiado rápido entre mi hermana y yo, ¿o era yo el que estaba cambiando y ahora era consciente de la realidad…? Lo cierto es que mi cabeza iba a cien y lo que también tenía claro es que quería más, había iniciado un camino de difícil retorno; ahora veía a mis hermanas como lo que realmente eran, dos preciosas mujeres.

Me recosté en la cama con el mando en mis manos, lo deposité junto a mi cabeza en la almohada, cerca de mi nariz, y me quedé dormido con una sonrisa estúpida en la cara.

CONTINUARÁ…

Si has llegado hasta aquí, muchas gracias por leer mi relato. Agradeceré mucho vuestros comentarios y sugerencias.

Un comentario sobre “A mi hermana le gustan los videojuegos (1)

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