ALLTEUS

Capítulo quinto: La sobremesa.

Llega un momento en que el juego de las miradas y de los gestos, en una conversación, se agota.

Poco más puede transmitirse, manteniendo una apariencia formal. La lengua recorriendo con lentitud los labios, la mirada fija en los ojos de la interlocutora mientras bebes un sorbo de tu bebida, la mano que ella desliza por su pelo y acaricia su nuca al final… todo eso se gasta…

He aprendido, en algunos encuentros que Rocío y yo hemos mantenido con “invitados especiales”, que llega el momento de la inflexión no gradual, de hacer evidente que a partir de entonces las reglas del juego cambian, que comienza la parte definitiva de la noche.

Durante años no se me hubiera pasado por la cabeza con esta pareja, con nuestra familia más cercana, con Carlos y Lola, pero intuyo -por no decir que sé a ciencia cierta- que todos nosotros sabemos que ese momento va a llegar, y que sólo esperamos que alguien lo inicie.

Me toca, como anfitrión.

Tomando la cubitera con la botella de cava que acabo de abrir -la segunda- me levanto de la mesa, miro a todos y pregunto

-¿Vamos al salón?

En realidad no es una pregunta, y también suena algo ridículo. Pero es lo que me sale decir, acompañando con el gesto de abandonar la silla y comenzando el desplazamiento, muy lento, eso sí, en dirección al salón.

Rocío me ha mirado escrutadora. Siempre lo hace en ese momento. Creo que quiere observarme bien, juzgar mi expresión en el instante, alcanzarme por dentro para saber qué siento.

Siempre lo he interpretado igual: es una muestra de amor y respeto. Me está diciendo -creo- que sólo si yo quiero ella querrá, que si vamos adelante es porque yo quiero y, aunque a ella le supusiera una frustración dejarlo ahora, la decisión es mía.

Y yo, sin abrir la boca, antes de girar y avanzar hacia el salón le digo, con una sonrisa, que la amo.

Aunque todos sabemos que hay algo diferente a lo que hasta hace unos meses siempre fue, cumplimos el ritual de siempre. Dejo la cubitera sobre la mesa alargada entre los dos sofás, mi copa enfrente de mí y me siento, cómodo, amplio, relajado, en mi asiento de siempre.

A mi lado Rocío, que al sentarse cruza sus piernas como en ella es habitual, montando un muslo sobre el otro, ligeramente ladeada hacia mí, lo que me permite recorrerle con la mirada ambas piernas, juntas y sobrepuestas, desde la cadera hasta los zapatos, a través de esa abertura del vestido pensada para la exhibición de sus piernas.

Observo como la mira Carlos, que sentado en el otro sofá, al otro lado de la mesa, tiene a su vista la misma superficie de piel que la abertura del tejido descubre, pero por el lado contrario al que yo veo.

Y, claro, contemplo frente a nosotros a Lola.

Ha cruzado las piernas, recostándose hacia atrás con gesto relajado. Descubre por la raja del vestido todo el muslo, que se ofrece a mi vista en toda su extensión. Es inquieta y, al poco tiempo, descruza y cruza en el sentido contrario al anterior, aunque la longitud del vestido me impide ver más de lo ya visto.

A mi lado Rocío se acerca a mi oído.

-Quiero bailar- me susurra.

Obediente, me levanto de nuevo y reprogramo la lista de música para dar paso a unos suaves boleros, escogidos para sentir intimidad. Ella mientras tanto, se levanta también y gradúa la intensidad de la iluminación, dejándola en una semipenumbra que ofrece reserva aumentando la calidez del entorno.

Bailamos. No es la primera vez –por el contrario han sido muchas otras- que bailamos después de cenar en nuestras reuniones.

Pero sabemos todos que hoy será diferente.

Lola y Carlos también se levantan y, muy cerca de nosotros, se abrazan para secundarnos en el baile.

-“Reloj, no marques las horas…”- se desliza melodiosa la música por el ambiente, mientras siento el vientre de mi hembra pegado a mi cuerpo, haciendo que mi verga se endurezca para que pueda notar el poder que ejerce sobre mi cuerpo.

Nos besamos con dulzura, pero mis manos ya han entrado por las aberturas de ambos costados, bajo la suave ropa del vestido, para aprisionarle las nalgas y apretarla más todavía contra mí.

A nuestro lado ellos deben estar haciendo algo parecido. Oigo los sonidos que emite Loli. No es la primera vez que los oigo. De hecho, hace muchos años ya me sorprendió escucharlos. Cuando se excita, emite un sonido muy agudo, una especie de ¡ay!, de quejido similar a los que pronuncian en las películas porno muy malas las actrices japonesas, con la peculiaridad de ser un sonido muy corto al principio, pero que va adquiriendo extensión a medida que su excitación aumenta, hasta hacerse una “i” realmente interminable, que casi angustia y hace suponer que se quedará sin aire por lo prolongado, y que ya en el límite interrumpe unas décimas de segundo para volver a tomar aire y volver a emitirlo en un nuevo ciclo mientras alcanza un orgasmo.

Todavía muy corto, señal de que ha comenzado el calentamiento, pero que está apenas en su inicio.

Un par de boleros, de apretones y de muchas caricias más tarde, Rocío y yo nos acercamos a rellenar las copas y beber un sorbo. Ellos, por mimetismo, también lo hacen.

Sé que será el momento. La conozco tanto…

-Carlos, baila conmigo.

La invitación de Rocío ha sonado con gran naturalidad. No hay nada en el tono que se aleje del tono habitual y familiar en que le habla. Pero su cara, que no veo en ese momento, debe haber sido de una expresión muy especial, porque él se azora y mira al suelo, para no mirarnos a ninguno más, al tiempo que comienza a dirigirse a la parte del salón que utilizamos como pequeña pista de baile.

No digo nada. No nos decimos nada. Los dos sabemos.

También nos enlazamos para bailar.

Son cosas de la magia, de las casualidades o de las meigas, pero se inicia un nuevo bolero cuya letra me eriza el vello.

-“Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo…”

Con los tacones alcanza la misma altura que su hermana, y es ahora su vientre, el punto medio entre el ombligo y el sexo, el que acaricia mi sexo a través de las telas de nuestra ropa. Ambos somos conscientes del roce, de la proximidad de nuestras caras, de la huella que en su vestido están marcando los pezones…

Y especialmente soy consciente del perfume, que parece haber reforzado para inundarme de nuevo con el olor que me descontrola.

Maravillosas y malvadas las dos hermanas- pienso- esto no puede ser casualidad.

Separo mi cabeza buscando con la mirada la suya. Cuando por fin eleva también la vista nuestras bocas están muy cerca. No hay remedio. El guion no puede ser otro.

Las acercamos poco a poco mientras seguimos bailando pasitos muy lentos, girando apenas sobre nuestros ejes, al compás de la música.

El contacto no deja lugar a dudas. No hay nada de romántica espera con los labios apretados.

Apenas iniciado el beso, las lenguas se buscan desesperadamente, lamiendo y sorbiendo salivas, recorriendo dientes, mordisqueando labios…

Al tiempo que exploramos nuestras bocas, he metido las manos por las aberturas laterales y, como ya hice con su hermana, apreso el culito respingón y lo aprieto contra mí, un gesto al que ella contribuye como si quisiera atravesarme en el abrazo.

Tiene la piel suave, tanto como su hermana, y deslizo el dedo índice entre los dos glúteos, provocándole un estremecimiento que le hace emitir el primer gritito de placer.

Hasta ese momento no soy consciente de que, al lado, nuestras parejas están bailando también. Ambos deben haber oído ese sonido que conocen bien.

En la siguiente evolución, en el siguiente breve giro, como si todavía bailáramos, quedo frente a ellos para comprobar si hay alguna reacción que aconseje parar nuestra acción, pero únicamente compruebo que ambos se están devorando la boca, que la mano derecha de él ha subido para abarcar con fuerza el pecho de Rocío, a través de la ropa, y que ella también a través de la ropa está frotando el paquete de Carlos, arriba y abajo, suavemente, pero sin detenerse.

Hay una nueva liturgia en nuestros encuentros, iniciada en la última ocasión en que nos encontramos. No ha sido hablado, pero es la que con espontánea naturalidad surge entre nosotros. Paramos de bailar al finalizar otro bolero, y volvemos al refugio de las copas, a tomar un sorbo de bebida y a la mirada fugaz a nuestras respectivas parejas. Una especie de comprobación del “todo va bien” y de enfriamiento de las calenturas.

Lola y Carlos, en un gesto rápido que parecen querer que pase desapercibido, cuando están uno al costado del otro se cogen la mano y la aprietan un instante. Una señal de complicidad que debe significar que ambos siguen en este juego, porque Lola inmediatamente después se acerca de nuevo a mí para invitarme a seguir bailando.

Rocío y yo no lo necesitamos. Ambos tenemos alguna práctica y más experiencia, ambos sabemos desde hace tiempo lo que queremos hacer y cuánto lo disfrutamos ambos. Tal vez en este caso que sean ellos, precisamente ellos, nos podía significar un impedimento, pero salvada la primera vez, no hay otro obstáculo…

Seguimos bailando.

Me gustan los pechos de Lola. Es algo extraño. A mi siempre me han llamado la atención las mujeres con pechos voluminosos. Los suyos no son grandes, Son bastante más pequeños que los de mi mujer. Muy firmes y con unos pezones duros, alargados y muy oscuros.

Cuando los acaricio vuelve a poner en funcionamiento la maquinita de sonidos agudos continuados, pero esta vez ya no me importa porque puedo escuchar el rezongo de los jadeos de Carlos detrás de mí, seguramente por obra y gracia del arte que Rocío sabe aplicar con sus manos sujetando la verga de un hombre.

Cuando estoy seguro de que ya he dedicado suficiente tiempo al pecho, llega el momento de avanzar en las maniobras.

Con brusquedad –creo que a “la niña” le va más de esa forma, por cómo besa y se retuerce con las caricias- retiro la parte delantera del vestido, que cuelga desde su vientre como una cortina, y atrapo con toda mi mano el espacio entre ambos muslos, como queriendo empuñar su coño con ese gesto.

Y de nuevo un impacto eléctrico me sacude todo el cuerpo. Ni un solo vello, ni una hebra en un coño depilado del que sobresalen generosamente los labios, impulsados hacia afuera como si no tuvieran cabida en el interior.

Se ha preparado expresamente para este momento -deduzco- y, si pretendía impresionarme, lo ha conseguido plenamente.

Un coño muy diferente a su hermana, que nunca se ha depilado, que se ha recortado el pubis con diferentes modas en triángulo, en una gruesa línea que llamaban “arapahoe”, en forma de corazón otras veces, una fina línea vertical… y que además lo tiene en forma de fina rajita cerrada, sin que nada aparezca al exterior, obligándote a abrirlo con los dedos, estirando hacia el exterior, cuando quieres amorrarte a él para jugar con la boca.

Noto las protuberancias, y la humedad, y que sus grititos comienzan a ser más extensos, en una composición que ya tiene más negras que corcheas en la partitura.

Ella no anda a la zaga en eso de jugar con las manos. También con una brusquedad nerviosa me frota en la parte delantera, buscando recorrer el bulto que marca en los pantalones mi polla erecta.

Nos magreamos los cuatro durante un par de canciones más. A un par de metros de distancia, a pesar de la penumbra en que hemos dejado el salón, puedo ver las siluetas, o más bien los bultos de Carlos y Rocío en actitud similar a la nuestra, el vestido de ella más subido ahora, con las rajas a la altura de la cintura y las manos de él, ambas, hurgando por dentro de la tela.

Hago una nueva pausa, tomando de la mano a Lola y llevándola a la mesita para volver a refrescarme con el cava. Esta vez no nos acompañan los otros dos, que siguen metiéndose mano en la semioscuridad.

Imagino qué le estará haciendo Rocío al yogurín. Le gusta meter la mano por la cintura del pantalón masculino, sin soltar la correa, sin desabrochar botones, y alargar los dedos para alcanzar la punta de la verga empalmada, tocarla mientras el vientre del hombre intenta esconderse, meter para dentro la barriga y facilitar que la mano llegue al objetivo, más abajo, a más caricias. Se lo he visto hacer más de una vez… y a mí me lo ha hecho también desde siempre.

Se ha acabado la botella y debo ir a buscar otra. Me encamino a la cocina a por ella y procuro ser veloz para no tardar en exceso ni dejar que la situación cambie, pero al volver no veo a Loli en el lugar que la dejé, junto a la mesita y los sofás.

Descubro que el bulto en la penumbra ha aumentado de tamaño, y puedo llegar a vislumbrar la causa. A los dos que ya estaban enlazados metiéndose mano se ha unido la tercera, que abrazada a la espalda de su marido parece extender las manos por delante para acariciarle el sexo mientras la hermana, que ahora ha retirado las manos, sigue comiéndole la boca y dejándole acariciar sus pechos, por encima de la seda muy roja del vestido.

No creo que el yogurín se haya visto jamás en otra tan placentera, dejándose hacer y haciendo en un bocadillo fraterno tan morboso.

Loli me está mirando, sabe que estoy allí mirando también. A medida que vamos pasando más tiempo a media luz la vista se adapta mejor y las imágenes adquieren algo de nitidez. Se detiene un momento y, como si de pronto hubiera adquirido una determinación, sin dejar de mirarme con expresión pícara, manipula en la bragueta, le baja la cremallera del pantalón y extrae del interior el tronco desnudo y potente de su marido.

Lo trata con dulzura. Sin apartar la vista de mí, asciende y desciende lentamente su mano por esa maza de carne humana, como acreditando la longitud y grosor de la verga, como si quisiera asegurarse de que está en óptimo desarrollo.

Después retira las manos, empuja suavemente la espalda de su marido y lo acerca a mi mujer hasta asegurarse de que ambos están en contacto, hasta asegurarse de que su hermana percibe el contacto con el miembro de su hombre.

Acaba de otorgar una licencia completa, a la hermana y al marido, dejando constancia de su conformidad e, incluso, de su deseo de suprimir cualquier límite. Una licencia que nos autoriza a todos, no sólo a su marido, a rebasar cualquier barrera. Al hacerlo así, de forma clara y directa, mirándome a los ojos, el mensaje no puede ser más sencillo: me está diciendo que esta noche ella y yo vamos a follarnos, que quiere que así suceda, que ese coño depilado lo ha preparado para mí y está dispuesto para que lo tome.

Tras hacerlo, y todavía sin apartar la vista de mis ojos, viene hacia mí, bebe de un trago hasta apurar la copa que acabo de llenar y le ofrezco, retira de mi mano la que sostengo, deja ambas sobre la mesa y me empuja hasta hacerme caer, cayendo ella también sobre mí, en el sofá.

Un comentario sobre “Dos hermanas (5)

  1. No debe haber situación más morbosa y excitante que dos hermosas hermanas dispuestas a entregarse a los dos cuñados, dos hombres privilegiados.
    El relato está perfectamente delineado, con una pluma muy fina.
    Gracias autor!

    Le gusta a 1 persona

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