TANATOS12

Capítulo 52

Aquello no lo podía soportar. No podía soportar que aquello fuera a suceder porque María claudicara para salvarme. Estaba dispuesto a intervenir, sucediese lo que sucediese.

María me miró entonces, y vio a su novio, empalmadísimo, vestido con sus medias y su liguero. Yo esperaba una mirada que me mostrara miedo, que me mostrara que se prestaba a obedecer para evitar problemas. Pero vi deseo. Vi excitación. Y… la sombra de que su obediencia viniera solo, o al menos de forma muy mayoritaria, por su ansia sexual… planeaba con espesura.

—Ponte aquí, en el suelo, que si no voy a dejar la cama hecha una mierda —dijo él y yo quería encontrar en aquella melena espesa y algo sudada, en aquellas tetas que desbordaban aquel sujetador, en aquellos pezones enormes… y en aquella cara morbosa… una negativa a obedecer, y no la encontraba.

María se incorporó un poco y yo la visualicé, arrodillada frente a él, donde él le indicaba y él meándole la cara… las tetas… la boca… el pelo… y me excitaba… y me sentía culpable por ello.

—O mejor te meo en la ducha después, bien meada —dijo él y yo no sentí alivio, ni pareció sentirlo ella, y me asusté pensando en hasta dónde podríamos llegar.

—Mejor, tú, ahora, maricón, métele tu mierda de polla en la boca. Que eso quiero verlo.

Yo no me sentía con derecho a que María me la chupara, por orden suya, sabiendo que yo le repugnaba en momentos de máxima excitación, pero ella se recostó, sobre sus codos.

—Venga, maricón, que eso quiero verlo —insistió.

Me subí a la cama y, de rodillas, me coloqué al lado de ella. Ella vio a su novio, con sus medias y su liguero, ridículo, con su polla mínima, cerca de ella. Tenía que repugnarle, que darle asco, pero no emitía gesto alguno, como si comerse mi polla en aquella situación dantesca fuera un precio a pagar porque él la acabara follando.

María acercó su cuello y yo no quise mirarle a él. Quise, por un momento, olvidarme de que todo aquello obedecía a un juego macabro de aquel psicópata peligroso. Miraba hacia abajo y veía a María, con las piernas abiertas, mostrándole el coño, expuesto, entregado, esperando a aquel hombre, esperando su polla. Vi sus tetas que pedían a gritos ser acariciadas, enormes, y vi su cara, morbosa, con los ojos entrecerrados, acercarse a mí, a mi miembro. Y ella alargó la lengua y la pasó por debajo de mi polla, llegando hasta a alcanzar la mitad de mi tronco; queriendo o no, dejaba constancia de las ridículas dimensiones de mi miembro al hacer aquello.

—Métela en la boca, venga —insistió él, ansioso por ver cómo ella chupaba aquella polla exigua, disfrutando del choque, del impacto y la desigualdad, de ver aquella belleza, aquella boca, aquella lengua, chupando aquella mediocridad. Y María abrió la boca y un espeso calor me invadió… y engulló mi polla… hasta el fondo… hasta tocar sus labios con mi vello púbico… sin dificultad. La tragaba entera, dejando así constancia de lo irrisorio de mi miembro, humillándome, para ella, para mí y para él. Para los tres. Y entendí que había un motor que era común en aquella habitación, que era el de humillarme.

Mientras Roberto incidía en su incredulidad, en que nunca había visto una mierda de polla similar, María iniciaba un vaivén de su cabeza, rápido y cortísimo, pues si fuera largo mi miembro quedaría libre. Yo cerré los ojos y disfrutaba de aquel calor, de aquella humedad en mi polla… de aquel sonido húmedo de ella mamando… y sentía que me corría al imaginarme visto desde fuera, así vestido, humillado, obligado, pero a la vez agradecido por la última ocurrencia.

—Ahora siéntate en su cara. Mirando para mí. Que te coma el culo, que seguro que es lo que te gusta, eh, maricón —dijo él, disfrutando de su obra y de sus figurantes, y antes de que pudiera reaccionar, María abandonaba mi miembro, dejando aquella punta brillante, empapada en saliva, y se acostaba completamente, boca arriba.

A mí me extrañaba la rapidez con la que ya obedecía y comenzaba a sospechar que estaba dispuesta a todo, a cumplir cada uno de sus juegos, para llegar cuanto antes a su juego final, que era el de follársela.

Impulsado por la permanente amenaza implícita, la rigidez de sus órdenes y la seguridad y convicción de María, me movía torpemente, con mis piernas temblorosas, sobre la cama, hasta colocar mis pies a ambos lados del cuerpo de ella. Y flexioné mis piernas, descendiendo.

Sentí una mano en mi nalga, facilitándome el aterrizaje, y antes de que me pudiera dar cuenta, el cuello de María se movió lo suficiente como para yo notar algo duro y húmedo, cerca de mi ano e, inmediatamente después, sentir ese tacto justo en el punto exacto, haciéndome dar un respingo, sintiendo una sensación desconocida.

No sé por qué, en aquel momento, miré para él, mientras ya sentía un extraño placer que nacía en mi ano y discurría por todo mi cuerpo. Vi a aquel hombre, con la camisa abierta, musculadísimo, mirando, con rechazo y a la vez sorpresa, por la extravagancia y ridículo de la situación. Tenía ante sí el coño abierto de María, su cuerpo perfecto, sus tetas sobresaliendo, enormes, apartando todo, apartando el sujetador y la camisa, exponiendo una sexualidad absoluta e irresistible, y a la vez a su novio, vestido con aquellas medias y liguero, dejándose comer el culo, en cuclillas, abriendo la boca por el incipiente placer de notar su ano abriéndose y mojándose por aquella lengua dura. Roberto contemplaba aquella obra, aquella pareja ya completamente entregada, ya sin dignidad alguna. Yo, temeroso, apocado, pero excitado y llevado por la marea. María dispuesta a humillarse lo que fuera necesario con tal de que él la acabara follando.

—Pajéale —ordenó y yo eché una de mis manos hacia atrás, para apoyarme en la cama, y una de las manos de María me sostenía un poco el culo y me lo abría, y la otra iba a mi polla, y dos de sus dedos comenzaron a masturbarme.

Y de nuevo le miré a él, que también iniciaba una paja y yo veía su pollón y mi irrisoria polla, y entendía que María quisiera dejar fuera de combate cuanto antes la mala para disfrutar la buena. Entendí que María estuviera dispuesta a comer aquel culo, de aquel novio vestido con su liguero y medias, con tal de ser llenada, penetrada y follada salvajemente, por fin, por aquel hombre, alcanzando y disfrutando así de todo el placer y la sexualidad brutal que yo no podía darle.

Miraba para abajo y veía el cuerpo de María, la paja que me hacía, mi polla a punto de explotar. Miraba para el frente y le veía a él, serio, y enganchado a aquella imagen grotesca pero hipnótica. Y sentía un placer terrible, por la pérdida de dignidad, por la paja y por cómo María, con un talento innato para todo lo sexual, abría mi ano en lametazos cortos, intentando ya colar la punta de aquella lengua en mi cuerpo. Cerré los ojos y me sentía culpable por sentir aquel placer. Aquella presión en mi ano en combinación con la paja eran más de lo que podía soportar. Comencé a jadear, entregado, apoyándome como podía… estaba a punto de eyacular… Jadeaba de forma ridícula, casi gemía, en lo que tenía que ser una imagen grotesca, y María aceleró entonces la intensidad de la comida de culo y aceleró la paja. Ella no hablaba, solo lamía, pero yo sabía que me quería hacer explotar, que me quería fuera del juego por fin, para que entrara a jugar el que ella quería, y aquello no hacía sino excitarme. Y se escuchaban mis gemidos, vergonzantes, y yo mantenía los ojos cerrados y sentía mi ano abrirse y mi mente esbozaba unos “¡Cómeme el culo…! ¡Dios…! ¡Cómeme en el culo!” que no podía emitir en voz alta para evitar al menos un poco de bochorno, cuando empecé a notar como toda la sangre de mi cuerpo iba hacia mi polla y… sentí algo en mi boca…. en mis labios…

… abrí los ojos y vi a Roberto, de pie, a mi lado, con la polla de goma en su mano… María me pajeaba, mi corazón explotaba, y aquella polla se mantenía posada en mis labios… y la abrí… abrí la boca y le miré… y él metió aquella polla de goma en mi boca… y me la daba a chupar… me la metía y me la sacaba… en movimientos rítmicos… Yo, con aquello en la boca veía su polla, la real, la oscura, bastante dura, aunque no del todo, cerquísima de mí… y seguía mamando de aquello, excitadísimo por lo que me hacía María y por cómo me dominaba él. Y al tiempo que chupaba sentía pánico de que fuera su polla la que quisiera meterme en la boca.

Mamando de la polla que me daba él… mirándole…. Entregado, humillado, poseído… sentía que me corría, que me iba a correr irremediablemente, mientras María aceleraba aún más aquella comida de culo, mientras mi ano tupido mancillaba su preciosa boca, mientras sus dedos se esmeraban, empapados, en sacarme todo el jugo que llevaba horas almacenando. Y noté cómo el clímax me alcanzaba, cómo estallaba, cómo me liberaba y un chorro denso salía disparado hacia su torso, hacia sus tetas y yo quería saber el alcance y potencia de aquel disparo, como si aquello pudiera rescatar algo de mi hombría… pero solo veía la cara de Roberto, seria, y aquella polla color carne mancillando mi boca… y sentía un placer infinito y cómo me descargaba a la vez que temía que aquel cabrón sustituyera la polla falsa por la real y acabara ya completamente con mi dignidad… Yo gimoteaba, entregado a mi orgasmo y a mi humillación, con aquello en la boca y permanentemente tenso, excitado y asustado. Y María me vaciaba, implacable y me lamía el culo sin cortarse en parecer una autentica guarra, sin pudor, sin vergüenza y yo sentía que más y más chorros abandonaban mi cuerpo, salpicando a distancia o resbalando por mi tronco y los dedos de ella.

Detuvo la paja, dejó mi polla libre y dejó caer sus brazos muertos simultáneamente a que Roberto retiraba el juguete de mi boca. Yo me puse en pie, a su lado, evitando así la tentación de él… llevando mi cara lo más lejos posible de su polla.

Y miré a María, tumbada, expuesta, boca arriba, con su torso embadurnado por mi semen, con sus tetas manchadas de aquel liquido blanco y con salpicaduras aleatorias en su camisa, y en su cuello… Con su coño permanentemente abierto y ahora bañada por mi líquido caliente, se limpiaba la mano a la cama… Y miré a Roberto, frente a frente, y él, clavándome la mirada, en una amenaza incluso más que en una orden, me dijo:

—Pónmela dura que me la voy a follar.

Un comentario sobre “Jugando con fuego. Libro 3 (52)

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