MARCELA VARGAS

Otoño del año 1974 en una provincia argentina. La blanca luna iluminaba a una moza mujer trigueña cuyo rostro estaba semi-cubierto por una boina verde. Se hallaba recostada en el tronco de un árbol situado en la orilla del río. En esa misma posición la encontraron al día siguiente, según se apreció en la foto policial del diario más conocido del país. Lo estaba leyendo un grupo de tres jóvenes actores antes de comenzar el ensayo en un prestigioso teatro ambulante. En la nota periodística se informaba que, de acuerdo a los investigadores, la fallecida también era actriz y la boina verde, definitivamente, daba cuenta de que el responsable de la muerte era el mismo que había aniquilado a otros dos actores, una mujer y un hombre, hace dos meses atrás, puesto que la pieza pertenecía al  uniforme escolar de un instituto que ya no existía. El cadáver de la primera apareció acostado con una camisa parda mal abotonada sobre su propia camisa blanca. El del hombre, un mes después, tenía los pantalones puestos hasta los muslos sobre sus jeans. Los cabellos de los tres cuerpos habían sido recortados hasta el cuello, donde había marcas de un objeto cortante. Todos aparecieron en cercanías del teatro itinerante que hasta el momento había recorrido tres provincias. Al principio, se pensaba que se habían suicidado, en teoría, porque tras los castings no lograron el papel central de la importante obra que allí se interpretaría, sobre la historia de un brillante joven desvalorizado por su familia. Pero con la nueva pista, los investigadores se dieron cuenta de que se trataba de asesinatos.       

Además, aseguraban que solo restaba una parte de dicho uniforme, motivo por el cual era imperioso hallar al culpable antes de que matara a algún otro inocente. Pero las buenas noticias eran que el criminal ya casi acababa con sus horrendos asesinatos.

“Esos investigadores son unos inútiles”, dijo Doroteo Vieira, quien estaba escuchando la noticia leída por una de las actrices. “Tardan mucho en darse cuenta de las cosas”. Era un hombre enorme, con rasgos duros, que inspiraba temor. Siempre con un sobretodo negro y la escultura de un gato de tamaño real que, decía, era de la suerte. Desde que asumió su rol de director de la obra, hacía unos tres meses, sus compañeros del elenco lo veían cabizbajo porque todo el tiempo se culpaba que las víctimas se suicidaron por la rigidez de los castings, aunque continuaba con la obra mencionada porque la compañía de teatro itinerante tenía una reputación que mantener, lograda por el anterior director. La noticia de que en realidad habían sido asesinatos parecía haberlo puesto peor. En estos tres meses, de pueblo en pueblo iban realizando castings en los que se presentaban muchísimos aspirantes a cada papel, y siempre seleccionaban a los personajes secundarios, mas nunca podían encontrar al principal.

Al día siguiente, cuando los tres jóvenes actores llegaron a la práctica, no encontraron a Doroteo, cosa más que extraña, ya que era el primero en cumplir con los horarios a rajatabla. Pero hallaron el periódico abierto, como si alguien lo hubiera leído previamente. Se acercaron y leyeron que tras las pistas recientemente conseguidas sobre el crimen de la joven actriz, la policía aprehendió a Irma Perozo, cuyo hijo desaparecido hacía muchos años era alumno de la antigua institución escolar, uno de los más aplicados de todos. Sus vecinos habían reportado la desaparición, ella ni siquiera se expresó al respecto. A los tres jóvenes actores, el rostro de Irma les resultó familiar. Se quedaron cavilando un largo tiempo hasta que se dieron cuenta de que la mujer podría ser la madre de Doroteo, y corrieron a avisar a la policía.

En los sucesivos días, los investigadores fueron a la casa de Doroteo con una orden de allanamiento. Al ingresar, lo primero que vieron fue una vitrina llena de premios y reconocimientos. Sobre la mesa, una extensa carta; y en una habitación repleta de libros, Doroteo yacía en el piso, sobre un enorme charco de sangre y con el sweater verde de un antiguo uniforme escolar. Al lado, el gato de la suerte partido en dos dejaba ver que en realidad era un trofeo puntiagudo al mejor alumno del antiguo instituto ya mencionado. Los investigadores confirmaron que era el arma con la que murieron los tres jóvenes actores y con la cual Doroteo se había suicidado.

En la carta, estaba la confesión de los tres crímenes. Allí, Doroteo contaba que su verdadero nombre era Osvaldo y era el hijo desaparecido de Irma Perozo. Admitió que ella era una mujer que lo maltrataba, lo defenestraba. Él siempre buscaba su aprobación dando lo mejor de sí a través de numerosos reconocimientos que obtenía como alumno en el antiguo instituto, pero eso no bastaba. Nunca recibía lo que quería de su madre, salvo desinterés. Por eso tomó la decisión de escaparse del hogar siendo adolescente y de cambiar de identidad.

De ser un célebre escritor, Doroteo pasó, hacía tres meses, a convertirse en director de obras de la compañía de teatro itinerante. En los castings de la obra que él escribió basándose en el maltrato que sufría de parte de su progenitora, cuando un actor no le satisfacía como tal, lo mataba y luego lo vestía como él cuando era un muchacho adolescente, época de su vida en la cual sufrió más. Como el verdadero inútil que era, tal era su pensamiento.

Doroteo tomó la drástica decisión de quitarse la vida cuando se enteró de que habían apresado a su madre en calidad de sospechosa por los crímenes. Se dijo a sí mismo, al ver la nota periodística: “Ella tenía razón, soy un inútil, ni siquiera esto pude hacer bien”.

www.relafabula.wordpress.com

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s