ALLTEUS

Capítulo cuarto: La cena.

Nos sentamos a la mesa. Cada uno tiene, desde hace muchos años en estas cenas, su propio sitio.

Loli a mi izquierda, enfrente Carlos, a mi derecha Rocío, ella y yo en los lugares que mejor y más directo acceso permiten entre la cocina y el rincón del comedor en el que cenamos, como corresponde a los anfitriones.

Hay dos gestos de Rocío que me llaman la atención desde que la conozco. Uno, la forma en que a veces retira el pelo de su cara, con un movimiento suave de su mano, apartándolo para que no moleste, para que pueda contemplarse la belleza de su rostro de hembra andaluza total.

El otro, cuando pasa la mano por detrás de su cadera, recorriendo ampliamente sus nalgas, justo en el momento de sentarse. Un movimiento mecánico que tiene sentido para no arrugar la falda, pero que le ha quedado como gesto inconsciente y coqueto cada vez que se sienta, aun en las ocasiones en que viste tejanos u otras prendas que no se arrugan al sentarse.

Lo hace cada vez que se sienta. Durante la cena varias veces lo ejecuta, invariablemente.

Mientras cenamos hablamos sin prisas, reposadamente, de casi todo, acompañados al fondo por una música suave, la que he elegido expresamente en mi obsesión por los equilibrios sensoriales para cada momento.

De casi todo.

Casi.

Soslayamos, de forma muy evidente para todos, un tema. No hablamos de la última vez que nos vimos. No recordamos nada de aquella ocasión. Vamos haciendo mención a todo lo sucedido durante el confinamiento, a la situación laboral de cada uno y las expectativas que se abren en el futuro inmediato, a cómo han vivido nuestros hijos la situación, a cómo estará mi madre que esta noche –como otros muchos viernes- los tiene con ella para dejarnos vivir con tranquilidad nuestro inicio del fin de semana…

Pero no hablamos de “aquello”.

Un “aquello” que planea en la reunión, con carga eléctrica elevada.

Está en las miradas. En gestos. En el movimiento inquieto de Lola, que si nunca es capaz de estar quieta esta noche todavía menos. En las miradas furtivas y no tan furtivas de Carlos al culo de Rocío cada vez que va a la cocina a por algo, o cada vez que se levanta para acercar desde la mesa auxiliar cualquier platito o retirar los ya vacíos.

O en las miradas que dirijo a las piernas de “la niña”, como la llama a veces su hermana, como la llaman todavía en familia. A mi lado, sentada y siempre moviéndose inquieta, por la raja lateral del vestido asoman larguísimas, desnudas, hasta casi las nalgas que sé, lo sé sin lugar a dudas porque no será diferente a su hermana, que reposan desnudas sobre la tela del vestido, sin ninguna otra prenda que pueda cubrirlas.

Dirijo de tanto en tanto la mirada a esas piernas, y lo hago cada vez con menos disimulo, incluso buscando el momento en el que ella me mira, para hacerla consciente de un mensaje lujurioso de deseo almacenado. En alguna ocasión, cuando levanto de nuevo la mirada ella sigue mirándome directamente, con la cabeza ligeramente ladeada y los labios entreabiertos.

Bien pensado, no hace falta verbalizar lo que es obvio para todos.

Sin duda ellas lo han hablado.

Sin duda, la cena de hoy se produce con su expresa aquiescencia y con el consentimiento tácito de los que no lo hemos hecho expreso.

Sin duda, su vestido es una provocación a continuar en donde lo dejamos.

Sin duda, lo mismo que Rocío y yo lo hemos hablado, y disfrutado, Lola y Carlos han hecho lo propio.

Y estamos aquí.

Sin dudas.

Mientras cenamos y departimos sobre temas irrelevantes, reparo en que tampoco la cena que ha preparado Rocío desentona en la gama de colores con los que ha teñido la noche. Además del mantel y las servilletas- rojo y rojas- los propios alimentos participan de la gama de tonos.

Gambas, langostinos y carabineros, tomatitos cherry dispuestos en una bandejita, abiertos por la mitad para seducirnos con sus humedades pulposas, lechuga trocadero roja, cortada a trocitos muy pequeños, con rabanitos y trocitos de remolacha, taquitos de atún rojo, marinados con una mezcla de hierbas que ella, cuando quiere presumir de bruja, afirma secreta y de efectos muy especiales…

Carlos y yo, pese a todos los consejos de expertos gourmets y someliers, seguimos dándole al vino de siempre, el tinto -rojo, si lo traducimos al inglés- de nuestra tierra.

Ellas han bebido, como era de esperar, el vino blanco, fresquito, de Rueda.

-En dos horas de cena han dado cuenta de la botella. Tienen aguante estas chicas pero, si alguna inhibición podía frenarlas, el vino contribuirá a superarla- me digo para mi cuando la retiro vacía.

Voy a la cocina. Debo traer el cava para los postres, pastelitos y frutas (fresas, por supuesto), que redondeen la cena.

Al entrar noto unos brazos que me rodean y un cuerpo que por detrás, por mi espalda, se aprieta con el mío.

-Te estás poniendo cardiaco. Se te van a salir los ojos de tanto mirarla- me susurra al oído Rocío.

Busco, sin que ella me suelte, girar mi brazo atrás y meter la mano por la abertura de su vestido, acariciándole la suave pelambrera del coño.

-¿Y tú?- le pregunto- ¿estás caliente?

-Hummmm- ronronea felinamente por toda respuesta.

Cuando vuelvo al comedor me detengo brevemente, apenas uno segundos, para contemplar la escena. Loli, girada hacia su marido, le devora la boca con glotonería y le frota con movimientos fuertes y lentos la entrepierna. Él se deja hacer, o tal vez esté apabullado por la energía que despliega su mujer, que parece concentrar en sus gestos un deseo desesperado.

Sirvo el cava en las copas y al levantar la vista me encuentro con sus ojos, fijos en mí, esperando ese encuentro visual. Más que esperándolo, buscándolo. Parece interrogarme con la mirada, mientras pasa lentamente su lengua por los labios entreabiertos.

Le ha desaparecido el carmín de los labios, como si se los hubiera limpiado concienzudamente en el beso con su marido.

Siento la tentación de continuar ese beso apasionado, pero ahora morreándola yo con toda la fuerza de la excitación que siento. Pero no lo hago. Me contengo…

En lugar de ello, tomo la copa, sin sentarme todavía, y exclamo un ¡Por nosotros! que Carlos y ellas dos secundan al unísono.

Seguimos allí, en la mesa, apenas picoteando en los postres y enzarzados en dos conversaciones distintas. Rocío y Carlos hablan de no sé qué, algo que divierte a Rocío, porque no cesa en sus risas.

Más reposados, Lola y yo hablamos de lo buenas que están las fresas en este tiempo y de las bondades del cava para nuestra sed, mientras -no puedo evitarlo- el deseo sigue cocinándose en mi interior, creciendo como una masa fermentada a punto de hornear.

Un comentario sobre “Dos hermanas (4)

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