SOMBRA

Capítulo 6

Kendra observó en silencio como Uriah y Vitcen se peleaban, dando hachazos al aire mientras se protegían con sus escudos. Egon practicaba con un arco, lanzando flechas a un cordero muerto que colgaba de un tronco, mientras retaba a su hermana con que lo haría mejor que ella.

Su rostro se contrajo con tensión mientras cogía un arco y un carcaj de flechas, y se colocaba junto a él.

– Dispara primero- le dijo Kendra con los ojos entrecerrados. Egon cargó su arco y, con una sonrisa burlona sobre sus labios, dejó la flecha volar, clavándola en el ojo derecho del animal.

– Tu turno, hermanita- le retó.

Ella colocó la flecha en el arco, respirando hondo como Uriah le había enseñado cuando cumplió los ocho y le regalaron su primer arco de verdad. Recordaba el momento como si hubiese sucedido hacía unas pocas horas. Incluso Aasta sonrió cuando vio la alegría que la joven emanaba al recibir su regalo, y apresurarse a probarlo. La flecha se había desviado, clavándose en un saco de harina que en seguida comenzó a perder el polvo que guardaba en el interior; el mercader que atendía el puesto en aquel momento no pudo más que reír, sacudiendo la cabeza mientras le devolvía la flecha a la niña.

Vitcen y Uriah habían dejado de pelear, y observaban la escena con diversión; sus miradas sólo consiguieron poner más nerviosa a la joven.

– Mantén la espalda recta, Kendra- le recordó Uriah, y ella se indignó, arrugando la frente.

– Sé cómo hacerlo, ¿vale?- sin embargo, obedeció. La postura era la correcta; la flecha se encontraba bien sujeta al arco, y la localización del animal iba acorde con su posición. Sin embargo, la flecha acabó clavándose en el estómago de la oveja, y no en el ojo, como había sido su intención.

– Otra vez será, hermanita- bromeó Egon, y Kendra resopló.

– Pero he seguido todos los pasos…

– Te faltaba lo más importante- le dijo Vitcen tomando asiento en uno de los tocones de árbol mientras tomaba un trago de agua su vaso.- La práctica. Egon lleva disparando flechas desde que es un bebé. Es lo único que puede hacer, ahí sentando.

La rabia formó arrugas alrededor de los ojos azules de Egon que, de pronto, lanzó un hacha en dirección a su hermano, pasándosela junto a la oreja y clavándola en el tronco del árbol que el joven tenía detrás. Él lo miró momentáneamente confundido, antes de que el tullido sonriese con frialdad.

– ¿Decías, hermano?

Poniendo los ojos en blanco ante la bravuconería de sus dos hermanos, Kendra caminó hasta Uriah, quien le esperaba con su propia arma sostenida en la mano derecha.

Adoraba los entrenamientos con sus hermanos. Aún seguían tratándola como una niña, pero, por lo menos, ahora le dejaban luchar. Su único deseo era que algún día llegasen a considerarla una igual, una oponente digna para un combate hasta el final.

 – Veamos qué tal va ese cuerpo a cuerpo. ¿Preparada?

– Siempre.

Uriah era más grande que ella, y más rápido. Su manera de luchar era diferente a la de Vitcen, contra el cual estaba costumbrada a practicar, por lo que su manera de defenderse debía cambiar, también.

– Vigila tus pies- le dijo Uriah, y estuvo a punto de golpearla mientras la mente de Kendra estaba ocupada corrigiendo la posición de sus piernas.

Esquivó un golpe por la izquierda y corrigió su postura defensiva, protegiéndose el rostro. Le habían repetido miles de veces lo importante que era descubrir cómo se movía su oponente, para poder anteponerse a sus movimientos. Pero cuando se encontraba allí, sosteniendo un hacha entre sus manos, su mente se quedaba en blanco, y era incapaz de pensar, de fijarse.

– No lo haces mal- le comentó Vitcen, y Kendra se giró hacia él, dedicándole una sonrisa. Sabía que sus hermanos la mimaban más de lo que a veces se merecía, pero no lo podían evitar; desde que aquel pequeño bebé de ojos azules y cabellos oscuros llegó a Asquidia, se habían tomado como tarea personal protegerla y cuidarla.

En aquel momento un gesto de Egon captó su atención; Kendra tardó un segundo en comprender qué quería decirle señalando sus rodillas.

Uriah se encontraba en ese momento bebiendo agua de espaldas a ella; había dejado su hacha apoyada contra un tocón de árbol mientras se secaba el sudor de la frente. Kendra se le acercó en silencio, con el sigilo con el que se caza una ardilla y, antes de que él pudiese darse cuenta de nada, lo golpeó en la parte trasera de sus piernas, haciendo que cayese al suelo. Le colocó el hacha el cuello justo para apartarla después, exclamando con alegría.

– ¡He ganado!  

 – Lo has hecho bien, Kendra.

Se volteó en dirección de la voz. Sven había estado observando la escena desde un lado, cubierto de pieles de oso y con el arco colgando del hombro, signo de que regresaba de haber estado cazando. Los conejos muertos sujetos en su cinturón se lo confirmaron.

– Gracias- le dijo ella con educación, aunque su interior gritase de emoción al ser reconocida por el mayor de sus hermanos. Él analizó a su hermana con mirada enigmática, antes de voltearse y tomar el camino de regreso a la aldea. Una joven muchacha de cabellos castaños… sentada en el trono del rey.

Antes Sven solía entrenar con ellos, también, hasta que fue demasiado mayor para ‘jugar’ a ser un guerrero; hasta que se convirtió en uno de verdad.

Kendra sabía que aquello acabaría ocurriendo alguna vez, al fin y al cabo, Sven había dejado de ser un niño hacía tiempo. Esperaba con temor el momento en el que Uriah fuese también demasiado mayor para ‘perder el tiempo con su hermana menor’, ya que después de él, Vitcen e Egon le seguirían sin demora.

***

Kendra se mantuvo en la puerta durante más de quince minutos, oculta detrás de una gruesa columna. Había ido a la herrería con intenciones de afilar su hacha, pero no entraba dentro de sus planes encontrarse allí a Daven. Él se encontraba centrado en su trabajo; había colocado un hierro en el fuego, sacándolo de tanto en tanto para moldearlo a base de golpes de martillo.

La última vez habían estado a punto de besarse. Sus hermanos la matarían- o, por aun, matarían a Daven- si se enteraban, aunque no era eso lo único que temía la muchacha. Desde siempre Aasta se lo había dicho, aun cuando era una niña pequeña; debía tener cuidado con los hombres. Al contrario de ellos, que podían acostarse con todas las mujeres que quisieran, las mujeres no podían hacerlo, o corrían el riesgo de que se extendiesen los rumores de que ella era una prostituta.

Terminó por reunir el valor suficiente para entrar, y, agarrando el mango del hacha con fuerza para que no se notase su temblor, sonrió.

– ¿Qué tal, Kendra?- le saludó él girando la cabeza hacia ella. Los oscuros ojos del joven la analizaron de arriba abajo, mordiéndose el labio con disimulo.

– Bien- respondió ella acercándose. Tomó una piedra de afilar, y se sentó en un taburete, comenzando con su tarea.- Oye, Daven, lo del otro día…

– ¿Viste el carro que Fastulf y yo construimos?

Kendra apretó los dientes cuando Daven cambió de tema con tanta brusquedad. La mirada de odio no le pasó desapercibida al chico, que suspiró, dejando sobre la mesa el hierro con el que había estado trabajando.

– Es mejor que lo olvidemos- le respondió él.- Tus hermanos…

– No lo hagas por mis hermanos- le cortó ella con rabia.- Yo puedo tomar las decisiones sobre mi cuerpo sin que ellos se metan.

– Ya, pero…

– ¿Pero qué?- ella dejó su hacha a un lado y le colocó una mano sobre la mejilla.- ¿Es que no te gusto, Daven?

Él vaciló por un momento, desviando la mirada hacia el suelo.

– Sabes que sí- le respondió al fin, echándose hacia atrás y huyendo así del contacto con la joven.- Pero yo no te merezco. Soy un aprendiz de carpintero, y tú la hija de una reina. Olvídate de mí.

Sintió que la rabia hervía en su interior y se levantó tirando el taburete al suelo. Echó a correr dando la espalda al muchacho, negándose a que él viese sus lágrimas. Corrió por las calles de Asquidia hasta llegar al bosque y se adentró en él, mientras su mente le gritaba cosas que ella no quería escuchar.

Qué tonta era. Qué ilusa. Nunca debió de soñar con que llegaría a tener algo más con Daven.

Estuvo más silenciosa que de normal en la cena. Dejó que Vitcen le molestase tirándole del trenzado cabello, y que Uriah la repasase de arriba abajo con aquella mirada analizadora; sin embargo, ninguno de los tres hermanos comentó nada sobre su actitud, al menos, hasta que la cena hubo terminado y Aasta desapareciera del salón.

– ¿Vas a dejar de poner esa cara de depresiva y decirnos que te pasa?- Vitcen se había dejado caer junto a ella, acuchándole una mejilla. Ella se lo quitó de encima de un golpe, frunciendo el ceño aún más; se estaba portando como una niña pequeña, pero le daba igual.

– Ya no vais a tener que espantar a ningún chico más, ¡ahora son ellos los que me rechazan a mí!

Estuvo a punto de golpear a Uriah cuando vio la pequeña sonrisa que se le escapaba. Mas no le hizo falta, pues fue Egon quién lo hizo.

– ¿Quién ha sido, hermana?- dijo con la venganza brillando en sus pupilas azules.- Se va a enterar de…

– NI. SE. TE. OCURRA- Kendra le deletreó las palabras con lentitud para que no perdiese detalle, mientras le señalaba con un dedo acusador. Después dirigió el gesto hacia los otros dos hermanos.- Ni se os ocurra hacer algo, u os juro que me vengaré de vosotros. Y no estoy hablando en broma.

Uriah alzó las manos en señal de rendición, apretando los labios para no echarse a reír.

– Tranquila, hermanita- se mofó Vitcen palmeándole la espalda.- A mí también me han rechazado muchas veces. Acabas acostumbrándote.

Kendra soltó un gruñido antes de abandonar la habitación, donde sus hermanos comenzaron a reír sin ningún disimulo.

https://dibujandosombras.wordpress.com/

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s