TANATOS12

Capítulo 51

Sin tiempo a digerir aquella orden veía como le daba otra pequeña bofetada a María. Reincidiendo. Buscando su ira y que todo explotase. Nos retaba a los dos. María no protestó ante aquella pequeña bofetada, que no llevaba fuerza, pero sí desprecio y tanteo. Y yo me seguía preguntando si María aguantaba por excitación o para no enfadarle, y, en caso de que fuera por esto último, me preguntaba si ella quería evitar el enfado de él para que la acabara follando o para evitar que saltara la chispa de la violencia.

Roberto me puso el vello de punta de nuevo, insistiendo, ordenándome que fuera hacia la maleta y chupara aquella polla de goma. Tras esa orden se retiró un poco y comenzó a quitarse los calzoncillos rosas, los vaqueros negros y los zapatos. María no se movía, arrodillada, paciente, y yo seguía sin leerla del todo bien. Mi nerviosismo era insoportable. No quería obedecer a la vez que sí. Tenía miedo, pero a la vez mi polla estaba dura como nunca.

—Tráeme agua de paso —dijo mientras se acababa de desnudar.

Sin saber muy bien a qué me llevaría aquello me quité los calzoncillos y, con la polla apuntando al techo y empapada, completamente desnudo, comencé a bordear la cama hasta alcanzar el minibar, abrirlo, coger una botella de agua, y, con el corazón en un puño, acercarme a ellos.

Roberto me recibió mirando mi miembro con una extraña curiosidad y alargó la mano para que le pasara el botellín. Se lo di. Infartado.

—Venga, coge esa polla —dijo antes de beber y yo eché un vistazo rápido a María, la cual esta vez sí miró para mí. De abajo arriba. Su mirada me dio cierta tranquilidad, tensísima, pero serena. Desprendía una templanza contenida. Ella luchaba por manejarlo, porque no explotara, y yo entendí que si ella remaba en una dirección yo no podía remar en la contraria. Si ella estaba dispuesta a ceder, hasta cierto punto, para que todo acabase bien, yo también podría permitir que él menoscabara mi dignidad, hasta cierto punto.

Me acerqué a la maleta y cogí nuestra primera polla, la primera que habíamos comprado. Me giré y vi como María bebía de aquella botella de agua. Como en una tregua asfixiante. Roberto no me miraba, su interés estaba en María, las órdenes a mí parecían mero entretenimiento, con cierto disfrute de abuso de poder.

—Ven aquí, no tengas miedo —dijo rotundo y yo me acerqué con aquella polla en la mano.

—Aquí, a mi lado —me ordenó y yo obedecí. Miraba a María para no mirarle a él, la cual se atusaba el pelo y lo echaba por su espalda, hacia atrás, despacio, y se colocó también un poco la camisa, con calma, como si con su lenguaje corporal quisiera invitarle a que bajara sus revoluciones.

—Venga, métela en la boca.

Tras escuchar eso, obedecí de nuevo, y, con los ojos bien abiertos, me metí la punta de aquella polla de plástico en la boca, mirando a María. Ella desvió la mirada. No quiso verlo. Y yo no sentí absolutamente nada, pero chupaba aquella polla lentamente; me la metía en la boca y me sentía diminuto comparado con aquel gigante que tenía al lado, imponente, con la camisa azul abierta, con sus piernas musculadas y con su torso duro. Aquel hombre me ordenó que me pajeara mientras chupaba aquel juguete sexual y yo miré de reojo la oscuridad, la enormidad, la masculinidad, el brutal grosor y la dureza de aquella polla en comparación con la mía.

Yo me masturbaba, con dos dedos, mientras él se acercaba a María, que, sumisa, sin querer problemas, le esperaba expectante; y él posó entonces su pollón sobre un hombro de ella, sobre la camisa, de una forma extraña, y ella giró un poco su cuello, y besó aquella polla hasta con ternura.

—Mira para él mientras me la comes —mandó Roberto y María se echó un poco hacia atrás, me miró, vio a su novio chupar una polla de goma y pajearse, mirando para ella, y se metió aquel glande brillante y violeta en la boca.

María me miraba. Yo la miraba. Ella veía a su novio, a su prometido, chupando aquel juguete y pajeando su ridícula polla. Humillado pero excitado como nunca. Y yo la veía, allí arrodillada, metiéndose toda aquella carne en la boca, con su escote brillante y su camisa algo húmeda por la saliva y el pre seminal que ya había caído. Vi sus tetas queriendo escapar del sujetador y la camisa, vi sus pezones marcando la seda blanca… Vi su melena moviéndose con garbo de aquí allá mientras la chupaba. La vi cerrar los ojos de vez en cuando, no pudiendo aguantar el morbo de estarse comiendo el pollón de aquel hombre, violento y peligroso, pero indudablemente atractivo.

María se esmeraba en chuparla bien. Por él, o por ella. A veces retiraba su boca para coger aire y él le decía que se la volviera a meter en la boca y que siguiera mirándome. María quería vencerle con aquella mamada y me miraba a mí, morbosa, sin juzgarme.

Roberto, con los brazos en jarra, parecía tomarse un respiro de tanta frase hiriente y tanta orden agresiva, hasta que no pudo más:

—Tu novio la chupa mejor que tú… eh…

María no respondió, ni cambió la dinámica de aquella chupada, seguía permitiendo aquellas frases y permitiendo que aquel pollón marcara su mejillas… llenándole bien la boca. Y seguía mirándome.

—¿Seguro que no es maricón? —le preguntó.

—Sí —respondió ella, apartándose un poco.

—¿Que sí qué?

—Que seguro que no lo es —respondió y yo me sentí, ridículo y mínimo, protegido y defendido por ella.

María llevó entonces su boca más abajo y buscó de nuevo sus huevos. Yo me moría del morbo… y estaba cerca de correrme. A penas me podía tocar ya. Mis dos dedos estaban completamente embadurnados y pringosos. Verla mamar aquella polla, comerle los huevos… tan cerca… me mataba, de dolor… y de morbo… Ella se metió entonces uno de sus huevos en la boca… y tiró de él… y cerró los ojos.

—Joder… no me querías ni chupar los dedos y mírate ahora, eh. No sé para qué te querías hacer la monjita… —le dijo, repulsivo, llevando sus manos a la camisa de ella, para cerrarle el primer botón, el más cercano a su cuello, quedando entonces todos los botones de la camisa abotonados.

Ella abandonó sus huevos para lamer aquella punta que soltaba gotas transparentes de cuando en cuando. La envolvía con su lengua y me miraba. Le daba pequeños golpes y después trazaba círculos. Ponía su lengua sobre aquel glande por encima… y después por debajo… Nunca la había visto mamar así… Y yo sentía que no podía más… que mi corazón explotaba y mi polla también.

—Joder con la niña rica… Cógete las tetas otra vez, como antes, mientras me la comes —dijo hiriente y María, mirándome, obedeció— Eso es… pija tetuta… cógetelas mientras me la comes….

Sentí entonces si no la ira, al menos sí que aquello la sulfuraba… Y quizás él lo vio también y quiso de nuevo buscar la confrontación, pues, mientras ella engullía hasta casi la mitad y cerraba los ojos él la llamó de nuevo pija tetuda y le dijo que la chupaba como una puta.

María apartó la boca y le miró con odio. Se limpió los labios con el dorso de la mano y dijo:

—¿Es necesario que hables así?

—¿Por qué? ¿Por lo de puta o por lo de pija tetuda? ¿Eres una niña rica tetuda o no lo eres? —dijo, especialmente serio, y yo me infarté, y aparté aquella polla de goma de mi boca.

—Te digo que dejes de hablar así —protestó María, pretendiendo que aquello sonara como una orden, y yo me temí lo peor.

—Tú eres una pija tetuda y tu novio un maricón —dijo él y ella se puso en pie, frente a él.

El momento había llegado, era imparable, todo iba a salir mal. Roberto llevó sus manos a los pechos de María y los apretó con fuerza, sobre la camisa; María apartó entonces aquellas manos y le dio un bofetón en el rostro que le hizo torcer la cara.

Esperaba la réplica inminente de él, infartado, y para pararle.

—No te atreves a darme otra hostia —le dijo él y casi antes de que hubiera acabado la frase María le daba otra bofetada, con idéntica fuerza.

Él se revolvió con rapidez y violencia y llevó sus manos al rostro de María, la sujetó por la cara y ella se echó un poco hacia atrás, él llevó su boca a la suya y ella se apartó, hasta que le hizo girar la cara y sus bocas se encontraron. María retrocedía, su cuerpo, pero su boca se rendía… y yo veía como ya le metía la lengua en la boca. María se dejaba besar y aquel gigante llevaba sus enormes manos a la camisa de María y, de dos tirones, se la abría con violencia, quedando su camisa completamente abierta a excepción del primer y del último botón, y salió a la luz un sujetador de encaje, grande, grisáceo, que cubría con presteza sus enormes pechos, pero mientras le seguía metiendo la lengua hasta el fondo, le bajó aquel sujetador de un tirón, y sus pechos salieron enormes y libres, hacia adelante, cubriendo casi por completo aquel sujetador, hasta casi hacerlo desaparecer, y sus pezones rebelaron un estado de excitación máxima. María claudicaba y se dejaba besar la boca y manosear aquellas tetas con violencia.

Abandonó su boca para besar su cuello y llevar su labios a una de sus tetas. María enredaba sus manos en su pelo y echaba su cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, dejándose comer, y él cogió uno de sus enormes pechos con una mano y se lo metió en la boca. Ella se quejó. En un extraño jadeo. Y él llevó su boca a su otra teta, abandonando la anterior, la cual había empapado con un solo mordisco. Besaba la otra, le succionaba el pezón y ella gimoteaba pero lo disfrutaba. Su cabeza parecía enorme, yendo de una teta a otra. Aquel cuerpo, grande, flexionado, volcado sobre ella, le hacía una comida de tetas tan brutal, trataba con tal rudeza aquellos dos tesoros de María, que yo sentía que me corría sin tocarme. Y de nuevo no entendía cómo pasábamos del terror al éxtasis sexual en pocos segundos.

Terminó aquella comida de tetas cuando quiso y acabó por empujarla, con fuerza contenida, y María cayó sentada, sobre la cama, con aquella camisa blanca solo cerrada por arriba y por abajo, con aquel sujetador desbordado y con aquellas enormes tetas… que resplandecían incitantes y lascivas… brillantes por su saliva, y sonrojadas por sus mordiscos. Aquellas preciosas tetas colmaban el sujetador hasta casi hacerlo desaparecer y separaban la camisa a ambos lados, con autoridad, como consecuencia de que, hinchadísimas, se desbocaban tan anchas que lo apartaban todo.

La cara de María pedía sexo. Sus tetas pedían sexo. Su coño desnudo, en contacto con la cama, casi le demandaba rozarse con la sábana para calmarse. Pensé que Roberto no podría más. Nadie podría más. Nadie no se tiraría encima de ella y la follaría. Sin embargo él se giró, me miró, y dijo:

—Ponte eso que está ahí, las medias con esas tiras que hay ahí. ¿Eso quién se lo suele poner? ¿Tú o ella?

Miré a María, sin saber si lo hacía para pedirle permiso o comprensión. Ella no me miraba. Le miraba a él.

—Y tú tócate y mírame —dijo Roberto, comenzando a masturbarse, allí, de pie, con su camisa azul abierta, con sus abdominales marcados, con aquel torso imponente, que me hacía sentir a mi frágil y enclenque, como consumido, comparado con su robustez.

Me giré hacia la maleta y escuché de Roberto un “eso es” y deduje que se refería a María, a que María se estaba acariciando el coño, pues él daba por hecho que yo obedecería a todo con menos réplica que ella.

Cogí aquellas medias negras y aquel liguero a juego, sentí un tacto hasta demasiado suave y que irradiaba una feminidad extrema, lo cual me incomodaba aún más… Dudé. Era demasiado humillante… pero pensé entonces que si María estaba aguantando todo lo que él le estaba echando  encima, conociendo además su orgullo, yo también podría remar con ella para que la cosa no se torciese. Pensé también que no por ponerme aquellas medias ridículas, ni ella ni yo íbamos a poner en duda, lo más mínimo, mi heterosexualidad. Era simplemente un bochorno… un paso más en aquella locura, en aquel miedo a él y en aquella pérdida de dignidad.

Se pajeaban, se miraban. Yo no existía. Comencé a ponerme aquellas medias, sintiéndome esperpéntico, produciendo en mi un rechazo y menoscabo de mi honorabilidad, pero a la vez me sentía más cachondo que nunca, llegando a un estado de excitación culpable y sucio que no había sentido nunca.

Miraba de reojo cómo María separaba los labios de su coño con una mano y se acariciaba el clítoris con la otra. Le miraba encendida mientras él mantenía una mano en su cadera y con la otra se masturbaba, lentamente, devolviéndole la mirada. La sexualidad brutal que irradiaban les hacía enormes y a mí diminuto, con mi polla insulsa, acabando de ponerme aquellas medias de María. Él llevó entonces la mano que estaba en su cadera  a debajo de la boca de ella y le pidió que escupiera. Ella dejó caer saliva en aquella mano y él llevó aquella saliva a la punta de su polla, lubricando su miembro con aquellas babas. Con una mano sujetaba la base y con la otra se embadurnaba, hasta que le ordenó que dejara caer saliva otra vez, pero ahora sobre sus pechos. María, con las piernas abiertas, con los labios de su sexo posados sobre la cama, sin dejar de abrirse el coño y de masturbarse, dejó caer saliva de su boca, dos veces, saliva que cayó sobre uno de sus pechos. Roberto le dijo que se acariciara justo allí y ella obedeció… y comenzó a masajearse aquella teta enorme… distribuyendo aquella saliva por toda su areola y endureciendo su pezón hasta ponerlo durísimo… mientras él se pajeaba y yo me ajustaba el liguero.

María abría la boca, entrecerraba los ojos, masajeaba con dulzura, con ternura, aquella teta enorme que desbordaba el sujetador y yo pensé que nunca le había visto los pechos así de brutales, de colosales, saliendo imponentes de su torso. Él se pajeaba y la miraba, siempre retándola y ella no siempre le aguantaba la mirada, pues entrecerraba los ojos y abría más y más la boca… como si estuviera a punto de correrse.

Y, de golpe, me miró. María veía a su novio con sus medias y su liguero puestos, en una imagen excéntrica y grotesca… y no emitió ninguna emoción… Y yo me atreví a llevar dos de mis dedos a mi pequeña polla… Y ella volvió a mirar hacia él. Habían sido solo tres o cuatro segundos… pero me llegaron para sentir un amor desbordado por ella…

Cuando, de golpe, un “Joder…. Qué buena estás” salió de la boca de Roberto y María esbozó un morbosísimo: “No te corras”.

—No te preocupes porque me corra y no te la acabe metiendo, cariño. Puedes estar tranquila que te voy a follar —dijo él, autoritario, siempre desactivándola.

María llevó entonces su mano a su otra teta, la recogió un poco y dejó caer saliva allí, mientras le miraba. Comenzó a masajear ahora aquel pecho y a frotar su clítoris con más celeridad. Se hacía un dedo tremendo mientras aquel pezón se erizaba llegando al brutal tamaño del otro. Sus areolas coronaban sus pechos de una manera impactante y sus tetas rebosaban tan colosales que hasta había que fijarse bien para darse cuenta de que abajo había un sujetador.

Los jadeos se hicieron tan extravagantes y prolongados, la boca de María se abría tanto, su coño se fundía tanto y su cabeza y su melena caían tanto hacia atrás, que parecía que su orgasmo era inminente, y Roberto se dio cuenta y le dijo: “Córrete, pija tetuda… ¿o me esperas para correrme contigo?”

María detuvo entonces un poco el ritmo de aquellos dos dedos que frotaban su clítoris, y él dio un paso, acercándose más a ella y le dijo: “Joder… cómo me pones… te mearía encima ahora mismo. Te mearía en la puta cara ahora mismo”.

María casi paró su paja por completo. Yo me infarté. Mis músculos se tensaron.

—Pídemelo —dijo él, a medio metro de ella, sin masturbarse, con su polla en horizontal, hacia ella.

—¿El qué?

—Que te mee en la cara.

—Estás loco… —dijo ella, abandonando también aquella caricia en su pecho. Quedándose inmóvil.

—Pídeme que te mee encima o le parto la cara al mirón.

Se me salía el corazón por la boca. Me quedé sin aire. No pude reaccionar.

—Está bien… méame encima —dijo María.

Un comentario sobre “Jugando con fuego. Libro 3 (51)

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