SIGRID

I


Aquella tarde, cuando Carlos regresó a su casa, se enfrentó a todos los fantasmas que le acosaban desde el momento en el que apareció Javier en su vida. No hubo estridencias, no hubo malos rollos internos, se trataba sencillamente de tomar una decisión. Así que aunque el ánimo estaba hundido, literalmente por los suelos, lo que había llegado a ver, en vivo y en directo, aquella tarde de sábado, había dado el tiro de gracia a un amor, aunque quizá sea mejor decir que el amor seguía pero la realidad superaba a la ficción, él no era actor en esa función, simplemente había sido un invitado, vale, quizá sea mejor decir que había actuado pero no encajaba en aquella función, por eso decidió retirarse.

¿Era todo algo tan frío? No, por supuesto que no, todo era muchísimo más difícil, mucho más complicado, el dolor era lacerante y sin embargo no encontraba solución a sus deseos, aquellos que le llevaron a imaginar una vida común junto a Laura. También es cierto que no se podía permitir el lujo de darle demasiadas vueltas a lo que estaba ocurriendo dentro de él porque si llegase a hacerlo, nunca podría salir del pozo en el que se encontraba, fue algo tan sencillo y tan difícil. Un bolígrafo, un folio y unas frases, fiel reflejo de lo que realmente sentía, EL NO SERÍA NUNCA UNA PIEDRA EN EL CAMINO DE NADIE.

Con parsimonia pero con una profunda tristeza, abrió el armario, tomó toda su ropa que fue depositando sobre la cama que tantas veces había acogido sus rituales de amor, cogió sus cosas personales y de igual forma las fue depositando sobre la mesa del comedor, no era mucho pero de igual forma sintió cómo le atravesaba el estómago un profundísimo dolor, ¿a tan poco se reducía su vida? ¿Todo en una maleta y alguna caja? ¿Algunos libros bajo el brazo?

Cuando cerró la puerta de aquella casa no pudo ni quiso reprimir las lágrimas, allí quedaba su corazón para siempre, allí quedaban las ilusiones, los proyectos, las caricias y los besos, la persona a la que había amado tanto, aquella a quien llegó a adorar.

-¡Diosssssssssssssssssss! La persona a la que había amado tanto. –Sí, sé dónde estaba su cuerpo pero desconozco donde estaba su mente y su corazón, y lo que es peor, en ese momento no me sentí cerca de ella, ese espacio lo estaba ocupando Javier, su dueño y señor.

Previamente me había encargado de reservar un hostal, ni a hotel podía llegar con mis ingresos, ¿acaso eso me hacía sentir un fracasado? No, no era eso, es que no sabía qué sería de mi vida en aquellos momentos, por eso no tenía más remedio que ir con paso firme aunque de firme tenía poco mi paso pues era vacilante, por momentos pensaba que en cualquier momento me podría caer, que la tierra sería mi refugio por minutos, por horas, por el infinito. Cuando trasladé todo lo que había formado parte de mis días, me senté en la cama de aquella pequeña habitación, un hostal familiar que me permitió ocultar la angustia que me provocaba mi decisión, llamaron a la puerta para indicarme que la cena estaba lista, que cuando quisiera podía ir a comer.

Con paso cansino me dirigí al pequeño comedor, común espacio para huéspedes y dueños, allí se presentaron, a ellos me presenté, entes extraños con vida propia, compartiendo con vidas ajenas, con sus miserias, con dolor, con frustración, con sueños cumplidos y otros sin cumplir… Una ligera comida acorde con el pago que representaba, muchas preguntas y pocas respuestas. Un buenas noches, un buen descanso. Con paso cansino que no representaba mis años, me dirigí a lo que no sabía por cuánto tiempo sería mi hogar, esa humilde habitación, ese extraño comedor, una imagen agónica que se asomaba a la calle. En mi mente, siempre de forma permanente, Laura.

Qué sencillo había parecido todo y sin embargo qué duro me fue el hacerlo. Aún hoy me cuesta entender cómo en tan pocas horas había ocurrido tantas cosas, cómo en tan pocas horas mi vida había cambiado tanto. ¿Era feliz? No, no lo era.

Estaba tremendamente cansado y sin embargo me costó conciliar el sueño, a mí volvían de forma lacerante las imágenes vividas que aun sabiendo que existían tuvo que ser el baño de realidad al que fui sometido lo que me convenció de que yo no tenía cabida alguna en ese mundo, y además me veía incapaz de coger de la mano a Laura y arrastrarla fuera del mismo. Sin embargo no podía dejar de pensar que ella estaba atada a una cadena de duros eslabones que de seguir así, acabaría con su vida, no sé realmente si era feliz o simplemente ni se lo planteaba o sólo se dejaba llevar como un deber ya contraído.

Comenzaron a entrar en aquella modesta habitación los primeros rayos del día cuando por fin mi ojos echaron su particular telón, agotado, me veía incapaz de volver a levantarlo cuando por mi oídos entraba el dulce trinar de los pájaros.

Cuando desperté se oía a mi alrededor un ajetreo increíble de cucharas, platos, algarabía, era mediodía y nuevamente había que volver a darle energía al cuerpo. Abrí los ojos y me planteé ir o quedarme en la habitación, no había desayunado mi cuerpo mostraba signos de debilidad, rozando el desfallecimiento, la cena fue ligera, el desayuno inexistente, no tenía más remedio que hacer un sobreesfuerzo e ir lo antes posible porque a mí llegó un fuerte dolor en el estómago y una sensación extrema de náusea.

-Hombre por fin das señales de vida. –era una señora mayor, con signos de haber vivido mucho la vida hasta el punto de encontrarse donde se encontraba Su cara reflejaba la belleza que en otros tiempo la cubría, hoy, fiel reflejo de una decrepitud, menos en su ánimo pues era todo dulzura, todo alegría.
-Buenos días, señora.
-Chiquillo, ¿buenos días a las tres de la tarde? ¿Qué, anoche de parranda? Haces bien hijo que la vida es un suspiro y sino que me lo pregunten a mí.
-No, es que me costó conciliar el sueño y cuando lo hice, ya en el amanecer, mi cuerpo estaba tan cansado que no he sido capaz de ordenarle que se levantara.

Apoyó su mano sobre la mía, me miró mientras la acariciaba, siempre, siempre con una suave dulzura que me llegó a embriagar.

-Sea lo que sea que perturbe tu sueño, terminará, deja fluir la magia de los recuerdos, ahora son un bálsamo para tus heridas. Hoy no decidas nada, mañana, tampoco, deja pasar un par de días, entonces sé capaz de poner sobre la mesa todo lo que te amarga, ver siempre lo positivo y lo negativo de las cosas, de las personas, del amor y de las relaciones,… pero sin dejarte arrastrar por la amargura porque de lo contrario tomarás la decisión errónea. Desconecta el móvil, deja tu mente volar, coge papel y lápiz y escribe lo que necesites manifestar. Cuando lo hayas hecho, ese escrito se habrá convertido en una carta, ciérrala y haz que llegue a su destino. A partir de ese momento, si has de hacerlo, no vuelvas nunca a mirar atrás, si por el contrario has de coger un camino común, hazlo, pero nuca te arrepientas de lo que has decidido. Vive y deja vivir, busca siempre la fecilidad.

Se levantó, cogió el bastón que había cerca de ella aunque me di cuenta que no lo necesitaba para andar y con cierta parsimonia abandonó la habitación mientras en mí se reflejaba el total desconcierto. Era lunes, no había ido a trabajar, miré el móvil, apagado desde no sabía cuándo, se habría agotado la batería. Comí, llamé a mi trabajo para decirles que me encontraba mal que me tomaba un par de días. Dejé el teléfono en la habitación, me volví a lavar la cara para despejar mis sentidos y me dispuse a salir a la calle sin rumbo cierto pero con la necesidad de pensar en lo que aquella amable señora me había dicho, tenía que poner en orden demasiadas cosas o simplemente una, mi vida.

II


Cuando Laura llegó a su casa siendo ya el domingo por la tarde se encontró con la dura realidad, Carlos no estaba, ni su cuerpo ni sus cosas que habían desaparecido del armario, del cuarto de baño, de todas las estanterías y su alma, ¿dónde estaba su alma? Aún permanecía en todos los espacios.

Cuando se percató de que sobre la mesa del comedor estaba una nota se tiró a ella como si estuviera su salvación pendiente de un hilo, ese hilo, ese escrito:

NUNCA SERÉ UNA PIEDRA EN EL CAMINO DE NADIE

Hasta siempre, Laura, que seas feliz.

Un beso enorme.- Carlos


Su ojos se convirtieron en dos ríos de agua, agua que eran lágrimas, lágrimas que eran yagas…, cada letra era sal que caía sobre sus heridas. Fue consciente de que todo había terminado, que Carlos la quiso con locura pero que no fue capaz de soportar verla lejos de él, en las manos, en los brazos, en la cama, en la boca de otro. Quizá sea fácil para nosotros, lectores, pensar que ella fue una egoísta, que ella no lo quiso, que sólo quería vivir su vida sin importarle de nada la de él. Nada más lejos de la realidad. Ella estaba viviendo la vida que le había tocado vivir, las circunstancias que le marcaron en un momento determinado, algo que no eligió sin dejar de hacerlo, era demasiado joven, las circunstancias demasiado angustiosas. Carlos fue el salvavidas al que se agarró, la cuerda que la unía a él era su amor, sí, ella estaba profundísimamente enamorada de él, lo que ocurre es que son infinitos los caminos que a lo largo de la vida se te pueden presentar como posibles, pero sólo puedes transitar por uno de ellos, uno que tiene infinitos ramales, nunca paras de elegir pero nunca dos a la vez.

Cuando ella intentó acercar a Carlos a su mundo lo hizo con la única intención de sumar fuerzas, de conseguir que su presencia le hiciera tomar el aliento que le faltaba porque cada día que tenía que volver a los brazos de Javier, Laura, experimentaba la mayor desazón imaginada, pero siempre, siempre tenía que poner buena cara, una sonrisa, un efecto de felicidad y de placer sólo a medias percibido, Carlos y su amor era la tabla de salvación pero no supo trasmitir su angustia, su necesidad de él, y mientras tanto en ella, aun no percibido, lo que crecía era su angustia, un vómito que la iba ahogando hasta casi quitarle la vida.

Ese sábado por la tarde se escribieron demasiadas cosas, de las que muy pocas fue consciente. Cuando ella lo vio llegar a casa de Javier, llegó a sentirse la mujer más feliz del mundo; cuándo lo hizo partícipe de su día a día, llegó a creer que en algún momento él la entendería, que vería que no es un juego caprichoso pero que sola nunca superaría las pruebas a las que la sometían pues desde hacía tiempo era consciente de que estaba a punto de cruzar una línea roja y que necesitaba la presencia de Carlos, su mano para no caer en el abismo. Cuando al final de aquella tarde ella volvió al salón y no lo encontró allí algo se había roto entre los dos, un pálpito le hizo pensar que no había salido como ella llegó a imaginar y desear.

Laura, no tuvo permiso para llamarlo, no le autorizaron prácticamente ni a pensar en él, a tal grado había llegado el dominio y la degradación de Javier sobre ella, por eso cuando por fin recibió la autorización para volver a su casa ansiaba más que desear el poder llegar, el abrir la puerta y abrazarse a él, entregarse como no lo había hecho en ningún momento de ese fin de semana con Javier. Javier tenía su cuerpo pero nunca, nunca llegaría a tener su alma, ésta hacía tiempo que se la entregó a Carlos.

Abrir la casa, la oscuridad, el silencio, pasos casi a cámara lenta, el corazón que no se escucha, los pulmones que no reclaman el aire que les falta, una cruda realidad ni está Carlos ni sus cosas ni la esperaba. Ojos secos por el shock y cuando por fin salen las lágrimas, corriente difícil de manejar con esas aguas, ríos de dolor que transitan por espacios indefinidos. Cuando leyó la nota se tuvo que sentar pues los pies no la sostenían, sus piernas temblaban, la habitación le daba vueltas, sus manos se agitaban al aire para pararla. Cayó más que se dejó caer sobre el sofá, una profunda necesidad de vomitar le vino a la garganta, cerró los ojos como si ya nada le importara. Perdió el conocimiento, a lo lejos oía voces que le decían, déjame morir.

Cuando despertó era ya bien entrada la madrugada, tenía que apoyar las manos sobre la mesa, sobre las paredes, se sentía perdida en su casa, no sabía lo que buscaba ni dónde encontrarlo, los pasos eran erráticos, los deseos confusos, el camino incierto, la realidad demasiado cruda. Llego al baño y tal cual estaba se metió en la ducha, agua fría para romper lo que ya estaba hecho añicos, para hacer barro donde no había nada, qué espeso estaba hasta el aire que le costaba entrar por la garganta. Allí se desnudó costándole casi sudor y lágrimas poder retirar la ropa mojada. Cuando por fin terminó, cuando secó no sé si más lágrimas que agua, buscó con ahínco su móvil para llamarlo, para oírlo, para saber que aún estaba ahí aunque fuera lejos, sin importar la distancia.

El número al que está intentando llamar está apagado o fuera de cobertura

No se acostó en toda la noche porque ansiaba que llegara la mañana, le costó sujetar su ansiedad, sabía que él solía llegar al trabajo sobre las ocho de la mañana, se sentó en la terraza de una cafetería de donde dominaba la entrada, apenas si pudo tragar lo que había pedido, su cuerpo apenas si reaccionaba, sin embargo allí estaba, aguantando su angustia, reprimiendo su ansiedad por ir corriendo en su búsqueda. La mirada fija en la entrada pero él seguía sin aparecer, ¿será que se me ha pasado? Sería las nueve de la mañana cuando con paso firme se dirigió al edificio de oficinas, una identificación, un dónde va, un qué quiere, un espere… Lo siento señorita pero me han informado que Carlos no ha venido hoy a trabajar ni tan siquiera ha llamado. Al final, un gracias y un adiós.

Salió a la calle con pasos cortitos, mirando al suelo, soñando imposibles, mil veces realizó la misma llamada, mil veces el mismo mensaje, mil veces la misma angustia, el mismo desconsuelo, la misma frustración… Sólo le quedaba una última esperanza, llamar a los amigos o llamar a su hermana. En ninguna de las personas encontró respuesta a sus preguntas, nadie sabía nada él, todos manifestaron su extrañeza, todos mostraron su esperanza.

III
Pasó el tiempo que se había dado de margen, había llegado el momento de tomar una decisión, una postura definitiva en su vida. La habitación disponía de una pequeña mesita. Sacó el bolígrafo, cogió un folio, se sentó frente a él y dejando la mente en total quietud, serenidad buscada, se dispuso a redactarla, sería la última carta que escribiría a Laura:

Querida Laura, espero que cuando recibas mi carta te encuentres bien, yo bien, a Dios gracias. Cuántas veces mi madre me dijo que así era como comenzaban las cartas cuando ella era una niña, ya ves, he querido hacer una gracia pero no he sabido hacerla. Me siento roto, destrozado por dentro y por fuera, quizá te he decepcionado, he matado la esperanza que tenías puesta en mí, lamento si te he defraudado, ya ves, nunca imaginé y menos desee que llegara este día.

Yo soy una persona muy sencilla. Laura, de verdad que no soy un superhéroe, soy sencillamente un buen hombre, así me considero yo; nunca he pretendido hacerte daño, siempre te entregué mi amor de la forma más limpia que supe, pero igual no he sabido hacerlo y quizá por ello te he hecho infeliz. Me pides un imposible y como tal no sé dártelo. El mundo en el que vives no es el mío, he intentado entrar en él, te lo juro, te juro que he intentado hacerlo pero no he podido, perdóname siempre, perdóname.

Saber que otros brazos te acogen, que otras manos recorren tu cuerpo, que otros labios se llevan tus besos no lo puedo soportar, lo he intentado, borrar de mi mente esos momentos, mirar a otro lado cuando no estás junto al mío, hacerte feliz siempre aunque fuera en contra de corriente, pero no he podido, no he sabido.

No quiero verte triste ni quiero que me veas así a mí aunque te puedo asegurar que en estos momentos no puedo contener mis lagrimas aunque sé que cuando leas mis palabras serán las tuyas las que nadie pueda controlar, sé feliz, Laura, sé feliz con él o con quien tu desees pero sé feliz, yo voy a comenzar a recorrer un nuevo camino, lejos de aquí, sin conocer a nadie, sin saber qué me deparará el día a día, sólo sé que tiene que ser lejos de ti porque cerca nunca lo conseguiría, te quiero tanto que volvería a caer entre tus brazos, volvería a besar tus manos, volvería a entrar en tu cama, y otra vez recibirías su llamada y yo me quedaría esperándote, sin poder hacerte feliz, sin llegar a serlo yo mismo.

He dejado el trabajo, mañana comienzo a recorrer mi camino en solitario, tu recuerdo siempre me acompañará, tu recuerdo nunca permitirá que me sienta solo.

Te quiero con locura, Laura, ojalá podamos ser felices los dos, nos lo merecemos.

Un beso, por siempre, tuyo, Carlos.

Aquel barrio, de aquella ciudad, era en el fondo un pueblo, en la plaza se sentaban los viejecitos, los niños corrían o jugaban a la pelota, las madres charlaban mientras con un ojo los vigilaban, alguien oyó decir que había muerto en extrañas circunstancias la Laura, sí la que vivía en el cuarto, la jovencita tan mona, la que vivía con el novio que estaba como para comérselo, jejejej…
-Y de qué ha muerto.
-Dicen que él la ha dejado y que se murió de mal de amores.

Así rezaría para siempre, en el alma de aquellas buenas gentes, mientras perdurara el recuerdo de aquellos jovencitos. Carlos, lejos, sin llegar a saber nunca qué habría sido de ella, si se casó, si llegó a tener hijos, si llegaría a ser feliz con Javier o con quien fuera. Ajeno a la tragedia de aquella familia donde fue precisa la muerte de Laura para que tanto la madre como la otra hija recobraran la libertad, Javier desapareció de sus vidas para siempre.

FIN

Un comentario sobre “Para siempre, en el mundo de los muertos (2)

  1. Muy triste final Cris, pero excelente el nivel del relato, me ha gustado mucho, aunque hubiese preferido como todos, un final feliz, pero la vida es así, no siempre los finales son felices. Lástima……
    Besos!

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