MOISÉS ESTÉVEZ

Robert Fox entró en el despacho de su amigo, concejal por el partido
republicano desde no hacía mucho, según se había ido informado por la
prensa, aunque le constaba que el salto a la política lo había dado bastante
antes.
Una gran mesa presidía ostentosamente la estancia, lo que ponía tierra
de por medio entre quien se sentaba al otro lado de aquel ‘servidor público’.
Eso unido a lo bajo de los sillones que ofrecía a sus visitas, acusaba más la
sensación de estar siempre un peldaño inferior a la hora de tratar cualquier
tema. – Es una estrategia psicológicamente demostrada. – Le explicó en su día
uno de sus asesores políticos.

  • Cuanto tiempo amigo mío. – Dijo Eric a la vez que le tendía la mano.
  • Cierto. Hace mucho que no nos veíamos. Intuyo que al igual que yo,
    los compromisos profesionales te ocupan gran parte de tu vida. No recuerdo el
    último día que tuve un rato libre. Trabajo incluso los fines de semana. Como
    siga así, voy a ser el mas rico del cementerio. – Bromeó Robert.
    Eric correspondió al comentario con una leve sonrisa y lo invitó a que se
    sentara. – Bueno, y qué te trae por aquí. –
  • Pues sin ánimo de ser grosero, si te parece voy a ir directamente al
    grano. Tampoco quiero robarte mucho tiempo, ya que entiendo que estés muy
    ocupado. –
  • En absoluto Robert. Tómate el que necesites. – Contestó Eric tratando
    de ser cortés, a pesar de que en el fondo aquel tenía razón, el dios Cronos
    apretaba su agenda de manera incesante. Se levantó dirigiéndose a un lujoso
    mueble bar de caoba que tenía en un lateral del despacho, mientras escucha lo
    que su viejo amigo le decía. Sin consultarle, sirvió un par de Jack Daniels con
    hielo y se volvió a sentar poniéndole a Robert el vaso por delante. Este se tomó
    el gesto con naturalidad, y entre trago y trago, puso a Eric en antecedentes
    sobre lo que había descubierto gracias a los servicios del detective privado.
  • Lo siento de veras Robert. Eso es siempre una mala noticia, por no
    decir una putada, y entiendo que nos has venido buscando un hombro sobre el
    que llorar, aunque si lo necesitas aquí lo tienes. Dime, ¿cómo te puedo
    ayudar?. –

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