MARTINA17

Tarde del 15 de Julio

Negra Anises​

Si hubieran preguntado a los presentes todos se habrían reído si les hubieran sugerido que aquella hermosa mujer mulata de chandal rosa sentada en un banco del parque acabase de colaborar en un envenenamiento pero a pesar de todo así era. Ella realmente no sentía ninguna lástima por Fermín. Solo Dios sabe qué cosas se le pasaron por la cabeza cuando recibió la oferta ficticia y no quería ni imaginar qué planes tendría para Yago y para ella misma, no obstante estaba aterrada por haber tenido que consumir ella misma la taxina al igual que el ya difunto Fermín y el propio Yago. Joder con Yago, le importaba un camión de mierda de perro envenenarse a si mismo con tal de cargarse a quien lo jodiera. Seguía nerviosa aunque su jefe le había asegurado que con el carbono activado no sucedería nada. Apenas salieron de la finca del muerto se detuvieron cerca de una zona agrícola por la que transcurría una gran acequia para riego con aguas turbias y calmadas, en ella arrojaron todo lo que pudiera incriminarles y vomitaron varias veces antes de continuar su camino, tras eso Yago la llevó a casa y al verla nerviosa la acompañó a su interior. Allí Lizbeth se puso a llorar. Ya no pudo aguantar sus nervios y él la abrazó hasta que estuvo más calmada, le dió varias pastillas de carbono sobrantes para que se las tomara y se sintiera más segura y le preparó una tila. Bebió la infusión tranquilizante mientras Yago le hacía un masaje en los pies para relajarla y mientras sentía las manos del armador sobre su piel llegó a la conclusión de que no lo entendía. Yago era un misterio envuelto en un enigma. No era la primera vez que el acababa con alguien, sin remordimientos, pero a la vez siempre sin crueldad, sin revanchismo ni ansias de venganza. ¿Como ostias era eso posible?. Las manos de su jefe eran amables, sus palabras siempre calmadas, no lo había visto ponerse nervioso ni una sola vez, y jamás lo había oído gritar. Sin embargo era capaz de eliminar a quien se interpusiese en su camino con la misma facilidad con que se quitaría una mota de polvo de su chaqueta.

-¿Me das dos euros para un helado?. La voz de su pequeña hija de 8 años la sacó de la ensoñación en la que se hallaba ensimismada trayendola de nuevo al mundo real

-Bueno, pero solo uno que después no cenas. Revolvió la cartera buscando las monedas cuando su hija de pronto la interrumpió.

-¿Y a él?. Su hija señaló a un niño gitano que espiaba desde detrás de un árbol mientras esperaba a su amiguita. -Es Yeray, es amigo de la escuela, vive aquí al lado- la niña le informó antes de que le diera tiempo a preguntar.

-Está bien, pero mira, son las 7 y media, a las 8 encenderán las farolas del parque, cuando veas las luces vuelve aquí para irnos a casa.

Lizbeth observó cómo su hija y su amigo se dieron la mano dándole la espalda rumbo al puesto del heladero y en ese momento tomó una decisión, Dejaría esa vida y haría que Yago la dejara con ella. No tenía ni idea de cómo lo iba a conseguir, pero sí tenía claro que lo conseguiría. Estaba enamorada de él desde el día que le explico el motivo de su apodo y aunque había intentado sondearlo nunca había conseguido nada, era consciente de que para llegar a Yago tenía que escalar su propio Everest llamado Aldara pero ya no le importaba, antes le parecía imposible y ya había desistido de ello, pero esta vez no sería así. La decisión era firme y si no podía escalar la montaña iba a derribarla.

Yago

-Alexa, pon música-Todos los altavoces de la casa comenzaron a reproducir al unísono un fandango para clavicordio del siglo XVIII compuesto por Antonio Soler para la corte del rey Fernando VI. A Yago le gustaba mucho más la música barroca que la clásica y esta vez Alexa había elegido una de sus obras preferidas. Se descalzó rápidamente y fue a ducharse con ese fandango de ritmo endiablado como banda sonora. Tras la ducha aún desnudo fue a su despacho para ver los correos que las chicas de servicio le habían dejado sobre la mesa como todos los días acostumbraban a hacer. No había nada fuera de lo normal, la típica publicidad de empresas de telecomunicaciones, alguna que otra factura y al final del todo un sobre de color blanco inmaculado con grandes letras cursivas y la imagen de un palacio serografiado en uno de sus laterales. Abrió con cuidado el sobre para ver su contenido y descubrir que era un correo oficial de la presidencia autonómica invitandolos a él y a Aldara a una recepción oficial en el antiguo Palacio Real de La Magdalena con motivo de agasajar a unos empresarios navales japoneses que tenían la intención de abrir en el puerto de Santander una delegación comercial. La cosa iba en serio si se habían tomado las molestias de usar el antiguo palacio de verano de los reyes de España para tal evento, se sentía intrigado, no por el evento en sí, más bien era por las posibilidades que podía abrir que una multinacional como esa se asentara en la bahía de la ciudad y las conexiones que le pudiera proporcionar por lo que antes incluso de dejarlo sobre la mesa ya había decidido que irían. Por desgracia había un problema con nombre de mujer con el que debía lidiar para poder asegurarse que todo saliera bien. Meses antes Aldara había tenido otro aborto que la sumió en un estado que si bien no era de depresión si que era, por así decirlo, de aislamiento personal y no creía que le fuera a gustar la idea de participar en tal evento al que iban a asistir todas las autoridades políticas militares y civiles de la región. Estaba francamente preocupado por Aldara, se negaba a hacerse pruebas o a que el se las hiciera, ella aseguraba que de decirles en las pruebas que sus abortos eran a causa de uno de los dos no podría soportarlo y todo se acabaría en ese momento, debido a ese motivo le pidió más espacio personal y por eso en los últimos tiempos cada uno iba a su aire al menos hasta que ella aclarase sus ideas. Lo último que quería era desestabilizarla, pero por otro lado pensó que tal vez la recepción al ser de pocas horas de duración y darle, aunque brevemente, la posibilidad de relacionarse con otras personas le ayudaría a romper ese cascarón el que se había encerrado.

Al darse cuenta de aún seguía desnudo se puso un pantalón corto de deporte y se preparó un café para tomarlo en el jardín acompañado de sus dos enormes mastines leoneses. Se percató de que inconscientemente había llevado consigo el sobre con las invitaciones y volvía a llevarlo al despacho cuando se encontró con su esposa, la música, de nuevo otro fandango dieciochesco para clavicordio, aunque esta vez de Domenico Scarlatti, le impidió oír el coche de su esposa. Mejor hacerlo cuanto antes” pensó al verla.

-Oh vaya, no sabía que estabas aquí. Agitó el sobre frente a su cara para que su esposa lo viera y se dispuso a hablar con ella. Se que no te va a gustar, pero acabo de ver esto y tenemos que hablar.

-¿Ahora que Yago?. Aldara una pequeña mochila al lado de la puerta y comenzó a descalzarse.-¿No puedes esperar? Fui a la playa con ese amigo del que te hable y después de un buen día nada más entrar en casa me llegas tu con malas noticias.

Yago se sintió intranquilo por las palabras de Aldara, no le importaba que tuviera amigos o amigas de cualquier sexo u orientación sexual pero enterarse de que había ido con él a la playa sin avisarlo le hizo sentirse nervioso, por un lado se alegraba de que volviera a relacionarse con alguien, por otro lado que ese alguien fuera un hombre le hacía sentirse inseguro y más teniendo en cuenta lo llamativa que ella era y la poca ropa que solía llevar cuando iban tostarse a un arenal.-Hemmmm bueno, es que llegó esto- Le tendió el sobre decidiendo obviar la noticia recién recibida de la playa y esperó a que ella inspeccionase su contenido.

-Vale, iremos, llevo mucho encerrada y en esos sitios no tendré que relacionarme con nadie más allá de lo que dicta el protocolo, pero por favor, no me hagas más encerronas de estás. Ahora déjame ir a ducharme y a dormir, estoy cansada.

Yago quería abrazarla besarla y acompañarla en la ducha, pero la conocía muy bien, desde el aborto ella se había vuelto distante por lo que no hizo nada, solo se limito a observarla camino a la ducha pensando que esta noche le tocaba hacerse otra triste paja igual que en los últimos meses salvo aquella noche en que ella creía que él estaba dormido.

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