ALLTEUS

Capítulo tercero: Ya están aquí

El timbre.

Nos miramos.

-Ya están aquí- proclama, como si yo no hubiera entendido qué significa ese timbrazo.

Veo en su rostro la emoción. ¿El reencuentro con su hermana? Claro… puede ser… pero hay un algo que indica que va más allá del amor fraterno.

Caminamos hacia la puerta de entrada, ella con pasitos cortos y acelerados, yo con más reposo pero también con zancada mucho más larga. Llegamos al mismo tiempo, pero ella se apresta a girar la maneta de la puerta de entrada para dar lugar de inmediato a unos grititos de alegría.

El abrazo en que se enlazan es de gran fuerza. Y de gran belleza. Sus voces se amontonan y mezclan, entre expresiones de afecto en la que la frase más inteligible es un “qué ganas tenía de abrazarte” que Rocío le dice varias veces a Lola. Efectivamente, son sevillanas, y sus expresiones a veces algo exageradas, emitidas acompañadas de grititos alegres, tan poco castellanas, me encantan.

Aunque han hablado varias veces al día durante el confinamiento, aunque esas conversaciones telefónicas se han extendido durante horas, seguidas unas de las otras a lo largo de los días, han acusado la ausencia de contacto físico directo, sobre todo después de lo que vivimos en el último encuentro.

Carlos y yo, mucho menos efusivos, nos abrazamos también brevemente, nos palmeamos un par de veces la espalda y quedamos allí, expectantes, esperando a que las hermanas deshagan su lazo.

Observo los gestos y acciones del momento.

Cuando finalmente Lola y Rocío se separan observo en ambas una mirada cómplice, acompañada de la sonrisa más pícara posible. Aunque veo a ambas, centro la mirada por un instante en Rocío que, después de esa mirada de inteligencia con su hermana, mira a Carlos al tiempo que, creo de forma inconsciente, pasa muy deprisa, y sin que sea apenas perceptible, la puntita de su lengua por los labios teñidos de rojo rubí…

Miro a Lola, que avanza hacia mí el par de pasos que nos separan. También me sonríe con los ojos brillantes… Una ojeada completa a su atuendo. Viste casual, tejanos y blusa de manga larga. El cabello castaño, al mismo tono que su hermana, ondulado y perfectamente cuidado.

El cabello es una de las grandes imposturas del maquillaje femenino. Las he visto, en todos estos años, rubias, morenas, castañas, multicolores a mechas… Resulta mágico, para mí, ese poder de variación que tienen las mujeres sobre una parte tan importante de su apariencia.

Sonrío al percibir algunos detalles que me sugieren con claridad que la performance de hoy está acordada entre las dos hermanas.
Puntitos rojo rubí en las orejas, zapatos de tacón altísimos, calculo 9 centímetros, de color rojo, uñas de las manos del mismo tono, labios de ese Rojo Tiziano incomparable…

Y el botón de sus pezones desnudos apretando la tela de la blusa…

Nos abrazamos. Somos ambos conscientes del valor de este abrazo… Lo mantenemos por más tiempo del que convencionalmente es normal en los saludos familiares, y al hacerlo noto sus pezones, duros, dos cilindros más largos de lo habitual en otros pechos, rozando el mío a través de la tela…

Pero, sobre todo, me inunda el olor de su perfume. Me lleno los sentidos con ese olor que me causa una reacción de deseo inmediata… No es casual, estoy convencido, y ese detalle se suma a los otros que he observado para acabar de imaginarme algo que las hermanas han preparado. Dicen que cada persona proporciona a cada perfume un algo especial diferente, único. Dicen que en cada piel el olor cambia, sin que existan dos olores idénticos en dos pieles distintas. No lo creo. Las dos huelen de esa forma que despierta en mi cuerpo una inmediata excitación, un deseo sexual incontenible, desbordante, lujurioso, lleno de exigencias de satisfacción inmediata.

Froto mis manos por su espalda y ella hace lo mismo con la mía, enlazada a mi cintura y respondiendo a la caricia con suavidad. Siento su delgadez apretada contra mi cuerpo, y rodeo del todo su espalda con mis brazos. Me sobran brazos para abarcarla entera en su delgadez. Cuando nos separamos deslizo lentamente las manos por su espalda, verifico que debajo de esa blusa nada le cubre la piel y me detengo, con una mano a cada uno de sus costados, como si quisiera construir con mis dedos una pulsera alrededor de su cintura.

Un talle juncal que permanece allí, entre mis manos, sin ninguna resistencia. Al contrario, veo en su mirada que se siente complacida mientras con sus labios, rojísimos, me sonríe alegremente.

No he podido ver, concentrado como estaba en nuestro abrazo, el momento de Carlos y Rocío.

Imagino que similar, lleno de morbosas sensaciones entre dos cuerpos cargados de deseo.

Veo a Carlos azorado. Seguramente ha tenido con Rocío las mismas emociones que yo he tenido con su mujer.

Hasta que recupera un poco de aplomo, no me mira a los ojos.

Mientras, las dos hermanas se toman de la mano y se alejan hacia el interior, pero a diferencia de otras muchas veces no se dirigen al salón, al comedor o a la cocina. Toman la escalera de subida a las habitaciones, y se pierden de nuestra vista entre risitas y expresiones alegres, enredadas en quién sabe qué tema de conversación.
-¿Vino, cerveza, vermut?- le pregunto a Carlos mientras, nosotros sí, nos dirigimos a la zona de sofás del salón.

-¿Ribera?
-¡Claro!

-Vino, entonces.

Me acerco a la mesa del comedor para alcanzar dos copas de vino de la mesa y una de las dos botellas abiertas. Vuelvo al salón y me siento en el sofá libre, enfrente de Carlos, que ya está instalado en el otro.

Siempre me ha resultado cómodo conversar con Carlos. Tal vez por la diferencia de edad, o por su carácter, más introvertido que el mío. Quizás por su profesión, más científica que la mía, menos dada a explicaciones prolijas o argumentaciones retorcidas, tan abundantes en cambio en mi vida profesional.

Nos comentamos con tranquilidad las novedades de nuestra ciudad, los dimes y diretes del periodo de pandemia, desde las decisiones municipales, autonómicas o estatales a las anécdotas más diversas que por redes sociales o contactos personales nos han ido llegando. Un breve inventario de decesos, para constatar lo que ambos sabemos: aunque conocemos a algunas personas que han padecido la enfermedad, por suerte ninguna de ellas tan cercana como para dañarnos gravemente…

Seguimos después por los avatares profesionales. Su empresa, mi despacho…

-Nosotros ¡parece mentira! Estamos en fase de trabajo brutal –me dice- es como si todas las empresas clientes hubieran querido, en este tiempo, centrar su atención en la reordenación de sus procesos.

-Menos mal que Loli no ha tenido que acudir al Banco, porque no hubiéramos sabido que hacer con tanta actividad y con el niño en casa- continúa.
-¿Y vosotros?- me interroga.

Le comento las disposiciones que ha habido sobre cese de la actividad judicial, el parón de los asuntos ordinarios, la previsible inmediata activación de los plazos procesales suspendidos…

No. Rocío tampoco ha tenido que acudir a clases, aunque a veces casi lo preferiría, porque ella ha estado en contacto permanente con la bruja madre –así llamamos en la intimidad a la directora del colegio de monjas- y con las alumnas.

Todo menos hablar del “asunto”. Los hombres hablamos poco de estas cosas cuando suceden. Hay una multitud de entendimientos tácitos que cambiarían de contenido, o al menos de talante, si se verbalizaran.

Es nuestra primera conversación desde “lo sucedido”, y ninguno de los dos queremos hablarlo, dejando que discurra por los mismos, idénticos, cauces que otras muchas a lo largo de los años… nuestras noticias pueblerinas de capital de provincia, nuestras ocupaciones profesionales… nada más.

La disposición de los sofás, uno frente al otro y separados en espacio generoso, con una mesita baja y alargada de café entre ambos, nos permite una posición relajada, de piernas cruzadas y espalda recostada hacia atrás, con la copa de vino en la mano y sin ninguna prisa.

-Menos mal que he abierto las dos botellas- me reconozco y felicito internamente, pues ya anda más que mediada la primera. Las mujeres se demoran, como casi siempre que se acicalan y quieren estar maravillosas, perdiendo la conciencia del tiempo.

No me sorprendo al verlas bajar.

Aparecen en el salón con expresión pícara y divertida, a sabiendas del mensaje que introducen en el juego.

No son dos gotas de agua, ni mucho menos.

Llevan el cabello con un corte parecido, pelo negro ondulado y suelto, en un peinado del mismo estilo…

Se igualan en altura. Los zapatos, rojos, que calza Loli compensan la diferencia de estatura de ambas hermanas, haciendo que sus ojos queden casi a la misma altura, frente a nosotros.

Más detalles nos proclaman su voluntad de aparecer con las máximas identidades: uñas rojas, pendientes rojos, estrechos anillos rojos en el dedo anular escoltando a ambos lados las alianzas matrimoniales…

Labios perfilados con la misma forma y en el mismo tono rojo vivo y llamativo…

El cheongsam que visten es idéntico. Pero ofrecen una imagen diferente. Las formas más completas de Rocío, formas de mujer más hecha en las caderas y en el busto, llenan el vestido de forma diferente a su hermana. Su cuerpo es más insinuante, sin dejar de lucir con una elegancia que en ella es natural, parece estar más ofrecido al contacto.

En Lola el vestido se ajusta al cuerpo con menos redondez de formas, pero también permitiendo el lucimiento de su talle realmente mínimo. Ayudado por el efecto que en el cuerpo femenino causan unos altísimos tacones, por detrás su culito aparece respingón. Su cuerpo parece estar más ofrecido a la contemplación.

Ríen, divertidas, por su provocadora travesura. Aparecen allí, ante nosotros, y observan mientras ríen la reacción de sus maridos ante su juego, sin perderse ni un detalle.

No es la primera vez, en realidad, que juegan de esta forma.

En más de una ocasión, en celebraciones familiares, en periodos vacacionales o en fiestas, han jugado a vestirse de forma parecida, incluso con prendas iguales, como hoy, sorprendiendo a los demás y bajo el lema “que se note que somos hermanas”.

Pero hoy no es lo mismo.

Hoy el mensaje es otro. Al menos yo lo recibo así. Será mi condición de castellano con cierta afición por la Historia, pero el que me alcanza es más bien un “tanto monta…”

Veo por el rabillo del ojo la sorpresa en el rostro de Carlos. Por la cara que pone deduzco que a él su mujer tampoco le había dicho nada sobre lo que su hermana y ella preparaban.

Silbo la consigna clásica que expresa admiración por una mujer.

-¡Uf!- añado- creo que ahora no voy a poder levantarme en un buen rato sin llamar la atención.

Risas generalizadas y un acercamiento hacia nosotros, cada una a su marido, para tomarnos de la mano y hacer giros exhibicionistas frente a nosotros, dejándonos verlas desde todas las perspectivas y, al final, colocar un pie cada una sobre la arista de la mesa de café, con gesto provocativo que incluye el ofrecimiento a nuestros ojos de una generosa desnudez de sus piernas.

Me levanto para plantarme frente a Rocío, en clara disposición de abrazo. Ciño con mis brazos su cintura mientras ella coloca sus brazos alrededor de mi cuello y, en un movimiento que sabe que siempre me enardece, primero acerca su pecho al mío y me roza, haciendo una ola con todo su cuerpo para que el roce iniciado en aquel punto se traslade hacia abajo, al vientre primero, a la pelvis después, finalmente a los muslos, para acabarlo subiéndose de puntillas al tiempo que presiona mi verga con el bajo vientre, con el monte de venus apretándose contra mi cuerpo, despertando sensaciones que sólo ella sabe provocar.

No veo a Carlos y Lola, pero oigo un breve acezo de él que directamente asociaría, si debiera asociarlo a algo, a una caricia directa en el cipote. Y debe ser eso, una caricia por encima de la tela, porque un bulto acusón es perfectamente visible en los pantalones de Carlos cuando avanzamos hacia el comedor…

Un comentario sobre “Dos hermanas (3)

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