SOMBRA

Capítulo 5

Las intenciones de Sven Heimandall de viajar a la Isla Negra y saquearla se habían extendido millas y millas a la redonda, y cada día llegaba más gente procedente de distintas ciudades de las tierras del Norte, deseando partir a la Isla Negra y acabar con los isleños que veneraban a un Dios diferente a los suyos. Guerreros, comerciantes, y condes; las calles estaban llenas a todas horas, y en el puerto apenas cabían más barcos.

Cada noche el salón de la condesa se llenaba de multitud, que, bebiendo cerveza de sus cuernos, compartían anécdotas de viajes anteriores.

Aquella velada, sentada en la esquina de la habitación, Kendra se dedicó a mirar a la gente durante lo que pareció una eternidad. Removía la cerveza de su cuenco, sin ganas de tomar más, mientras analizaba todo a su alrededor.

– ¿Disfrutas de la fiesta?- Vitcen se le sentó al lado, tomando un largo trago de su cerveza. Las muchachas que pasaban por delante suya le lanzaban miradas lascivas continuamente, y él les respondió con una sonrisa provocativa antes de girarse hacia su hermana, que acababa de golpearle en el brazo.

– No te puedes controlar, ¿eh?- le recriminó ella, y él se encogió de hombros con una risita.

– No puedo evitarlo, hermanita, me gustan las mujeres- su mirada perdió la diversión cuando se posó sobre su hermano mayor.

Kendra dirigió su mirada hacia donde él señalaba. Sven, vestido con una elegante piel de oso, se encontraba en aquel momento rodeado de gente, mientras hablaba y gesticulaba con las manos, narrando lo que parecía una interesante historia. Era un muchacho alto y fornido, de hombros anchos y cabellos rubios, en aquel momento, bajo la luz de las antorchas, parecía aún más grande y aterrador.

– Parece tener muchos seguidores- comentó con voz agria.

– Es bueno que consiga aliados para el viaje- la joven respondió casi mecánicamente.

– Sí.  Sería bueno también que controlase un poco el poder que se le está subiendo a la cabeza.

Kendra sabía que por un lado, Vitcen tenía razón. Desde que la gente había comenzado a llegar a Asquidia, dispuestos a acompañar al mayor de los hijos de Håkon a la Isla Negra, la actitud de Sven había cambiado, convirtiéndolo en alguien con una percepción de sí mismo superior a los demás.

Ya apenas estaba con ellos, siempre ocupado con los preparativos del viaje y sus reuniones con los aliados.

En aquel momento la atención se centró en Yvette, quien, con paso lento, caminaba entre la multitud en dirección a su trono. Iba vestida con ropas elegantes, y, sin embargo, perfectamente útiles para salir al campo de batalla en cualquier momento. Su cabello platino, recogido en una coleta adornada con hilos y perlas, relucía sobre la curtida piel, señal de los años que había pasado trabajando bajo el sol antes de convertirse en condesa.

 Sabía que Aasta le estaba observando con atención desde su trono, y, tal vez por eso, dedicó más tiempo de lo normal a saludar a los guerreros antes de tomar asiento en uno de los asientos junto al de la reina.

– Y, por supuesto, Yvette también siente que retoma su poder- murmuró él, bebiéndose de un trago el resto de bebida que le quedaba. Kendra le tendió su vaso, el cual su hermano agarró sin rechistar.

– Después del viaje a la Isla Negra las cosas se calmarán- le respondió ella, levantándose de su asiento.- Voy a tomar un poco el aire.

Dio un paseo por el vacío exterior; a aquellas horas de la noche, las calles estaban prácticamente vacías. La luna era apenas visible detrás de las nubes, sin embargo, las zonas de cielo despejadas se mostraban plagadas de brillantes estrellas.

Supo identificar el cuerpo estirado en el suelo sin necesidad de verle la cara, y se acercó a él con rapidez, preocupada.

– Egon, ¿estás bien?

Él alzó la mirada hacia su hermana. Sus ojos estaban rojos, cosidos de amargura. Por un instante Kendra pudo ver en su interior, como si se sumergiese en un profundo túnel oscuro. El muchacho tomó otro sorbo de bebida, dejando claro que llevaba muchísimos más de antemano.

– Desearía… desearía no estar tan enfadado todo el tiempo- lanzó la copa lejos, derramando el alcohol por el suelo, y soltó un gemido que heló la sangre de la joven.- Desearía que parase de una vez.

Tras eso quedó tan en silencio que Kendra creyó que se habría desmayado. Se agachó junto a él con lentitud, acercando la mano a su empapado rostro.

– Deberías alejarte- murmuró, haciendo que ella diese un respingo.- Soy incontrolable, impredecible.

– Sé que no me dañarás.

– ¿Cómo lo sabes?- Egon entreabrió los ojos.- Ni yo lo sé. Podría… podría simplemente lanzarte un hacha. O una flecha, o… hacerlo con mis propias manos. Podría hacerlo en cualquier momento…

Sin dejarse aterrorizar por sus palabras, continuó acercando la mano, hasta colocarla en su mejilla. Se arrodilló en el húmedo suelo, y llevó su segunda mano a su nuca, obligándolo a alzar la cabeza hacia ella.

– Confío en ti, hermano- le susurré.- Todos te temen, pero no yo. Veo en ti más de lo que muestras, y sé que nunca me harías daño. La gente podría llegar a amarte, si…

Una risa escapó de sus labios mientras negaba con la cabeza.

– Nadie podría amarme, mírame. ¡Soy un tullido!

– Eres más que eso. Podrías ser mucho más, podrías ser amado. Lo sé.

Otro gemido escapó de sus labios, y cerró los ojos, apoyando la cabeza contra el poste con una mueca de dolor.

 – Habla conmigo. Sólo tienes que hablarme, y el dolor desaparecerá…

– Toda mi vida ha sido una guerra. Una guerra contra mí mismo. Una continua tortura, viviendo en las sombras… Ya no sé cómo ser diferente, no sé cómo controlarlo.

– Ahora lo estás haciendo, ¿te das cuenta?

Con un suspiro, cerró los ojos. Algo en el interior de la muchacha se rompió cuando vio a su hermano desmoronarse. Sus labios temblaron, y los ojos se le llenaron de lágrimas, al tiempo que contraía el rostro en un intento de contener un sollozo.

– Está bien, Egon- le susurró ella, cogiéndolo por la parte trasera del cuello. Él gritó, gastando todo el oxígeno de sus pulmones, y agarró a la joven por la espalda, uniéndose a ella en una especie de abrazo doloroso.

Kendra lo dejó llorar, sabiendo que eso era lo que el muchacho necesitaba en aquel momento; dejarse llevar, vaciarse por completo.

***

A la mañana siguiente la muchacha se despertó con la cabeza palpitante, como si le hubiesen dado un hachazo; tuvo que darse un helado baño en el río antes de poder caminar con normalidad. Dejó la aldea atrás y se adentró en el bosque, dirección a la cabaña de Fastulf, el mejor constructor del barcos de todo el norte.

Desde lo lejos divisó a una mujer de largos cabellos dorados, agachada en el suelo mientras manipulaba unas ramas que ardían poco a poco. Se volvió hacia Kendra en cuanto la escuchó llegar, dedicándole una sonrisa y acercándose a abrazarla.

– ¿Qué tal, Kendra?

Su nombre era Hazel, era la mujer de Fastulf desde hacía unos años. Nunca faltaba una sonrisa en sus labios, a pesar de que esta se apagase un poco tiempo atrás, cuando su pequeña hija murió con tres años, presa de una horrible fiebre.

– ¿Está Fastulf…? Deseaba hablar con él.

– Está pescando, supongo que no tardará mucho en llegar…

– Hola, Kendra- Daven acababa de asomarse por la puerta, dedicándole una sonrisa mientras miraba alrededor.

– No están mis hermanos- le tranquilizó ella, sintiendo como el color se le subía a las mejillas. No había vuelto a hablar con el muchacho desde que sus hermanos le humillaron frente a él, y temía cuál sería su reacción.- ¿Podemos caminar un rato?

– ¿Hazel?- Daven le pidió permiso, y ella asintió, sonriendo mientras observaba a la pareja alejarse. La mujer siempre había tenido ese impulso maternal, primero con Kendra cuando ella llegó a Asquidia, y después con Daven, quién se instaló en su casa, convirtiéndose, más que en un discípulo, en un componente de la familia.

– He oído que vienes al viaje a la Isla Negra- comentó él después de un silencio. Se habían alejado un poco de la cabaña, subiendo ladera arriba hasta llegar a un saliente rocoso.

 Kendra asintió con la cabeza, sentándose junto a él sobre una de las anchas piedras. Daven, tratándose del aprendiz de Fastulf, viajaría también, como era de esperar.

– ¿Estás emocionada?

– Mucho, es la primera vez que voy a salir de Asquidia- Kendra dirigió la mirada hacia el horizonte. Desde aquel alto podía divisar el mar abierto, bravo sobre las altas montañas en las que la nieve estaba ya casi derretida, a causa de la subida de temperaturas del verano.

Asquidia había prosperado mucho con el paso de los años. Era una ancha y bien abrigada bahía, donde la tierra se extendía verde hasta el mismo borde de las aguas, en las que siempre resonaban los chillidos de patos, gansos, gaviotas, y todo tipo de aves. La vegetación crecía salvaje en la parte sur del lugar, incluso llegando a subsistir pequeños bosquecillos por los que los pájaros volaban y las ardillas trepaban. Estaba en contacto con otras tres tierras, por el norte, por el este, y por el sur, pero Kendra nunca había estado en ninguna de ellas.

Escuchó a Daven suspirar levemente y, cuando se giró hacia él, se topó con que sus oscuros ojos le miraban con atención. El muchacho tenía el pelo negro liso y la piel aceitunada; una atractiva cicatriz rompía con toda perfección de su rostro.

– Sé que eres una buena guerrera, pero ten cuidado. No me gustaría que me dijesen que has muerto.

La muchacha sonrió, conmovida por la preocupación del joven.

– Volveré viva, te lo aseguro. Mis hermanos se ocuparán de ello.

– De eso no me cabe duda.

Volvieron a quedarse en silencio, incapaces de separar sus miradas. Entonces la mano de Kendra se desplazó hacia arriba, hasta su rostro; casi sin darse cuenta, sus dedos acariciaban la marca de su frente.

– ¿Cómo te la hiciste?- susurró ella, sintiendo la piel del muchacho arder bajo las yemas de sus dedos.

– Una pelea con mi hermano- respondió él también en un susurro, acercando su rostro al de la joven.

– No sabía que tuvieses hermanos…

Los labios de ambos se encontraban a menos de cinco centímetros cuando el grito de Hazel les hizo brincar en su sitio, separándose como si uno de ellos hubiese contraído la peste.

– ¡Fastulf ha llegado, niños!

Ninguno de los dos fue capaz de articular palabra en el viaje de vuelta. Kendra miraba hacia adelante intentando evitar que el color se le subiese a las mejillas, mientras que Daven jugaba con sus manos, no sabiendo donde colocarlas para que estas no rozasen con las de la joven mientras caminaban por un estrecho sendero.

Cuando llegaron a la casita, Fastulf cargaba una cesta con pescado húmedo, recién atrapado con lanza. La dejó en una esquina, e hizo una reverencia, soltando una risita mientras la observaba.

– ¿A qué se debe tu visita, querida?

El hombre nunca había ocultado el cariño que le tenía a la muchacha. Se habían hecho muy amigos desde que la joven era una cría; Fastulf había sido, en gran parte, quien encendió en ella la llama de la curiosidad hacia las antiguas historias.

Recordaba con cariño cómo Aasta los llevaba a Egon y a ella hasta la casita de Fastulf, sentados en la carretilla en la que transportaban al muchacho. Solía oler a madera y a pescado recién salido del mar; el hombre se pasaba horas tallando su madera mientras narraba a aquellos dos niños curiosos todas las leyendas sobre Dioses que conocía.

– Se me ha ocurrido una pequeña idea… y necesito tu ayuda.

Fastulf volvió a soltar una risita. Llevaba los ojos pintados de negro, dándole una extraña apariencia; dos rayas del mismo color descendían por sus mejillas hasta la altura de sus comisuras.

En cuanto escuchó la explicación de Kendra el hombre comenzó a reír, aplaudiendo en el aire con emoción. Hazel, que atendía la conversación mientras raspaba las escamas de los pescados con un cuchillo, también asintió, complacida.

– Creo que se me ha ocurrido algo…- le agarró el brazo, tirando de ella hacia su taller.- ¡Vamos, Daven, tenemos trabajo que hacer!

Si Fastulf notó la incomodidad que se cernía entre ambos muchachos, no lo mostró. Comenzó a bailar de un lado al otro del taller, descolgando de la pared utensilios mientras les explicaba cómo pretendía llevar a cabo la construcción.

A pesar de que todas las acciones del hombre solían emanar energía a raudales, Kendra nunca lo había visto tan entusiasmado como en aquel momento; Fastulf caminaba de una lado para el otro de su taller, desplazando la madera de un lado al otro mientras dictaba a Daven lo que debía hacer.

– Fastulf…- Kendra lo observó cortando madera. – No le digas a Egon que ha sido idea mía. Por favor.

– Le gustará saberlo- le hizo un gesto a su pupilo para que le acercase una tabla de madera, y él corrió a obedecer.

– No lo creo.

– Mmm- hizo un gesto con la mano.- Como gustes.

– ¿Para cuándo estará listo?

– Mañana. ¡Trabajaremos toda la noche, si es necesario! Me pregunto cómo no se me había ocurrido a mí…

***

La choza del hechicero siempre estaba a oscuras, pues el anciano, aun siendo ciego, podía ver. Alzó la cabeza cuando escuchó al muchacho entrar, y una sonrisa se extendió por sus arrugados labios. Se encontraba sentado en un taburete en la esquina de la habitación, y Sven tuvo que esquivar varios huesos que colgaban del techo antes de llegar hasta él y sentarse a sus pies.

Su nombre era Ravn, un hombre que había vivido durante más de cien inviernos, pero al que lo Dioses aún no invitaban a sus grandes salones. Llevaba en Asquidia desde mucho antes de que Håkon fuese rey, por lo que Sven había oído hablar sobre él desde que era un niño, a pesar de no comenzar a utilizar sus servicios hasta después de que su padre desapareciese.

Sin que el muchacho le dijese nada, el anciano cogió un haz de finas varillas blancas, todas del tamaño de su mano, y, tras murmurar una oración a los Dioses, las soltó al suelo. Repiquetearon en el suelo al caer, y entonces Ravn se inclinó hacia delante para ver el dibujo que habían conformado. Decían que sus ojos sólo tenían capacidad para ver las runas; a pesar de que sus ojos fuesen completamente blancos, nunca fallaba en sus predicciones como vidente.

– ¿Y bien?- preguntó Sven con importancia.- ¿Ves algo?

Ravn hizo caso omiso de Sven, y se dedicó en cambio a examinar la veintena de palillos, intentando ver en ellos un dibujo significativo. Murmuró algo para sí, y después asintió, alzando la cabeza.

– Veo una joven muchacha de cabellos cortados y ojos azules, sangre de tu sangre…- los párpados del hombre temblaron.- La veo sentada en el trono del rey.

Sven se echó hacia atrás, aturdido. Había esperado una visión sobre su viaje a la Isla Negra, una pista de si sus incursiones serían exitosas… Y no aquello.

– ¿Una muchacha de cabellos cortos?

– Ojos cosidos de dolor y esperanza. Una muchacha…

– Eso no es posible, tienes que estar equivocado.

El anciano soltó una carcajada, y las calaveras que colgaban de su techo temblaron, chocando entre ellas.

– Los Dioses no se equivocan, muchacho.

El muchacho se puso en pie, molesto.

– No se te ocurra hablarle a nadie sobre esto, hechicero.

El muchacho abandonó la habitación con el rostro frío y los puños apretados.

****

Egon sonreía con tanta intensidad cuando Kendra se lo encontró a la mañana siguiente, que supo con certeza que Fastulf debía de haber acabado la construcción.

– Ven conmigo- le dijo, tan emocionado como un niño cuando recibe su primera espada.- Hay algo que quiero mostrarte.

Kendra lo siguió entre los árboles mientras él gateaba, valiéndose de las raíces que sobresalían de la tierra para tomar impulso y avanzar.

 – Con esto seré capaz de batallar- susurró. Kendra admiró el transporte que tenía delante, realmente complacida.

Fastulf y Daven habían hecho un estupendo trabajo. Habían construido un carro reforzado con metal, montado sobre unas ruedas que permitían tomar una alta velocidad cuando un caballo tiraba de ellas. Un hermoso animal de color blanco pastaba en la hierba, atado con arneses al carro, esperando a que alguien le diese la orden de tirar.

– Es magnífico- dijo, acariciando el lomo del animal.- ¿Lo has probado?

– Por supuesto que sí, pero ahora quiero probarlo contigo.

Kendra montó al carro mientras Egon agarraba las riendas, ordenando al caballo que comenzase a galopar. Su rostro era una perfecta imagen de lo que era la absoluta felicidad, la ilusión de haber obtenido lo que nunca había podido tener.

Kendra se agarró al borde del carro mientras su hermano aumentaba la velocidad, gritando a todo pulmón mientras avanzaba entre los árboles.

Después del movidito paseo con Egon- su hermano necesitaba aprender a coger las curvas con aquel cacharro si no quería acabar cayendo por un precipicio- Kendra se adentró en el bosque con su bolsa de piel colgando del cinturón, seleccionando y recogiendo plantas medicinales. Al volver a la aldea fue pasando por diferentes casas, siendo recibida con una amplia sonrisa cada vez que iba a visitar a algún enfermo.

Desde que había aprendido a utilizar algunas de las hierbas que encontraba en el campo para sanar heridas y algunos tipos de enfermedades, tenía por costumbre acompañar a los enfermos de la aldea junto a sus lechos, alegrándose cuando los veía mejorar.

Al principio a sus hermanos no les había hecho mucha gracia que la hija de una reina se dedicase a aquello, pero al final tuvieron que acabar dejándola, pues lo hacía igualmente, escapándose cuando no le veían.

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