ALEJANDRA PINEDA MATAS

Miré mi reloj de pulso, no eran ni las siete de la tarde y ya había oscurecido, eché un rápido vistazo por la ventana del microbús y como siempre, no había nadie en la esquina en que me iba a bajar. Esperé sola a que el semáforo se pusiese en rojo y logré llegar al camellón, ahora el verdadero problema: caminar por donde estaba todo inundado y soportar que los carros me chispeasen o tomar la calle que no me atrevía adentrar. Me animé dándome rápidas y cálidas caricias en el brazo derecho, no sé si fue el frío de octubre o mi miedo lo que me causó escalofríos, pero me decidí por la segunda opción.

Bien, iba bien, todo seguía igual desde la última vez, que como cosa normal, de día pasé. Vi las fábricas, una en funcionamiento a mi izquierda y otra abandonada a mi derecha, la abandonada, ya no lucía tan tranquila ya de noche, me limité a observar, y caminé más de prisa. Los ruidos de los compresores y extractores, y unas cuantas luces industriales, me dejaron avanzar un poco más confiada, pero eso no me iba a evitar llegar a donde no quería llegar. Diecisiete pasos más y estaría en su tumba. Bueno, así lo sentía yo. Aquella pared sin pintar, donde cada bloque gris fue testigo de sus últimos instantes en este plano, y esa cama de zacate mojado donde fue encontrado su cuerpo sin vida, seguían ahí como profanado cementerio.

Seguí caminando, siempre observando ese cuadro, nunca supe si fue una mujer joven o madura, si era una estudiante o una sexo trabajadora, si dejó hijos huérfanos o desconsolado al amor de su vida. Sólo estaba en mi mente la fotografía, la de la muerta del periódico, donde no aparecía ninguna muerta, pero sí el nombre de esa calle, la sangre salpicada, y su ropa rota después de ultrajada.

Había llegado ahí, al lugar exacto de su urbano y olvidado nicho, inmóvil…me percaté de mi realidad. No podía salir de ahí. Las lluvias de otoño habían también inundado el final de la calle, y no sé, de pronto me sentí atrapada a espacio abierto. Miré hacia arriba como pidiendo socorro a la luna y sólo terminé decepcionada cuando vi su reflejo en el agua estancada. Me giré, pensé retornarme y tomar entonces otra calle o estaba la opción de indignarme, atravesar los charcos de agua fría y pisar el fangoso lodo, y en mi confusión estaba cuando un auto llegó, oh no, lo que me faltaba, lidiar con un acosador.

Entre la noche, el frío y la halloweenezca luna, entre asesinato, violación y un espíritu sin descanso, mi panorama no era alentador. Apreté más fuerte por inercia el asa de mi lonchera y por instinto intentaba encontrar mi celular, pero el ruido de un vidrio ahumado bajándose me ganó.

-¿Quieres que te lleve? Eso me dijo una castaña y regordeta mujer, que en su blusón blanco portaba un gafete.

Claro, una Caravan, también son conducidas por mujeres buenas, cómo no lo pensé.

Y así, mi fantasma amiga, me evitó salir en la siguiente edición del diario local, no fui una muerta más, otra muerta en el periódico.

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