FERNANDO

El edificio donde vivía no es que fuese nada del otro mundo, era una torre de diez pisos y yo vivía en el último, lo único que tenia de bueno ese piso eran las vistas. Situado en una zona alta de un barrio de Madrid, ofrecía una panorámica de la ciudad y de la sierra de Guadarrama que era imposible no admirar. En verano era de obligado cumplimiento el cenar en la terraza con la brisa de la noche y viendo algún programa de televisión mientras me quedaba dormido con el frescor nocturno. Pero esa casa tenía una pega y es que la compramos entre mi mujer y yo, pero a los diez años de casados un cáncer de páncreas muy agresivo se la llevó de mi lado en algo más de cuatro meses. Miles de recuerdos se escondían en cada recoveco de esa casa y aunque en alguna ocasión me propuse venderla, nunca llegué a hacerlo por la carga sentimental que tenía para mí.

Aunque esa torre tenía diez plantas, éramos solo 20 vecinos. La mayoría, matrimonios mayores otros algo más jóvenes y algunos pisos de estudiantes. Vivían allí prácticamente desde que compramos la casa y nos instalamos en ella mi mujer y yo. Nos conocíamos hacia muchos, muchos años y aunque con algunos roces, la convivencia era buena. Mas o menos ya conocéis donde vivo, yo me llamo Alfonso, tengo 50 años y como ya os he contado soy viudo. Soy bastante normalito aunque me gusta cuidarme, voy al gimnasio habitualmente no solo para mantenerme en forma, también para ver los cuerpazos de algunas jovencitas que se pasean marcando su cuerpo sin vergüenza. Muchas noches salgo con unos calentones brutales.

Tengo un negocio de fontanería, que sin ser una pasada si me da para vivir muy bien. Desde que murió mi mujer no he vuelto a tener una compañera, si acaso algún “rollete” pero nada del otro mundo y no es que me considere feo, soy muy normalito, simpático y se ganarme la simpatía de la gente que me rodea. Todos en esa torre sabían a lo que me dedicaba y aunque tenía mi tienda una calle más arriba, el boca a boca y mi forma de trabajar me trajeron muchos clientes, con lo que el trabajo no me faltaba.

Pero nos vamos a centrar en la vecina que vive frente a mí. Se llama Julia y tiene una niña de ocho años que es una preciosidad y se llama Noelia. Cuando ella y su marido o pareja vinieron a vivir a nuestro edificio, ella ya estaba embarazada de Noelia, era una joven muy guapa y aunque su embarazo estaba muy avanzado se la veía que tenía un cuerpazo increíble. Su pareja a primera vista no me gustó mucho, lo veía demasiado prepotente, narcisista, pijo y un petulante insufrible, no así Julia que era un encanto de mujer.

Fue inevitable que se enterasen que era fontanero y les hiciese algunos arreglos y eso me ayudó a conocer algo más a Julia y enterarme que no estaban casados, que la familia de él estaba podrida de dinero pero que la había dejado embarazada y en un acto de “rebeldía” él se había enfrentado a sus padres y se habían ido a vivir juntos su amor. Mientras, Julia se había criado en una familia humilde, sus padres trabajaban, en su casa no faltaba el cariño y el amor de sus progenitores. No les hizo ninguna gracia que se quedase embarazada, pero respetaron su decisión de irse a vivir con su pareja y criar al bebé que nacería en breve.

Pobre mía, no se lo quise decir en esos momentos, pero a mi parecer esa unión no duraría mucho. Ese hombre, por llamarlo de alguna manera, no se acostumbraría a vivir una vida de trabajo y esfuerzo sacando a su familia adelante, cuando toda su vida se lo habían dado todo hecho. Todo fue bien, más o menos, hasta que nació Noelia. Los siguientes dos años fueron un martirio para Julia que aunque intentaba mantener a su familia unida, ese desgraciado solo hacía que hundirla moralmente con sus broncas continuas y sus desplantes hasta que a los dos años de haber nacido la pequeña un día salió de casa por la mañana y desapareció dejando a su pareja y su hija solas en la vida.

Creo que nunca he visto a una persona luchar de la manera como lo hizo ella para sacar a su hija y su casa adelante. No le fue fácil encontrar trabajo y fue más difícil aun, cuando se enteraban de que era madre soltera y tenía una niña de tan corta edad. Pero ella no cejó en su empeño y al final encontró trabajo en una tienda de moda que estaba relativamente cerca de donde vivíamos.

En un principio los padres de ella se hicieron cargo del cuidado de la niña y aunque le dijeron que dejase ese piso de alquiler y se fuese a vivir con ellos, su orgullo y su idea de poder con todo debido a su juventud hizo que desechase esa oferta. Todo fue más o menos bien hasta que ella tenía 26 años y la niña cuatro. Por desgracia los padres de Julia la tuvieron ya mayores y el padre estaba delicado de salud. Ellos decidieron irse al pueblo a vivir, allí dejarían el bullicio de la ciudad, con lo que ya nadie cuidaría de la pequeña Noelia. Le siguieron ofreciendo el piso donde siempre había vivido, pero ella, y aunque intentamos hacerla cambiar de idea, no sé por qué razón no quiso volver a donde había nacido y vivido casi toda su vida.

Al final sus padres, no sé si en una acertada decisión, decidieron deshacerse del piso donde habían vivido siempre y le dieron la mayor parte del dinero a su hija para que pudiese vivir mejor. Fueron unos años en los que ella sí que vivió mucho mejor, trabajaba mucho pero también se podía permitir ciertos lujos. Una chica cuidaba de Noelia, la iba a buscar al colegio y se quedaba con la niña hasta que llegaba ella de trabajar. Incluso alguna vez me pidió como favor personal el que cuidase a la niña algún fin de semana para que ella se pudiese ir con su ligue en ese momento.

Yo lo hacía encantado. Por una parte a Noelia la había visto nacer y crecer y la quería como si fuese mi nieta. Por otra parte entendía las necesidades de Julia, era una mujer joven y extremadamente bella. Una cara preciosa con unos ojazos verdes muy expresivos y su pelo largo hasta media espalda de color cobrizo. Unas tetas que cuando se ponía escotes era difícil mirarla a los ojos, un cuerpo muy bonito y un culo respingón y muy bien formado que exhibía cuando se ponía pantalones muy ajustados. Todo eso lo apoyaba en un par de piernas largas, llenas, torneadas que la elevaban a casi el metro setenta y cinco de estatura.

No es que fuese un cotilla, pero todas las semanas se la veía con un tipo diferente y por su cama ya habían pasado muchos tíos. Lo sé más que nada porque nuestros dormitorios solo los separaba un muro de ladrillo y a poco que afinases el oído, se escuchaba gemir y bufar a la pareja en pleno coito y en más de una ocasión me he sorprendido a mí mismo con la oreja pegada a la pared y haciéndome una paja mientras oía follar a la pareja oyendo como se decían auténticas burradas.

Lo malo de Julia es que el tipo de hombre que le gustaba no era el típico que le apasionasen los críos y le atrajese la vida marital, todo lo contrario, si acaso repetían en alguna ocasión, pero cuando intuían que ella se empezaba a encariñar, cortaban todo contacto con ella y la bloqueaban en redes sociales y no atendían sus llamadas y eso de alguna manera empezó a menoscabar su autoestima. Yo lo hablaba alguna vez con ella y empezaba a ver su desesperación.

—Los hombres son unos cabrones, me decía Julia enfadada, mucho te invito, mucho nos vamos a la playa de fin de semana y cuando consiguen lo que quieren y además les confieso que tengo una hija, les falta tiempo para salir huyendo como niñitas asustadas.

—Julia, quizás no estés buscando donde debes al hombre que te hace falta, me he fijado que todos los que he llegado a conocer son siempre los mismos malotes que van a lo que van, a follarte y desaparecer.

—¿Y qué quieres Alfonso? ¿Qué me vaya con el primer planchabragas pichacorta que quiera ligar conmigo? De esos tengo muchos, sé que babean por mí pero yo quiero algo más, algo que me llene en todos los aspectos de mi vida, no quiero cometer el mismo error dos veces.

—Si les dejases acercarse alguno te gustaría, pero no lo hacen porque seguro que los miras con indiferencia y para quedar en ridículo ni te dicen hola. Además, no tienen que ser como tú dices, seguro que habrá algún hombre bueno que se ajuste a tus criterios.

—Te aseguro Alfonso que esos hombres ya están “pillados” vamos, que si encuentro a uno así lo ato y no se me escapa.

Yo solo esbocé una sonrisa de compromiso. Su manera de pensar no es que me gustase, y su manera de actuar empezaba a distar mucho de la de una mujer con una niña pequeña. Lo repito, entendía las necesidades de Julia por su juventud pero había una prioridad y esa era su hija y creo que eso exigía ciertos sacrificios.

Nunca le dije nada, nuca me oyó decir nada desagradable y creo que aunque no estaba de acuerdo con ella en muchos aspectos, siempre la apoyé. Seria hipócrita por mi parte el no reconocer que estaba como loco por poseer a esa mujer pero ella no se dio cuenta, o eso creo. En más de una ocasión le advertí que tanta fiesta y tantas salidas de fin de semana no eran buenas y que vigilase su economía ya que tenía la impresión de que gastaba más dinero del que entraba todos los meses en su cuenta corriente.

Lo que tenía que ocurrir, ocurrió y fue inevitable. Julia empezó a preocuparse por que su cuenta corriente bajaba a pasos agigantados. Tuvo que recortar gastos y de entrada empezó a salir menos y tuvo que prescindir de los servicios de la chica que se hacía cargo de Noelia cuando salía del colegio hasta que llegaba ella de trabajar cerca de las nueve de la noche. No sé en qué momento me dejé liar, bueno si, Julia sabia utilizar sus armas de mujer y un día se presentó en mi casa vestida de una manera que hizo que se me cayese la baba, iba con una blusa ajustada y sin sujetador, sus pezones se adivinaban sin problemas y una minifalda por encima de medio muslo junto a unos zapatos de tacón era toda su indumentaria. Fue inevitable el que me excitase y me costase mirar a sus ojos con todo lo que me ofrecía a la vista. Me quedé sin habla mirándola embobado.

—Emmm… ¿No me invitas a pasar a tu casa? Preguntó Julia seductoramente.

—Jodeeer…claro, sí. Pasa por favor. Perdóname, pero no esperaba tener visitas.

Mientras Julia era pura lujuria así vestida, yo era la antítesis. Vestido con una musculosa algo raída, unos ridículos pantalones cortos rojos de deporte y para rematar con unos calcetines blancos sin zapatillas. Me sentí absurdo conmigo mismo, pero qué coño, estaba en mi casa y podía vestir como me diese la gana. La invité a pasar y durante algo más de media hora que estuvo en mi casa se dedicó a calentarme como no lo había hecho desde que nos conocíamos. La muy perra no se había puesto tampoco bragas y me dejó ver en algunos de sus cruces de piernas su coñito lampiño como en la película Instinto Básico, aparte de enseñarme ese par de piernas que debido a su minifalda dejaba muy poco a la imaginación.

Estuve más preocupado de intentar esconder mi erección y de ver lo que me estaba ofreciendo Julia que de la pequeña charla que me estaba dando, yo asentía con la cabeza y la sonreía estúpidamente me quede con frases sueltas «Confío en ti» «Eres mi tabla de salvación» «Falta de liquidez» «Ocuparse de Noelia hasta que llegue de trabajar» Cuando terminó de decirme eso descruzó sus piernas y las abrió ligeramente para seguidamente preguntarme en un tono subyugante:

—¿Harías eso por mí? No te haces una idea de la preocupación que me quitarías de encima, estoy muy agobiada.

—Cla…claro, dije medio sudando por el calentón que llevaba.

Ella puso la mejor de sus sonrisas y poniéndose de pie me dejó adivinar que una vez conseguido su objetivo se iba a vaya usted a saber dónde así vestida. Al ponerme de pie se hizo patente mi erección, ella me miró divertida arrugó su naricilla y se encogió de hombros en un gesto travieso sabiendo lo que había provocado en mí, nos dirigimos a la puerta sin yo poder dejar de mirar su culo y sabiendo que debajo de esas prendas iba completamente desnuda. Cuando llegamos se despidió con un tierno beso en mi mejilla y dejándome sentir sus tetas en mi pecho.

—Muchas gracias por lo que haces por mí, dijo Julia con cariño, te quiero como a un padre. Luego te dejo los horarios de Noelia para que no tengas problema.

Cuando cerré mi puerta me di cuenta del “marrón” que me había endosado mi vecina. En ese momento me sentí el mayor de los “pagafantas” sobre la faz de la tierra. Esa zorra se vistió así para mí y no supe decirle que lo sentía pero que no, yo tenía un negocio que atender e iba a ser muy complicado el hacerme cargo de la niña. No me lo pensé, me fui al baño y me hice una buena paja a su salud que dejó el lavabo con una buena corrida

Cuando por la noche vino a mi casa después de trabajar, también me fue imposible decirle que no, venia con Noelia y cuando entraron en mi casa la niña enseguida me echó los brazos para que la levantase y la diese un beso. Era un encanto de niña, muy guapa y simpática y mentiría si no confesase que me tenía robado el corazón.

—Alfonso, me ha dicho mi mamá que vas a ser tú quien me vaya a buscar al cole, ¿Es verdad?

—Si cariño, a partir del lunes voy a ser yo quien te vaya a buscar, pero cuando salgamos, nos tendremos que ir a mi tienda hasta que cierre.

—Bueno, no me importa. Dijo la niña con alegría.

Cuando deje a Noelia en el suelo pasó al salón y se sentó frente al televisor y enseguida cambió de canal para ver alguna de las series que le gustaban. Cuando pasó Julia no pude dejar de admirar de nuevo su cuerpo. Esta vez iba más de andar por casa una camiseta, unas mallas que marcaban su culito perfectamente y unas zapatillas. Nos sentamos en la mesa y ella me dio un papel con los horarios de la niña de lunes a viernes.

—Mira Alfonso, empezó a decir Julia, el horario de la niña es muy sencillo, solo los martes y jueves tiene actividades extraescolares y sale a las 17.30, los demás días con que estés a las cinco de la tarde es más que suficiente. Ya he hecho una nota para que el lunes cuando vayas a recogerla no te pongan pegas, aunque si te pedirán tu DNI para poder identificarte.

Mire a la niña que sentada en el sofá veía la televisión desentendida de lo que hablábamos nosotros. Se había quitado sus sandalias y estaba sentada estilo indio mientras reía por algo que estaba viendo en la tele.

—¿Qué tal se ha tomado el que yo vaya a buscarla?

—Bueno, ha preguntado por que la chica que la cuidaba desde muy pequeña ya no venía, yo le he tenido que contar que estoy pasando por una mala época y tengo que ahorrar dinero, pero se ha mostrado entusiasmada con que tú vayas a recogerla por la tarde.

—Para mí no va a ser problema el recogerla, creo que lo que le va a desconcertar es que hasta las ocho de la tarde no cierro la tienda y tendrá que estar conmigo allí hasta que lleguemos a casa y tu vengas a recogerla.

—Alfonso, si hay algo que me gusta mucho de ti es que eres muy resolutivo. Estoy segura de que encontrarás la manera de que la niña no eche de menos el estar en casa.

Esa noche entre charla y charla, invité a Julia y a la niña a que se quedasen a cenar. Me gustó mucho el que ella y yo nos metiésemos en la cocina y entre risas, bromas y una cerveza preparásemos una cena muy rica para los tres. Sobre las diez y media se fueron a su casa, Noelia debía de bañarse e irse a dormir.

El sábado me levanté temprano y me fui a la tienda. No me fue complicado en el despacho en el que yo trabajaba, hacer un hueco montar un pequeño escritorio y dotarlo de todo lo necesario para que Noelia pudiese estar allí haciendo sus deberes. Incluso le puse un viejo ordenador portátil que aunque lento, era totalmente operativo, pero eso sí, bajo un estricto control parental, no quería que la niña se encontrase con algún contenido inapropiado.

Durante las siguientes semanas todo fue bastante bien. Noelia y yo nos entendimos a la perfección y el que se quedase conmigo en la tienda no fue problema, se adaptó perfectamente e incluso me pedía ayuda para hacer sus deberes cuando tenía alguna duda. Eso también hizo que pudiese disfrutar más de Julia y su compañía cuando venía a recoger a la niña, provocó que dada la situación nuestra confianza aumentase. Había roces, muestras de cariño, tanto por su parte como por la mía…joder…parecíamos una familia que se reunía por la noche y nos contábamos nuestro día y lo que habíamos hecho. Incluso algún viernes se quedaban conmigo a ver algún programa de televisión y después de la dura semana Julia se apoyaba en mi hombro y se quedaba dormida, al igual que Noelia que se apoyaba en mi regazo y también dormía.

Eran mis chicas, mis niñas y las quería por encima de todo. Seria por la de años que llevaba solo, o por que aportaban algo de alegría a mí ya de por si aburrida vida o…o porque tenía cerca de mí a Julia y eso me excitaba enormemente. Fuera lo que fuese estaba feliz, creo que hacía tiempo que no me sentía así. Creo que la confianza que alcanzamos Julia y yo fue muy grande, hasta el punto de poder admirarla en ropa interior, una ropa interior que rozaba lo mínimo realzando la ya de por si increíble belleza de esa mujer. Me calentaba hasta el infinito, ella sabía que estaba loco por ella y creo que se sentía en deuda conmigo y esa era su forma de “pagarme” pero realmente lo que estaba pasando es que día a día me enamoraba más y más de esa mujer. Era un imposible, algo inalcanzable, pero me gustaba soñar despierto, pensar que algún día me podría ver como un padre para Noelia, alguien en quien confiar, en quien apoyarse, alguien con quien compartir su vida y su cama.

La vida tiene tendencia a despertarte con un par de buenos “sopapos” y eso es lo que me ocurrió a mí. Al principio fue algo casi imperceptible, pero al paso de las semanas vi como Julia siempre llegaba tarde, tardísimo a recoger a Noelia. Unas veces era porque su jefa la había entretenido, otras porque había llegado un pedido y había que darlo de alta y colocarlo y alguna porque una amiga la había llamado para tomar algo y se le había hecho tarde. Excusas, excusas baratas que empezaron a molestarme ya que también empecé a notar a Julia más fría que de costumbre y cuando venía a por Noelia ni quería pasar a casa a tomar algo y conversar como hacía habitualmente.

Se que no tenía ningún derecho, que entre ella y yo no existía ningún vínculo salvo el de la amistad y el hecho de que me ocupase de Noelia cuando ella estaba trabajando, pero lo que no iba a consentir es que yo me quedase de niñera mientras ella se divertía cuando sabia positivamente que su situación económica no era para tirar cohetes.

Una tarde ya no lo soporté mucho más y con Noelia en mi coche me fui a esperar a que su madre saliese de trabajar. Noelia no se enteró de nada, la dejé mi móvil y estaba concentrada en uno de los muchos juegos que tenía instalados para ella. Cuando Julia salió de la tienda a las ocho en punto, se dirigió hacia un coche y con una gran sonrisa se subió a él. Dentro, estaba un hombre que la recibió con un beso que creo que les dejo sin aire a los dos. Iniciaron la marcha y se pararon en un hotel. Se bajaron del coche y entusiasmados se metieron dentro…creo que no fue muy difícil saber lo que pasaría en las siguientes horas.

Ese día llegó poco antes de las doce de la noche. Noelia ya se había bañado y cenado y estaba dormida en el sofá. Cuando llamó a la puerta de mi casa la recibí con frialdad, con la misma frialdad que ella me demostraba, pero se extrañó mucho de mi actitud aunque no dijo nada. Yo estaba destrozado, anímicamente hundido, me había hecho unas ilusiones que no eran ni creíbles ni realizables. Aun así me sentía engañado, ultrajado y utilizado y eso no lo iba a consentir. Hubo alguna vez mas que los seguí hasta descampados donde volvía a presenciar como ese desgraciado se follaba a Julia e imagino que le hacía de todo por la manera que tenía el coche de moverse. Viendo aquello, y los cristales de ese coche empañados, no podía evitarlo mis ojos se humedecían y mi mentón temblaba descontrolado imaginando todo aquello.

—¿Qué hacemos aquí parados? Preguntó Noelia.

Su pregunta me sorprendió mucho, no me la esperaba, me di la vuelta para responderla y me vio llorando.

—¿Por qué lloras Alfonso? ¿Estás malito?

—No cariño, lloro porque me he acordado de algo muy triste y eso me ha hecho llorar.

Nos fuimos a casa y esperamos a que llegase su madre de follar con su amante. Apareció a las once de la noche algo bebida y con sus ropas hechas un desastre. Incluso intuí que no llevaba sujetador por cómo se movían sus tetas debajo de la blusa y como se marcaban sus pezones.

—Julia esto no puede seguir así, cada día llegas más tarde.

—Lo…lo siento Alfonso, dijo arrastrando las palabras, mi…mi jefa me ha liado.

—Y donde habéis estado ¿Corriendo una maratón? Pregunté irónico.

—N…no… ¿Por?

—Mírate, tu pelo parece estropajo, tu maquillaje corrido, ¿Y tú ropa? Parece sacada de un vertedero. Además, ¿Te has caído? Tienes las rodillas rojas y muy sucias.

Julia sonrió bobaliconamente, agarró de la mano a su hija y sin despedirse siquiera se fue hacia su casa. Esa noche no dormí nada bien ni las noches siguientes. Creo que julia fue consciente de que las cosas no podían seguir así y en los sucesivos días a las ocho y media en punto sonaba el timbre de mi casa y se llevaba a la niña, hasta el día siguiente que yo iba a recogerla.

El día que todo se fue a la mierda y que perdimos toda relación de buenos vecinos, fue un viernes. Como siempre fui a recoger a Noelia al colegio y a las ocho y media la tenía preparada para cuando viniese su madre que se fuesen a su casa. Hacía ya muchas semanas que ese “feeling” que teníamos al principio se había perdido. Eran las doce de la noche y Julia no había dado señales de vida. Ya molesto con ella y su actitud la llamé al móvil pero después de varios tonos saltó el buzón de voz. Como siempre me ocupé de que Noelia estuviese bañada y cenada, la pobre mía era un ángel, no tenía la culpa de tener una madre tan puta.

Sobre las dos de la madrugada estaba ya muy preocupado. Julia no atendía mis llamadas y no sabía muy bien que es lo que hacer hasta que en el silencio de la noche escuche un golpeteo rítmico que me era familiar. Me fui a mi habitación y ahí se escuchaba el cabecero de la cama de Julia golpeando contra la pared que dividía nuestros dormitorios. Pegue mi oído a esa pared y aunque algo ahogado por la separación se escuchaba perfectamente.

—Follameeeee…vamos hijo puta…fuerte…más fuerte…revientameeee. Gemía fuera de si Julia.

—Te voy a reventar zorra de mierda, te voy a dejar el coño y el culo como la boca del metro, te voy a llenar de leche hasta que te salga por la bocaaaa. Bramaba el fulano.

El golpeteo era impetuoso, ese cabrón estaba empotrando a la mujer que me había enamorado y creo que no eran conscientes de la hora que era. Mi cabreo no me dejó pensar con claridad, estaba furioso, encolerizado. En pijama como estaba, fui a la puerta de Julia y empecé a llamar al timbre a la vez que golpeaba la puerta. Al poco la vocecilla de Julia se escuchaba al otro lado.

—¿Qui…quién es?

—Abre inmediatamente la puerta Julia. Ordené autoritariamente.

—¡¡Alfonso!! Se hizo la sorprendida, ahora…ahora no es buen momento.

Volví a golpear la puerta con la palma de la mano más fuertemente, de manera que tembló hasta el marco de la puerta mientras elevaba el tono de mi voz.

—¡¡TE HE DICHO QUE ABRAS LA PUERTA YA, ME HAS OIDO!!

Se escuchó el ruido de las llaves girando para seguidamente abrirse la puerta y aparecer la cabecita de Julia toda despeinada. Sabía que detrás de esa puerta estaba su cuerpo desnudo con su coño babeando y enrojecido de la follada que le estaban metiendo. La miré furioso a la par que decepcionado.

—¿Tu qué coño te has creído que soy yo? ¿Acaso me pagas por horas para poderte permitir el lujo de disponer de mi tiempo a tu antojo? La espeté enfadado.

—Alfonso te aseguro que lo podemos arreglar de alguna manera…

—La única manera de arreglar esto es que empieces a comportarte como una madre responsable debe de hacerlo. Te estoy haciendo un favor y puedo entender que algún día puedas llegar algo tarde por que tengas cosas que hacer, pero disponer de mi tiempo y quitárselo a tu hija para que estéis juntas y que tú puedas follar me parece lamentable y muy egoísta por tu parte.

—Bueno, dijo Julia evitando mirarme a los ojos, ahora dentro de un rato voy a por la niña.

—Creo que no me has entendido Julia, tienes cinco minutos para que ese payaso que te está follando, se vista, salga de tu casa y yo te entregue a la niña.

—Por favor Alfonso, no me hagas esto déjame…

—¿QUE COJONES PASA AQUÍ? Vociferó un armario ropero interrumpiendo a Julia.

Ante mí se encontraba un tío grande como un oso, con su cuerpo tatuado hasta la mismísima polla. Se notaba que cultivaba su cuerpo, era el típico chulito de gimnasio, con una pinta de malote impresionante y con una polla muy respetable. Era mal encarado y en su cara y su cuerpo se adivinaban cicatrices de una vida que llevaba que muy seguramente no era la adecuada para Julia y mucho menos para la niña.

—¡¡HOMBRE!! Exclamé molesto ante ese animal. Mira quien ha aparecido…¡¡El que te folla!!

—Qué pasa abuelo, ¿Algún problema? ¿Tienes envidia de que me folle a esta golfa? Al terminar de decir esto ese energúmeno tiró de Julia y la dejo a su lado frente a mi totalmente desnuda.

Tuve que tragar saliva, era lo más perfecto que había visto. Era una preciosidad de mujer y estaba en manos de un ser deleznable que de seguro la haría la vida muy difícil. Fue inevitable que me empezase a empalmar, pero Julia pudorosamente se volvió a esconder tras la puerta.

—Creo que el problema lo tienes tú y además no sabes lo que se te viene encima por meterla en caliente. Le dije con calma a ese animal.

—¿Me estas amenazando abuelo? Preguntó con chulería.

—Ni mucho menos, pero estoy seguro que aquí nuestra amiga no te ha informado que es madre de una niña de ocho años. Niña que ahora duerme en el sofá de mi casa y que lleva esperando desde las ocho y media de la tarde a que aparezca su madre. ¿A que eso no te lo ha contado?

—¿Es eso cierto? Dijo el tatuado dirigiéndose a Julia.

—Pen…pensaba contártelo, pe…pero no encontraba el momento. Tartamudeaba Julia.

—¿Y cuándo pensabas contármelo, zorra? ¿Cuándo estuviésemos follando y apareciese tu hija a pedir que no hiciésemos ruido?

Oí el llanto de Julia detrás de la puerta, ese animal la miraba de una manera que no me gustaba nada, creo que de un momento a otro le iba a soltar un guantazo y yo tendría que intervenir, y dada la corpulencia de ese animal, seguro que alguna leche me llevaba.

—No, si al final encima le voy a tener que agradecer al pureta este el que me haya avisado de lo golfa que eres. Ya me advirtieron mis colegas, que eras demasiado buena para ser tan puta y que razón tenían. Encima de guarra además vienes con equipaje.

El maromo se metió dentro de la casa, y a los pocos minutos salía vestido. Ni se despidió, se montó en el ascensor y desapareció.

—Cúbrete, ahora te traigo a la niña.

Cuando se la llevé en brazos Noelia dormía plácidamente ajena a todo lo que había pasado. Aun así Julia no me dejó pasar al interior de su casa y dejar a Noelia en la cama, la cogió en brazos y antes de cerrar la puerta me lo dijo con rencor, para hacerme daño.

—Eres un cabrón, ¿Tanta envidia tienes que no me dejas follar con quien quiera? Si, no me mires con esa cara, ¿te crees que no me he dado cuenta de cómo me miras?, ¿del deseo que hace que tu penosa polla este siempre lista para mi cuando estoy a tu lado? Me das asco, me oyes, por nada del mundo dejaría que me pusieses un dedo encima. Dijo Julia con desprecio.

—Puedes follar con quien te dé la gana, pero es mi tiempo y eso tiene un precio.

—Sabes que estoy muy mal de dinero. Se excusó Julia.

—Para una golfa como tú, seguro que encontramos otra manera para que pagues mis servicios. Contesté lascivamente mirándola de arriba abajo.

—¡¡Eres un cerdo hijo de puta!! No quiero que te vuelvas a acercar a nosotras. En que estaría pensando para confiar en ti.

Terminó de decir esto y dándose la vuelta golpeó la puerta con un pie y de un portazo terminó esa relación de buenos vecinos que teníamos desde que llegó a vivir a esa casa. Al día siguiente sábado, un sobre estaba en el suelo, en la puerta de entrada a mi vivienda era de Julia y decía algo así.

«A partir del lunes no hace falta que vayas a buscar a Noelia al colegio, yo me hago cargo de ella. Quiero que te alejes de nosotras y si no lo haces te pienso denunciar por acoso»

Eso si me hizo daño, Noelia era mi punto débil, quería a esa niña como si fuese mía y juntos habíamos pasado muy buenos ratos. Echaría de menos su compañía, lo que me ayudaba en la tienda ordenando piezas en estanterías y las conversaciones sobre lo tontos que eran algunos niños de su clase.

A partir de ese día yo era como un apestado para Julia. No quería ni verme y evitaba por encima de todo el coincidir conmigo. Prohibía a Noelia el que me dirigiese la palabra, incluso el que me saludase, era tal su odio hacia mí que se estaba volviendo enfermizo. Su afán por herirme, por hacerme sentir mal se volvió tan obsesivo que a las dos semanas un sábado por la noche me despertó un golpeteo rítmico en mi habitación, seguidos de golpes con una mano en la pared y la voz excitada de Julia casi gritando.

—Lo oyes baboso de mierda. Me están follando dos tíos ahora mismo y no hay nada que puedas hacer para evitarlo…jajjajaja…jódete cabrón.

Me fui al salón, cerré la puerta de mi dormitorio y la puerta del salón pero aun así se escuchaba el rítmico golpeteo del cabecero de la cama de Julia golpeando la pared que nos separaba. No lo pude soportar, agarré una bolsa de deporte metí algo de ropa y un neceser y me fui de mi casa en sigilo, no quería que Julia oyese como salía con el rabo entre las piernas y derrotado.

No sé si Julia supo que no estaba en casa, aunque cuando llegue el domingo por la tarde, la vi asomada en su terraza y sé que me vio llegar y sacar del maletero la bolsa de deporte. Quizás se preguntase si realmente yo me encontraba en casa esa madrugada del sábado y si sirvió de algo el numerito que montó. No lo sé, pero me reconfortaba el pensar que la duda se hiciese presente en su cabeza.

La decisión de Julia de apartarme de su vida hizo que el karma se volviese contra ella. Se que fui muy radical cuando la avergoncé delante del animal que se la estaba follando, pero los celos me consumían y me sentía utilizado. Perdí su cariño y su amistad y a partir de ese día mi vida se hizo más monótona, triste y aburrida. Julia se hizo cargo de su hija como me dijo, la llevaba al colegio y la iba a recoger a las cinco de la tarde, se la llevaba a la tienda donde trabajaba hasta que llegaban a casa sobre las nueve de la noche. Por mi parte todas las tardes a las cinco estaba como un clavo en las inmediaciones del colegio de Noelia. Quería asegurarme que su madre no hacía de las suyas y se olvidaba de ella dejándola esperando.

Las cosas no pudieron ir a peor. Al cabo de los meses me enteré de que Julia había perdido su único modo de ganarse la vida. La dueña de la tienda de ropa donde trabajaba no pudo soportar la carga de una trabajadora que faltaba mucho al trabajo e incluso tenía que aguantar a una niña revoloteando por la tienda. Muy a pesar suyo esa dueña del negocio tomó la decisión y mandó al paro a Julia.

Yo me enteraba de esto a través de los vecinos que venían a mi tienda. También me enteré de que había cobrado el finiquito y que tendría un año de paro, eso de alguna manera me tranquilizó, pero no me hizo sentir mejor. Sabía que Julia era una pésima administradora y parecía que el dinero le quemaba en las manos y así ocurrió. A los dos años se había quedado sin paro sin dinero y cobraba una miseria de subsidio por madre soltera sin ingresos fijos. No encontró otro empleo con lo que todo se empezó a complicar mucho. Sabía lo que todo eso significaba para ella. Estaba sola y mantener una casa y a una niña en edad escolar no era barato precisamente. Con lo que le daban todos los meses no cubría ni el tres por ciento de lo que debería de ganar para cubrir gastos y poder vivir.

Lo que tenía que ocurrir, ocurrió inevitablemente. Los meses fueron pasando y vi, por lo poco que coincidíamos, que tanto esa mujer como su pequeña iban perdiendo peso y en sus caras y sus miradas se iba descubriendo lo que era más que innegable, su alimentación no era la adecuada. Me empecé a preocupar mucho ya que sobre todo en Julia se hacía muy evidente su pérdida de peso y ya llegando el verano sí que me asustó el ver en que se había convertido esa exuberante mujer que ahora mostraba solo piel y huesos, había perdido todo su atractivo y sus formas femeninas y tanto la madre como la hija mostraban un cansancio y una fatiga permanentes. Los vecinos comentaban entre ellos lo mal que lo estaban pasando y que como siguiese así seguramente intervendría asuntos sociales. Algunas vecinas incluso las invitaban a comer, pero la terquedad de Julia y su orgullo hacía que siempre rechazase la invitación.

Pero algo ocurrió, algo muy grave que se veía venir. Un lunes a las nueve de la mañana el timbre de mi casa sonaba insistentemente mientras al otro lado de la puerta la vocecita de Noelia se desgañitaba llamándome.

—¡¡¡ALFONSO, ALFONSO, ABREME TIENES QUE AYUDARME, MI MAMÁ NO SE DESPIERTA!!!

Lo que me dijo Noelia me heló la sangre en las venas. La puerta de la casa de Julia estaba abierta y no dudé en entrar corriendo y dirigirme a su habitación. Julia yacía en su cama, medio destapada, estaba pálida como un cadáver y sus ojos vidriosos medio abiertos, me arrodillé a su lado y agarré su mano, estaba helada, noté una presión débil en mi mano y su voz muy débil.

—Alfonso…me muero…cu…cuida a Noelia.

—¡¡NO!! Grité, tú no te vas a morir, me oyes, te necesito a mi lado y por una vez haz una cosa bien en tu vida y haz el favor de aguantar.

Los nervios me podían, Noelia lloraba en silencio a mi lado, viendo a su madre como se iba apagando. No dudé ni un momento, llamé a emergencias y a los diez minutos estábamos camino del hospital a partir de ahí todo fue un poco locura. Los médicos me preguntaban como si yo fuese su marido y padre de Noelia, vino la policía, asuntos sociales, incluso algún movimiento feminista mal informado gritaba soflamas contra mi frente al hospital por si había habido malos tratos por mi parte.

Al final del día con todo aclarado me encontraba en una habitación con Noelia. Su madre estaba en la UVI en estado crítico con fallo renal y hepático. La niña solo mostraba una desnutrición muy acusada y principio de anemia, pero estaba fuera de peligro. Los médicos fueron claros conmigo, sería un milagro que Julia sobreviviese y me aconsejaron que me pusiese en contacto con su familia más cercana.

Y no se equivocaron. A los dos días de estar ingresada en el hospital, Julia falleció. Su organismo no pudo resistir y un fallo multiorgánico se la llevó para siempre. Creo que nunca he llorado tanto a alguien después del fallecimiento de mi mujer. La quería, estaba muy enamorado de ella aunque no fuese correspondido y me “putease” como lo hizo ignorándome hasta hacerse doloroso, pero la amaba y ahora tendría que aprender a vivir sin ella y otro recuerdo penetrante se sumaría más a esa casa del que ya tenía con mi mujer en su momento.

Esa misma noche la madre de Julia apareció rota por el dolor junto a una tía de ella. Me enteré de que el marido de esa mujer y padre de Julia estaba muy enfermo en el pueblo donde ahora residían. Sin decírmelo expresamente me dejó entrever que ella no se podría hacer cargo de Noelia, que habría que buscar a su padre y que se hiciese cargo de su hija a quien abandonó siendo muy pequeña. Se que esto no era mi problema, que asuntos sociales se hiciese cargo y yo me dedicaría a lo mío, a lo que siempre había hecho y a no complicarme la vida, pero pensé en la niña, en lo mal que lo iba a pasar y que eso no era bueno para ella. Me puse en su lugar y me sentí muy mal, yo no iba a dejar que mi niña pasase por ahí.

En siguientes semanas y después del entierro de Julia no fue difícil localizar al padre biológico de Noelia entre la policía y asuntos sociales. Ese desgraciado se deshizo de su hija a golpe de talonario, ahora vivía muy bien y no quería complicaciones y mucho menos la carga de una hija que apenas conocía.

—Con dos millones de euros habrá más que suficiente para que a esta niña no le falte de nada de aquí hasta que termine la universidad, ¿No? Comentó ese ser desalmado.

—¿Tú crees que te puedes deshacer de tu hija así como así? Pregunté enfadado.

—Mira Alfonso, te diré que siempre me caíste bien, pero el error que cometí es irme a vivir con Julia y además sabiendo que estaba embarazada. A mí los críos no me gustan y no pienso hacerme cargo de la niña y si me obliga la ley te aseguro que conmigo no lo va a pasar bien, siempre estará metida en internados, no quiero que me moleste. No hay nada que el dinero no pueda comprar.

—Algún día tu hija te buscará y te hará llegar su odio por no quererla y deshacerte de ella y de su madre.

—Bueno, con otros dos millones será suficiente para que me deje en paz otros veinte años. Comentó ese tipo con una risa cínica.

Ante la imposibilidad de que el padre de Noelia y sus abuelos paternos se hiciesen cargo de la niña, la única solución viable y casi obligatoria fue la de ceder la patria potestad a los abuelos maternos. Ser millonario como lo eran los abuelos paternos les hacía tener muchos contactos que fueron claves para que se desestimasen todos los recursos que se interpusieron contra ellos para que ejercieran su obligación para con la niña. Al final la madre de Julia vino a buscarla para llevársela al pueblo. Nunca me podre quitar de la cabeza el llanto desesperado de Noelia abrazándose a mi porque no quería irse de mi lado, pero no quedó más remedio y con lágrimas en mis ojos y muy a mi pesar las vi marchar.

Pensé que ya no vería nunca más a Noelia. La barbaridad de dinero que nos dio su padre estaba en un fondo de inversión que no se tocaría hasta que Noelia fuese mayor de edad, salvo alguna emergencia, pero me equivoqué. Al año, poco más un sábado al medio día llamaron al timbre de mi casa y cuál fue mi sorpresa cuando abrí y me encontré la carita risueña de Noelia.

—¡¡¡ALFREDOOOO!!! Gritó mi niña, echándome los brazos y abrazándose a mí con fuerza.

—¡¡¡NOELIA MI AMOR!!! Se me escapó una lágrima, la niña estaba preciosa. Pero mírate, dije emocionado, estas cambiadísima, eres toda una mujercita.

—Ya tengo nueve años, dijo orgullosa mi niña.

En ese momento saliendo del ascensor apareció la madre de Julia andando con dificultad. Me quedé impresionado, había envejecido una barbaridad, pero la persona que salió a continuación me dejó sin habla. Pensé que se había equivocado de piso, es lo primero que se me vino a la cabeza. Era una joven de unos 25 años (29, me lo dijo más tarde) de rostro dulce, nariz respingona y labios carnosos. Su cabello era pelirrojo y sus ojos de un verde intenso, venia vestida con una camiseta y unos shorts cortos mostrando sus curvas descaradamente, me impresionaron sus tetas, ese par de piernas y su altura, mediría más de 1.65. Creo que vio mi cara de bobo porque sonrió pícaramente.

—Alfonso hijo, perdona que nos presentemos así, comentó la madre de Julia, pero Noelia estaba deseando verte y como ha terminado el curso muy bien, creo que se lo ha ganado. Y ahora me vais a perdonar pero estoy muy cansada y necesito sentarme.

Vi como la madre de Julia, pasaba al salón y se sentaba en el sofá quitándose los zapatos con un gesto de placer. Miré a Noelia que me sonreía divertida y luego miré a esa mujer bellísima.

—Pero pasad, no os quedéis en la puerta. Dije franqueando la entrada.

—Mira Alfredo, esta es Cristina, ella es una prima de mamá y es la que me ha estado cuidando.

Alargué mi mano para saludarla, pero ella avanzó hasta mí y dejo mi mano en su cintura y dándome un abrazo me dio dos sonoros besos.

—Hola Alfredo, dijo con una voz muy dulce Cristina, Noelia me ha hablado tanto de ti que estaba deseando conocerte, para ella eres su héroe.

Mire a Noelia con amor y ella me devolvió la sonrisa con esa carita de pilla que ponía de vez en cuando y me cautivaba. Miré a Cristina nuevamente y la verdad tenía cierto parecido con Julia, aunque Cristina se le notaba que era pelirroja natural, además de ser muy blanca de piel y tener su cara salpicada de pequitas pequeñas. Reconozco que me gustó mucho físicamente esa chica.

Ese día lo pasamos juntos los cuatro y pude disfrutar de nuevo de Noelia y sus historias. Me contó que tenía nuevos amigos pero que echaba de menos el estar cerca de mí y el ir a la tienda a hacer los deberes y a ayudarme a colocar el pequeño almacén. También me enteré hablando con Cristina que ella y Julia no eran primas, eran buenas amigas desde la infancia. También me comentó que se acordaba de mí, cuando enterramos a Julia y se acercó con sus padres a saludarme.

—Quizás no me recuerdes, Comentó Cristina, pero nos conocimos en el entierro de Julia, aunque fuimos tanta gente que no creo que reparases en mí.

—Perdóname Cristina, pero ese día me presentaron a tanta gente que ya no me acuerdo ni de sus caras.

Estuvimos charlando de banalidades, aunque esa mujer sabia muchas cosas sobre mí, imagino que por boca de Noelia, aunque yo no me quedé atrás y la atiborré de preguntas. Así me enteré de que estaba soltera y sin compromiso, que había dejado una relación de años con un chico porque no se comprometía a nada y solo le gustaba la fiesta y vivir bien y que trabajaba llevando la contabilidad del negocio de sus padres. Nos fuimos a comer a las afueras de Madrid y luego estuvimos paseando por uno de los muchos pueblos de la sierra de Madrid, era finales de junio y hacia una temperatura increíble. Empezaba a anochecer y para mí fue inevitable la pregunta.

—¿Os vais a quedar unos días por Madrid?

—Pues la verdad que no, dijo la madre de Julia, de hecho deberíamos estar en el autobús de vuelta al pueblo, pero se esta tan bien aquí que da pereza moverse, si acaso luego buscamos alguna pensión para quedarnos hasta mañana.

—No se preocupe por eso señora, en mi casa hay sitio de sobra para todos y para mi será un placer alojarlas. Además así mañana no esperan el autobús, nos montamos en mi coche y las acerco hasta el pueblo, tampoco son tantos kilómetros.

Las tres se mostraron entusiasmadas con la idea, sobre todo Noelia que se abrazó a mí y me cubrió de besos. Esa noche en la soledad de mi habitación, me masturbé pensando en el voluptuoso cuerpo de Cristina, en sus grandes tetas, su culito respingón y ese coñito apetecible que debería de tener y se marcaba perfectamente en sus shorts. Solo el pensar que la tenía a pocos metros de mi hizo que me corriese abundantemente sobre mi pecho y abdomen.

Al día siguiente, pude disfrutar de la compañía de Cristina mientras desayunábamos ella y yo solos contándonos algunas confidencias. Poco antes del mediodía las llevé al pueblo, y allí pude conocer a los padres de Cristina, un matrimonio que me llamó mucho la atención ya que el padre tenía 70 años y la madre 51, pero noté mucho cariño y complicidad en esa pareja. Me invitaron a comer y tuvimos una sobremesa muy entretenida, Cristina no se separó de mi lado en ningún momento y eso de alguna manera me hizo soñar y más cuando antes de irme Cristina me abrazó de nuevo y me dio dos besos.

—¿Me darías tu número de teléfono? Me preguntó con dulzura.

—Claro, como no, dije con naturalidad dándole mi número de móvil.

Al instante Cristina le dio a llamar y en mi pantalla apareció su número de móvil, la miré y ella me sonrió con picardía.

—Hazme el favor, cuando llegues a Madrid llámame para saber que has llegado bien y así me quede más tranquila, ¿Lo harás?

—Claro, descuida que lo haré encantado.

Cuando me monté en el coche e inicié la marcha vi a Cristina por el retrovisor despidiéndome con la mano y haciéndose pequeñita según me alejaba. No quería hacerme ilusiones, pero ¿Qué había ocurrido? ¿A qué se debía esa actitud de Cristina tan cariñosa? «¡¡Imposible!! Me dije a mi mismo, no te hagas ilusiones Alfonso que luego te caes con todo el equipo y te cuesta recuperarte, si no, acuérdate de Julia y lo que pasó». Cuando llegué a mi casa casi me olvido de llamar a Cristina, pero la llamé y nos tiramos una hora hablando por teléfono y contándonos cosas sobre nosotros. Me gustaba hablar con ella, no respondía con monosílabos, si no que provocaba la conversación haciéndola muy amena.

Pasó poco más de una semana desde esa última conversación y mentiría si dijese que estaba deseando hablar con ella de nuevo, pero por miedo al rechazo o que pensase que era un viejo verde, no me atrevía yo a llamarla. Una noche de Julio con un calor sofocante estaba en la terraza de mi casa cuando sonó mi móvil y vi que era ella, no pude ocultar mi alegría.

—¡¡Cristina!! Qué alegría oír tu voz. ¿Qué tal estas?

—Hola Alfonso, ¿Te alegras de oírme? ¿De verdad?

—De verdad de la buena, charlar contigo es muy ameno y entretenido.

—Me alegro que me digas eso, no quería que pensases que era una pesada.

A raíz de esta llamada y sin ser nada tácito, hablábamos casi todos los días, o bien llamaba ella o yo. La verdad estaba confuso, ella parecía estar muy cómoda hablando conmigo, y como dije no quería hacerme falsas ilusiones, pero parecíamos novios contándonos de todo. Una noche en una de nuestras muchas conversaciones me la puso más dura que un poste, no sé si a propósito o no.

—Uffff…que calor hace esta noche, este verano está siendo criminal de calor. Dije sudando.

—Ya te digo, yo estoy en mi habitación con solo unas braguitas puestas y abanicándome…ups…perdón Alfonso, que vergüenza, no he querido ser tan descarada.

El caso es que de solo pensarlo, imaginar su cuerpo desnudo y solo unas breves braguitas tapando su sexo o abierta de piernas mientras se acariciaba hablando conmigo, hizo que mi imaginación volase y mi erección doliese como nunca. Esa noche después de hablar con ella me acosté totalmente desnudo y me hice una soberana paja en honor a esa mujer que era la musa de mis onanismos.

Poco antes de terminar Julio me llevé una alegría. Como todo el mundo imagina o a oído comentarios o leyendas urbanas, los fontaneros solemos “quitar atascos” o “limpiar tuberías” en casas donde mujeres solas se inventan averías mientras sus maridos están de viaje o trabajando.

Esa mañana a primera hora el teléfono de mi empresa sonó como lo hacía muchos días, pero esta vez la voz de Lola sonaba melosa al otro lado.

—Alfonso querido, necesito de tus servicios, tengo un conducto que necesita ser abierto y quitarle todas la telarañas, ¿Crees que podrás venir en un rato?

Lola era una exuberante morena de 45 años con algo de sobrepeso, pero que estaba buenísima, con unas tetas, un culo y un cuerpo muy lascivos. Era muy guarra, muy puta como decía ella misma y no sé si tendría más amantes pero a mí me llamaba de vez en cuando. Sabia como me debía de vestir, bermudas y una simple camiseta pero sin ropa interior para no perder tiempo. La mecánica del encuentro era muy sencilla. Yo entraba en su casa, ella solo llevaría un vestidito ligero y también sin ropa interior, yo me tumbaría en el suelo para mirar esa “tubería defectuosa” y ella se pondría encima de mi cara, de pie para que no perdiese detalle de su entrepierna, para seguidamente, ya con mi polla lista para ella, bajar mis bermudas, ponerme un preservativo y follarme hasta que nos corríamos los dos.

Pero ese día ocurrió algo fuera de lo normal. Hacia un par de meses que no veía a esta mujer y cuando llamé a su puerta y me abrió me encontré a una Lola totalmente diferente. Había adelgazado y me recibió completamente desnuda, estaba increíble y mi polla saltó dentro de mi pantalón. Me hizo pasar, cerró la puerta y dándome la mano me llevó a su habitación viendo ese par de nalgas temblar como flanes a cada paso que daba.

—¿En tu habitación? Pregunté incrédulo, ¿Qué ha pasado con nuestro ritual?

—Hoy quiero que follemos como es debido, dijo Lola tumbándose en la cama y abriendo sus piernas. No quiero hacerlo en el suelo, ahora cómeme el coño, nunca he probado tu boca.

—Te has dejado el coño como el culito de un bebé, exclamé maravillado aspirando su aroma, y además huele de maravilla.

Me amorré a ese coñito delicioso y lo estuve devorando hasta que Lola se retorció por el orgasmo que tenía. Su coño ya era un manantial y mis dedos entraban y salían chapoteando entre tanto fluido.

—Diooos Alfonso, fóllame con ese pollón que tienes, vamoooos déjame bien abierta.

Me desnudé rápidamente y cuando saltó mi verga dura como el acero, Lola la agarró con sus manos y me dio un par de mamadas que me hicieron poner los ojos en blanco, me miró con deseo y me invitó a tumbarme. Pensé que me pondría un preservativo, pero cuando vi que se ponía a horcajadas sobre mí y apuntaba mi polla a su coñito me alarmé.

—¡¡LOLA, EL PRESERVATIVO!! Exclamé algo alterado.

—Mi amor, gimió Lola, solo he dejado a mi marido correrse en mi interior y ahora quiero que este pollón llene mi útero. No temas nada no hay peligro de embarazo ni de ETS, te lo aseguro.

Lola hizo una sentadilla y dejándose caer se metió mi polla en su interior, mientras ponía los ojos en blanco y se mordía el labio inferior.

—Diooooos que gustooooo…asiiiiii…hasta la empuñaduraaaaaa.

Lola empezó a mover sus caderas para que mi polla se acoplase bien en su interior y llenase su estrecha vagina. La sensación de piel con piel era increíble, muy intensa, ese coñito me abrasaba y apretaba mi balano de forma sorprendente, como nunca antes lo había sentido con esta mujer. Cuando empezó a cabalgar sobre mi polla, agarré su culo y fui yo quien moviendo mis caderas de arriba abajo, empecé a follarme a esa increíble mujer haciendo tope muchas veces en su interior, mientras veía su cara desencajada por el placer.

—Al…Alfonso…no pareees…más fuerte…maaaas…me corrooooo…me corroooooo…siiiiiiiiiiiii.

Lola empezó a correrse salvajemente. Su vagina estrangulaba mi polla de una manera que nunca había sentido con esa mujer. Yo intentaba moverme en su interior y ella gemía y gritaba, se dejó caer encima de mí y buscó mi boca con desesperación llenándome de besos y sin haber terminado su orgasmo, volvió a correrse de nuevo.

—¡¡¡ALFONSOOOOO…OTROOOO…OTROOOOOO!!!

Era tal la presión de los músculos de su vagina sobre mi verga que mi orgasmo no se hizo de rogar. Noté esa sensación tan placentera antes del orgasmo y sabía que ya era un punto sin retorno.

—Lolaaaa…me corrooooo.

—Dentro mi amor…llénameeeeee.

Mi polla empezó a soltar trallazos de semen que impactaban en el útero de esa mujer que volvía a retorcerse con su tercer orgasmo. Fue tal la cantidad que expulsé que noté mi corrida desbordar ese coñito y como caía por mis huevos. Cuando nos tranquilizamos, Lola me besó amorosamente mientras acariciaba mi cabeza y con mi polla aun dura clavada hasta lo más hondo de su interior, noté como los músculos de su vagina se relajaban y mi verga quedaba en un limbo de calidez y humedad, pero sin ningún tipo de presión.

—Dios Alfonso que polla tienes, nunca nadie me ha arrancado tres orgasmos sin sacármela. Dijo Lola con la respiración acelerada.

Mi polla que siempre pensé que era algo normal, volvía locas a las mujeres. Se que mi esposa cuando la vio por primera vez abrió mucho los ojos pero no dijo nada, ahora, eso sí, disfruto de mí y yo de ella hasta que su enfermedad la dejó sin fuerzas. Una amiga que tuve años después sí que me exprimió a conciencia y me dijo que tenía una polla descomunal y me hizo ver la comparación.

—Mira, dijo con un bote de spray para matar insectos, es prácticamente igual de larga y gruesa. Y es que era cierto, salvo ligeros matices lógicos, se asemejaban bastante.

Cuando Lola sacó mi polla de su interior espesos goterones de semen salieron de su coñito, bañando mis huevos. Se sentó frente a mí con las piernas bien abiertas y metió sus dedos dentro de su coño sacándolos pringados de sus fluidos y mi semen para seguidamente llevárselos a su boca y saborearlos.

—Ummmm…que placer, que rico sabes, la próxima corrida la quiero en mi boca.

Estábamos sudando y Lola se levantó y dándome la mano me llevó a la ducha, donde nos empezamos a enjabonar sobándonos con lujuria nuestros cuerpos.

—¿Tienes mucha prisa? Gimió Lola mientras mis manos sobaban sus tetas y mi polla se metía entre los cachetes de su culo.

—No me puedo quedar mucho más, tengo que atender la tienda, está cerrada y tengo a los chavales atendiendo otras averías.

—Fóllame el culo mi amor, déjame abierta para ti.

Quien se podría negar ante semejante petición. Durante un buen rato me dedique a lamer, chupar, agrandar, relajar y lubricar el anito de esa mujer que gemía ante mis ataques y me rogaba que la follase. Al rato y sin casi dolor por parte de ella, mi polla entraba y salía de ese culo divino hasta que Lola estallaba en otro orgasmo y pedía que me corriese en su boca.

Lo reconozco, esa mujer era pura lujuria y sabia como encender y mantener excitado al hombre que la follase en esos momentos. Cuando terminamos, me besó con cariño mientras nos secábamos. Fuimos a su habitación y me empecé a vestir bajo la atenta mirada de Lola. Ya en la salida me besó de nuevo y me abrazó, eso me intrigó ya que antes nunca lo había hecho.

—¿Sabes Alfonso? Mi vida ha cambiado mucho desde la última vez que nos vimos. Mi marido y yo nos hemos separado, él tenía un rollito con una jovencita y yo, bueno, yo ya sabes que soy muy puta.

Se quedó callada por unos instantes mientras me miraba a los ojos intentando adivinar o decir algo.

—Nunca hemos hablado de ti, aunque sé que eres viudo. Y quería proponerte algo, que vivamos juntos, tú y yo, pero en una relación abierta. Me gustas mucho Alfonso y sé que tú y yo nos llevaríamos muy bien.

—¿Una relación abierta? Pregunté incrédulo.

—Si cielo, una relación en la que tú y yo estemos juntos pero follemos con quien nos apetezca.

—Veras Lola, yo soy muy fiel a mis parejas y me gusta la exclusividad. Lo mismo quiero que mi pareja sea de la misma opinión que yo en ese aspecto. No creo que me gustase en absoluto que estemos follando tu y yo por la tarde y por la noche te marches por qué has quedado para follar con otro.

—Sería muy divertido, dijo Lola convencida, además, te presentaría a muchas amigas que estarían encantadas de probar ese pollón que gastas. Haz una cosa, piénsatelo y ya hablaremos ¿Vale?

Puse una sonrisa de compromiso pero ni de coña me iba a juntar con semejante mujer, eso solo me traería problemas y disgustos. Sabía que con ella solo follaría muy de vez en cuando y si me llamaba ella, yo no la llamaría nunca.

Ese día empezó muy bien. Ese polvo me dejó un buen sabor de boca y muy relajado, pero Cristina no desaparecía de mi cabeza, estaba deseando que llegase la noche para poder hablar con ella, además me quedaban un par de días para empezar las vacaciones y estaba deseando verla y estar a su lado y el de Noelia, no sé, me daba miedo pero le propondría irme a su pueblo y pasar unos días con ella y con la niña.

Esa noche Cristina me dio otra alegría. Cuando la llamé enseguida atendió mi llamada y se ilusionó al oírme aunque la notaba algo inquieta y le pregunté el motivo.

—Veras Alfonso, es que…uffff…a ver cómo te lo digo sin parecer una fresca.

—Dímelo Cristina, seguro que me gustará.

—Me apetece mucho verte y estar contigo y he pensado que nos podías invitar a tu casa unos días…¿Sería posible?

Cuando me lo dijo mi corazón empezó a latir con fuerza, no quería ilusionarme, pero Cristina abría todas las puertas para que llegásemos a algo más o eso creía yo.

—Sabes, empecé diciendo, te iba a hacer la misma proposición, acercarme a tu pueblo para estar contigo, también me apetece una barbaridad verte.

—¿Me lo dices en serio? Preguntó Cristina emocionada.

—Totalmente en serio. Respondí alegre.

—Pues que alegría me das, de veras, aunque prefiero que nos acerquemos a tu casa, aquí todo es muy aburrido.

—Pues dime cuando llegáis y os voy a buscar.

—Llegaremos el viernes por la tarde, ahora sacaré los billetes por internet, si veo que hay algún problema te lo comunico.

Estuvimos charlando y haciendo planes para cuando viniesen. Al poco Cristina me confirmó que llegarían el viernes sobre las nueve de la noche. Cuando nos despedimos Cristina me mandó un beso por el teléfono a la vez que me lo decía con cariño.

—Mañana te los daré de verdad.

¿Esa chica joven y guapísima estaba enamorada de mí? ¡¡Venga ya!! La chica solo le apetecía estar conmigo, pero eso no significaba que sintiese algo por mí.

El viernes se pasó muy lentamente. Sobre las siete de la tarde recogí la tienda y poco antes de las ocho eché el cierre hasta septiembre que abriría de nuevo. A las nueve menos cuarto estaba en la estación de autobuses nervioso, esperando la llegada de mis dos invitadas. Cuando bajaron del autobús y nos vimos, el recibimiento estuvo a la altura del cariño que nos profesábamos. Noelia vino corriendo hacia donde estaba con los brazos abiertos, la levanté y ella se abrazó a mí con cariño.

—Alfonso, me alegro de verte otra vez. Me saludó Noelia.

—Yo también mi amor, me encanta que estés aquí, cada vez que te veo estas más guapa.

Y era cierto, esa niña cada vez que la veía se parecía más a su madre, en unos cuantos años sería una autentica belleza. Vi venir a Cristina con una minifalda blanca y una camiseta azul, marcando esas enormes tetas que tenía. Estaba guapísima y mi polla reaccionó ante su presencia viendo esas piernas de lujo e imaginando si al final de ese par de columnas de mármol llevaría unas braguitas mínimas.

—Hola Alfonso. Me dijo con una gran sonrisa y sus mejillas arreboladas.

—Hola Cristina, me alegro mucho de verte.

Al terminar de decir esto me agaché ligeramente ya que yo era más alto que ella y fui a darle un beso en la mejilla, ella me echó los brazos al cuello y me abrazó con fuerza juntando su cuerpo al mío, mientras besaba mi mejilla. Yo la abracé contra mi cuerpo sintiendo sus tetas clavarse en mi pecho y su pubis pegarse a mi polla endurecida al notar su cálido cuerpecito casi fundido con el mío.

—Te he echado de menos. Susurró en mi oído mientras deshacía el abrazo.

Yo me puse algo colorado también, la sonreí y agarrando su mano se la besé con cariño.

—Yo también, estaba deseando verte.

Creo que si en ese mismo momento la hubiese besado, hubiésemos juntado nuestras lenguas hasta enredarlas y quedarnos sin aire en un beso largo y húmedo, pero no sé, tenía miedo de confundir un cariño que a lo mejor solo era puramente entrañable y no llegaría a más. No dejaba de pensar que ella era una preciosa joven de 29 años y yo ya iba a cumplir los 51 y mis cuentas no cuadraban.

En ningún momento Cristina me dijo los días que se iba a quedar y yo tampoco se lo pregunté, solo deseaba estar con ellas y disfrutar lo que pudiera de su compañía, sobre todo de la de Cristina que me tenía enfermo de calentura. Cuando salíamos a pasar el día por ahí, ella vestía casual, pero siempre con pantalones vaqueros muy ajustados, shorts cortitos y con camisetas o musculosas ajustadas a su busto y con un escote que hacía difícil mirarla a los ojos. Pero las noches…¡Ay! Las noches, se me ponía unos pantaloncitos de algodón ajustadísimos y muy pequeños que dejaban media nalga al aire prácticamente y su blusita para dormir pero esta vez sin sujetador adivinando unos pezones preciosos.

Luego cuando Noelia se iba a dormir, Cristina se dedicaba con mucha naturalidad a sentarse de manera que esos pantaloncitos se metían por su coñito y por su culo y yo me empalmaba de una manera brutal y cuando se iba a dormir, siempre me abrazaba dejándome sentir su cuerpo y susurraba en mi oído:

—Hasta mañana Alfonso, que descanses.

Se que ella se daba cuenta y en más de una ocasión le pillé mirándome la entrepierna. La verdad, no sé en que acabaría esto, me tendría que “lanzar” y si salía mal pegarme el mayor trastazo sentimental de mi vida. Cristina me empezaba a gustar mucho como mujer y como compañera, no la quería para follar, bueno si la quería para follar, pero también para algo más, lo que me frenaba, lo que me echaba para atrás era la diferencia de edad.

Pasados unos días se me ocurrió una idea. Tenía un buen amigo que tenía un chalecito muy acogedor en la costa onubense y sabía que en agosto nunca lo utilizaba porque decía que le agobiaba la cantidad de gente que había. En más de una ocasión me lo ofreció para pasar las vacaciones pero al no tener nadie con quien ir siempre declinaba su oferta. Cuando hablé con él me dijo que no había problema, que me pasase por su casa llamaría a su hijo y me daría las llaves. Cuando las tuve en mi poder hablé con Cristina.

—¿Cristina cuantos días tenéis pensado quedaros?

Cuando vi la cara de tristeza que puso esa diosa, entendí que quizás la pregunta había sido demasiado directa y se había interpretado mal.

—¿Quieres que nos vayamos ya? Preguntó Cristina al borde del llanto.

—NOOO…no…no, todo lo contrario, por mi quiero que os quedéis todo el mes, todo el año…o…o para siempre. Lo que pasa es que se me ha ocurrido que nos podemos ir a la playa, tengo un chalet casi a pie de playa y lo pasaríamos bien.

Estábamos en la cocina sentados en unos taburetes altos, mientras Noelia veía la televisión en el salón. Cristina vino hacia donde estaba y se metió entre mis piernas abrazándome con fuerza, yo también la abracé. Sin deshacer ese abrazo Cristina me miró y acarició mi cara.

—Por mí no me separaría de tu lado nunca. Susurró Cristina.

Fue inevitable, notábamos nuestro aliento, nuestras bocas estaban peligrosamente cerca y mis labios se posaron en los suyos en un dulce beso que aumentó de intensidad hasta que nuestras lenguas se conocieron y se envolvieron la una contra la otra para no querer separarse. Mi polla reaccionó ante esto y se puso dura como una barra de acero. Se que ella lo notó por que empezó a frotarse suavemente contra mi mientras gemía en mi boca. Mis manos se enredaron en su melena haciendo más profundo el beso, nuestras salivas, nuestros alientos se confundieron en uno solo…Diooooos, estaba en la gloria, estaba besando a esa diosa y ella parecía excitada con eso.

—¿Sois novios? Preguntó Noelia desde la puerta con picardía.

Con disgusto por mi parte dimos fin a ese beso tan pasional. La mirada, la eterna sonrisa en la cara de Cristina me dejó ver lo bien que estaba, lo feliz que se sentía. Sin dejar de abrazarnos Cristina miró a Noelia y la sonrió.

—Bueno cariño, el tiempo lo dirá, dijo Cristina a Noelia, pero creo que esto es un buen comienzo.

Noelia encogió sus hombros mientras reía con complicidad. Cristina volvió a mirarme y me volvió a besar, pero esta vez fue más corto aunque igual de intenso.

—Estaba deseando besarte y me gusta lo bien que lo haces…uffff, me has dejado sin aire. Me dijo Cristina con una gran sonrisa. Y a lo de irnos a la playa, contigo me voy donde haga falta, la idea me parece genial.

Esa noche fue muy diferente, Cristina se mostró muy amorosa conmigo y yo estúpidamente estaba muy asustado. Antes de irnos a dormir, estuvimos preparando todo en mi habitación para salir de madrugada y Cristina me dijo que se le había olvidado el traje de baño.

—Bueno eso no es problema, la dije para tranquilizarla, a donde vamos tienes una calle llena de tiendas donde te venderán el traje de baño que desees.

—Ummmm…eso suena bien, dijo Cristina mimosa. Me pienso comprar un traje de baño que haga que no me saques los ojos de encima.

—E…e…eso no es necesario, tartamudeé, no me canso de mirarte…me…me…gustas mucho. Me atreví a decir.

Cristina vino hacia donde me encontraba y me abrazó con fuerza buscando mis labios. Nos volvimos a besar con una pasión inusitada mientras ella se abrazaba a mí y sus manos recorrían mi espalda atrayéndome más hacia ella. Cuando nos faltó el aire y deshicimos el beso Cristina me miró con pasión y empujándome hizo que me sentase en la cama, volvió a meterse entre mis piernas pero esta vez mi cara quedaba a la altura de sus impresionantes tetas. Agarró mi cabeza y la abrazó contra su pecho, notando perfectamente la falta de sujetador. Besó mi cabeza y me lo preguntó excitada.

—¿Te gusto? Me preguntó mirándome a los ojos.

—Es…estoy loco por ti, me…me he enamorado de una diosa y no…no deseo separarme de tu lado…te…te…te deseo. Dije entre la excitación y el miedo al rechazo.

Volvió a besarme con cariño pero esta vez el beso duro poco. Se irguió y mirándome con picardía desde su posición elevada empezó a desabrocharse la blusa que llevaba para dormir dejando sus preciosas tetas a la vista con un pezón y una areola pequeña y rosadita. No hizo falta que me dijese nada más, mis manos se dirigieron temerosas a acariciar esas dos preciosidades mientas mis labios se apoderaban de esos pezones que estaban duros por la excitación.

—Te quiero Alfonso, te he querido incluso antes de conocerte y yo también estoy loca por ti. Dijo excitada Cristina.

Mis manos agarraron su perfecto culo apartando su pantaloncito, mis dedos se metieron entre sus nalgas buscando su anito y la entrada de su vagina. Cristina gimió de gusto y apoyando su rodilla derecha en la cama dejó más abiertas sus piernas para que mis dedos llegasen mejor a ella. Mi polla estaba ya desbocada y pedía a gritos los mimitos de esa diosa de fuego que me estaba llevando a un estado de excitación que no sabía controlar. Note su humedad y ese coñito estaba ya chorreando, deseando ser lamido, comido y penetrado.

—Ven mi amor, dijo Cristina tirando de mí.

Me puso en pie y me besó lascivamente mientras sus manos sobaban mi polla por encima del pantalón.

—Joder Alfonso…¿Qué escondes aquí? Dijo libidinosamente, mientras devoraba mis labios y mi boca.

Estaba muy nervioso, sabía cómo iba a terminar aquello, necesitaba verla desnuda, comerle el coño y follármela. Necesitaba sentir como su boca devoraba mi príapo y como mi ariete abría ese coñito hasta llenarlo de leche. Ni me acordaba de que no estábamos solos hasta que la voz de Noelia nos sacó de nuestra lujuria.

—No me encuentro bien, dijo Noelia con voz lastimera, tengo ganas de vomitar.

Cristina inmediatamente saltó como un resorte, como si la hubiesen pillado en el peor de los renuncios, se puso de espaldas a la puerta de mi habitación recomponiendo sus ropas y yo me fui de inmediato a atender a mi niña que veía como le llegaba la primera arcada previa al vomito. No me dio tiempo a llegar al inodoro y en el lavabo Noelia echó toda la cena que había tomado. Aunque le advertimos que comiese con mesura, se puso “morada” de pizza cuatro quesos y ahora le estaba pasando factura el exceso que hizo.

Al poco se unió Cristina conmigo intentando tranquilizar a Noelia que no paraba de echar el exceso de cena mientras lloraba asustada por la magnitud de semejante indigestión. Al final Cristina y yo nos acostamos juntos, pero con Noelia entre medias porque no quería dormir sola. Cristina se negó también a dormir sola esa noche, quería compartir cama conmigo y como mi cama era grande nos acostamos los tres dispuestos a dormir o por lo menos intentarlo, ya que tanto Cristina como yo teníamos un calentón del quince.

Esa noche no pude dormir bien. En mi cabeza se repetía en bucle la escena anterior a que llegase Noelia y me preguntaba una y otra vez como esa impresionante mujer, joven, bellísima e inteligente había ido a fijarse en un tipo como yo casi 22 años mayor que ella y le demostraba una y otra vez las ganas que le tenía. Sabía que no era por dinero, su familia nadaba en la abundancia metida en el mundo de vinos y bodegas, de hecho cuando fui a llevarlas a su pueblo y vi en la hacienda que vivía Cristina con sus padres me quedé muy sorprendido, tanto por lo campechanos y agradables que eran como por los peculios que poseían.

Y luego estaba otra idea que empezaba a rondar en mi cabeza, descabellada por lo ridícula que era. No es que fuese creyente en el esoterismo, pero que las dos veces que Cristina y yo nos empezásemos a “enrollar” y Noelia nos interrumpiese hizo que me preguntase si Julia desde su nueva vida no intentaba decirme algo o me advertía con esas interrupciones del posible peligro que me podía acechar al intentar intimar con esa diosa. Estaba hecho un lio o era un estúpido de manual, pero algo tan bueno, tan sencillamente fácil como era amar a esa mujer tenía que esconder algo malo por descontado.

Estaba con esos pensamientos y miré la hora, eran las cuatro de la mañana, dentro de una hora nos levantaríamos para salir de viaje con la “fresca” sobre las seis. Me levanté con cuidado para ir al baño y cuando regresé Cristina había cambiado de postura y ahora estaba en posición fetal con el culo hacia la parte exterior de la cama.

El morbo pudo más que la cautela y me acerqué por su lado para, en la semi penumbra de la habitación, vislumbrar la poderosa obra de arte que poseía Cristina en su retaguardia. Me arrodillé maravillado, sus nalgas devoraban la tela del pantaloncito que llevaba, blancas como la nieve, su vulva se adivinaba perfectamente en la tela y no pude vencer la tentación de acercar mi cara y oler su feminidad, ese olor característico a sexo excitado en una mujer y que mi pituitaria captó de inmediato.

Mi polla enseguida se llenó de sangre mostrando una más que evidente erección, mi mano fue a calmarla mientras aspiraba a escasos centímetros de esa maravilla, ese olor adictivo y mis ojos devoraban cada centímetro de ese rincón tan íntimo. Deseé tocarla, que mi boca recorriese cada recoveco y empaparme de ese olor que estaba nublando mis sentidos, cerré mis ojos y mi mano empezó a subir y bajar lentamente por mi balano, me estaba masturbando al lado de la mujer que me tenía loco de deseo y notaba que mi orgasmo no tardaría en llegar pero un movimiento,  un ligero ruido hizo que mis prácticas masturbatorias cesasen de inmediato y me recompusiese, sería muy incómodo que me descubrieran de rodillas al lado de Cristina, con mi cara prácticamente pegada a su culo y mi mano agarrando mi polla.

Me incorporé con cautela y me fui al otro lado de la cama con mi polla a punto de reventar y mis huevos llenos de leche que necesitaba expulsar. Pensé irme al servicio y pajearme, sí, eso era una gran idea iba a hacerlo cuando la dulce voz de Cristina me sobresaltó.

—¿Alfonso que haces levantado? ¿Ya es la hora? Preguntó somnolienta

—No cielo, es que necesitaba ir al baño, sigue durmiendo.

—Anda acuéstate, tienes que estar descansado.

No me quedo más remedio que acostarme. Noelia dormía sin problema a pierna suelta, Cristina se arrimó a ella y puso su mano sobre mi pecho, yo me limité a agarrar su mano y entrelazar mis dedos con los suyos.

No sé cuánto tiempo pasó pero me volví a quedar dormido. Note algo cálido en mis labios y entre sueños abrí los ojos encontrándome la carita risueña de Cristina dándome tiernos besos. Yo me limité a sonreír, entendedme, no todos los días te despiertan así.

—Cariño, son las cinco y veinte, vete despertando, yo voy a ducharme. Susurró Cristina.

Cuando se puso en pie pude ver que estaba completamente desnuda y se mostraba ante mi sin pudor alguno. Cuando salió de la habitación y encendió la luz del pasillo, su espléndida figura se dibujaba en el marco de la puerta iluminándola, yo me quedé sorprendido ante esa imagen y balbuceé:

—Cristina, eres…eres preciosa.

—Gracias mi amor.

La vi desaparecer hacia la ducha y mi polla volvió a erguirse desesperada por terminar algo que no llegaba a empezar. En el transcurso de la ducha de Cristina, desperté a Noelia y nos fuimos a la cocina a empezar a preparar el desayuno, al poco vino Cristina envuelta en una tolla anudada a su pecho y dejando sus increíbles piernas al aire. Me volví a poner cachondo sabiendo que debajo iba completamente desnuda, vino hacia donde estaba y me volvió a besar.

—Anda cariño, vete a duchar, yo termino esto.

Obedecí sin rechistar, cuando me metí en la ducha, y pensando en todo lo pasado y esa última imagen de Cristina desnuda, me hice una soberana paja en su honor teniendo un orgasmo increíble y corriéndome como un animal, creo que nunca me había visto echando tanta leche, pero ese orgasmo me dejó algo más relajado aunque no más tranquilo.

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