ALEJANDRA PINEDA MATAS

Ya iban a ser las seis de la tarde y Urías no aparecía. Su madre ya había salido varias veces al portón y nada que el niño llegaba.

Victoria no pudo esperar más, fue y se quitó su mandil de trabajo en casa, cambió sus chanclas por su único par de viejos zapatos, encargó el orden al hermano intermedio y salió apresurada a su búsqueda.

No era una colonia grande, así que Victoria se encaminó a la primera calle e inició su vergüenza:

-Urías, Urías, Urías. Gritaba tal cual vendedora ambulante.

Doce Urías y cuatro cuadras, y al final lo encontró. Estaba el muchachito, más moreno que de costumbre, con sus cabellos despeinados y su frente sudada, intentando meterse debajo de un carro.

Su madre lo tomó de la mano y regañándolo para volver ya a su raída casa, cual si le hubiera dado choques electroestáticos, Urías empezó con el espectáculo: el llanto de un niño maltratado, martirizado, cuando su mami muy apenas si lo había tocado, esa, esa fue otra vergüenza.

Vicky lo tuvo que olvidar, un doctor le dijo que esto podía pasar.

Para mantenerlo ocupado y acabase al final del día cansado, Urías ya trabajaba.

El dueño del mini súper San Antonio, a desconocidas de que el infante con una decadá ya no iba a la escuela, le permitía embolsar las compras de los clientes a cambio de unas monedas, lo que fuera su voluntad.

Pero en esos mismos días, Urías ya no quiso ir a trabajar. Una mañana no se quiso bañar, no se quiso peinar, ah pero eso sí, sí quería almorzar. Y sabiendo su mamá lo que con el niño sucedería, siguió en sus costuras, rezando a Dios, una pronta solución.

Lo de un sábado estuvo incontrolable, el chamaco había encontrado un martillo y tenía toda su obra planeada: le iba a hacer un agujero a cada bloque de la barda, donde metería sus pies descalzos y así llegaría al techo de su humilde vivienda. Acabó muy pronto todos los hoyos.

-Pero ingrato baja de ahí. ¡Te vas a raspar y te vas a quemar! ¿Que no ves que el techo es de lámina?

-No mamá, cuando llegué allá nada me va a pasar, los Power Rangers me van a pasar sus poderes.

-¡Qué Power Rangers ni que la fregada! Yo no te he comprado nada.

-Los que están ahí, los que de segurito me trajo Santa Clos.

Victoria se contuvo para no llorar, pues sabía que nada había llegado en la navidad.

-Urías, bájate por favor. Le voy a decir a tu papá, cuando llegue de vender los dulces vas a ver.

Vas a ver. Este a veces era el remedio, pues no había para maestra, escuela especial, ni para psicólogo ni doctor; no, para estos remedios no alcanzaba, cuando había que ver por otro hijo más…el que no podía hablar ni caminar.

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