ALLTEUS

Capítulo segundo: Los preparativos.

-¿Cómo va eso?

-Muy bien, cariño. Ya casi lo tengo todo preparado.

Al responderme se gira hacia mí y me ilumina con su sonrisa cautivadora, la misma alegre sonrisa que me enamoró la primera vez, la que me enamora de nuevo cada vez que me la regala. Sigue, sin parar, trasteando en la cocina, preparando mil cosas para la cena de esta noche. Por lo que veo, serán una multitud de platitos fríos, algunos con apariencia de orientales, crudités, jamón (¿cómo no aquí?), quesos y marisco.

-¿Preparas el vino?

-Claro. ¿Qué vino ponemos?

Me mira otra vez. Esta vez no sonríe, aunque a media frase de nuevo aparece con fuerza y luminosidad esa belleza de expresión en su rostro.

-Tú sabrás ¿no?… Eso te lo dejo a ti… pon el de la última vez, que nos sentó muy bien.

Yo también sonrío abiertamente al oírla.

Sigo sonriendo cuando bajo al sótano, al rincón que acomodamos como bodega en el garaje, para seleccionar las botellas. Siento un hormigueo, la emoción que anticipa algo que sabes intenso, mientras subo otra vez cargado con ellas. Ribera tinto y Rueda blanco, por supuesto, y también cava catalán.

Coloco las botellas de vino blanco y cava en la nevera y me aproximo a Rocío, que está de espaldas a mí haciendo algo en la mesa, aprieto mi vientre en sus nalgas y deslizo las manos entre la pechera del delantal y la camiseta que lleva puesta. Abarco sus pechos y la atraigo hacia mi cuerpo con fuerza.

-¡Ayyyyy! ¡Estate quieto! ¡Déjame acabar! ¡Ya tendremos tiempo para esto y para más!- me dice con voz quejosa.

La reprimenda suena a queja falsa, porque mientras lo dice no deja de sonreír y sacudir sus caderas hacia atrás, en un movimiento de rotación muy estimulante, frotando sus nalgas suavemente contra el ciruelo morcillón, unas nalgas muy sueltas dentro de un pantalón de tela suave y muy ancha, una prenda muy cómoda que acostumbra a preferir para estar por casa.

Pese a ello decido hacerle caso y soltar la presa, que cuando una mujer –al menos la mía- está concentrada trabajando en algo puedes pasar fácilmente de hacer una gracia a ser un pesado, estropeando lo bueno del momento.

Esta noche tenemos “la cena”. De nuevo la cena del viernes. Otra más de tantas otras. Esta vez toca en nuestra casa. Hemos cenado con Loli y Carlos cientos de veces, durante años, al menos cada dos semanas, alternándonos en el papel de anfitriones e invitados, como una cita formal y al margen de otros muchos momentos en los que compartimos en familia tiempo, espacio y actividades.

Vivimos a poca distancia, apenas 30 metros de puerta a puerta, en una urbanización de casas unifamiliares aisladas -a los cuatro vientos se dice ahora-, separadas las nuestras respectivas por una que nos impide tenerlas juntas, una que cuando llegamos ya estaba construida. A pesar de ese inconveniente, nos gustó tanto el lugar que acabamos comprando dos de las escasas que quedaban libres todavía.

Barbacoas americanas, paellas levantinas o sardinadas andaluzas, asados castellanos e incluso asados argentinos han tenido lugar en nuestros respectivos jardines, con amigos y con familia, generalmente los fines de semana, con perfecta armonía y entendimiento, alrededor de las dos hermanas.

Entre semana, cada cual a sus ocupaciones y actividades, pero dejando siempre ese espacio más tranquilo y reposado, más íntimo también, reservado a los dos matrimonios para cerrar una de cada dos semanas en un entorno sosegado, disfrutando de unas cenas cargadas de probaturas gastronómicas y exquisiteces con pretensiones de universalidad.

Mientras hago tiempo, me recreo en las sensaciones que experimento. Un nerviosismo que sube desde el centro del vientre y se expande en forma de onda cálida por todo el cuerpo. Una sensación excitante y al mismo tiempo capaz de tenerme inquieto, como cuando alguna preocupación te produce insomnio y altera tu reposo.

-¿Cómo irá?- me pregunto a mí mismo en silencio, sin querer siquiera ensayar una respuesta.

Hace casi tres meses que celebramos la última, a primeros de marzo, justo antes del confinamiento. Ésta será la primera tras ese periodo tan prolongado. Volveremos a reunirnos para celebrar que nadie próximo ha sido alcanzado por la epidemia, que estamos sanos, que estamos vivos, que nosotros y los nuestros sobrevivimos sanos y salvos, al menos por ahora…

Y algo más. Hoy, esta noche, celebraremos algo más…

Me acerco al comedor y compruebo que Rocío, siempre tan organizada y previsora, ya ha dispuesto la mesa más pequeña de las dos, la cuadrada junto al rincón más recogido, la que siempre hemos utilizado para nuestras cenas porque provoca una atmosfera más próxima, más recogida también, contribuyendo a la serenidad de nuestras conversaciones.

-¡Juan!… ¿Qué te pondrás?

Me llega la voz de Rocío desde el piso superior. Aunque faltan todavía dos horas para que lleguen, ha acabado con los preparativos de la cena y ya está disponiendo, ordenando y evaluando otros detalles.

Subo la escalera mientras le contesto provocativamente.

-Cualquier cosa. ¿Qué más da?

Entro en la habitación a tiempo de comprobar su cara de incredulidad por mi respuesta, y mantengo el gesto inexpresivo unos segundos, hasta no poder contener la risa por más tiempo.

-¡Déjate de tonterías, anda! ¡No te rías de mí! – me contesta sin poder contener tampoco sus risas.

-¡Venga! ¡Dime qué te pones!- insiste

-No sé… ¿Algo ligero?

¡Qué bien nos conocemos!

Sé que es la forma de transferirle la decisión sobre mi atuendo. Ella sabe que tras ese ritual de preguntas y respuestas a la gallega, ella decidirá los más mínimos detalles de mi vestuario.

-Te puedes poner este pantalón de vestir – me dice mostrándomelo al tiempo que extrae la percha en la que cuelga del armario- y también esta camisa… es de manga larga, te la remangas dos vueltas para estar más cómodo.

-¡Vaya! ¿Me vas a disfrazar de sevillano? –le digo para seguir provocándola.

-¡Tonto!

Y forma con sus labios esa O que me erotiza y despierta, que me impulsa y arrastra a buscar su boca con la mía.

-Anda, dúchate tú primero, luego ya me ducho yo.

– ¿Estás segura?- le respondo- ¿No quieres ducharte conmigo?

Pongo la voz dulce y le gesticulo intentando parecer eróticamente sugerente…

Vuelve a sonreír abiertamente, se acerca a mí, pega su cuerpo al mío, me abraza y me susurra al oído: Resérvate para luego, lo vas a necesitar…

Su vientre se aprieta en el mío, buscando notar mi presencia, y cuando percibe un bulto que empieza a crecer se retira triunfadora, lanzándome con su mirada y sonrisa ardientes la promesa de las mil y una noches.

-Dúchate ya- vuelve a decirme mientras sale de la habitación.

Dejo caer el agua caliente por mi cuerpo, recreándome en las sensaciones. Después, más que enjabonarme me acaricio la piel, con movimientos lentos y pausados, sintiendo mis manos en cada trocito, en cada rincón… me entretengo en el lavado de bajos, frotando con mimo la bolsa colgante… retiro la piel y, formando con anular e índice un anillo, lo giro alrededor del capullo en uno y otro sentido, para limpiarlo bien y también para sentir una profunda sensación de placer… Cierro los ojos y me regodeo en esa sensación, notando que empieza a hincharse lentamente…

-Que bien te lo pasas tú solo ¿no?

La voz de Rocío, jocosa, me vuelve al mundo. Allí está, con expresión pícara, contemplándome desde fuera de la jaula de cristal de la ducha.

Le devuelvo la broma, abarco con la mano la base del tronco y los compañones, intento dejar el máximo de verga morcillona al aire y la sacudo enérgicamente con gesto obsceno mientras le digo con expresión seria e impostando voz de documental televisivo:

-El mantenimiento de las herramientas es importante para el correcto desempeño de la función que deben cumplir.

Reímos los dos. Su mirada es ahora cómplice, con mezcla de ese punto de excitación que tan bien conozco y que precede a los mejores momentos que hemos vivido.
-Acaba ya, que al final me cogerá el toro.

-Espero que sí- le suelto riendo de nuevo, con toda intención, mientras me apresto a cerrar los grifos, coger mi toalla y salir de la ducha.

Tiene razón, apenas hora y media para que lleguen nuestros invitados. Un tiempo ajustado para el completo ritual de preparación de mi mujer. Lo ejecuta lenta y concienzudamente. Lo he contemplado, hipnotizado, muchas veces, aunque ella prefiere cumplirlo a solas.

La ducha primero, un par de veces enjabonada, con minucioso recorrido de todo el cuerpo (normalmente, no se lava así el cabello porque eso es otro ritual distinto). Secado a conciencia, sin dejar un mínimo rastro de humedad. Acto seguido, lociones corporales, cremas varias, un proceso riguroso en el que cada potecito cumple una función que yo desconozco, incapaz de distinguir entre todos ellos el qué y para qué de cada uno. Me pregunto cómo se lo hará cuando no estoy, porque si estoy cerca me hace feliz pidiéndome que una determinada crema se la aplique por la espalda…

Después el pelo, cepillado o peinado, depende, acondicionado, de nuevo un minucioso y concienzudo proceso que no acaba hasta que el espejo le devuelve la imagen exacta que en ese momento quiere tener, como si cada hebra de cabello debiera cumplir un determinado papel en la coreografía general, como si cada uno de sus cabellos, de no estar exactamente en su lugar, pudiera arruinar la obra de arte que es su cuerpo…

Ahora maquillaje. Aunque no es de ponerse demasiado, no es óbice para emplear mucho tiempo. Estoy convencido, incluso, que un maquillaje liviano, apenas perceptible, es más trabajoso que otro más abundante. Si ya en las cremas me reconozco lego, en esto otro me declaro lerdo. Pero sé, eso sí, que el resultado será excelente.

Cuando finaliza esa parte, es el momento del vestuario. De dentro hacia afuera. Primero la ropa interior, sostenes y bragas. Tiene especial gusto en la combinación de colores. Aunque no sea visible, aunque no haya transparencias, necesita sentirse armónica, de tal forma que, si finalmente decide cambiar su ropa exterior (falda, blusa, vestido, pantalones…) tras haber rechazado su idea inicial de otro conjunto, el cambio supone volver al inicio y seleccionar lo más adecuado a la nueva idea.

Miradas reiteradas al espejo, giros de noventa grados para contemplarse de perfil, de espaldas, ahuecado de blusas o estirado de vestido, alisando la tela con las palmas por el vientre, las caderas o las nalgas…

Supongo que debe ser común en las mujeres cumplir ese ritual… y afirmo que el hombre que no se vuelve a enamorar de su hembra cuando la contempla llevándolo a cabo es un trozo de carne con ojos que no se la merece.

Hago tiempo.

Para oxigenar adecuadamente el vino tinto, abro una botella…

-¿Será suficiente?- me interrogo… Sí, una bastará. Ellas acostumbran a tirar más del blanco, y son comedidas. Carlos y yo pasaremos con una.

-¡Qué cojones!- exclamo para mí. Abro otra por si acaso. No nos vamos a arruinar por una botella y nada más cutre que dejar de beber lo que te gusta cuando estás a gusto por falta de previsión.

Ahora me ocupo de la música. Reviso las playlist de Spotify en la tablet y la conecto al grupo de sonido. Chillout, muy suave, como fondo para la cena, música variada, pero muy suave todo, para el resto de la noche.

Por un momento me detengo mientras reflexiono en lo que estoy haciendo. Me resulta increíble, sí, pero al mismo tiempo siento una determinación firme. Sé qué quiero y que lo quiero con toda intensidad. Siento que el corazón se me acelera, golpeando con fuerza. Para sacar la mente de este lapso decido subir a vestirme, calculando que Rocío ya debe estar preparada.

La encuentro frente al espejo, observándose atentamente.

Una vez más, muero por la belleza de su cara. Enmarcada por el cabello largo, suelto, ondulado y moreno, tiene ese aire de hembra que se sabe atractiva, que sabe que al sonreír hechizará a cualquier hombre. Sigue sorprendiéndome cada vez que suelta su cabello, abandona la coleta de maestra con la que se lo recoge habitualmente y lo luce con ese poderío de mujer total tan suyo.

Me quedo embobado mirándola. Respiro poquito, como si no quisiera romper este momento.

Mi diosa.

Me deslumbra su imagen de brillante Rojo Tiziano.

Enfundada en un vestido chino tradicional, un cheongsam rojo de tela sedosa y brillante, con algunas estampaciones de diminutas flores doradas, cerrado en el cuello y en los brazos, ajustado a su cuerpo perfectamente, marcando a la perfección el talle para caer recto después, desde sus caderas, hasta el punto medio entre las rodillas y los tobillos.

Dos aberturas laterales a lo largo del vestido, desde las caderas hasta el final, señaladas por estrechas filigranas doradas, permiten la exhibición generosa de sus piernas cuando se coloca de perfil y avanza un paso.

Enfundada en aquella tela de seda roja y brillante me mira mientras procuro componer el gesto para no aparecer alelado a su vista, y sólo entonces reparo en que el carmín de sus labios es del mismo y exacto color, del mismo brillo también, que el vestido, un color que destaca en su rostro para proporcionarle un atractivo morboso extraordinario.

Completan esa exposición de rojos dos puntos brillantes, rojo rubí, en las orejas, rojo en las uñas de las manos y de los pies, calzados con sandalias planas de color dorado amortiguado, pastel, apenas unas tirillas de piel jalonadas de pequeñas incrustaciones de cristal, rojo, que resaltan la belleza de líneas de sus pies.
Junto a la alianza, en el mismo dedo, dejándola en medio, dos anillos estrechos que la escoltan, en rojo también, para completar una imagen cuya totalidad sólo puede transmitir un sentimiento: Pasión, pasión roja e intensa, pasión total.

-¿Te gusta?

No respondo mientras avanzo lentamente hacia ella. Me pregunto qué lencería habrá elegido para tan exótico atuendo, y como si hubiera llegado a su piel la pregunta, rápidamente me ofrece una respuesta. Dos botones resaltan en el delantero de su vestido, en el extremo de cada uno de sus pechos. No hay ninguna otra marca de tirantes en la parte superior de su vestido, y la evidencia de sus pezones endurecidos marcándose en la tela parece ofrecer respuesta a mis interrogantes. Cuando me paro frente a ella levanto la mano y rozo suavemente, con el dorso de los dedos, uno, dos tres, cuatro, arriba, de nuevo uno, dos, tres, cuatro, abajo… uno de esos puntos marcados.

Se estremece por el contacto, cierra los ojos y aprovecho para entrar con mi otra mano por la raja del vestido, subiendo por sus caderas hasta el inicio de la espalda, una distancia en la que puedo certificar que tampoco lleva nada más, nada que no sea su piel suave…

Acerco mi boca a la suya. Sin llegar a hacerme una cobra, se retira lentamente mientras me recuerda -voz cálida y acariciante- que falta sólo unos minutos para que nuestros invitados aparezcan.

-Vístete, se hace tarde.

Claro. No había caído. No quiere estropear el remate maravilloso de su obra de arte, ese brillo rojo intenso de sus labios, seguramente trabajado con aplicación y esmero.

Debo conformarme con aspirar profundamente su aroma, ese perfume que me enloquece, no sé por qué, pero que cuando lo lleva despierta todos mis deseos más morbosos, todas las ansias de pecar en sexto y noveno apartados de las tablas de Moisés.

Mientras se encamina a la puerta de la habitación contemplo sus caderas teñidas de rojo, ese culito respingón, resaltado por una cintura con toda la forma femenina deseable…

-Hoy puede ser algo muy especial… ¿Estás decidida?

No lo he pensado. Me ha salido decirlo así. Seguramente desde la sinceridad de una emoción inquieta que, a medida que se acerca el momento, aumenta.

Se para. Gira. Me mira con cara de estar pensando: “pero qué dice éste ahora… ¿es que no me ve?”

Vuelve a acercarse a mí. Cuando está justo enfrente toma mi mano y la conduce, entrando por la raja de su vestido tradicional chino y llevándola despacio por el interior, rozando la piel, hasta el pubis. Enredo mis dedos en su vello, acariciándola por unos segundos. Deja que la retire lentamente, permitiéndome de nuevo acariciar su piel en todo el recorrido hasta finalizar el contacto.

Me responde con otra pregunta y una mirada cargada de intención.

-¿Tú qué crees?

Por toda respuesta me acerco el dedo corazón a los labios, el único que en la caricia le ha rozado apenas el coño, y lo beso con dulzura.

Sonríe de nuevo antes de salir, en una expresión de triunfo ante el gesto, gesto enamorado, que acabo de dedicarle.

He de vestirme, sí.

Pantalones… Ya está. La camisa… ese tono rosa pálido me sienta bien. He vuelto a mi peso, no me he engordado en el confinamiento, me he cuidado haciendo ejercicio en el jardín cada día.

Bien -me digo- bien por mí.

Zapatos… los mocasines de ante, me dan un toque elegante y casero al mismo tiempo, son cómodos.

Una última mirada en el espejo, un poco de perfume y salgo de la habitación.

Un comentario sobre “Dos hermanas (2)

  1. Hoy puede ser algo muy especial… ¿Estás decidida?
    Esta frase de Juan ha disparado todas mis alertas……
    Noto que Rocío no es muy demostrativa con el amor y cariño hacia su marido, quizás estoy equivocado, el conocimiento que tengo de ellos es muy reciente.
    Estoy ansioso por saber como sigue….autor, ya me atrapaste.

    Le gusta a 1 persona

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