SOMBRA

En cuanto vio el rostro de alivio de Margaery, Kendra supo que Egon había cumplido su promesa. La rubia se acercó hasta ella, y, para su sorpresa, le dio un rápido abrazo.

– Me habías dicho la verdad, Kendra… Dime cómo puedo agradecértelo. Haré cualquier cosa…

Kendra se mordió el labio antes de hablar. Le habría gustado decirle que no quería nada a cambio, que lo había hecho simplemente porque ella le caía bien. Sin embargo, sí que había algo que le necesitaba que hiciese.

– Sólo te pediré algo, pero quiero que te niegues si no quieres hacerlo. Prométeme que te negarás, Margaery.

– Lo prometo- su voz irradiaba ansias de pagarle el favor.

– Puede que esté siendo injusta pidiéndote esto, pero… Egon realmente está dolido con este tema. Debe ser cosa de hombres; el hecho de no saber cómo tratar con una mujer le ha calado hondo… Sólo quiero pedirte que hables con él. Que le… muestres cómo hacerlo. Él no hará nada que tú no quieras, te lo puedo asegurar.

A pesar de la turbación que mostraban sus grisáceos ojos, Margaery asintió con la cabeza.

***

– Egon… Egon, es muy pronto. ¿Quieres algo de desayunar, o…?

Él no respondió, y siguió mirando a la caudalosa agua que fluía en el río. No eran ni las cinco de la mañana, y el sol apenas había comenzado a salir; una horrible pesadilla había obligado a Kendra a salir de la cama en busca de algo de aire fresco. Egon se encontraba allí, sentado en la orilla del río, con las piernas estiradas y las manos apoyadas a los lados de su cuerpo.

– No podía dormir- le dijo, aun con la mirada perdida. Kendra notó un deje de melancolía en su voz, y se aproximó a él, temblando cuando una ráfaga de viento se coló entre sus ropas de dormir.

– Tampoco yo- le respondió, agachándose junto a él.- ¿Qué tal ha… ido?

Hacía unas horas que Kendra había hablado con Margaery por última vez, haciéndole aquella petición. Después de que aceptase, la joven habló con su hermano, explicándole los términos y ganándose una promesa por su parte de que los respetaría.

– Bien.

– ¿Egon?

Él giró sus hermosos ojos azules hacia su hermana, y sonrió levemente, marcando en sus mejillas dos pequeños hoyuelos.

– Fue bien, Kendra. Gracias a ti.

– Yo no he hecho nada, pero me alegro de que haya ido bien.

Kendra le pasó una mano por la espalda, acariciando sus largos cabellos oscuros. Ambos se mantuvieron en silencio durante un largo rato, observando el agua del río golpear contra la orilla.

– He tenido una horrible pesadilla- murmuró ella sin detener los rítmicos movimientos de su manos.- No puedo dejar de soñar con el viaje que Sven planea hacer a la Isla Negra. Todos os vais, y yo me quedó aquí, con la horrible sensación de que algo malo ocurrirá. Entonces una espantosa tormenta sacude vuestros barcos, y todos naufragáis… Y el mar trae de vuelta a Asquidia vuestros cuerpos hinchados y morados.

– Es sólo un sueño- le respondió él, rodeándole con un brazo.- No temas, hermanita, hace falta más que una tormenta para acabar con los hijos de Håkon Heimandall. Somos tan cabezones como tú.

Una pequeña risita escapó de los labios de la muchacha, quien dio a su hermano un suave golpe en el hombro.

– Vayamos a dormir- le susurró, incorporándose.- Todavía es muy pronto, y hace frío.

Sin responderle, Egon comenzó a arrastrarse de vuelta hacia la casita. Kendra había acudido allí a dormir, puesto que era mucho más tranquilo que la casa del Rey, donde vivían. Egon se le había unido horas después, tras el encuentro con Margaery, a pesar de que Kendra ni se había enterado.

La muchacha observó a su hermano tumbarse en la cama, boca arriba, con los brazos cruzados bajo su nuca. Él le hizo un gesto para que se acercase y ella obedeció, acomodándose junto a él.

No era la primera vez que dormían juntos; de hecho, así lo habían hecho en la mayor parte de su infancia. Egon había tenido una niñez dura; las primeras semanas después del accidente el dolor en sus piernas había provocado que las noches se convirtieran en un infierno para él; cuando el dolor remitió, fueron los terrores nocturnos los que continuaron acechándolo. Aasta solía pasarse horas y horas tratando de consolar su llanto, hasta que descubrieron que la presencia de Kendra era lo único que conseguía dormir al niño.

Años después los terrores remitieron, o por lo menos, Egon fue lo suficientemente fuerte como para controlarlos por sí mismo. Tuvieron que despegarse de aquella costumbre, pues no era bien visto ni por Aasta ni por los demás que durmiesen en el mismo lecho. Sin embargo, de vez en cuando Kendra huía de su cama, desvelada por una pesadilla, y se reunía con Egon, que se limitaba a rodearle con un brazo y continuar durmiendo.

– Intenta dormir algo, ¿vale?

– No puedo- susurró él en respuesta, y Kendra supo que su hermano también era atacado por las pesadillas en cuanto cerraba los ojos.

Se apegó más a su cuerpo, y se cubrió con las mantas, acomodando la cabeza contra su pecho.

– Nos protegeremos el uno al otro- le murmuró, y sintió cómo los músculos del muchacho se relajaban.

***

Unos pasos cerca de ellos le hicieron abrir los ojos de golpe; últimamente, su despertares eran bastante más bruscos de lo que le habría gustado.

– ¡Egon! ¡Despierta, tenemos que…!

– ¡Shh!- Kendra mandó callar a Uriah en cuanto apareció por la puerta. No pudo evitar sonrojarse cuando su mirada se posó sobre ella, completamente aturdido de encontrársela allí.- No lo despiertes, hace tiempo que no duerme tan bien.

– Sven ha convocado una reunión para hablar del viaje a La Isla Negra.

– Podéis ponerle al día más tarde.

– Claro- Kendra lo vio con intenciones de marcharse, y notó su rostro arder, cuando lo llamó.

– Uriah. No se lo digas a nadie. Puede que te parezca raro, pero…

– No diré nada, Kendra- murmuró.- Sven quería que tú también vinieses a la reunión.

– Estaré allí en un momento.

– Bien.

A pesar de saber que Uriah no comentaría lo que acababa de ver, no pudo evitar los nervios mientras dejaba la cabaña y se dirigía hacia la aldea.

***

Kendra se encontraba sentada en su lugar en el banco, entre Vitcen y Uriah, mientras todos observaban con atención al mayor de los hijos de Håkon, Sven Heimandall. Bebió un trago de su copa, y el sabor dulce y afrutado del vino le impregnó la boca.

Era común que las reuniones como aquella se realizasen en el patio frontal de la casa del gobernador. Aquel día, sin embargo, la lluvia azotaba las calles de Asquidia, por lo que la reina Aasta hizo pasar a los guerreros a su salón, a pesar de que muchos tuviesen que quedarse a la intemperie, a falta de sitio.

Así pues el salón principal estaba a rebosar de gente, quien aquel momento se mantenía en silencio, atentos a las palabras de la cabeza de la expedición.

El rostro de Sven Heimandall siempre había sido taciturno, pero, con el paso de los años, este se había oscurecido aún más. Tenía el cabello rubio, al igual que su madre y su padre lo habían tenido. Uriah y Vitcen también habían heredado aquel rasgo de su progenitor, mas Kendra y Egon no, quienes eran morenos tanto de cabello como de piel. Lo llevaba recogido en una larga trenza, pues esa era la costumbre de los norteños; los cabellos largos y trenzados eran símbolo de su valentía y audacia.

Su voz vibró contra las paredes de piedra cuando habló, robándole el aliento a muchos de los presentes.

– Ya falta menos, guerreros y guerreras, para emprender el mayor viaje que nunca se haya organizado. ¡Ya falta menos para partir hacia Walyra!

Walyra era uno de los cuatro condados de La Isla Negra, junto con Iquzia, Vlydia y Waha, aunque este último era muy pequeño. Había dos reyes allí, o por lo menos eso era lo que los norteños sabían, a partir de lo que descubrió después de su viaje. Pero habían pasado muchos inviernos desde entonces, y nadie tenía certeza absoluta de lo que se encontrarían al llegar allí.

Había algo más sobre los isleños, algo que había impactado tanto a Kendra cuando se lo contaron, que no había podido dejar de hacer preguntas durante una semana entera. Aquellas extrañas personas no conocían la existencia de los Dioses.

Rezaban a un ser llamada Dios, sin ningún tipo de nombre o característica especial, era simplemente un hombre que vivió hacía muchísimo tiempo. Kendra, con los cinco años que tenía por aquel entonces, no lo había comprendido. No entendía cómo podía haber gente que pensase que el mundo lo había creado un solo hombre, una persona. ¿Con sus manos, con sus pies?

De vuelta al salón de la casa del Rey, aplausos y golpes a la mesa inundaron el lugar. El fuego crepitaba en el centro de la estancia, y Kendra lo vio brillar en los azules ojos de su hermano, mientras este se paseaba de un lado para el otro.

Aasta estaba sentada al fondo de a estancia, en su alto trono, mirando a su pueblo con una pequeña sonrisa en los labios. Yvette en cambio se paseaba entre la multitud, vestida con sus ropas de lucha y con un cuenco de vino en la mano. No solía sentirse cómoda sentada a la sombra de la gobernadora de Asquidia, pues la imagen de aquella mujer le recordaba todo lo que había perdido en su vida; a su marido, y su alta posición en la soledad. Ya sólo le quedaba la batalla.

– Fue mi padre, Håkon Heimandall, quien pisó las tierras de los sajones por primera vez. Fue él quien tuvo el valor para navegar hacia el oeste, cuando nadie más lo había hecho. Trató de luchar, pero no iba preparado para lo que allí se encontraría. ¡Pero nosotros lo estamos, y vamos a conquistarlos!

– ¡SÍ!

– ¡Sí, y lo vamos a hacer!- Sven alzó su vaso, dándole un largo trago antes de dejarlo sobre la mesa con un sonoro ruido.

Caminó entre la multitud hasta llegar al banco donde sus hermanos se encontraban sentados, y se arrodilló, quedando frente a su hermana, quien en aquel momento sentía su corazón galopando bajo su piel.

– Y tú, hermanita- susurró, colocándole una mano en la barbilla.- Tú, nos vas a acompañar. Siempre que ese sea tu deseo, claro.

Kendra estuvo a punto de marearse cuando escuchó aquello. Los ojos de ambos se cruzaron, azul con azul, y la joven tartamudeó, abriendo y cerrando a boca.

– Sven- Uriah se había tensado en su lugar, dirigiéndole una mirada de aviso a su hermano.

– Es ya mayor para decidir, Uriah- le respondió él entrecerrando los ojos.- Nuestra hermana es una de las mejores sanadoras que tenemos en Asquidia. Si lo desea, hay un sitio para ella en mis barcos.

Kendra tragó saliva, sintiendo la mirada de sus hermanos posada en ella. Ellos sabían que lo que su hermano mayor decía era cierto.

Además de haberse entrenado durante toda su vida en la lucha, desde pequeña mostró un gran interés en la sanación, siendo realmente buena encontrando plantas curativas y realizando cauterizaciones.

Utilizaba centella para curar quemaduras, y manzanilla cuando las heridas sangraban. Había aprendido a hacer vendajes con hoja de sansevieria, y también torniquetes con un palo y algo de soga; para aquel entonces todo el mundo en Asquidia era conocedor de sus habilidades curativas.

Sabía cuál era la opinión de su hermanos. Sabía que Aasta pasaría una noche entera llorando, y muchas más rezando a los Dioses para que cuidasen a su única hija.

Y, sin embargo, asintió.

– Os acompañaré- dijo, y vio de reojo la mandíbula de Uriah apretarse.- Estoy deseando partir.

No había mentira en sus palabras.

***

Egon no apareció por el salón principal hasta la hora de comer. Su rostro se mostraba relajado y parecía estar de buen humor, cosa que sorprendió a todos los hermanos, quienes se miraron entre ellos con las cejas alzadas.

El aire estaba cargado del olor a carne asada y a pan recién hecho cuando el muchacho tomó asiento. Aasta presidía la mesa, con Yvette sentada junto a ella, en un lugar de menor nivel. El lugar se había ido vaciando después de la convocatoria, dejando al fin a solas a la familia.

– ¿Este es el ciervo que nuestra hermanita cazó?- preguntó, dándole un buen mordisco a una de las patas, y Kendra asintió. – Es una buena pieza. ¿Alguien piensa ponerme al día con la reunión?

Sus hermanos se dispusieron a informarle mientras comían la carne recién asada y bebían de sus cuencos. Sin embargo, como Kendra les había pedido, no dijeron nada sobre la invitación de Sven para que ella los acompañase.

– Falta una cosa por contarte- le dijo ella, dirigiéndose hacia Egon con el corazón en un puño.- Tenéis una nueva compañera de viaje.

– ¿Vienes con nosotros?- él no pareció muy ilusionado con la noticia, pero tampoco montó ningún espectáculo, como Kendra temía que hiciese.

– Sus conocimientos sobre medicina pueden ser útiles- apuntó Vitcen, y Kendra agradeció internamente el apoyo.

Egon apenas hizo un asentimiento con la cabeza, antes de agarrar otro pedazo de carne y comenzar a devorarlo.

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