LOIS SANS

Me siento feliz junto con mi familia, en casa de Isabel, mi hija mayor. Hemos acabado de comer, se apaga la luz y entra mi nieta Lara con un enorme pastel de chocolate adornado con velas rojas encendidas, setenta supongo, uno por cada año que cumplo. Setenta años que han pasado volando y mientras todos cantan aprovecho para repasar mi vida sentimental.

Acababa de cumplir los dieciséis cuando conocí a Javi, mi primer novio. Yo estudiaba en un colegio de monjas y él, a punto de cumplir los diecinueve, se preparaba para ser maestro.

Nos conocimos en un foro sobre Víctor Jara que organizaba el grupo de Scouts del barrio. Uno de los organizadores había invitado a Mercedes, la hermana de mi amiga Lucía y nos pidió que la acompañáramos porque le daba vergüenza ir sola y su mejor amiga estaba enferma.

La reunión no había tenido demasiado éxito, puesto que éramos pocos, diez personas, la mayoría chicas de entre quince y diecinueve años. Aunque Javi era uno de los organizadores, no me había fijado en él, porque su físico no destacaba, no era demasiado guapo, cara redonda, pelo castaño, lo único que destacaba en él era su blanca y permanente sonrisa.

Sin embargo, a ninguna de las presentes, nos pasó desapercibido su inseparable amigo Pedro, alto, rubio, con los ojos azules como el mar, descarado pero sensible, con un agradable aroma a lavanda.

Después de escuchar varias canciones de Víctor Jara en el tocadiscos de Pedro, pasamos a comentar el mensaje de cada una de ellas. Las más atrevidas se atrevieron a compartir sus impresiones, las más tímidas, como yo, solo escuchábamos.

Después del foro, Javi y Pedro se ofrecieron a acompañarnos y de camino a casa, nos cosieron a preguntas, querían saber nuestros nombres, apellidos, edad, donde estudiábamos, qué hacíamos en nuestro tiempo libre. Luego, Mercedes, que era un par de años mayor y más osada que nosotras, les hizo pasar por el mismo interrogatorio.

Supongo que alguien le soplo mi horario escolar, porque la tarde siguiente, al salir de clase, me encontré a Javi en la acera de enfrente, apoyado en una farola, fumándose un cigarrillo. Cuando me vio, tiró la colilla al suelo, se acercó sonriendo y, al tiempo que cogía los libros de mis manos, me invitó a merendar en una cafetería cercana.

Sin darme cuenta empezó a formar parte de mi vida, convirtiéndonos, como se decía entonces, en novios. Una tarde de invierno, mientras estábamos sentados en un banco del parque, aprovechando la oscuridad de una farola rota, me besó en la boca, moviendo su lengua suavemente, impregnándome de un agradable sabor a eucalipto.

Había sido un paso más en nuestra relación y así seguimos durante un tiempo, besándonos en la oscuridad del parque o de algún portal abandonado hasta que una tarde, mientras metía sus frías manos dentro de mi jersey para desatarme el sujetador y acariciar suavemente mis tetas, me preguntó:

  • ¿Tú te masturbas?
  • ¿Qué quieres decir? – contesté acalorada con otra pregunta.
  • Bueno, pues eso, si te tocas – explicó dejándome aturdida.
  • No ¿Por qué iba a hacerlo? – seguí preguntando alucinada.
  • Bueno los chicos lo hacemos cada día. Nos tocamos hasta que tenemos el placer que deseamos – confesó bajando la mirada, intentando parecer avergonzado.

Lo miré en silencio, sin atreverme a preguntar nada más, tal vez por pudor o por temor de que sus manos que, acariciaban mis pequeños y duros pechos, se atreviesen a bajar hacia esa zona tabú. Por la noche, en la intimidad de mi habitación, me desnudé delante del espejo y empecé a acariciar mis pechos, como lo hacía él, noté que se me humedecía esa parte del cuerpo que se encuentra a un palmo del ombligo, por lo que fui bajando las manos hasta llegar a mi parte más íntima y, con la punta de mi dedo, la rocé suavemente. Lo que sentí me asustó al tiempo que me hacía enloquecer, por lo que me seguí acariciando hasta que noté como me hervía la sangre, mi cuerpo se ponía tenso y se me entrecortaba la respiración, para terminar relajada y feliz. Ahora ya sabía a que se refería cuando me preguntó si me masturbaba.

Antes del verano se sacó el carné de conducir, ahora podría compartir el seiscientos de su padre, que ya utilizaba su hermano mayor Jorge. Un domingo por la mañana vino a buscarme a casa con el seiscientos, me llevo por carreteras comarcales y me invitó a comer en un pequeño restaurante de un pueblecito de montaña, rodeado de pastos verdes con vacas y caballos comiendo o descansando.

Por la tarde, condujo el coche por un camino hasta llegar a una cabaña de madera, en un claro del bosque, al lado de un río. Sacó una pequeña llave del bolsillo y abrió la puerta de madera desgastada. Entramos en una sala pequeña, donde había una mesa redonda, con cuatro sillas, una mecedora algo carcomida y una cocina de leña. Al lado había otra habitación con una cama metálica muy antigua y un armario empotrado. La casa olía a cerrado, así que abrimos las ventanas y dejamos que entrase el aire fresco del bosque, el sonido del agua del río y el trino de los pájaros revoloteando en los árboles.

Se acercó, me abrazó con fuerza, me besó apasionadamente en la boca, me desabrochó la falda dejándola caer al suelo, a continuación, me quito el jersey y me quedé en ropa interior, entretanto murmuraba:

  • Que buena estás, déjame verte desnuda.

Avergonzada y excitada me quité el sujetador y lo dejé sobre la cama. Luego, lentamente me quité las bragas y, sin poder evitarlo, me tapé con una mano los pechos y con la otra el pubis.

  • No te tapes. Eres preciosa – ordenó, separando mis manos para mirarme con cara de deseo mientras se iba desnudando a toda prisa.

A parte de mi hermano saliendo de la ducha, nunca había visto ningún hombre desnudo, por lo que cuando descubrí su miembro erecto no podía apartar la mirada de esa parte de su cuerpo que parecía tener vida propia.

Me abrazó y se refregó en mi entrepierna, luego cogió mi mano y me enseñó a acariciarle primero suavemente para seguir cada vez más deprisa hasta que su respiración se hizo entrecortada y salió un líquido blanquecino de su interior y él se quedó relajado, estirado en la cama.

A continuación, besó mi cara, boca, cuello pasó suavemente su lengua por mi cuerpo hasta llegar a los pezones, donde se entretuvo jugando con ellos. Siguió besando el resto de mi cuerpo hasta llegar al pubis, donde se recreó jugueteando con mis pliegues, haciéndome enloquecer, hasta que me hizo llegar al clímax.

Así pues, cada vez que le dejaban el seiscientos, me llevaba a la cabaña de sus tíos, donde disfrutábamos de unas placenteras sesiones de sexo, aunque nunca me penetró, ya que decía que debía llegar virgen al matrimonio, por lo que llegué a la conclusión de que era el hombre perfecto, la media naranja de la que todo el mundo habla.

A principios de agosto, su abuelo enfermó gravemente y, junto con su familia, se fue a un pueblo de La Mancha, donde vivían los abuelos, tíos y primos.

Al principio le echaba de menos, sobre todo las escapadas a la cabaña, hasta que se acostumbró a llamarme cada noche desde una cabina telefónica, interrogándome sobre lo que había hecho durante el día, dónde había ido, con quién y qué ropa llevaba puesta. Sus cuestionarios, cada vez más tediosos, me mostraron una parte de él que no me gustaba, descubriendo un Javi demasiado ordenado, excesivamente metódico, inexcusablemente controlador y exageradamente celoso, consiguiendo que me plantease si deseaba seguir con nuestra relación.

Pedí ayuda a mi hermano y él fue el encargado de contestar cada noche al teléfono, inventándose cada vez una excusa diferente. Le decía que tenía que estudiar, que estaba en casa de una amiga o que había ido con mi abuela, mientras yo volvía a salir con mis amigas y recuperaba mi vida social, aunque siempre ante la atenta vigilancia de mis padres.

Debido a que en aquella época estaba mal visto ir sola, mis padres solamente me dejaban salir si iba acompañada de mis amigas y cuando me invitaban a una fiesta me obligaban a ir acompañada de mi hermano Jesús, un año menor que yo.

Así pues, cuando Jaime, un amigo de mi hermano, nos invitó a mí y a mis amigas a la fiesta que organizaba en su casa de la playa, aprovechando que sus padres se habían ido de vacaciones, papá no puso ninguna pega, solo una única condición que era salir y llegar a casa con Jesús, siempre en horas consideradas razonables.

La fiesta empezaría a las seis y finalizaría a las diez de la noche, pero Jesús y yo fuimos a las cuatro para ayudar con los preparativos. Cuando llegamos, Jaime nos presentó a su primo Fran, un andaluz de Sevilla, que había venido a pasar el verano a su casa. Nos dimos la mano mientras clavaba su penetrante mirada verde en la mía, se llevó el dorso de mi mano hasta el borde de sus labios, rozándome tan suavemente que me hizo estremecer.

Entre los cuatro preparamos canapés, bocadillos, aperitivos y luego, las bebidas, refrescos, agua, zumos. Fran preparó un cóctel que olía a frutas y alcohol en un enorme cuenco de cristal.

Pasamos toda la tarde juntos, riendo y charlando, como si no existiese nadie más, hasta que empezaron a llegar los demás invitados, incluidas mis amigas Lucía, Charo, Marina y Juani, las cuales también se fijaron en Fran, que en todo momento fue el alma de la fiesta gracias a su inmensa simpatía y zalamería.

Comimos, bebimos y bailamos, Jaime se ocupaba de poner música de todo tipo en un tocadiscos que le habían regalado sus padres el día de su cumpleaños y que era la atracción de todos los asistentes. De repente, sonó la música romántica de Camilo Sesto, Fran me cogió de la mano, me llevó hasta el lugar donde habíamos improvisado una pista de baile, al lado de la piscina, luego me abrazó, moviéndose lentamente, al ritmo de la música, mientras mil mariposas revoloteaban en mi estómago, haciéndome perder la noción del tiempo, del lugar donde estábamos y la gente que nos rodeaba.

Cuando se acabó la canción, alguien puso un disco de Los Bravos y todos empezaron a bailar separados, entonces Fran me estiro de la mano llevándome en dirección a la caseta de la piscina, que estaba detrás de unos árboles, un poco apartada.

Entramos en una pequeña habitación donde había un armario y unas tumbonas de color azul. Apoyados en la pared, me besó apasionadamente en la boca, moviendo su lengua alrededor de mis labios, enzarzándose luego con mi lengua, consiguiendo que me olvidase del mundo.

Mientras Fran me quitaba el vestido y rozaba con la punta de los dedos mi piel mientras chupaba suavemente mis pezones, lo comparé con Javi y decidí que, definitivamente, era más guapo, más simpático, más tierno y besaba mil veces mejor, convirtiéndose en el hombre perfecto.

Hasta que, de repente, se abrió la puerta, entrando Jaime y Jesús, que, asombrados se quedaron mirándonos fijamente mientras mi hermano decía:

  • ¿Qué estáis haciendo Marisol? Siempre había pensado que eras una buena chica. Si papá se entera te encerrará en un internado para toda tu vida.

Asustada y avergonzada me separé de él mientras buscaba mi ropa tirada por el suelo y me vestía rápidamente mientras él, vistiéndose también, se disculpaba diciendo:

  • Lo siento, ha sido culpa mía. Marisol es muy guapa y me gusta mucho. No sé qué nos ha pasado, ha sido por culpa del cóctel que he preparado, lleva demasiado alcohol.

Las lágrimas se agolparon en mis ojos, noté como la cabeza me daba vueltas hasta que no pude evitar vomitar en el suelo, justo cuando intentaba salir de la habitación, salvando así mi reputación, demostrando que llevaba dentro demasiado alcohol. Me ayudaron a sentarme en una tumbona, al lado de la piscina obligándome a beber agua mientras me ponían una toalla mojada en la frente.

Durante varias noches soñé con las manos de Fran acariciando mi cuerpo, incluso me imaginé que disfrutábamos de una noche de sexo loco. Me sentía feliz y enamorada hasta que un domingo que fui a la playa con Charo y lo encontramos besándose con una francesa muy guapa que llevaba un pequeño bikini blanco.

Desilusionada y deprimida me quedé unos días en casa, sin salir, soñando con Fran, pero una tarde que estaba sola, sonó el timbre de la puerta y al abrir me encontré a Javi sonriendo mientras decía:

  • Por fin te encuentro, cariño. No sabes lo preocupado que estaba, llevo varios días llamándote por teléfono y nunca te puedes poner. Creí que te había ocurrido algo.

Paralizada por la sorpresa, sin saber que decir, me di cuenta de que no sentía nada por él, solamente le tenía cariño, como un amigo, nada más. Ahora me quedaba la horrible tarea de decírselo sin que se ofendiera.

Cuando por fin reaccioné, tiré de su mano escaleras abajo, mientras intentaba encontrar una buena explicación al tiempo que él no paraba de protestar.

Una vez en la calle, le arrastré hacia el parque, nos sentamos en nuestro banco preferido, luego le dejé que me interrogara mientras mi mente trabajaba a todo gas buscando las palabras adecuadas para dejarle sin que se sintiese demasiado mal:

  • ¿Qué ocurre Marisol? ¿Qué ha pasado estos días que he estado fuera? ¿Por qué no podía hablar contigo por teléfono?
  • ¿Cómo está tu abuelo? – intenté desviar su atención hacia otro tema.
  • Mi abuelo murió hace una semana, pero no he podido decírtelo porque no me has contestado las llamadas – contestó visiblemente enfadado.
  • Verás es que me resultaba muy pesado que cada día me interrogases como si fuese una delincuente – respondí mirándole un poco atemorizada porque su tez se ponía cada vez más colorada.
  • Insinúas que no tengo derecho a saber qué hace mi novia mientras yo no estoy con ella. ¡Esto es indignante! – acabó elevando el tono de voz mientras se levantaba del banco y me miraba desde arriba, provocándome un ligero temblor.
  • Supongo que tienes derecho a saber que hago, pero no tienes derecho a llamarme cada noche para preguntarme con quién he salido y mucho menos, qué ropa me he puesto – contesté levantándome del banco indignada, aguantándole la mirada.
  • Yo estaba pasándolo muy mal, mi abuelo en el lecho de muerte y no sabía nada de ti. Necesitaba tu consuelo, te necesitaba. Eres una mala persona – me gritó.
  • Tienes razón. Soy una mala persona y no te merezco, por lo que creo que es mejor que dejemos de vernos – contesté aprovechando sus palabras mientras me daba la vuelta y me iba de allí a toda prisa, aunque él vino detrás de mí y, cogiéndome del brazo me frenó, diciendo:
  • No puedes dejarme, en todo caso debería dejarte yo a ti.
  • Vale, pues déjame tú. Como quieras, pero aquí se acaba nuestra historia juntos – me atreví a responder.
  • Pero yo no quiero dejarlo, quiero seguir contigo. Te quiero, no puedo vivir sin ti – imploró dándome un poco de pena.
  • Mira, he sido mala y me he besado con otro, así que no te merezco – confesé un poco atemorizada porque no sabía cómo reaccionaría.
  • ¿Has besado a otro? Yo creía que me querías – dijo abatido.
  • Lo siento, supongo que no te quiero lo suficiente. Mira, será mejor que nos demos un tiempo y más adelante ya veremos – pedí, pensando que era la mejor opción.
  • ¡Ni lo sueñes! – gritó – si te vas ahora, tal vez no volvamos a vernos nunca más – amenazó en un intento de convencerme.
  • De acuerdo, estoy segura de que será lo mejor para ti – acepté besándole en la mejilla para luego darme la vuelta y caminar todo lo deprisa que podía.

Supongo que se quedó allí, mirando como me marchaba, sin entender demasiado bien qué había ocurrido. Dos días más tarde me llamó por teléfono, pero mi hermano le dijo que estaba estudiando y que no me podía molestar. Por mi parte, ahora sabía que nunca había estado enamorada de él, porque mi corazón latía por Fran.

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