LOLA BARNON

1

Era de noche. La brisa entraba en la habitación. Yo flotaba en ella… Isabel estaba distinta, con otra expresión, otro talante. Otra gestualidad que me hicieron volver a ver algo parecido a esa Isabel de meses atrás, diferente y entregada, sin el velo de dudas que la había saltado momento antes.

Gonzalo ya estaba desnudo, con un empalme considerable. Su polla era normal, tirando a gruesa. Parecida a la mía, quizá un poco más larga, o daba esa sensación porque iba depilado y eso hacía que pareciera mayor.

Yo terminé de desvestirme. También estaba nervioso, con una mezcla de dolor, de celos y de extraños pensamientos esquivos revoloteando por la cabeza. Yo miraba la escena, su interactuación, como si fuera un espectador al que le hubiera tocado participar en un sorteo. En parte ausente, y de cierta manera, partícipe secundario. Como un apuntador de un teatro antiguo.

Isabel, ya completamente desnuda, era quien nos dirigía a los tres. Se subió a la cama, se arrodilló en ella y palmeó a ambos lados, indicando donde quería que nos situáramos. Yo veía todo aquello desde numerosos ángulos, como si una cámara me moviera y me situara a su antojo. A veces distante, otras en alto, en ocasiones al lado de ella…

Gonzalo fue el primero en colocarse donde Isabel indicó. Se arrodilló, pero mi mujer hizo que se incorporase. Yo, titubeando y sin saber si aquel era mi lugar, hice lo mismo. La boca de mi mujer quedaba la altura de nuestros dos penes. Entonces me miró de nuevo, dudando si continuar o preguntándome con la mirada. Me vi lejos en ese momento, pero sorprendentemente, a pesar de esa distancia, le acaricié con una sonrisa nerviosa, llena de dolor y dudas. Ella, entonces, cogió con su mano el pene de Gonzalo y empezó a lamer mi glande para pasar luego al de él. Alternativamente, acercándome a la situación y a la escena.

Era hipnótico ver a Isabel lamiendo e introduciéndose de forma alternativa nuestras pollas. Gonzalo me miró y sonrió, como si entendiera que yo era parte de aquella manera de disfrutar el sexo. Pero no pude devolverle la sonrisa. De nuevo estaba lejos, deshilachado en el aire de aquella habitación de hotel. Hecho, literalmente, polvo que suspendía en el aire.

Isabel, ligeramente vuelta hacia él, acababa de introducirse más de la mitad de su miembro en la boca. Mi vista giraba y buscaba todos los ángulos, como si yo estuviera ordenando un travelling cinematográfico. A veces en ángulos picados, otros extremadamente cercanos. Era raro y obsceno. Doloroso y mortal.

No me era agradable ver a mi mujer disfrutar con otro hombre, pero, aunque me doliera, debía consentirlo, como si aquello pudiera redimirnos a ambos, a Isabel y a mí. Me vi, nuevamente lejano, como si necesitara huir de aquella escena…

En ese preciso momento, Isabel se giró, ofreciéndome su pubis, mientras ella, a gatas encima de la cama, empezaba a chupar con verdadero deleite el pene de Gonzalo. Me quedé un momento quieto, dubitativo, pero una mirada de soslayo de mi mujer y un ligero movimiento de sus caderas, incitándome a la penetración, me hizo acometerla sin dejar que mis reflexiones se enturbiaran. Solícito, la obedecí sintiendo que no era yo quien estaba allí, en esa habitación.

Puse mi glande en la entrada de su sexo y empujé ligeramente. Entró con suma facilidad por la lubricación de Isabel. Pero yo no sentía nada, salvo dolor en el pecho; era como penetrar el aire. Intenté ser algo más que un ente que no terminaba de encajar en esa escena, que iba y venía, que cambiaba de punto de visión, de postura, de irritación… Estaba y no estaba. Entraba y salía. Me deshacía y regresaba. A veces escuchaba y otras tan solo me difuminaba.

Ella, sensual, con movimientos felinos, lentos y casi elegantes, mantenía un ritmo de mamada que a Gonzalo parecía entusiasmarle. Era Isabel quien hacía casi todo el trabajo. Únicamente con la boca, sin utilizar las manos. Y con lentos y estimulantes movimientos de sus caderas, ayudándome a que la penetración fuera mayor. Esa escena era la misma que con aquel gigantón en nuestro salón. Exacta, pero cambiada de lugar y de hombre. Cerré los ojos y vi a mi mujer, con uno y con otro, de forma onírica, como si pudiera traspasar el tiempo y situarme en ambas situaciones. Isabel me sonreía en ambas, como si ella, al igual que yo, también fuera un elemento que se pudiera trasladar. La escena cambió y ahora estábamos en nuestro salón, pero la puerta abierta de la terraza permitía que entrase la brisa del mar de Lanzarote.

Los tres gemíamos. O los cuatro, porque iba y venía confundiéndose con Gonzalo aquel hombre tatuado de verga descomunal. Cerré los ojos de nuevo, con fuerza, intentando alejarme de todo aquello, aguantando el placer que no quería sentir. Pero ese placer era extraño; hiriente, doloroso, ambiguo y esquivo. Falso, en una palabra.

Isabel me dijo algo, pero yo no escuchaba, salvo un eco deforme, sin demasiada lucidez, y que hizo que me perdiera en medio de ese torbellino de imágenes que se mezclaban en un sinsentido total, perturbador, peligroso y pérfido. Mi imagen, sin cuerpo, sin verdadera dimensión, reía mientras lloraba. Y entonces, de pronto, estaba solo, en una habitación ajena a todo, con un silencio monolítico y una sirena de barco apretando mis oídos desde muy lejos.

Me vi de nuevo allí, en una escena alejada de todos, sin que nadie fuera el verdadero protagonista. Sin que de verdad se supiera qué había pasado. Hinché el pecho y eché la cabeza atrás, miré hacia arriba, donde se extendía un cielo nublado y muy negro. Me había corrido, pero no sentí el más mínimo placer. Me corría con chorros inmensos, largos, potentes, pero ni siquiera tuve un instante de mínimo gozo. Al contrario, cada sacudida era acompañada de un golpe en mi pecho. De una laceración. Mi racionalidad en medio de todo ese artero desbarajuste me gritaba que aquello era necesario para mantener las ansias de sexo desatado de Isabel. Que, de alguna forma, significaba controlar esa excitación estando yo presente. Mandar en ella, en mí… Y que no se fuera como ya hizo en su momento, a buscar ese sexo diferente con otros hombres. Pero todo quedaba inacabado, extrañamente deforme y desdibujado.

Y de pronto me vi de nuevo alejado, sentado en una silla de espectador, asistiendo a un espectáculo erótico del que formaba parte, pero de manera apartada y neutra. Ya no estaba allí. O sí, pero en una dimensión diferente. Ajena y vital, en medio de un silencio lleno de ecos guturales, jadeos y suspiros que no me pertenecían.

Me levanté y me dirigí al baño a por papel higiénico o toallitas para limpiarme a mí o a Isabel. Por la terraza abierta, extrañamente, se escuchó una risotada del gigantón tatuado. Me señalaba de lejos y me chillaba que yo le conocía…

Ya no había rastro de esa Isabel que dudaba, que se había refugiado en mis brazos y que empezó a llorar cuando había puesto fin a este experimento. Pero ¿lo había hecho? ¿Era real todo aquello? Dos visiones de lo mismo, dos momentos diferentes pero que espacialmente estaban anclados. E Isabel, sin las dudas y miedos que me pareció que sentía tras irse Gonzalo. ¿En verdad se había ido?

En medio de aquellas dudas, yo volvía a estar en la escena. Confuso, pero hipnotizado de doliente sensación, y sentí que no era yo quien se reflejaba en el espejo del cuarto de baño. Respiré, intenté hacerme cargo de la situación y asumí que, esa necesidad nos fortalecería a Isabel y a mí. Una retahíla de pensamientos inconexos, diletantes y dispersos me engullía y encapsulaba. Era un yo diferente a mí. Otro Luis, otro marido de Isabel. Una persona que se diluía en medio de las escenas que se sucedían en mi mente y ante mis ojos.

Volví al dormitorio, Isabel había dejado de chupársela y ahora se la masajeaba para mantenerle la erección tan brutal que tenía aquel pene. Ya no estaba Gonzalo. Era el de los tatuajes, volviéndose a reír y a señalarme, mientras que con su inmenso pene apuntaba a la cara de Isabel. Absurdamente, me alerté en ese momento, pero solo escuchaba a Isabel diciéndole obscenidades, como en el video de nuestro salón. Era todo muy irreal y extraño, pero a la vez duro y explícito.

Le acerqué papel higiénico y ayudé a limpiarse a Isabel. Ella, continuaba mirándome, midiéndome. Yo le sonreía con tristeza, dando a entender que estaba bien, aunque todo fuese falsedad y dolor…

Isabel cerró los ojos, asumió mi talante, y volvió a introducir un buen trozo de la polla de Gonzalo en la boca. Había vuelto de repente y el gigantón ocupaba un nuevo lugar en una alfombra blanca, sentado. Tras comprobar ella que ese pene estaba duro como un yunque, se tumbó en la cama y se ofreció para que la penetrara.

Vi aquello de forma cenital, como si flotara en una especie de red que me permitía verlo desde esa posición. Mi mente se preparó para a la escena. Sentí una sed brutal y el golpeteo durísimo de mi corazón en el pecho. El gigantón reía continuamente y muy alto, mientras no paraba de señalarme con su índice

La luz del baño se había apagado y la habitación se quedó tan solo parcialmente iluminada. Una única lámpara de la mesa auxiliar del escritorio permanecía a medias encendida dejando la habitación en una excitante penumbra. Sonaba ahora una música lejana y extraña…

Isabel, con la espalda totalmente extendida y las piernas en alto, llevaba sus manos a los brazos o al pecho de Gonzalo o de aquel tatuado —yo ya no distinguía a nadie— para acariciarlo. Se mostraba, no solo receptiva a él, sino que agradecida y complacida por la follada que estaba recibiendo. No dudé que estaba cercana al éxtasis y que gozaba tremendamente con aquello. Me dio por pensar que yo estaba muy lejos de aquella categoría de sexo. No me había equivocado. El de los tatuajes volvió a entrar en escena y desapareció Gonzalo. De nuevo la alfombra blanca, nuestro salón… Los recuerdos que se hundían como dagas en mi cabeza, ensombreciendo, dañando y dinamitando los escasos restos de racionalidad que me restaban.

Me senté en la cama, cercano a ella y le supliqué llorando. Ella me sonrió un momento y sentí una mirada que podía ser de dudas o pidiéndome disculpas por entregarse así, de esa manera. En ese momento, él la atrajo hacia sí, mientras entraba en ella un segundo orgasmo que la debió recorrer todo el cuerpo. Isabel se corrió con una serie de espasmos continuados que hicieron que agarrara con ambas manos las sábanas y soltara varios suspiros y gemidos de placer. Y el gigantón, de nuevo, sin detenerse y sin duda buscando alcanzar el mismo grado de disfrute, arreció todavía un poco más las acometidas. Tras diez o doce segundos, sacó su miembro de la vagina de Isabel, apuntó hacia ella, agitó su pene y lanzó varios chorros de semen encima de ella, que los recibió sin mover un músculo, aun recreándose en el excelente orgasmo que parecía haber alcanzado.

Después de aquello, los tatuajes se difuminaron, quedándose esparcidos como la arena un día de viento en la playa, mientras Isabel, me llevaba de la mano a la ducha.

Era la de nuestra casa…

Y yo, mientras me evaporaba.

2

Me desperté de golpe con una sensación de agobio brutal y mayúscula. Respiraba con ansia y dificultad, muy deprisa, faltándome el aire. Me noté sudoroso y con el corazón a mil. Latiendo desaforada y dolorosamente. Estaba nervioso, aturdido y tardé varios segundos en situarme. Sentía un lacerante dolor dentro de mí; agudo, punzante, profundo. Había soñado de una forma muy nítida. Demasiado real y descarnado. Las escenas que mi mente acababa de recrear me martilleaban de forma muy dolorosa. Necesitaba levantarme, respirar, sentir que todo aquello que se había sucedido en mi mente no era real.

Alargué el brazo, pero el hueco de la cama en donde debería estar Isabel permanecía vacío. Me incorporé aún con la sensación de miedo y el corazón a mil. Hasta me llevé la mano al pecho y me golpearon sus sacudidas, perturbado y revuelto. Estaba irritado conmigo mismo por haber soñado aquello. Respiré hondo, con alarma y desesperación, intentando calmarme y olvidar las imágenes que tanto daño me seguían haciendo a pesar de estar ya despierto.

Giré la vista y vi que la puerta de la terraza estaba abierta. Entraba una suave brisa. Salí de la cama y miré hacia el exterior. Allí estaba Isabel, absorta, quieta, mirando muy fijo a la oscuridad de la noche. Me quedé observándola un instante. Permanecía inmóvil, con los ojos abiertos, pero sin moverlos, sin observar nada en concreto pero ensimismada en algo que no miraba.

Con delicadeza la rocé el hombro y dio un respigo.

—¡Qué susto, mi vida! —me dijo regresando de sus pensamientos.

—Disculpa, mi amor… ¿qué haces aquí?

—No puedo dormir… —me contestó.

—¿Qué te pasa? —le dije pasando una mano por sus hombros.

—No puedo dejar de pensar en lo de hoy… En lo de esta noche, Luis. —Su tono era muy bajo. Podía ser de acusación o de incomprensión.

—Lo siento. —Le abracé desde arriba, inclinándome y besándola en el cuello—. Vamos a la cama, anda. Te vas a quedar fría.

Ella se levantó y de la mano se dejó guiar. Solícita y cariñosa se acurrucó en mi pecho, muy pegada a mí.

—No volverá a pasar… —le dije.

Isabel permaneció en silencio, sin moverse. Solo su mano me acariciaba muy ligeramente.

—No he debido provocar esto… —continué de forma dubitativa y con un susurro—. Hay veces que me cuesta… olvidar, Isabel. Y tengo la sensación de que… no sé… de que lo echas de menos. —Esta última frase me salió con un tono muy bajo, seguramente avergonzado.

—Luis, yo ya no sé cómo demostrártelo… No quiero estar con nadie más. Solo contigo…

Su cabeza continuaba apoyada en mi pecho. Su voz sonó tranquila, casi dulce y un punto entristecida.

—Lo sé… —reconocí—. De verdad, que no volverá a pasar. ¿Me perdonas?

Se giro un segundo y me miró.

—Claro. —Volvió a recostarse en mí—. Ahora solo quiero que me abraces —añadió en un susurro—. Y que no me sueltes hasta que me duerma… Por favor.

1. Isabel

Aquella noche fue especialmente rara, extraña. Incomprensible. No entendía nada, pero si era lo que Luis quería, no iba a negárselo. ¿Por qué ahora le apetecía un trío? A eso habíamos llegado con nuestros juegos a costa de Peter? Yo solo quería estar con mi marido….

Cuando nos acercamos Gonzalo y yo a Luis, estaba muy nerviosa e incómoda. Era incomprensible, pero me obligué a continuar por la petición de mi marido. Sentía dudas, angustia, miedos, reparos; no dejaba de pensar en Luis y que él estaba allí de pie, en la silla alta al lado de la barra, a pocos metros de nosotros. Cuando Gonzalo me habló al oído, aun sentados, ya me sentí muy extraña y cercana al bloqueo. Presentía mucha fragilidad en mí y un repudio que me paralizaba. Y así, cuando sentí la primera caricia de Gonzalo, empecé a ponerme verdaderamente nerviosa y alterada. No paraba de pensar en esa extraña decisión de hacer un trío, y que yo no iba a poder, aunque Luis me lo pidiera. Me era completamente imposible…

Sentí las manos de Gonzalo por mi cuerpo y las imágenes de aquella noche de fiesta con Pepe, en ese chalé de la carretera de Burgos, empezaron a tomar forma y a renacer muy concisas en mi cabeza. Comenzaron los flashes, las imágenes distorsionadas, llenas de dolor. Intenté apartarlas, obviarlas, pero era imposible. Eso, y que quería desesperadamente a Luis, me hacía no ser capaz de corresponder a los besos o caricias de Gonzalo. Quería huir de allí, coger a Luis y refugiarme en él, pero no podía dejar que el miedo me atenazara. Si esto era lo que él quería, mi deber era dárselo.

Notaba que las manos y los dedos de Gonzalo me recorrían el cuello y que me acariciaba, pero mi cuerpo estaba frío, inerte. Aumentaba mi nerviosismo con cada acercamiento suyo. En un cierto momento, no pude continuar y me paralicé casi por completo. Vi que Luis dudaba y por fin, se levantó y dijo algo para detener aquello. Como un resorte, lo aproveché.

—Yo… yo no pudo —creo que susurré.

Gonzalo se detuvo, pero al momento continuó intentando acariciarme o dándome suaves besos en mi cuello. Más despacio, como si ralentizándolos pudiera aplacar ese envaramiento que se había apoderado de mí y que él, seguro, notaba. Ya no pude aguantar más. Notaba que iba a empezar a llorar de forma nerviosa, estridente, angustiosa. Le supliqué a Luis con una mirada que finalizara todo aquello. Luis volvió a intervenir, un poco más cortante. Y lo hizo una tercera…

—No… no… no puedo —me parece que dije otra vez.

El carrusel loco y veloz de imágenes terribles de la violación, de mis gritos, sus risas mientras me utilizaban sin mi consentimiento ni el más mínimo reparo, el dolor cuando me penetraron, mis lágrimas implorando que me soltaran… Me derrumbé. Era vivir un torbellino a un ritmo endiablado y malvado, donde se sucedían mis ruegos, mis negativas a que me forzaran y sobaran, las bofetadas, el daño físico al forzarme, el recuerdo de su orina cayendo encima de mí… Estallé por dentro. Me alejé de él y me acerqué a Luis buscando su calor y refugio. Necesitaba su abrazo. Era el único hombre al que me podía acercar y que no rehuiría.

Escondí mi cabeza en su pecho y no pude detener un llanto histérico, pero aun silencioso. Aquellas imágenes lejanas, inconexas, con mis sollozos, quejidos, suplicas para que me liberaran aquellos dos animales, me invadían rebotándome en la cabeza sin orden ni concierto. Empecé a estremecerme entre las distorsiones de mis recuerdos y un ligero temblor me empezaba a convulsionar.

Cuando Gonzalo se fue, empecé a llorar de forma torrencial y nerviosa, arrebujada en el abrazo de Luis; incómoda, avergonzada y molesta. Durante unos minutos permanecí convulsa, angustiada, con el corazón palpitante y acelerado.

Nos duchamos y yo en un arrebato de furia empecé a restregarme con toda la fuerza de la que era capaz, intentando quitarme la piel para que no quedara rastro de los roces de Gonzalo o de aquella fiesta. Luis me acaricio y consiguió que me tranquilizara. Me quitó la esponja y me la pasó con suavidad por mi piel.

Como un autómata, me puse unas braguitas, una camiseta, y me metí en la cama buscando a Luis con desespero. Quería tenerlo cerca; notar su respiración y presencia. Necesitaba sentirlo conmigo, el calor de su cuerpo, la grata sensación de refugio. Me arrimé todo lo que pude, con la respiración agitada y los pensamientos aterrorizándome.

Nos pedimos perdón mutuamente. Nos hicimos unas preguntas absurdas acerca de si aquello que habíamos estado a punto de hacer era lo que de verdad nos apetecía. Me pareció increíble que la noche, que había empezado tan bien, tan romántica y cariñosa, se hubiera tornado en algo áspero, vulgar y dañino. No nos dijimos más y poco a poco, noté que él se dormía.

Yo no podía ni siquiera cerrar los ojos porque regresaban a mí todos esos recuerdos insanos, pero es cierto que tras unos minutos, sintiendo a mi marido conmigo, las escenas de la fiesta aquella, drogada, y siendo violada por aquellos hombres, se me fueron diluyendo. Al ritmo de la respiración de Luis se derritieron con lentitud en el olvido. Se me escaparon dos lágrimas y me sentí dichosa de estar junto a él. Lo besé mientras dormía y se movió ligeramente. No quería despertarlo, pero no pude evitar acurrucarme en su pecho. La idea de perderle se me hizo absolutamente angustiosa. Estaba segura de que no lo superaría…

Me abracé a él despacio, con necesidad real de sentirme protegida, hasta que dejé de llorar y los recuerdos quedaron totalmente olvidados, sumergida en ese abrazo cálido y tan necesario para mí.

No me dormía. Estaba cómoda y me sentía protegida al calor de Luis, pero era imposible conciliar el sueño. Me levanté y me quedé en la terraza. Pensé en aquella noche. En la imposibilidad total de estar con otro hombre que no fuera Luis. Me dio por pensar en que, si algún día el trauma de la violación desaparecía y pudiera tener sexo con alguien más, rebrotarían en mí esos deseos de escapadas sexuales. Tampoco me quitaba de la cabeza que Luis, aunque me había dicho que no le gustaba nada de todo aquello, me estuviera ocultando algo. Y no me refiero a tener la experiencia de un trío. Creía a mi marido, pero había algo que intuía que se me escapaba. Tenía mil dudas y mil miedos.

Y también reflexioné sobre mí. Me enturbiaba el hecho de haberme quedado bloqueada con Gonzalo. No por el hecho en sí. Sino porque tenía miedo por si me pasaba un día con Luis. Los recuerdos borrosos, inconexos, deslavazados de la violación y de aquella fiesta desenfrenada, aunque pareciera absurdo, habían actuado de parapeto ante la experiencia del trío que se me antojaba muy peligrosa. Había sido horroroso recordar aquello, pero a la vez, y en cierta forma, salvador al alejarme de forma absoluta del sexo con cualquier extraño. Aunque pareciera macabro… pero era la verdad.

¿Y si a Luis en realidad le excitaba aquello? ¿Era una buena idea practicarlo? ¿Iba yo a negarle eso después de lo que le había hecho sufrir? ¿Si volvía a suceder, iba a ser capaz de cruzar esa línea del bloqueo? Y sobre todo, ¿debía Luis conocerlo? ¿Si llegaba a saberlo, seguiría tan receptivo conmigo? ¿Le recordaría aquella etapa de mi vida? ¿Rompería el hechizo que habíamos conseguido?

Pensé a solas durante un par de horas. En mí, en nosotros. En todas mis dudas y miedos… En que no sabría qué hacer si Luis un día necesitaba algún tipo de sexo diferente al convencional.

Hasta que Luis se despertó y se acercó a mí, somnoliento y preocupado… Y volví a sentirme protegida y a refugio de mis miedos.

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