SOMBRA

Kendra trataba de avanzar lo más silenciosamente posible mientras se deslizaba junto con sus dos hermanos- Uriah y Vitcen- entre los árboles del bosque.

Era muy pronto por la mañana, y la niebla todavía cubría la atmósfera, dificultando la visión. La hierba estaba húmeda por la lluvia de verano que había caído a la noche, y la tierra se había convertido en barro, manchando las botas de los jóvenes.

Cada uno llevaba su arco preparado en la mano, con un saco de bolsas colgando del hombro, y un cinturón rodeando la cintura, donde los muchachos ya habían enganchado algún conejo.

Kendra observaba a todos lados en busca de una presa; no quería ser la única que se quedase sin haber cazado ningún animal.  De pronto, una sonrisa surcó sus labios, y paró detrás de un árbol, conteniendo la respiración. Los dos muchachos no le prestaron atención y continuaron con el camino y ella, ignorándolos, tensó la cuerda de su arco. Un hermoso ciervo con el lomo rojizo pastaba a pocos metros de ella. Tomó aire, y apuntó hacia su cabeza, como sus hermanos le habían enseñado.

Relajó sus músculos a la vez que la flecha salía disparada, siseando entre las ramas, hasta parar en el cuello del animal. Este cayó al suelo con un gemido, y sus hermanos se dieron la vuelta alarmados.

– ¡Le he dado!- exclamó ella, incrédula. Uriah corrió a ver, y soltó un ruidito de sorpresa al analizar la presa.

– Vaya- comentó, arrancando la fecha del animal para terminar con su sufrimiento.- Un tiro perfecto.

– ¡Esa es nuestra hermanita!- exclamó Vitcen acercándose por detrás y golpeándole la espalda. – Llevemos a nuestro amigo a casa.

***

Regresaron a la aldea cargando el hermoso animal en brazos, y entraron al gran salón, donde Yvette los esperaba.

– Veo que habéis tenido suerte a pesar de la niebla- comentó ella admirando el ciervo.

– Kendra tuvo suerte- le corrigió Uriah, y la muchacha sintió el orgullo trepando por su garganta a medida que sus mejillas se sonrojaban.

– ¿Tú hiciste esto?- Yvette alzó sus cejas con sorpresa.- Buen trabajo, Kendra.

– Gracias.

Aasta apareció poco después, seguida de las sirvientas, quienes con eficacia se dispusieron a servir la comida. Iban vestidas con largos vestidos de telas grises, llegándoles hasta los tobillos, y con los brazos cubiertos hasta las muñecas. Una tenía el cabello plateado, recogido en una trenza larga, mientras que la otra era pelirroja, con la piel pálida y llena de pecas rojizas. Kendra no conocía el nombre de ninguna de las dos.  

Aasta abrazó a Kendra felicitándole por la caza, y le instó a sentarse en la larga mesa de madera colocada en medio del salón para comer.

Por mucho que lo intentase, Kendra no logró dar con Egon en todo el día. El muchacho no se había presentado a la cacería, ni tampoco apareció a la comida; cuando la joven le pregunto a Aasta por él, ella se encogió de hombros con aspecto preocupado.

– Yo tampoco le he visto desde ayer- le respondió, terminando de trenzarle el cabello.- Te ha crecido el cabello mucho estas últimas semanas- añadió con ternura.

Tampoco pasaron desapercibidas para la joven las conversaciones susurradas que mantenían sus hermanos cuando creían que ella no escuchaba. Vitcen se encontraba sentado en el suelo afilando un palo con su daga, mientras Uriah despellejaba un trozo de ciervo, apoyado contra la pared.

Hablaban bajo, y callaron en cuanto Kendra entró a la habitación; ella, sin embargo, no fingió que no se había dado cuenta, y se aproximó a ellos, alternando la mirada de uno al otro.

– ¿Vais a decirme ya qué ocurre? ¿Dónde está Egon?

– No lo sabemos.

– Claro que lo sabéis, ¿creéis que soy tonta? No habéis parado de susurrar en todo el día.

Ellos se lanzaron miradas, pero continuaron sin hablar. Kendra se sentía cada vez más indignada, dándose cuenta de que era la última en enterarse de todo.

– Mirad, puedo perdonaros que os metáis con mi vida y me humilléis cada vez que me encuentro con un chico. Puedo aguantar vuestras burlas y vuestra sobreprotección. Pero no permitiré que me ocultéis las cosas así, ¡y menos cuando se trata sobre nuestro hermano!

Uriah soltó un suspiro, y tiró a una esquina el trozo de carne con el que había estado trabajando.

– Ayer a la noche le arreglamos a Egon un encuentro con Margaery.

– ¿Arreglarle un encuentro?- Kendra alzó las oscuras cejas con extrañeza.

– Era la primera vez que él estaba con una mujer- le explicó Vitcen, y Kendra notó cómo sus mejillas se sonrojaban al tiempo que mascullaba un ohh. Si hablar de sexo con sus hermanos ya era incómodo de por sí, más lo era hablar sobre el sexo que practicaba uno de ellos.

– No hemos sabido nada más de él desde entonces, y Margaery parece aterrorizada de abrir la boca. No sabemos qué… ha podido hacer Egon.

– Oh- repitió ella.

Kendra parecía haber perdido la capacidad de hablar. Sabía lo agresivo que podía llegar a ser su hermano; de hecho, era con ella con la única con la que conseguía controlarse lo suficiente. No quería imaginarse qué había podido pasar esa noche, para que aquella muchacha tuviese tanto miedo, y su hermano hubiese desaparecido así como así.

Se levantó de su sitio y comenzó a alejarse, ignorando las miradas de curiosidad y turbación de sus hermanos.  Entró a la habitación de Yvette después de llamar, donde las sirvientas- no le gustaba pensar en ellas como ‘esclavas’- le estaban preparando un baño caliente.

Era una habitación enorme, con una lecho amplio cubierto de pieles refinadas, trabajadas por muchas manos para que se tornasen suaves y calientes. Las ventanas permitían el paso de la luz, pero, aun así, en la pared de piedra algunas antorchas estaban encendidas.  

– ¿Podría hablar un momento con Margaery, por favor?- pidió, y sintió lástima cuando vio el pánico reflejado en el pálido rostro de la mujer.

– Por supuesto- le concedió Yvette con un asentimiento.- Margaery, puedes salir cuanto tiempo necesites.

La menuda muchacha siguió a Kendra hasta una habitación contigua, donde ambas tomaron asiento. La joven de cabellos plateados temblaba como una hoja al viento, mirando hacia todos lados menos hacia la chica que tenía delante.

– No hemos tenido ocasión de hablar hasta el momento, Margaery. Me llamo Kendra.

Ella asintió con la cabeza, cruzando las temblorosas manos sobre su regazo.

– Lo sé- susurró.

– Sé que estás asustada, y quiero que sepas que puedes confiar en mí. No soy como mis hermanos, por lo menos, en lo que respecta a las mujeres. Necesito saber qué pasó ayer, para ayudarte…

– Na-nada.

Kendra soltó un suspiro, y obligó a la muchacha a alzar la mirada.

– Margaery, nadie puede hacerte daño si yo no lo permito. Te prometo que estás a salvo.

– Él… él me dijo que me mataría si hablaba.

– Egon no te matará- le aseguró ella.- Por favor, necesito saber qué ocurrió. ¿Qué… qué te hizo él, Margaery?

Kendra vio cómo las lágrimas comenzaban a surcar su delicada piel, y le cogió de las manos, intentando hacerle ver que ella estaba de su lado. Y es que realmente lo sentía así: podía ser de sangre real, y sus hermanos podían ser los hijos del famoso Håkon Heimandall, sin embargo, seguía siendo una chica, y seguía sabiendo lo que era el temor a que un hombre decidiese ensañarse con ella.

– Puedes confiar en mí…- le susurró.

– Tiene miedo de que confiese… que no es capaz de satisfacer a una mujer.

Habló tan suavemente que Kendra tuvo dificultades para entenderle. Pero lo hizo y, al contrario de lo que cualquiera hubiese pensado, aquella confesión no le causó ni pizca de diversión.

Sabía cómo era Egon. Sabía lo que era capaz de hacer para ocultar cualquier debilidad suya ante el mundo.

– No puedes decírselo a nadie, por favor- Margaery pareció despertar de pronto, y agarró a la muchacha de las manos con fuerza, clavándole los fríos dedos en la piel.- Él me matará, no puedes…

– No va a matarte, Margaery- le cortó Kendra soltándose de su agarre, pues la mujer le estaba haciendo daño.- Ahora, sin embargo, debo hacerte otra pregunta: ¿qué hay de mis otros hermanos? ¿Te han hecho daño alguna vez?

Su rostro se sonrojó, probablemente sorprendida de que Kendra supiese sobre su relación con todos ellos.

– N-no, ellos… son amables.  Cuidadosos.

– Si quieres que paren de hacer lo que hacen, dímelo. Hablaré con ellos ahora mismo.

– N-no. Con ellos está… bien.

– De acuerdo- Kendra se sintió dolida al ver que Margaery realmente aceptaba que todos sus hermanos la utilizasen, pero supo que no había nada que ella pudiese hacer.- Puedes volver con Yvette. Y, Margaery.

La joven se giró hacia ella con el rostro empapado de lágrimas.

– No temas- le dijo Kendra.- Egon no volverá a hacerte daño.

– Gracias- susurró, y salió corriendo de la habitación.

***

Había oscurecido cuando dio al fin con Egon. Para tener tantas dificultades para desplazarse, el joven había sido muy ágil en que nadie le siguiese la pista; Kendra lo encontró en una vieja cabaña junto al río, escondido allí como si se tratase de un ratón.

Aquella casucha había sido de Håkon tiempo atrás, antes de que desapareciese, hacía años. Solía acudir sólo o con alguna esclava- debía de haberles dejado a sus hijos en herencia genética esa manía de utilizarlas-, y pasaba horas allí, haciendo los Dioses saben qué.

Egon se había sentado en el exterior de la cabaña, apoyando la espalda con la pared y con la vista perdida en el horizonte. Kendra tomó asiento junto a él y se mantuvieron en silencio durante un largo rato; a pesar de sentirse furiosa, Kendra sabía que gritarle no era la mejor forma de llegar a una solución.

– Te he echado de menos en la cacería- le comentó, mirándolo de reojo.- He cazado un ciervo, yo sola.

– Siempre supe que se te daría bien la caza.

– Pues nunca me lo habías dicho.

Ambos suspiraron a la vez en el pesado silencio. El sol acababa de meterse tras las colinas, y los pájaros entonaban sus últimos cantos antes de ocultarse en sus nidos hasta el amanecer. Kendra dobló sus rodillas y se las abrazó, ladeando la cabeza hacia su hermano.

– ¿Me vas a contar qué te pasa?

– No.

– Cuéntamelo. Sabes que no puedes guardarme secretos, no a mí. Soy tu hermana pequeña…

Egon debía de sentirse realmente mal, pues ni siquiera hizo esfuerzos en llevar la contraria a la joven. Simplemente se acomodó contra su hombro, y volvió a dejar que su mirada se perdiese en las alteradas aguas del río.

– Podemos pasarnos aquí la noche entera, si quieres- le murmuró ella, agarrándole del brazo.- No me moveré hasta que mantengamos una conversación.

– No tienes que saberlo todo sobre mí.

– Claro que sí.

Con un resoplido, Egon pasó también su brazo alrededor del de su hermana, quedándose así ambos unidos. A causa de la cercanía de edad -Egon sólo tenía un año más que Kendra- siempre habían sido muy cercanos; fue Kendra la que más paciencia tuvo y más apoyo le dio cuando comenzó a recuperarse del trágico accidente.

– Me odiarás cuando lo sepas.

– Sabes que no te odiaré, eres mi hermano.

– Volví a perder el control- confesó, mostrando turbación en sus cristalinos ojos.- Con Margaery.

– ¿Qué ocurrió?

– Nuestros hermanos le hicieron venir a mi habitación, a complacerme- si se sentía avergonzado por lo que estaba diciendo, no lo mostró. Su voz era dura, pero neutra, sin ninguna variación de emoción- Yo… no supe cómo hacerlo.

El enfado había comenzado a disiparse de la mente de Kendra, dejando paso al orgullo que sentía por su hermano al ver que era capaz de confesar sus errores; sabía lo difícil que le era abrir una pequeña brecha en ese armazón que había construido a su alrededor.

– Eso no es grave.

– Creo que no comprendes lo que te estoy diciendo.

– Lo comprendo perfectamente- replicó ella.- Lo que estás diciendo es que fuiste incapaz de complacer a una mujer. Y, repito, no veo que eso sea grave.

– Pues es que estás ciega- se soltó del agarre, girándose para darle la espalda. Kendra puso los ojos en blanco; su hermano podía a veces comportarse peor que un crío de cinco años.

– Egon…- le llamó, reuniendo toda la paciencia que le quedaba.- Eso no te hace menos hombre. Lo sabes, ¿verdad? Si eso no funciona, simplemente tendrás que… buscar otro modo.

– ¿Cómo?

– No pienso explicarte cómo dar placer a una mujer, Egon- respondió ella sintiendo sus mejillas enrojecer. Él se volvió a voltear hacia ella, y le dirigió una mirada inescrutable.- Habla con Uriah y con los demás, a lo mejor ellos pueden ayudarte.

– No hablaré con ellos sobre esto. Creí que nosotros podíamos hablar de todo.

– De todo… pero no sobre esto.

Él se encogió de hombros, no pareciendo comprender la incomodidad de su hermana.

– Egon…- ahí llegaba el tema más escabroso.- Tú sabes que lo que ocurrió no es culpa de Margaery, ¿verdad?

Kendra percibió la tensión en torno a la boca del muchacho y la ira apenas contenida en sus azules ojos. Todos los hijos de Håkon habían heredado el color del cielo en sus ojos, algunos con más intensidad que otros.

– ¿Es que esa perra te ha dicho algo?

– No la llames así- no había ni pizca de calidez en la voz de la joven, si no una oscura rabia. – No vuelvas a referirte así a Margaery, ni a ninguna mujer, Egon.

– ¿Y a ti que más te da, eh?

– ¡Pues me da, Egon! ¡Me da, y mucho! No son objetos con los que se pueda jugar, ¡son mujeres! ¡Personas! ¿Cómo te sentirías si alguien me hiciese eso a mí, eh?

– Nadie te haría eso a ti- su voz era cada vez más amenazadora, pero Kendra no se amedrentó. Conocía demasiado bien a su hermano para saber que él no haría nada peor que gritarle a voz de pulmón.- Yo nunca lo permitiría.

– Cada vez que veo a una de esas esclavas, no puedo evitar pensar en qué habría sido de mí si Håkon no me hubiese traído a Asquidia cuando era un bebé- el tono sombrío de la muchacha hizo callar a Egon. Nunca hablaban sobre eso- Es muy probable que hubiese acabado siendo una de esas esclavas, Egon, ¿te das cuenta?

Él se había quedado callado, observando como hipnotizado las mejillas empapadas de su hermana. Quería acercarse a ella, decirle que no pensase en eso, pero su cuerpo simplemente se negaba a moverse.

– Ninguno de vosotros pensáis en eso nunca, pero yo lo hago constantemente. Así que, si comprendes lo que digo, me gustaría que hablases con ella. Y que te disculpes.

– No me disculparé.

– Egon…

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