ISA HDEZ

La observaba con disimulo a pesar de que ella se hacía la olvidadiza. Sabía que si no cumplía con su cometido ella sufriría, y más pronto que tarde se lo haría saber cuando ya no hubiera solución posible y debiera esperar un año más. La había acostumbrado y silenciosa esperaba con anhelo su hermoso regalo. Cada nueve de noviembre asomaba en la morada con la maceta de violetas, y le duraba de un año al siguiente, por el esmero con que ella la cuidaba. Recordaba con nostalgia el tiempo en que le declaró su amor con el ramito de violetas, la canción de la cantante de moda, que los dejó demasiado pronto y marchó a iluminar las noches sin luna como si una estrella más se hubiera sumado al mundo de los sueños. De ahí la alianza que siguieron conmemorando en su recuerdo y en el de su amor que aún seguían manteniendo a pesar del tiempo. Se sucedieron los ramitos de violetas y, se cambiaron por macetitas de violetas en los años sucesivos que se regaban de promesas, sueños y deseos. Pero nada es para siempre y, ya no llegaron más violetas a la estancia del recuerdo. Su mirada expresaba la evocación que durante tanto tiempo albergó su existencia y, agradecida evocaba la concurrencia de las dos almas en el universo de la pasión, el afecto y la ternura. Apoyada en el alféizar de la ventana sonreía tímidamente por la remembranza que le provocó la emoción de recordar el ayer. ©

Un comentario sobre “Las violetas

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