SOMBRA

Capítulo 2

La mañana había amanecido fresca y despejada, con un viento bochornoso que señalaba el inicio del verano. El cielo azul brillaba mientras cuatro muchachos- 3 chicos y una chica- se tostaban bajo el sol.

Los cuatro eran hijos de Håkon Heimandall, del legendario Håkon Heimandall. Había sido rey de las tierras del Norte durante años; conocido por sus estrategias de guerra, sus saqueos a otras tierras y, sobre todo, por ser el primero en viajar al Oeste, descubriendo así nuevas y prosperas tierras- tierras a las que los norteños denominaron La Isla Negra- que posteriormente serían saqueadas.

Pero hacía aproximadamente una década, sin razón ni explicación, Håkon simple y llanamente desapareció. Dejó atrás a sus hijos y a sus dos mujeres; abandonó a su pueblo, pasando su título de gobernante a su actual mujer y madre de tres de sus hijos, Aasta.

Håkon Heimandall, quien había sido un héroe para su pueblo, ahora no era más que un simple recuerdo, una historia para contarles a los más pequeños cuando se reunían alrededor de una hoguera.

Sus hijos lo detestaban. El rencor corría por sus venas y velaba cada noche por ellos, no como su padre. Jamás podrían perdonar su abandono.

Tal vez Sven, el hijo mayor de Håkon, era el más reacio a tener esos pensamientos, pues había permanecido los primeros 14 años de su vida al lado de su padre, luchando y saqueando tierras juntos.

– Decid lo que queráis. Hubo un tiempo en el que la gente lo consideraba un Dios, pero en realidad era sólo un hombre. Y, a pesar de sus flaquezas y errores, para mí siempre será el mejor hombre del mundo.

La partida de su padre le había dolido tanto como a sus hermanos, pero aprendió a vivir con ella. 

A menudo la más joven de todos, Kendra Heimandall, pensaba en secreto en su padre. Había vivido tan sólo cinco inviernos cuando él se marchó, y difícilmente lograba evocar una imagen del que había sido su progenitor.

Él la había llevado a Asquidia cuando aún era un bebé, después de que su madre- una mujer cualquiera con la que Håkon había mantenido relaciones en uno de sus viajes al Sur- muriese en el parto. Håkon ya tenía dos esposas (mejor dicho, una esposa y una exesposa) y cuatro hijos varones cuando pisó Asquidia con aquel bebé en brazos; el mayor de ellos con su primera esposa Yvette, y los otros tres con su segunda esposa, Aasta.

A pesar de crecer sin madre biológica, ambas mujeres habían hecho todos sus esfuerzos por hacer de ella una mujer de provecho. La relación entre ellas nunca había llegado a ser buena, puesto que Håkon reemplazó a Yvette por Aasta, cuando ella dejó de ser capaz de darle más hijos.

Ambas diferían en casi todo; Yvette era una guerrera de pies a cabeza, una luchadora. Aasta, en cambio, nunca había aprendido a pelear; era una princesa, una mujer acostumbrada a ser servida, a ser cuidada.

De haber tenido que elegir, Kendra no habría sabido con quién de las dos quedarse. Yvette era más distante y fría; había momentos en los que la pequeña Kendra sentía el odio que la mujer le profesaba, pues era fruto de Håkon y una mujer que no era ella. Sin embargo otras veces ella parecía aceptarla, y le hablaba sobre la valentía de las mujeres que acudían a la batalla, reemplazando los vestidos por cotas de malla y espadas, y hacía sentir a Kendra esperanzada, puesto que soñaba con convertirse, algún día, en una de esas guerreras.

Aasta siempre la miraba con disgusto cuando le narraba esas historias. La segunda mujer de Håkon era mucho más protectora, tanto con ella como con sus demás hijos. Había intentado educar a Kendra según sus propios valores, buscando hacer de ella una señora elegante y digna. No había tenido, sin embargo, mucho éxito.

Kendra recordaba como la mujer le había regalado un rueca de plata cuando cumplió los siete años. Trató por todos sus medios enseñarle el arte de hilar, pero la joven era incapaz de pasarse más de diez minutos sentada y, en cuanto encontraba ocasión, huía sigilosamente de la casa y se unía a los demás muchachos, quienes jugaban en el patio manchados de barro y tierra.

Nunca se había sentido realmente a gusto entre otras niñas. Algunas acudían a veces a la casa del Rey, donde ellos vivían, sentándose junto a ella mientras la mujer les enseñaba a coser. A Kendra, en cambio, le gustaba pescar y pelear; todos sus recuerdos rondaban en torno a las espadas de madera que tantas heridas le habían causado en sus pequeñas manos de niña.

– Estás muy callada, hermana- le dijo Uriah, trayéndola de vuelta a la realidad, y ella parpadeó varias veces, perdida en la conversación. Se había abstraído mientras miraba las nubes pasar, con la mente volando lejos del presente.

– ¿En qué piensas?- preguntó Vitcen con curiosidad, soltando una pequeña risita. Kendra rodó sus ojos, y cruzó los brazos por detrás de su cuello, echándose hacia atrás los oscuros cabellos rizados.

– En mi infancia- admitió, con una sonrisa melancólica.

– Eras una enana insoportable- se burló Egon, y todos se echaron a reír. Kendra puso los ojos en blanco, mientras arrancaba hilitos de hierba del suelo.

– Sí, recuerdo la primera vez que dijiste que querías ir con padre a uno de sus viajes. Llevabas esa espada tan grande…

– Más bien la arrastraba por detrás, pues la espada era el doble de grande que ella- comentó el menor de sus hermanos, Egon, mientras reía entre dientes. Kendra se cruzó de brazos, molesta con las bromas de los chicos; puede que hubiese sido algo pasional cuando era pequeña.

– Recuerdo que dijiste que era imprescindible que padre te llevase al viaje, o seguro que perderían la batalla- bromeó Uriah, tirándole un matojo de hierva.- Dudo que supieses siquiera qué significaba la palabra imprescindible.

Kendra resopló. Aquel día, hacía unos 11 años, todo el mundo había reído al ver lo adorable que era. Probablemente pocos pensarían que, años después, aquella pequeña niña habría aprendido a luchar tan bien como cualquier otro guerrero.

Se levantó del suelo y se sacudió la hierba, comenzando a alejarse.

– ¡No te enfades, Kendra!- gritó Uriah, antes de que todos se echasen a reír.

Lo último sobre lo que les escuchó hablar antes de perderse entre los bosques fue Margaery, una pobre esclava a la cual sus hermanos habían escogido para que les calentase la cama.

No era la primera vez que discutían sobre el asunto, pero ellos nunca daban su brazo a torcer; para ellos Margaery era una esclava, y estada destinada a servirles en todo lo que quisieran.

Regresó a la aldea, saludando a varios muchachos con los que se cruzaba por el camino. Dio gracias a que sus hermanos no se encontraban por allí; a veces actuaban tan sobreprotectoramente que alejaban de ella cualquier humano masculino que pudiese tratar de acercarse.

Sintió dos sentimientos encontrados cuando, al entrar al salón principal, vio al mayor de sus hermanos- Sven, hijo de Yvette- hablando con su madre.

Por un lado, sintió cierta decepción. El lazo que había entre ellos nunca había sido ni sería tan fuerte como el que tenía con sus otros tres hermanos. Tal vez era por la gran diferencia de edad- Kendra tenía 15 años por aquel entonces, y Sven había sobrepasado los veinte hacía inviernos-, o por el desprecio que a menudo le profesaba su madre, pero ellos dos nunca llegaron a considerarse algo más que hermanos de sangre.

Por otro lado, Kendra no podía negar la admiración que sentía hacia él. Era un hombre, un guerrero. Mucha gente susurraba que él se parecía a su padre, Håkon Heimandall, aunque Kendra nunca había llegado a conocerlo bien, por lo que no podía confirmar aquellos murmullos.

Sven había liderado muchas expediciones ya, aunque ninguna mucho más allá de las costas de Asquidia. Ninguna como la gran expedición hacia La Isla Negra,- tierra que antaño su padre descubrió- que planeaba hacer.

Sin embargo, antes de iniciar aquella aventura había tenido que partir hacia el Sur, hacia Isford, donde se encontraba el reino del Rey de las tierras del Sur.

Las tierras nórdicas se encontraban partidas en dos, y por tanto dos reyes gobernaban en ellas; las tierras del Norte, regentadas por la reina Aasta, y las tierras del Sur, regentadas por el rey Eirik Tryggarson.

En cada ciudad gobernaba un conde, quien estaba bajo el mando del rey, pero que sin embargo tenía completa libertad para liderar a su pueblo como a él le pareciese.

Había, al sur de las Tierras del Sur, dos ciudades regentadas por dos hermanos, Qado y Qowor. Las disputas entre ellos habían comenzado hacía años, cuando su padre murió, llevándoles a construir un muro entre ambas ciudades- Ashland y Shennehald-, llamado el Muro de la Sangre. Pero hacía semanas que se habían vuelto a reconciliar, uniendo sus ejércitos, y aquello no había podido más que inquietar al rey Eirik.

Sven había viajado a sus tierras para discutir el asunto, pues el rey del Sur estaba convencido de que los hermanos Qado y Qowor pensaban revelarse y usurparle el trono. Sven había puesto a su disposición parte del ejército del Norte, el cual lucharía junto a él, llegado el caso. Sólo así consiguió calmar la inquietud del rey.

El muchacho se giró hacia ella cuando la escuchó llegar y le hizo un gesto con la cabeza en modo de saludo, y la muchacha reparó en la herida que surcaba su frente. No tenía ni idea de cómo se la habría hecho pero no sería ella, sin embargo, quién curaría aquella lesión, como hacía con sus hermanos, cuando ellos resultaban heridos en alguno de las prácticas de combate.

– Ayúdame con la comida, Kendra- le ordenó Yvette dándole la espalda mientras caminaba hacia la cocina.- Tus hermanos no tardarán en llegar.

***

– Podríamos ir a cazar esta tarde… He estado trabajando en un arco nuevo.

Kendra sonrió tontamente mientras Daven le retaba con la mirada. Él era tan sólo un año mayor que ella; lo conocía desde hacía tiempo, desde que fue acogido por el mejor carpintero de Asquidia como pupilo para que aprendiese todos los secretos de la madera. Tenía el cabello oscuro y la piel aceitunada, y unos ojos tan negros como el carbón.

Habían practicado la lucha en más de una ocasión, peleándose en los lindes del bosque con espadas de acero que robaban sigilosamente de la herrería. A Kendra le gustaba jugar con él, pues era el único muchacho de la ciudad que luchaba con todas sus fuerzas, sin importarle que aquella joven fuese la hija de la reina de Asquidia.

Quiso contestar, pero uno ruido le interrumpió y, al girarse, se topó con Egon, que miraba desde el suelo a Daven con una mirada llena de veneno.

Entre todos sus hermanos, Egon era con el que más cuidado había que tener, y también al que más miedo le tenía la gente. El muchacho había crecido rodeado de burlas y comentarios susurrados; aquello, en lugar de amedrentarle, había provocado que desarrollase un carácter que muchos tacharían como cruel.

A los cuatro años, la caída desde lo alto de un tejado mal construido provocó en el pequeño Egon la ruptura de ambas piernas, además de una fractura en la cadera que ningún sanador fue capaz de curar. Avisaron a su madre de que el niño no volvería a caminar, pero ella se negó a darle la espalda o a sacrificarlo.

– ¿De quién se trata, hermanita?

– Egon, no empieces- le avisó ella, al tiempo que Daven daba un paso hacia atrás.- Por favor…

– Sólo me apetece conocer a tu amiguito, nada más. ¿Cómo te llamas, muchacho?

– Sabes que es el pupilo de Fastulf, Egon. Déjalo en paz.

– Hermanita, no seas tan grosera- con una sonrisa maliciosa, Egon se volteó hacia el muchacho.- De nuevo, ¿cuál es tu nombre?

– Da-daven, príncipe Egon.

– Encantado, Da-daven- se burló él, y Kendra golpeó a su hermano en el hombro.

– Egon- repitió, pero el joven parecía estar pasándoselo bien. Unos pasos hicieron a Kendra volver a girar la cabeza para en seguida resoplar, viendo que la situación sólo empeoraba. Uriah se acercó a ellos dirigiéndole una mirada analizadora a Daven, que había palidecido tanto que parecía que se desmayaría en cualquier momento.

– ¿Es que este chico te está molestando, Kendra?- preguntó, dispuesto a aniquilarlo en cuanto su hermana dijese que sí.

– ¡No, claro que no!- exclamó ella, colocándose entre sus hermanos y su amigo. Podía notar el miedo siendo expulsado por cada poro de la piel del joven.- ¡Sólo estábamos charlando, maldita sea!

– Puede que ahora sea nuestro turno de charlar- apuntó él, y con un gesto de cabeza le indicó al muchacho que se marchase. Él, viendo su oportunidad de huir, echó a correr como si los mismísimos espíritus de la noche le estuviesen persiguiendo.

– Por todos los Dioses, sois insoportables- escupió Kendra con furia, dispuesta a irse, sin embargo, Uriah le empujó hacia atrás, obligándola a sentarse junto a Egon.- ¿¡Es que me vais a interrogar, o qué?!

– Sólo queremos saber que estás a salvo. Eres nuestra hermana pequeña, y no queremos que te hagan daño.

Kendra rodó los ojos, cruzándose de brazos mientras miraba a lo lejos. Se acababa de sentir tan humillada frente a Daven que las ganas de matar a sus dos hermanos se mezclaban con la urgencia de echarse a llorar.

– Nunca dejaría que ningún chico me dañase- murmuró, conteniendo las lágrimas.- No necesito que andéis espantando a cada amigo que consigo hacer.

– Sólo lo hacemos por tu seguridad.

– Claro- bufó ella.- Pues que sepáis que sólo me había invitado a cazar. ¡A cazar, no a acostarme con él, estúpidos!

Se levantó del suelo, pateando una piedra con fuerza.

– Puedes venir a cazar con nosotros, si quieres- le dijo Egon, haciendo que ella frenase.

– De hecho, veníamos a decirte eso antes de encontrarnos con esta situación- corroboró Uriah.- Siempre que quieras venir con estos estúpidos, claro.

– ¿En serio que me dejáis ir a cazar con vosotros?

Kendra temía que fuese una mentira para que se le pasase el enfado. Hasta el momento apenas le habían llevado nunca; las únicas veces en las que los había acompañado acababa haciendo demasiado ruido y espantaba a todos los animales antes de consiguiesen algo para comer. Sin embargo se encontró con que Uriah asentía, y parte de su rabia se apaciguó.

– Bien- dijo, manteniendo su orgullo por encima de su emoción.

https://dibujandosombras.wordpress.com/

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s