TANATOS12

Capítulo 49

Sentí una tremenda conmoción. Un impacto. Un shock. Mi corazón bombeaba de golpe más sangre de la que mi cuerpo podía manejar. Como si fuera el primero en darse cuenta de lo que venía, y de que era inevitable e inminente.

María iba hacia la entrada y, mi cuerpo, autómata, me hacía caminar, rodeando la cama hasta situarme en la parte más alejada de la puerta. Me temblaban las piernas. Había tenido que apoyarme en la mesa mientras completaba el recorrido. Si bien, por otro lado, a pesar de aquel mareo y aquella falta de aire, me sentía extrañamente lúcido, como con una mezcla de debilidad y clarividencia.

Oí a María abrir la puerta, pues desde mi posición, acobardada, no podía verla. Todo sucedía a una velocidad inasumible. Al tiempo que la puerta se abría yo miraba para abajo y veía mis calzoncillos holgados y oscuros. Me sentí no solo infartado, sino expuesto, ¿pero expuesto ante quién?

Escuché como cuchicheaban. Ella y él. Me sudaban las manos. Suspiraba. Resoplaba. Podía sentir la sangre palpitar en mi sien y en mi cuello, incomodándome. Y me preguntaba qué se suponía que tendría que hacer cuando él entrase… ¿Fingir hacer la maleta? ¿Hacerla, irme y esperar por ahí a que terminaran de follar? ¿Tirarme en una esquina de la cama y hacerme el dormido?

Un “bueno, tranquilo” salió nítido, y afable, de la boca de María. Yo intentaba adivinar qué sucedía. Se hizo entonces un silencio atronador. Yo ni respiraba para poder escuchar, y lo que escuchaba era mi corazón latir. Me llegué a llevar las manos a la cara y las sentí aún más pegajosas de lo esperado. Intentaba hablar conmigo mismo, para tranquilizarme. Pero otra vez aquella ansiedad enfermiza, aquellos temblores incontrolables, aquel tragar saliva sin querer. Y sucedió, con toda su crudeza, con su morbo y su dolor, paralizándome aún más… y es que escuché el inconfundible sonido de los besos. Húmedos. Ruidosos. Retumbantes.

Y oí la puerta cerrarse. Y pisadas. Se acercaban. Siempre con la atronadora sonoridad de aquellos besos. Y vi una mancha blanca abandonar la pequeña entrada para penetrar en el habitáculo rectangular en el que yo me encontraba. Era María, caminando hacia atrás, reculando, besando y dejándose besar. Empujada beso a beso por aquel gigante de camisa azul y pantalones negros. Impulsada por el ansia de aquel chico moreno, Roberto, al que le había negado los besos horas antes.

Sentí un tremendo impacto al ver las piernas largas de María subidas aún a aquellos zapatos de tacón, al ver aquella camisa blanca de seda que cubría sus shorts, tapándolos por completo. Ni rastro de bragas, cosa que no sabía Roberto. Y aquel sujetador transparentándose sutilmente por la espalda, que veía yo, y por el pecho, que seguro había visto él. Sentí aquel impacto porque ahora todo era diferente, ahora todo era posible.

Inmóvil, veía como sus lenguas volaban, como el sonido de sus besos me seguía martilleando y rebotaban por el dormitorio. Las manos de ella sobre su pecho, sobre su camisa azul. Las de él, una en la cara de ella y la otra igual de sutil, sobre su culo. Sus manos me parecieron especialmente grandes, tanto que con una sola casi podía abarcar sus dos nalgas, custodiadas por la camisa y los shorts. Él me pareció más enorme, más rudo, en aquel habitáculo cerrado. Pero no por ello María parecía pequeña, sino que hasta parecía crecerse, y yo la sentía más voluminosa. Más mujer.

Resoplé. Sin querer. Y aquel sonido me delató. Roberto abrió los ojos. Sin dejar de besarla. Le metía la lengua hasta el fondo mientras me miraba. Y yo no podía respirar.

Se separó un poco de sus labios y, mirándome aún más fijamente, dijo:

—Buenas noches, eh.

Lo dijo con todo el recochineo y suficiencia posibles. Su rostro lucía más marcado. Me pareció mayor de lo que había deducido en aquel bar. Quizás más alejado de los treinta que de los cuarenta. Mantuvo una de sus manos sobre la camisa de María, a la altura de su culo, y con la otra, la que estaba en su cara, la atrajo hacia sí, para volver a besarla. Cerraba los ojos y los abría. La besaba y me miraba. Me retaba, de forma agresiva. Y aquella mano dejó de sujetar la cara de María para cogerla un poco del pelo, a la altura de la nuca, y tirar de aquella melena, con fuerza contenida, haciéndola quejarse a la vez que recibía su lengua.

Todo iba tan rápido que no sabía qué hacer. Aquel animal me desafiaba, sin motivo aparente, mientras la hacía sollozar con aquellos besos que comenzaban a rozar la violencia y a mí me sorprendía que ella no empezara a pararle.

Miré hacia abajo y vi mi miembro palpitar bajo mis calzoncillos, ajeno a mi incomodidad y dolor. Tenía la polla dura, aunque apenas se notaba, como consecuencia de su tamaño. No fue hasta ese momento en el cual seguía escuchando aquellos besos y veía el pequeño bulto en mis calzoncillos, que me di cuenta de que ni siquiera le había respondido.

—Vamos a ver qué tienes aquí, eh… —dijo, decidido, sin esperar debate alguno respecto a sus pretensiones, y con una voz profunda, pero no fea, al tiempo que llevaba sus manos a la parte delantera de sus shorts.

No alcanzaba a entender ni a digerir cómo cinco minutos atrás estábamos solos y ahora estaba a punto de ver como aquel gigante se disponía a descubrir el coño desnudo de ella.

Yo esperaba un gesto de María hacia mí, humillante o no, pero al menos que me pudiera dar la tranquilidad de que se creía o se sabía con el control de la situación; pero ella no se volteaba y yo solo conectaba la mirada con un Roberto que mordía el cuello de ella, al tiempo que, con las dos manos, le abría los shorts y se los bajaba hasta la mitad de los muslos. Un “tranquilo” salió de los labios de María, pidiéndole calma, o cuidado, o lentitud, pero no sonó convincente.

Roberto se retiró un poco, dándose cuenta de lo obvio.

—¿Vas sin bragas por ahí? —dijo seco, sin obtener respuesta.

No sabía cómo estaba María, pero yo estaba sin aire. Y él prosiguió:

—Menudo zorrón. ¿Tú sabías que tu amiga iba sin bragas? —preguntó, mirándome.

Yo, inmóvil, veía aquellos shorts bajados hasta casi las rodillas… No dije nada. La que entonces sí dijo algo fue María:

—Bueno… córtate… —exclamó, pero de nuevo no sonó creíble su queja, pues más que mostrar enfado lo que parecía era que fingía dignidad. Además, ella le buscó entonces, intentando que sus besos acallaran aquel tipo de frases beligerantes. Pero esta vez fue él quien no aceptó el beso en la boca; se besaron en las mejillas, sus caras quedaron pegadas, una de sus manos fue al culo desnudo de ella y la otra, por delante, a perderse en aquel coño desnudo, que María y yo sabíamos cómo estaba desde hacía horas.

Mi polla palpitaba y mojaba mi calzoncillo mientras contemplaba el bochorno por el que iba a pasar María. Él parecía recrearse acariciando la parte interna de sus muslos al tiempo que apartaba su melena, y apartaba también el cuello de aquella camisa blanca y mordía y besaba allí otra vez. A veces con los ojos cerrados, a veces mirándome. Y pude saber el momento exacto en el que aquella enorme mano tocó, palpó o acarició el coño de María, pues ella flexionó sus piernas un poco, como en un espasmo y un “¡Hostia…! “ tremendo, salió de la boca de Roberto.

No había duda. Aquel hombre ya era conocedor de la tremenda desesperación de María, plasmada, toda ella, en un punto exacto, en aquel coño abierto y encharcado que recibía los dedos de aquel chico con un ansia que seguro avergonzaba a María.

Grande. Enorme. Me volvió a mirar, al tiempo que le susurraba:

—Pero cómo tienes el coño así. Caben cuatro dedos aquí… joder.

Creí que María respondería. Se rebelaría. Pero entendí por qué no lo hacía. Y es que él apretaba con fuerza una de sus nalgas con una mano, mientras con la otra parecía ya indudable que metía uno o dos dedos en su coño; María quería protestar ante aquellas frases humillantes, pero si abría la boca solo la podría usar para jadear o gemir.

Yo, al otro lado de la cama, me veía sorprendido por cómo no había empezado por acariciar su clítoris con cuidado, o por juguetear con la parte externa de su sexo, sino que desde un primer momento la penetraba con sus dedos enormes, profundizaba en aquella cavidad empapada… y ella cerraba los ojos, abría la boca, y flexionaba y estiraba las piernas hasta casi ponerse de puntillas. Se agarraba a él, a su camisa azul, y se besaban o se respiraban en la oreja. El sonido de los besos se solapaba con el que se producía por aquellos dedos entrando y saliendo del coño inundado de María.

Era majestuosa a la vez de ridícula aquella estampa de María con sus shorts en sus rodillas, comenzando a gimotear como consecuencia de aquellos dedos que la taladraban. Yo me preguntaba cómo siempre tan imposible, y ahora tan entregada… pero ella ya no podía más… llevaba horas y horas sin poder más… y ahora, ella, había elegido; y su coño, su cuerpo, no entendían más de orgullo, de hacerse la digna… de hacerse la imposible de seducir… la imposible de follar…

—Joder… cómo estás… —repetía él, incesante, hasta que sacó aquellos dedos de aquella cavidad y los llevó a la boca de María. Ella apartó la cara y él dijo:

—Vamos, coño. Chupa.

—¿Pero qué dices…? —protestó ella.

—Te digo que chupes, coño. Que no he venido hasta aquí para follar con una monja.

Me sobresalté. Me asusté. Temí lo peor.

María dejó caer entonces sus shorts hacia abajo, hasta que envolvieron sus tobillos.

—Que chupes —insistió él, desafiante, pero ahora ya no solo conmigo, sino con ella.

Le volvió a poner los dedos cerca de los labios.

—Abre la boca —le dijo en tono serio, autoritario.

—¿Y yo qué gano? —replicó ella, frente a frente.

—Déjate de mierdas y métete los dos dedos en la boca.

Yo me infarté. Sentí pánico. Era una tensión que podría desembocar en violencia en cualquier momento… casi sentía terror, de golpe. Desvié un instante la mirada. Di un paso. Y escuché:

—Eso es… ¿Ves…? ¿No era tan difícil?

María claudicaba y le chupaba los dedos a aquel cabrón y yo notaba una tensión que me hacía sentir que mi corazón no me cabía en el pecho.

—Eso es… —repitió él, buscando ahora su coño con la otra mano.

No sabía si ella hacía aquello por mantener el control. Si lo hacía más porque lo deseaba o para calmar los ánimos. No sabía si había llegado a sentir miedo como había llegado a sentir yo, si es que había dejado de sentirlo. Lo que sí parecía claro era que María luchaba por satisfacerse a la vez que luchaba por mantener su dignidad.

Yo, aun sin haberme recuperado del susto, veía como María chupaba aquellos dos dedos, que acababan de estar dentro de su coño, mientras aquel hombre volvía colmar su sexo con su otra mano. La masturbaba y ella movía levemente la cintura ante cada señal de placer que su coño le daba; serpenteaba con su cadera buscando que aquel cabrón la pajeara bien, mientras chupaba y a veces lamía aquellos dedos enormes. Podía sentirla, con los ojos cerrados, mamando de aquellos dedos que sabían a ella. No se cortaba, por orgullosa que fuera, en exteriorizar con jadeos que disfrutaba de la mano que abajo la fundía. Hacía veinte segundos que había odiado a aquel hombre, y ahora le ofrecía su coño abierto para que la matase del gusto. Y no solo chupaba aquellos dedos para cumplir, sino que se esmeraba en lamerlos con especial entrega. Yo sentía que si me tocaba me correría, al tiempo que Roberto decía: “tengo tres dedos dentro, joder…” y María parecía gemir más al ser consciente de lo indigno que era ofrecer aquel coño, así, en aquel estado, a un desconocido.

Retiró él un poco los dedos de su boca y cayó un hilillo de saliva por su mentón. Le dio entonces esos mismos dedos a oler y le preguntó a qué olían… y ella respondió, inmediatamente, en un jadeo: “A coño”… Y él le dio aquellos dedos a chupar, otra vez, metiéndolos y sacándolos de su boca, con la clara intención de simular que eran una polla. “Chúpalos… eso es…” le repetía  y ella ahogaba allí los gemidos derivados de la tremenda paja que le hacía por debajo, tan brutal, que le temblaban las piernas y se agarraba a la cintura y al pecho de él. “Chúpalos”, le insistía… “Cómo si fueran mi polla…” “Chúpalos como si fueran mi polla” y yo no me podía creer cómo ella se esforzaba en chupar aquellos dedos… en una imagen morbosa a la vez que algo grotesca… Toda elegante con aquella camisa cara, con sus pechos y su sujetador aun en su sitio… casi hasta distinguida, pero a la vez con aquellos shorts en sus rodillas, sus piernas temblando y comiendo como una posesa aquellos dedos mientras se escuchaba el sonido de su coño encharcado retumbar por el dormitorio.

Entonces las piernas de María comenzaron a temblar más, tanto que parecía que no podría mantenerse en pie, y fui realmente consciente de la destreza de aquel hombre. Pero él no buscó el clímax de ella, y detuvo el ritmo de aquella tortura que la hacía deshacerse, para masturbarla más lentamente y, la siguiente frase que emitió no fue para humillarla, sino para referirse a mí:

—Tu amigo mis cojones. Este es un mirón.

Yo, petrificado… Infartado. Le miraba a los ojos mientras él no dejaba de masturbarla. Mientras María seguía chupando lentamente de aquellos dedos.

—Este es el gilipollas que nos estuvo espiando.

María dejó de lamer, al tiempo que él la dejó de masturbar. Yo no podía… no sabía… no era capaz de decir nada…

—Este es el graciosete que me insultó cuando estábamos en la barra… ¿Cómo era? Tonto gigantón, o algo así. Ya tuve ganas de partirle la cara en aquel momento.

Me miraba con verdadero odio o quizás más más bien asco. Sentí pánico. Sentí que todo se descontrolaba. Que todo acabaría mal.

—¿Salís a eso, verdad? Es tu marido, o tu novio o algo así. De los que les pone que se follen a su mujer.

Pensé que María se giraría hacia mí, pero no lo hizo. Se recompuso un poco la camisa, fingiendo distancia, fingiendo estar al margen, pero estaba tan expectante y tan nerviosa como yo. Si solo yo estaba sintiendo miedo aún no lo sabía.

—¿Marido o novio? —preguntó finalmente, mirándome.

—Novio —respondí.

2 comentarios sobre “Jugando con fuego. Libro 3 (49)

  1. Subo de vuelta mi comentario, ya que creo que no subió en mi primer intento, …
    Ufff….que situación Tantatos…eres genial..!!!…mi corazón latía a mil por horas mientras te leía…manejas el suspenso y el morbo como nadie….felicitaciones!!!

    Le gusta a 1 persona

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