LOLA BARNON

—Lo siento —me decía mi mujer ya mucho más calmada y tumbados en la cama de la habitación.

Ella permanecía acurrucada, con las piernas encogidas, abrazada a mí y sin apenas moverse. Únicamente, los dedos de su mano derecha me acariciaban suavemente el pecho. Seguía con la mirada perdida, deambulando por sus pensamientos. Su mirada continuaba abstraída y muy ausente.

—Perdóname tú a mí… No sé qué me ha podido pasar… Soy un completo gilipollas. —Me mesé el cabello muy molesto conmigo mismo.

Ella se apretó un poco más a mí, pero no dijo nada. Estuvimos en silencio unos instantes más. En mi cabeza rebotaban las imágenes que no habían sucedido pero que mi conciencia se empeñaba en mostrarme. Una sensación de idiotez, como un eco sordo, me embargaba embotándome.

Pasados unos segundos, Isabel se incorporó. Vi sus ojos enrojecidos, su mirada todavía alejada, y sus gestos y movimientos llenos de inseguridad. Se colocó un momento la melena y emitió un ligero carraspeo.

—Voy a ducharme… —me dijo en un susurro.

Le vi irse camino del cuarto de baño, apenada, cabizbaja y entristecida. Yo me quedé sentado en la cama, pensativo, con la reciente estupidez impactando una y otra vez en mi conciencia. No me entendía… O mejor dicho, no entendía qué era lo que había provocado esta situación. Mi convencimiento de que Isabel necesitaba ese sexo más activo y libertino me había empujado a intentar un trío. Y su reacción había sido de repudio. Me sentí absolutamente estúpido y mezquino. ¿Qué era lo que yo no había sido capaz de procesar? ¿Qué información se me escapaba? Sobre todo, ¿cómo había sido capaz con el rechazo que a mí me causaba verla con otro? Y lo peor, ¿si yo no quería y ella tampoco, qué coños había hecho?

Me levanté y me acerqué al baño. Isabel entraba en ese momento en la ducha. Me miró con aflicción, esbozando a la vez una medio sonrisa que se quedó un poco triste y tensionada. La expresión de sus ojos era casi de turbación. De haber vivido algo muy desagradable y amargo.

Ambos nos miramos un momento. Ella respiró, se atusó el pelo y volvió a intentar una nueva sonrisa.

—Quieres… quieres entrar… conmigo. —Su voz volvía a ser queda, cariñosa, pero titubeante.

Miré a mi mujer yo también con una sonrisa un poco lastimosa. Era evidente que no quería hacer en ese momento el amor. Y sin embargo se prestaba a ello. Entendí que era por mí, por no dejarme con las ganas. Volví a sentirme mal conmigo mismo.

—Solo para abrazarte y pedirte de nuevo perdón… — dije acariciándola.

—Yo… lo siento… Luis… —me dijo entrando en la ducha y dejándome la mampara abierta. Volvieron las lágrimas a sus ojos.

—No digas nada, mi vida. Vamos a ducharnos y nos quedamos tranquilos en la terraza charlando o lo que tú quieras. —Sentía que en ese momento mi obligación era mostrarme cercano, cariñoso, pero totalmente alejado de una tensión sexual que ella, tras lo sucedido, no sentía ni por asomo.

No se me ocurrió otra forma para calmar ese nerviosismo y sensación de fracaso que la embargaba. Isabel manipuló los mandos de la ducha y yo entré al momento. La abracé con toda la ternura que puede, dejando que el agua cayera sobre nosotros de forma tibia, templando su ánimo. Ella se quedó quieta enroscándome con sus brazos, sin decir nada. Así estuvimos bastantes segundos. Quietos los dos, sintiendo el chorro del agua y yo sosteniendo los ligeros temblores que la atenazaban.

Ella se dio la vuelta. Intento de nuevo sonreírme y cogió la esponja y el tubito del gel. Cuando se enjabonó noté que se restregaba con inusitada fuerza, de espaldas a mí. Eran movimientos rápidos, ásperos, casi furiosos y muy rudos. Me asusté. Detuve sus movimientos, y haciendo que se volviera, cogí con delicadeza y tranquilidad la esponja. Estaba llorando en silencio. Con suavidad, froté su espalda, los hombros y su pecho. Volví a abrazar a Isabel. Tenía los brazos y el vientre ligeramente enrojecidos por la fuerza que había usado.

Pasé la esponja con cuidado sobre su piel. Suavemente, con cariño y ternura. Ella me lo agradeció con una tenue sonrisa. Cerró los ojos y se dejó llevar. Entendí que esa rabia era por mi culpa, por haberla intentado arrastrar a algo que no quería y que yo, en un cálculo muy desafortunado, había creído que sí.

Salimos de la ducha en silencio y nos volvimos a tumbar en la cama. Dejamos la puerta de la terraza abierta y apagamos la luz. Ella se arrebujó bajo las sábanas, tapándose también con la ligera colcha. Yo hice lo mismo a los pocos segundos y le invité a que se recostara en mi pecho.

—Ven… —le dije.

Pasé con suavidad mi mano sobre ella, que apenas se movió.

—Lo siento… —musité.

Ella me acarició la cara y me miró con ternura. Se quedó dudando, con un ligero temblor en sus pupilas. Tenía la boca entreabierta, como si se le hubiera quedado colgada una frase que no se atrevía a pronunciar.

—A ti… a ti… ¿te gusta…? —por fin se decidió evitando mirarme—. Quiero decir, que si te apetece que… que un día lo hagamos…

Su voz era trémula, con dudas inherentes en el tono y la vista perdida en algún pliegue de la colcha.

—No… Para nada —dije con rotundidad, cerrando los ojos y recordando el daño que me hicieron las imágenes de ella con ese gigantón en nuestro salón—. La verdad es que no. No me gusta en absoluto. —Resoplé indignado conmigo mismo—. No sé… No me entiendo. Es… ha sido una… una… completa estupidez.

Me callé. Dudando en seguir con aquello o no. No sabía si continuar. Si decirle que en verdad pensaba que a ella sí le apetecía y que yo estaba dispuesto a complacerla con tal de que nuestro matrimonio continuara y ella permaneciera conmigo. Que la quería con locura, que aunque para mí era un dolor insoportable verla con otro, entendía que necesitaba otro tipo de sexo. Odiaba y me mataba saber que había estado con otros; siquiera imaginármelo, era terrible para mí. De forma equivocada, pensé que si aquello —un trío— nos salvaba, podía acceder y dar ese paso. Pero no. Era imposible. Ni me gustaba, ni lo disfrutaría jamás.

—Yo pensaba que sí querías… —me dijo con la cabeza apoyada en mi pecho, sus dedos enredados en mi vello y sin mirarme.

Volvía a tener un tono de voz muy apagado. Apenas audible. Como si, además de estar incómoda, tuviera un acceso de vergüenza.

—A mí me pasaba lo mismo… Creía… pues eso… que a ti te gustaba o te apetecía —añadí.

Isabel se incorporó un poco y me miró con los ojos más tristes que he visto en mi vida. En su mirada había una completa incomprensión. Me incorporé y apoyé mi espalda en el cabecero de la cama.

—¿A mí? No… Luis. Yo solo quiero estar contigo… —me dijo con tristeza—. ¿Por qué has pensado eso…?

—He sido un idiota… perdóname.

—Luis… de verdad, no voy a volver a aquello. Te lo juro… yo ya no sé cómo decírtelo. —Salieron dos gruesas lágrimas de sus ojos, mientras negaba muy despacio y apesadumbrada.

Agachó su cabeza y el pelo la cubrió el rostro. Lentamente, se reclinó en mi pecho y note más lágrimas de total impotencia. Me sentí absolutamente estúpido. Un cretino integral. Solo pude volver a abrazarla. Con todas mis ganas. Ella me correspondió casi nerviosa.

—Lo siento de verdad… Pensaba… no sé, que te apetecía… Que de alguna forma lo… no sé cómo decírtelo. —Mis excusas me parecían torpísimas, desacertadas y llenar de error.

—No, Luis… no… No me va a apetecer nunca… de verdad.

Su voz continuaba apenas hilvanada entre sollozos e hipidos. Trémula, entristecida, con evidentes y claros signos de tristeza infinita.

En mi cabeza regresaron por un momento las imágenes de Isabel en aquel vídeo grabado en casa. De nuevo esa escena, aquel sexo tan brutal y desenfrenado. Esos gestos, esas posturas, esa manera de follar… Quería creer lo que me decía. Le abracé y ella me correspondió con inusitada fuerza.

Nos quedamos así un buen rato. Ella, poco a poco calmándose, y yo sin poder esquivar mi culpabilidad y desconcierto por el error en mi cálculo.

Por la terraza entraba la brisa y el rumor del mar. Lejano, suave, repetido y constante. Ella no se separó del abrazo ni un solo instante. Le vi con los ojos abiertos, sin duda pensando en algo. Tuve la sensación de que miraba en su interior, a algo que la aterraba. A una imagen o a un suceso que le atenazaba de tal forma que, no solo la impedía actuar, sino que además, la paralizaba.

Yo, solo podía pensar, en lo imbécil que había sido.

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