SOMBRA

CAPÍTULO I

El Dios Thor había golpeado el martillo un poco más fuerte de lo usual aquella noche; el mundo entero parecía haber sucumbido a una oscuridad eterna.

Håkon se hundió un poco más en el barro, notando la fría lluvia impactar sobre su espalda. Todo lo que había a su alrededor era negrura; apenas era capaz de ver su mano extendida frente a su rostro.

Se quitó las destrozadas botas, que le entorpecían el paso, e intentó avanzar un poco más, prácticamente arrastrándose bajo la tormenta; apenas pudo avanzar dos palmos antes de que el barro ejerciese más fuerza hacia abajo de la que él tenía.

Estaba demasiado débil.

La vista se le tornó oscura y entonces todo lo que había sucedido los últimos años ya no tuvo ninguna importancia; ni las conquistas, ni las derrotas, ni su fracaso como rey, como esposo y como padre. No obstante, no vio la entrada al mundo de los Dioses por ningún lado, si no que se encontró sumergido en algo parecido a la nada. Los Dioses no lo querían, por lo menos no todavía; su tarea en Midgard no había concluido. O a lo mejor sólo querían castigarlo un poco más.

Así que, bajo los truenos que acompañaban a la luna llena, el hombre yació inconsciente.

****

Abrió sus ojos, encontrándose en un lugar desconocido para él. Desde su posición solamente alcanzaba a ver montones de cuero en un rincón de la choza y, a pocos metros, una mesa de madera en la que reposaba un cuenco medio vacío.

Hacía días que no probaba bocado. Lo último que había conseguido cazar era una ardilla tan famélica como él, y desde entonces había estado lloviendo y el mundo se había retirado a su favor. Tomó el cuenco y se lo bebió, al tiempo que su tripa rugía, pidiéndole más alimento. Mientras se relamía los dedos salados notó algo punzante presionando sus riñones, y una voz aguda se dirigió a él desde su espalda.

– No te atrevas a moverte.

Obedeció ante lo que parecía la voz de una niña. Alzó una mano con lentitud en señal de paz, sonriendo con nerviosismo a pesar de que ella no pudiese verle el rostro.

– No quiero causar ningún mal. Lo último que recuerdo es haber caído al barro, bajo la tormenta.

El hombre notó un alivio en la parte inferior de la espalda; ella había retirado el arma. Se giró hacia atrás para encontrarse con que su oponente era una niña de no más de ocho años, quien sostenía entre sus manos una peligrosa estaca de madera. Llevaba prendas típicas de campesino; pantalones y camisa de lana y una capa de piel sobre los hombros, y el cabello le caía desordenado por la espalda, rodeando su fino rostro.

– ¿Fuiste tú quién me trajo aquí?

Ella apartó la vista, incómoda. Håkon estuvo a punto de decir algo más, cuando un fuerte estruendo se escuchó en el exterior. El hombre pobló su frente de arrugas ante el semblante aterrorizado de la niña.

Esta de pronto le agarró de la mano, tirando de él hacia la parte trasera de la cabaña, mientras él preguntaba con confusión qué estaba pasando.

– ¡Shh!- le exclamó ella, tapándole la boca con la mano. Le obligó a pasar por una compuerta mínima, y después ella le siguió, cerrándola con cuidado- No digas nada.

Si antes Håkon estaba confundido, ahora lo estaba el doble.

Los pasos se escucharon más cerca, y el hombre pudo percibir desde la distancia los temblores de la niña, que, abrazándose las rodillas, no dejaba de repetirse ‘Sé valiente’. Algo se removió en el interior Håkon, el pinchazo de un recuerdo traicionero.

– ¡NILSA!

El grito hizo que ambos diesen un respingo. La niña se abrazó las rodillas con más fuerza sin dejar de murmurar, conteniendo la respiración cuando se escuchó un fuerte golpe.

– ¿Conoces la leyenda del robo del martillo de Thor?- Håkon susurró las palabras, no muy seguro de por qué le estaba contando eso. De pronto le había invadido un profundo sentimiento de paternidad, desconocido para él desde que abandonó Asquidia, hacía más de un año.

La niña negó con la cabeza, abriendo los ojos para mostrar dos tintineantes pupilas verdes.

– Thor tenía un martillo con el que era capaz de acabar de un solo golpe con los enemigos de los dioses, los gigantes. Por desgracia, uno de esos gigantes le robó el martillo, y le dijo que no se lo devolverá hasta que una diosa vikinga llamada Freya se casase con él. Entones Thor, furioso, decidió hacerse pasar por Freya vistiéndose de mujer y, justo cuando la boda se iba a llevar a cabo, mato al gigante y recuperó su martillo.

El silencio era absoluto cuando Håkon terminó con su historia. La muchacha se levantó en silencio, mucho más tranquila ahora que su mente se había desviado de la fuente de su temor, y abrió la compuerta, mirando antes de atreverse a salir.

Volvió a hacerle a Håkon un gesto para que se mantuviese en silencio, y este asintió con la cabeza, siguiéndola al exterior del escondrijo.

Un hombre se encontraba tumbado donde él había estado; su postura ladeada y el hedor que expulsaba le indicaron que estaba ebrio. Había una silla boca abajo, y el plato del cual Håkon había bebido se encontraba en el suelo, hecho añicos.

– ¿Quién es él?- preguntó Håkon señalando al hombre con la cabeza.

– El esposo de mi difunta madre.

El hombre apretó su mandíbula y se rascó la mal cortada barba, tan larga que le llegaba hasta el pecho. Håkon sabía lo que era vivir con un padre alcohólico, pues él mismo lo había tenido que vivir en su propia piel.

– ¿Te ha hecho daño alguna vez?

Sin querer dar una respuesta, la niña se miró a los pies descalzos, y el hombre en seguida supo cuál era la verdad. Aquella pequeña chica le recordaba demasiado a su hija Kendra, de apenas seis años, y sintió una profunda rabia latiendo en sus venas.

– No puedo permitir que…

El sonido de unos pasos vino acompañado por el alarido de la cría.

– ¡No!

Håkon instintivamente cogió la estaca que la joven había dejado sobre la mesa. Sintió un golpe en la nuca y sus rodillas golpeando el suelo; aquel bastardo lo había golpeado con una silla. Recuperándose con rapidez se puso en pie, y clavó el filo del arma en el estómago del hombre, provocando que este cayese de espaldas al suelo.

Todo había sucedido con demasiada rapidez, pensó Håkon con disgusto, viendo el cadáver del hombre desangrándose sobre una alfombra de piel de lobo. Qué fácil era matar. Llevaba haciéndolo durante toda su vida, en las constantes batallas en las que lideraba a su pueblo, era algo tan rutinario como beber o comer.

La niña miraba la escena con expectación, pero no con lástima o temor. De hecho, había algo parecido a la satisfacción brillando en sus ojos verdes.

– Hay que quemar su cuerpo- dijo con simpleza, y Håkon dejó caer la estaca al suelo con aturdimiento.

-¿Cómo dices?- no pudo evitar balbucear.- Acabo de matar a tu padre.

– Sí, y nunca sabré cómo agradecértelo- los ojos de la niña atraparon la mirada de Håkon , y sonrió de lado.- Aunque no lo sepas, acabas de salvarme la vida.

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