MARC MELLADO

Saliendo a la hora
I
Me levanto al toque de la alarma. Las cinco de la mañana. Otro día más en las trincheras.
Me ducho rápido: hoy tengo que estar a las seis en la comisaría. Al menos, tendré la
tarde libre para entrenar un poco…
En el cuerpo estamos un poco moscas, sobre todo este último mes, por lo del
Coronalipsis. Llevo ya veinte horas de oficina y treinta de calle, justo ahora que vamos
por la mitad del mes. Hoy me vuelve a tocar patrulla con Jaime, uno de los que más lleva.
Es majo. Demasiado, diría yo. Ayer perdonó varias multas, todas a las abuelas de
siempre, que cada mañana se van de rositas, y le cascó una buena a un chaval que
paseaba a un perro de ésos de pelea con un porro en la mano. Después de tantos años,
el tío es capaz de divisar al paso, y a varios metros de distancia, los “cigarritos”
escondidos en las manos de los fumetas cuando los ocultan, con esa típica forma de pico
en la que el porro queda envuelto por los dedos. Yo prefiero basarme en las pintas, que
nunca fallan. A menudo, cuando sobra, o cuando lo incautado es más bien testimonial,
que ambas cosas pueden pasar cuando nos dejamos caer por la periferia, Jaime y yo
rememoramos nuestros viejos tiempos con algún que otro homenaje, pero después del
último chequeo vamos con pies de plomo. Hoy peinamos el barrio donde me crie,
aunque no muchos saben ésto; poca gracia me hace volver al extrarradio, con lo a gusto
que se vive arriba de Lesseps.
Salimos sobre las ocho y media los dos. Como no podemos ir a la cafetería de siempre,
nos llevamos las pastas del office y nos las comemos en el coche. No hay apenas tráfico
y, si hay que salir o parar a alguien, dejamos todo en las alfombrillas, que están llenas
de azúcar de varios días, y luego seguimos. Como vamos de secretas, se puede disimular
un poco mejor, y encima no tengo que lavarme el uniforme. Nos zampamos unos
cuantos dónuts de chocolate cada mañana, con la tontería, pero yo los quemo luego en
mi querida elíptica, traída de Alemania. Por la barriga de Jaime, diría que él no.
II
Llegamos al barrio sobre las diez y media. De camino, han caído un par de multas a
transportistas, para variar, e incluso hemos tenido que llevarnos a un par de tíos
exaltados, que se piensan que la calle es suya, por lo que ya vamos con retraso.
Barcelona es la ciudad de los warnings, como yo la llamo. Hay más coches “parados”,
Título: Horarios
Autor: Marc Mellado
medio subidos en las aceras, o detenidos en medio de la calzada descargando cosas, que
circulando, que ya es decir. Si tuviéramos que sancionar a todos, habría que montar una
unidad a parte en el cuerpo, para poder dar abasto.
Jaime tiene que pasar por una tienda de animales que sufrió un robo la semana pasada,
para acabar de apañar los últimos detalles de la denuncia con el dueño, al que conoce
de su infancia en Badajoz. Yo también guardo algún conocido de cuando era más joven:
justo a tres minutos de aquí vive un antiguo colega de correrías. Recuerdo que, cuando
entré en el cuerpo, los primeros meses le avisaba de los controles que había repartidos
por la ciudad, ya que se dedicaba a repartir grifa por el barrio, y más allá, con su Jog, a
cambio de soplarnos quién movía por las mismas zonas. Creo que un día tuvo un buen
susto, y que ya no se dedica. Ojalá saliese escaldado. También, en un bloque de esta
calle, vive otro amigo de siempre, Jorge, el más coherente (después de mí, claro), el
tercero en discordia del grupo de jaranas. Ambos salimos pronto de todo aquéllo.
Aparcamos y acabamos con la reserva de dónuts. Desde la radio nos dan unas cuantas
instrucciones para cuando acabemos la ronda. Seguro que hoy tampoco salgo a la hora.
Nos disponemos a salir del coche, cuando Jaime me agarra del codo:

  • Javi, ¿has visto este tipo de ahí?
    A unos cuarenta metros hacia delante, en frente de un supermercado, observamos a un
    varón de unos veintiocho-treinta años, todo de negro, con una braga también negra
    tapándole casi toda la cara, que mira su móvil apoyado en la pared, pegado a un portal,
    creo que donde vive Jorge. El individuo mira alrededor cada dos minutos, más o menos,
    como pendiente de quién pasa por su lado.
  • Vamos a charlar con él un rato, a ver qué nos cuenta. No lleva ni bolsa, ni perro;
    éste se lleva una nota hoy.
    Para ver su reacción, saco la sirena de la guantera, la pongo sobre el techo del coche, y
    la activo. ¡Bingo!
    III
    Nos acercamos hasta él. Se agacha para coger algo y rápido se mete dentro del portal.
    Alguien le habrá abierto la puerta… y desde la radio nos reclaman. Tenemos que volver
    a Barna centro.
  • Quédate pendiente de las instrucciones, yo voy a bajar un momento – me dice
    Jaime mientras abre la puerta, se coloca la mascarilla, sale del coche y se dirige
    hacia el edificio.
    Título: Horarios
    Autor: Marc Mellado
  • ¡Que no se te escape! – le respondo, socarrón, y me vuelvo a la radio.
    Recibo atento las órdenes de mi compañero al otro lado del canal y corto la
    comunicación. Ha habido un robo en una tienda cara de la zona de Plaza Catalunya. Cojo
    el paquete de Camel de la guantera y busco a Jaime con la mirada. Habla con alguien del
    edificio, asomado a una ventana. Bajo la ventanilla para escuchar la conversación. Es
    una pareja joven. Al chico no lo veo bien, le tapa una planta, pero a la chica sí; muy
    aparente, por cierto.
  • ¿Viven ustedes ahí? – pregunta Jaime, que se lleva la mano a la frente para
    protegerse del sol.
  • Sí, sí. Los dos – asienten desde la ventana.
  • ¿No han visto nada raro en estos últimos veinte minutos? – vuelve a preguntar
    Jaime.
    Me decido a salir del coche. Rebusco en la guantera la mascarilla, pero no doy con ella.
    Da igual. Cuánta tontería, seguro que esto del virus es todo un invento de algún
    iluminado de arriba. Nada más poner los pies en la acera, desde la ventana en cuestión,
    una voz masculina que ya no recordaba me llama por mi nombre.
    IV
    Es Jorge, mi amigo del colegio. No lo veía desde hace casi un año.
  • Hombre Jorge, cuánto tiempo. ¿Puedo subir un momento a hablar contigo?
  • Por supuesto, sube. Te abro ahora mismo.
  • Espérame dentro. Bajo en dos minutos – le digo a Jaime, señalándole el coche.
    Jorge me abre y empujo la puerta. Mientras me llaman por el walkie, cruzo un pasillo
    estrecho hasta las escaleras. Por ellas baja el chico de negro, pobre diablo, que lleva
    ahora la braga al cuello…, y lo reconozco a la primera.
  • Joder, Diego, así que eras tú.
  • Hola Javi… Qué susto, tío… – murmura, más asustado que cordial; más caco que
    poli.
  • Tranquilo, tranquilo. Debí de haberlo imaginado. Ponte otra ropa, tío, pareces
    nuevo. ¿Tan mal te va?
  • Imagínate. Con todo el rollo, me han echado del curro y estoy sin un duro.
  • Está todo el mundo igual. Por cierto, ¿qué has cogido del suelo antes de entrar?
    Diego me aparta la mirada y se lleva las manos a los bolsillos de la sudadera. Parece que
    tartamudea antes, incluso, de empezar a hablar. Es mi momento preferido: antes de que
    canten. Y el walkie no deja de dar la tabarra…
    Título: Horarios
    Autor: Marc Mellado
  • Nada. He pasado por la farmacia a por una medicina. No pensarás quitármelas,
    ¿no?
  • Dame la caja – le ordeno. Extiendo mi mano abierta hacia él.
    Jorge ha bajado y se acerca a nosotros, que estamos en medio del pasillo. Se para a unos
    tres metros, al pie de la escalera. Diego alarga también su brazo para darme la caja, pero
    Jorge nos interrumpe:
  • Tú, déjalo en el suelo. Y tú, cógelo del suelo. ¿En qué mundo vivís?
  • Calla, Jorge. Aquí las órdenes las doy yo. Por cierto, ¿Cómo estás? Espero que
    mejor que éste…
    V
  • ¿Pasa algo, Javi?
  • ¿Vivís juntos? – le pregunto a Jorge – me ha parecido ver a una chica desde la
    ventana y pensé que sería tu novia.
    Diego carraspea, con la caja todavía en las manos.
  • Vivo aquí con mi novia, sí. Y ahora mismo no estoy entendiendo nada – dice
    Jorge, de brazos cruzados.
  • Que sí, Javi, que me has pillado. Vivo donde siempre… – se gira -. Perdona, Jorge.
    No quería meterte en ningún lío.
    Aprovecho el momento para quitarle a Diego la cajita de las manos. Strepsils, los del
    anuncio. La agito. Suena algo duro, como una piedra. En este caso, no del campo.
  • ¿Cuánto hay aquí?
  • Unos veinte gramos. De marrón. Quédatelo, pero, por favor, la receta no, te juro
    que ya no me dedico. De algún sitio tengo que sacar pasta mientras dure todo
    ésto…
  • ¿Y tengo que creerte? De todos modos, no puedo irme sin multarte.
    Jorge se acerca un metro más hacia nosotros. Destensa los brazos y pone la misma cara
    que pone Jaime después de perdonar a las viejas del barrio.
  • No quiero quitarle culpa, pero acuérdate de cuando nos pasaba a nosotros, Javi.
    La de veces que llegamos a casa enfadados y sin nada que llevarnos a la boca. No
    defiendo que él siga con estos temas, pero parece preocupado. Arriesgarse por
    tan poco…
  • Éso, Javi, enróllate. No hace tanto que me echabas un cable.
  • Javi, el walkie – interrumpe Jorge.
    Título: Horarios
    Autor: Marc Mellado
    Ahora la voz es de Jaime, que me abronca. No puedo esperar, necesitan efectivos en el
    centro. Hoy no llego a casa a la hora ni a tiros.
  • Te vas a librar, Diego. Y no será por ganas. Pero ésto – le digo, meneando la cajita
    delante de sus ojos – me lo llevo. Y vete para casa, ya.
    Me despido mientras salgo. Tengo que reconocer que el día se está poniendo
    interesante. Nunca pensé que nadie se me escaparía de una multa. Y menos, Diego.
    *
    VI – Final
    Jaime me espera frente al portal con la puerta del coche abierta. Las dependientas del
    súper cuchichean, con sus cigarros a medias. Me subo y bajo la ventanilla. Jaime acelera.
    Desde un balcón del segundo piso, un chaval de unos veintidós años nos sigue inquieto
    con la mirada mientras avanzamos, móvil en mano, y de pronto desaparece. Ahora todo
    el mundo graba cualquier tontería.
  • Mal asunto lo del robo. Hay que darse prisa – insiste Jaime, que le echa el ojo a
    la cajita. Por cierto, ¿te duele la garganta?
  • Puede que tenga algo de carraspera… – apago el walkie, qué estrés – Oye Jaime,
    ¿Cuándo nos hacen el próximo análisis?

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