MARC MELLADO

La hora convenida
I
Me despierta el sol. Soy de los que soba con la persiana subida. Así, por más que cante
el despertador, no me pilla sopa. Además, veo cómo los vecinos salen a sus balcones a
tomar el café y a fumar sus primeros pitis del día, y me voy espabilando a la par que el
barrio. Esta mañana tengo que estar pendiente del teléfono…
Me he quedado sin curro. Al menos, sin el legal. Y tengo diecinueve euros en el banco.
No puedo ni sacar el último billete de veinte… Con ésto del virus, no creo que sea el
único que esté jodido. Estoy (o estaba, porque nos han echado a la mayoría) en una
famosísima empresa de seguridad que nos pone en el campo del Barça, los días de
partido, a controlar a la gente y evitar altercados. Sí, los del chaleco naranja; los que
vamos al partido a estar de espaldas a él y, encima, nos pagan una mierda. Sé de un
colega que una noche se giró tras un gol de Messi en el descuento, y ya no vino más. Por
no hablar de aquella vez en la que unos ultras holandeses me rompieron una muñeca y
la empresa no quiso hacerse cargo de nada; otro colega me explicó que podía pedir una
pensión de incapacidad, pero no llegué muy lejos en el proceso… el tío cobra una
paguita, y lo que le pasa es que no puede mover bien el dedo meñique derecho. “El que
vale, vale, y el que no, pa’l Barça”, decía un profesor de matemáticas. En fin, menos mal
que me tocó en la mano mala. Total, que tengo que volver a pasar, y para hacerlo he
tenido que contactar con mi antiguo “jefe”, que me ha atendido como si no hubiera
pasado el tiempo. Juro que pensé que no tendría que volver nunca…
II
Ayer, sobre las dos de la mañana, hace unas horas, vaya, picó a mi apartamento un
repartidor de Glovo con el material. Tal y como me habían dicho, pero no me esperaba
el numerito. De primeras, le dije que se fuese, que no había pedido nada, pero al
decirme de dónde venía al fin lo entendí y acepté el paquete. Flipante. ¿Sabrá el tipo lo
que llevaba encima? No tuve ni que pagarle… Luego revisé la mercancía y la postureé de
veinte en veinte hasta que me dieron las cuatro de la madrugada, así que debo de haber
dormido unas cuatro horitas… Después de levantarme, nada más salir de la ducha, he
encendido el móvil… y ya tenía mi primer pedido.
III
Con el rollo de las asociaciones cannábicas, los camellos han perdido mucho peso en los
últimos años. Lo de ir a pillar a dos minutos de tu casa, sin esperas, con calidad por
precios…, hay que reconocer que es la hostia. Pero, con el estado de alarma, los clubes
han tenido que chapar, dejando tirados a muchísimos fumadores… que fijo que han
tenido que rebuscar en el fondo de sus agendas aquel teléfono al que pensaron que
nunca volverían a llamar.
El “jefe” ya me avisó de que a partir de esta mañana aparecerían los primeros
necesitados, y tenía razón. Son las diez, y uno ya me está pidiendo cincuenta pavos. De
lo que tengo, primero me lo saco de encima y luego pago, y yo me quedo una pequeña
diferencia (que puede ser mayor si no me lo fumo yo todo antes de venderlo). Como
decían en una serie de hace la tira: vender y fumar está de puta madre, pero vender sin
fumar es el chollo del siglo. Entonces, si me porto bien, puedo sacar un pavo de cada
cinco, más o menos…
Empiezo la conversación con el tipo. Estoy a punto de empezar también una
conversación con un colega poli que patrulla en el barrio, al que conozco desde que
éramos enanos y que antes me chivaba los controles, pero al final me echo atrás. Es aquí
al lado. El tipo está algo nervioso, se lo noto hasta por WhatsApp. Para estas cosas ahora
la gente usa más el Telegram, pero no me voy a poner toca-huevos. Me dice todo el rato
que no quiere problemas, para ninguno de los dos. Vive a tres minutos de mí, pero no
tiene perro y salió ayer a comprar, por lo que prefiere no mover el culo, por si acaso. Ya
lo muevo yo, tampoco es plan de perder el primer cliente… Nos veremos a las once
menos cuarto. Me pregunta si conozco un súper que hay aquí al lado, justo debajo de
su casa, y que en frente hay un portal. Me parece un sitio perfecto, porque encima del
supermercado hay unas oficinas que ahora estarán cerradas, y sólo hay pisos en la acera
de enfrente. Con dejarle el material en una cajita enfrente del súper, evitaremos que
desde los balcones puedan cazarnos. Luego él bajará, cuando le haga la perdida, dejará
otra cajita con el dinero, una vez coja lo suyo, y yo pasaré a recoger lo mío. Fácil, simple
y sin charloteo. Después, otra vez por WhatsApp, ya nos diremos lo mucho que nos
queremos.
IV
Salgo de mi casa sobre menos veinte. Desde la ventana me ha parecido ver a demasiada
gente por la calle; no la misma que un día normal, pero sí mucha para estar como
estamos. Si a ésto le sumas que es el primer día de sol después de mucha lluvia… La
gente lleva, casi toda, mascarilla. Mi padre me comentó hace días que me mandaría
alguna (por Glovo, seguro…), pero nada. Y no las venden en ningún lado. De momento,
no soy el único que no lleva. Pero, a este paso, acabaré siéndolo. Así que voy con una
braga negra que me llega casi hasta los ojos, que no pega mucho a estas alturas del año
y que, como también voy entero de negro, me hace parecer un térror del Counter Strike.
Doblo una esquina, otra y a la tercera ya veo el súper en medio de la calle. El tío vive en
el mismo bloque que Jorge, un amigo del colegio, al que hace ya casi un año que no veo.
Espero que las cosas le vayan mejor que a mí.
En este tramo debe de haber ahora unas cinco personas, todas abuelas, todas con su
carro de la compra, calle arriba, calle abajo. No pasa un coche. Todos aparcados. En un
primero, veo a una chica en un balcón con una birra en la mano. Después me tomo yo
una, y dos, pero primero va ésto. Me acerco, despacio, hasta el punto exacto. Dos
dependientas del súper terminan los cigarrillos frente a la puerta. Ya se meten para
adentro. Yo me apoyo en la pared y hago que miro algo en el móvil, como con mucho
interés. Luego miro a un lado y al otro. Ahora, nadie. Le doy el toque al chaval. Me
agacho. Saco del bolsillo una cajita de Strepsil, de ésos de lidocaína, con la piedra dentro.
La dejo en el escalón, pegada a la pared y a la puerta. Me pongo de pie otra vez y
pretendo alejarme unos metros, cuando de repente oigo un ruido que hace tiempo que
no oía, pero que me resulta familiar.
V
La puta sirena de los malos. La han puesto sólo un momento, mientras vienen hacia mí.
¿De dónde coño han salido? Es un coche secreta, con la sirena azul de quita y pon.
Estarían aparcados más abajo. Me agacho otra vez. Los dos polis de dentro me señalan
con el dedo. Cojo la cajita. La meto en el bolsillo. La madre que me parió. El telefonillo.
Me parece que era el entresuelo-segunda. Contestan.

  • ¡Abre, Jorge! ¡Soy Diego! ¡Abre, por dios!

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