GAMBITO DANÉS

Arnau y Elisenda tenían el fuerte e invisible vínculo que solo los mellizos pueden comprender. Nacieron con minutos de diferencia y se volvieron inseparables desde ese mismo instante. Se criaron en una masia en un acogedor pueblo de La Anoia, donde su padre tenía una pequeña granja y la madre era médico de familia. Elisenda siempre fue la valiente, quizás por ser la mayor solía llevar la voz cantante.

No eran niños conflictivos, pero sí bastante movidos. Ya de pequeños había que buscarlos durante largos ratos por las inmediaciones de la casa, y es que a veces llevaban juegos tan inocentes como el escondite hasta las últimas consecuencias. Más tarde inventaron el Yo te reto, un entretenimiento tan sencillo como peligroso. Las normas eran muy claras:

-Por turnos cada hermano podrá retar al otro a una acción. El reto se podrá pensar, como máximo, durante dos semanas, pero deberá llevarse a cabo por el retado en máximo dos días.

-El primero que se rinda perderá para siempre, sin excepciones ni segundas oportunidades, pudiendo ser humillado por el otro hermano hasta su muerte.

Entre juegos y pequeñas travesuras, los hermanos se fueron desarrollando hasta cumplir los doce años, momento en el que Elisenda se mostraba, en todos los aspectos, más adulta que Arnau. Físicamente era lo más obvio, pero también su mentalidad iba cambiando poco a poco a pesar del inocente ambiente rural donde se estaban criando.

—¡A que no me pillas, paticorto! —incordió ella mientras corría por el terreno.

Arnau la perseguía con todas sus fuerzas, pero se daba cuenta de que era más lento. Habían rodeado la masia por lo menos tres veces y ya sentía el corazón desbocado. Era un día caluroso y ambos iban en traje de baño. La melliza decidió esperarle a fin de reírse de él cuando la alcanzara.

—Eres un flojo y un enano —le dijo desde sus cinco centímetros de superioridad, observándole como intentaba coger aire.

—Y tú… —contestó entre sollozos—. ¡Una imbécil!

Elisenda cogió una manguera y se refrescó para después hacer lo mismo con su hermano, que agradecido no se quejó. Cuando pareció que ambos habían recuperado el aliento, le agarró la mano y lo llevó al granero.

—¿Dónde vamos? —preguntó él extrañado.

—Calla.

—Jo Eli, que voy descalzo y el granero siempre está sucio.

—¡No seas niñato!

Arnau estuvo a punto de contestarle, pero llegando a una esquina del lugar vio que por fin le soltaba la mano y se detenían y decidió esperar. Estaban ambos de pie uno frente al otro, expectantes, hasta que la hermana por fin se decidió:

—¿Sabes que me toca a mí retarte, verdad?

—¡No es verdad! —exclamó él.

—¡¿Cómo que no?! ¿Es que no te acuerdas que me hiciste comer una asquerosidad de mejunje hecho de todas las sobras de la cena?

El mellizo se sonrió recordando aquello, lo asqueroso del manjar y las arcadas de ella al metérselo todo en la boca.

—Sí, pero hace dos semanas ya, se te ha pasado el turno, me vuelve a tocar.

—No seas tramposo, sabes perfectamente que me queda hoy aún.

Era cierto, Arnau llevaba perfectamente la cuenta, pero había lanzado igualmente el farol.

—Vale, ¿qué quieres? —preguntó resignado.

La hermana lo miró haciéndose la interesante, sonriendo. Observándolo de arriba abajo consciente de que tenía el poder.

—¿Qué? —insistió él nervioso.

—¡Te reto a que te quites el bañador! —dijo al fin ella.

—¡¿Qué?! ¡¿Pero qué dices?!

—Ya me has oído.

—¡¿Pero tú estás loca?! ¡¿Para qué?! ¿Y si entra papá?

—No digas tonterías, si casi nunca viene al granero y lo oiríamos venir.

—¡Pero si solo llevo el bañador! Este sitio me da repelús, ni siquiera quería entrar descalzo.

—¡Va! ¡No seas rollo! —se quejó ella poniendo los ojos en blanco.

Elisenda tenía curiosidad por ver un cuerpo masculino de cerca, aunque fuera uno flacucho y poco desarrollado como el de su hermano. Llevaba días dándole vueltas al reto y la emoción le había incluso robado horas de sueño.

—No lo pienso hacer —susurró Arnau cruzándose de brazos.

—Pues entonces ya sabes, pierdes para siempre, serás un cobarde, un tonto y además dejaré de hablarte.

—¡¡¿¿Pero por qué esto??!! —repreguntó alzando la voz.

—¡Porque sí! —zanjó ella.

El chico farfulló algo entre dientes, la miró con desprecio y volvió a quejarse, pero en ese momento la hermana ya sabía que realizaría el reto. Lentamente se desabrochó el cordón del bañador y luego se lo sacó patosamente por los pies, mostrando fugazmente su desnudez para rápidamente taparse los genitales con las manos.

—Quita las manos —ordenó ella.

—No —contestó él, ofuscado—. El reto era solo quitarme el bañador, ya está.

La hermana, impaciente, le pegó un manotazo en el hombro exclamando:

—¡Va ostras! ¡¡No seas rollo!!

Arnau obedeció, descubriéndose y mirando a un lado, avergonzado. La melliza le estudiaba con ojos casi científicos, observando que aún no tenía vello púbico.

—¿Ya está? —preguntó él sin mirarla.

—No.

Después de unos interminables segundos, la delicada mano de Elisenda agarró el tímido miembro de su hermano mientras le preguntaba:

—¿A ti también te crece a veces?

—¡¡¿¿Qué haces??!! ¡¡Ostras ya!! —se quejó él mirándola al fin y haciendo aspavientos con los brazos en señal de desaprobación, pero sin mover el cuerpo.

—¡Arnau! Calla un momento, va, no seas quejica.

Quejica era el peor insulto para el hermano, lo odiaba con todo su ser y gracias a eso se convertía en una presa dominable. La hermana siguió toqueteándole, experimentando con el trozo de carne.

—Pues sigue igual —afirmó ella con un tono desencantada a lo que el hermano solo hizo un ruidito gutural.

—¿Eso es que aún no eres un hombre? —preguntó soltándole.

—¡Claro que soy un hombre! —dijo él herido en sus sentimientos.

—¿Sí? ¿Seguro? A ver, ¿te masturbas?

—¡¿Qué?!

—Que si te haces pajas —aclaró ella.

—Ya sé lo que significa, imbécil. ¿A ti qué te importa?

—¿Es que te gustan los chicos? —siguió Elisenda provocándole.

—Vete a la mierda —dijo él enfurruñado.

La melliza era plenamente consciente de que estaban en puntos distintos. Él seguía siendo un niño y a ella cada día le sorprendían nuevas dudas y sensaciones. Su cuerpo empezaba a cambiar, más rápido que el de sus compañeras de colegio. Decidida a no terminar con la situación, agarró los tirantes de su bañador y los bajó por los brazos hasta descubrir sus incipientes pechos, mostrándoselos al hermano con descaro.

—Yo ya empiezo a ser una mujer.

El hermano la miraba asombrado, desbordado por toda la situación.

—¿Lo ves? Me están saliendo tetas.

Arnau nunca había tenido unas tan cerca, salvo, quizás, fugazmente las de su madre en alguna ocasión en la que la había sorprendido cambiándose de ropa. Eran desde luego más pequeñas, pero igualmente hipnóticas.

—¿Quieres tocarlas?

Tragó saliva.

—No pasa nada —insistió ella agarrándole la mano y llevándosela a la zona en cuestión—. Me las puedes tocar si quieres.

El muchacho sintió aquella parte desconocida para él de la anatomía de la mujer entre sus dedos.

—Toca sin miedo —dijo ella mientras le agarraba la otra mano animándole a que hiciera lo mismo.

Arnau le amasaba los pechos con delicadeza, animándose poco a poco cuando la melliza le agarró de nuevo el miembro y se lo acarició también, subiéndole y bajándole suavemente la piel. Pronto notó crecer el órgano en su mano y decidió seguir con los improvisados tocamientos.

—¿Ves? Ahora sí te crece, quizás no eres tan niño.

Los tocamientos fueron aumentando de ritmo e intensidad, él agarrándole y magreándole los pechos y ella pajeando por primera vez a un chico, improvisando con cierta gracia.

—¿Te gusta, verdad? Yo creo que sí, sino no estarías así de…grande.

Elisenda siguió con la maniobra hasta que Arnau advirtió que sus delgadas piernas se tambaleaban ligeramente justo antes de expulsar varios chorros de esperma, que impactaron sobre el vientre del a hermana.

—¡¡Mm!! ¡¡Mm!! ¡¡Ohh!!

La melliza le sacudió algunas veces más hasta que comprobó que no salía ni una gota, le miró con ojos pícaros y le dijo sonriendo:

—Mira como me has puesto el bañador, cochino.

1

“Érase una muchacha a unos pechos pegada, érase unas mamas superlativas.”

Acercándose a los dieciséis años los mellizos ya estaban plenamente desarrollados. Arnau se había convertido en un chico atlético y Elisenda en toda una mujer. Destacaba en ella una talla noventa y cinco de sujetador, en contraste con un cuerpo esbelto, delgado, con unas nalgas firmes, pero quizás algo escasas de carne.

—Eli, está el frutero en la puerta, ves a ver si tiene algo interesante por favor —le dijo la madre.

La adolescente cruzó la granja entera y se encontró en la entrada al hijo del frutero, fuera de la furgoneta con la que iba de casa en casa ofreciendo el género los fines de semana. Tenía veinticinco años, aspecto de chulo y fama de ser algo conflictivo. Hizo una mueca de satisfacción al ver cómo la adolescente se acercaba a él para atenderla.

—Hola Pau, ¿tienes algo interesante?

 El joven la miró de arriba abajo, sus torneadas piernas que la faldita vaquera no lograba cubrir, deteniéndose inevitablemente en el generoso busto que parecía querer rasgar el top blanco para liberarse. Se rascó la oreja adornada por un piercing y dijo:

—Pues…tengo melones. Melones grandes, jugosos, sabrosos. Aunque para ti quizás lo más indicado serían un buen par de sandías.

Elisenda se dio cuenta al momento de la grosería e hizo un esfuerzo por no montar una escena.

—¿Algo más? —dijo bastante molesta.

—Claro que sí cariño, tengo nabos, y un pepino gigante como nunca has visto.

Harta, se dio la vuelta y volvió por donde había venido, no sin antes mostrarle una merecida peineta. Al llegar a casa se encontró un mensaje de su hermano en el móvil que decía:

Arnau: Estamos en el río, vente.

La melliza dudó. Hacía calor, pero por la época del año en la que estaban probablemente el río tendría aún el agua muy fría. Finalmente optó por ir, tampoco tenía nada mejor que hacer y si se quedaba en casa seguro que a sus padres se les acabaría ocurriendo alguna tarea que encomendarle. Se dio cuenta que debajo de la ropa no llevaba el bikini, pero pensó que tampoco le haría falta. Cuando llegó se encontró con su hermano y sus inseparables amigos bañándose. Jordi, el graciosillo pajillero y Mateu, el gordito también pajillero.

—Ya era hora hermanita —se quejó el hermano desde el agua.

—Que te den, si te vienes sin avisar no es mi culpa.

Arnau no siguió con la absurda discusión. Jordi y Mateu repasaron el cuerpo de la apetecible hermana con cierto descaro. Desde su posición casi se asomaban las braguitas blancas, o quizás era su calenturienta imaginación.

—¿Te bañas o qué? —preguntó Arnau.

—Que va, seguro que está helada. Además, no llevo bikini.

—Joder, ¿cómo que vienes sin bikini? ¿Estás tonta?

—Pues porque no me baño —contestó ella con tono sarcástico.

—Métete en bragas y sujetador —dijo Mateu en un acto heroico.

—Ni de coña.

—¿Por qué no? —insistió Jordi—. Pero si es lo mismo.

—No seáis pelmazos.

Hubo un silencio incómodo que acabó por romper el hermano:

—Eli, te juro que el agua está buenísima, estrena el año anda.

Tras de poner sus característicos ojos en blanco, aburrida, decidió ceder. Se quitó las sandalias y la faldita vaquera, para deshacerse después de la camiseta de tirantes. Cuando liberó sus generosos pechos, cubiertos solo por el sujetador, los dos amigos se miraron con complicidad, acto que no pasó desapercibido para la muchacha.

—Sois un par de salidos —dijo metiéndose en el agua rápidamente.

—¡Está congelada! ¡¡Cabrones!! —exclamó después de zambullirse.

Las risas de los tres resonaron por las rocas.

—No es para tanto, Eli —se excusó el hermano—. Al rato te acostumbras.

—No me siento las piernas, me voy a ahogar por tu culpa —bromeó ella.

—Con ese par de flotadores, imposible —comentó Jordi.

—Tú cállate, pajillero.

Se bañaron durante un rato, entre risas, ahogadillas e improvisadas carreras de orilla a orilla. Se dio cuenta entonces la hermana de que la ropa interior, mojada, transparentaba un poco y decidió salir del agua.

—Te cojo la toalla para secarme, ¿vale? —le dijo al hermano, consciente de que ella no traía.

Mientras se secaba de espaldas a él decidió salirse también Arnau. Puso algo de música con el móvil, se acercó a su hermana y le susurró al oído:

—Te reto.

—¿Qué? ¿Ahora?

—Sí, ahora.

—Joder, tienes el don de la oportunidad, estoy congelada.

—Tranquila, el reto te ayudará a entrar en calor. Tienes que bailar en plan sexy para mis amigos.

Elisenda lo miró con desprecio.

—Va, cállate.

—Lo digo en serio —afirmó él con rostro circunspecto.

—¿Lo dices en serio? Pero si se me comen con la mirada sin bailar.

—Es lo que hay, lo tomas o lo dejas…y pierdes, claro.

—¿Un bailecito? ¿Eso es todo? ¿Con esa mierda de música que has puesto, no?

—Y sin rechistar —matizó él.

A la melliza no le gustaba perder a nada, y sabía cómo hacer daño. Le susurró:

—Vale rarito, pero supéralo ya. Fue solo una paja hace tres años.

Terminó de secarse un poco el pelo, largo y cobrizo, y se acercó a la orilla del río para que pudieran verla bien los dos. Estuvo unos segundos pillando el ritmo de la canción hasta que se hizo con él y comenzó a moverse, lenta y sensualmente. Pudo ver como Jordi golpeaba a Mateu jocosamente.

—Eso es, mueve tu culito, ¡guapa! —dijo el graciosillo.

La hermana siguió bailando, más animada, consciente de que sus pezones se veían a través de la prenda mojada, dudando de si pasaría lo mismo con su vello púbico.

—¿Así? —preguntó ella.

—Así —afirmó el mellizo.

Añadió movimientos nuevos, impúdicos. Tocándose el trasero, los muslos y acariciándose los pechos. Los amigos coreaban cada nueva acción y Arnau no perdía detalle, en silencio.

—¿Falta mucho?

—Yo te avisaré.

El reto se había convertido en una auténtica fantasía erótica para el saco de hormonas que eran Jordi y Mateu, que no daban crédito a tal acto de generosidad por parte de la hermana de su mejor amigo. Jordi fue el primero de los dos en animarse a salir del agua, incapaz de disimular el bulto de su bañador. Se acercó a ella preguntando:

—¿Puedo tocar?

—¡¡No!! —contestó con rotundidad ella.

—Sí —rectificó el hermano.

Elisenda paró el baile en seco y observó con rabia al hermano, pero el amigo no perdió el tiempo, plantándole las manos sobre los pechos, sobándolos sobre la ropa interior aún mojada. Estaba a punto de reaccionar cuando pudo ver de reojo como Mateu salía también del río, avanzando patosamente hacia ella hasta agarrarle la nalga.

—Yo también quiero —dijo él como un niño con una chocolatina, apretándole el glúteo con fruición.

En escasos segundos la melliza se había convertido en una especie de pasamanos, manoseada por todas partes, como aquellas vírgenes o santos de las iglesias en los que la gente hace cola para darles un beso en el pie, o acariciarlos. Pensó en enfadarse, gritar e incluso agredirles, pero luego se dio cuenta de que lo más interesante era preparar su venganza en el siguiente reto. Al fin y al cabo, sentir a esos dos libidinosos perdedores tocando su cuerpo tenía algo de excitante, o cuanto menos halagador.

—Ostias qué buena que estás, Eli —dijo Mateu sin separar las zarpas de su trasero.

—Menudas tetazas tienes —siguió Jordi.

La chica se puso tan sumisa que incluso levantó los brazos, poniéndolos en cruz para que pudieran disfrutar de su anatomía sin ningún impedimento. Mateu forcejeó con Jordi para magrearle uno de los pechos y este, con su mano desplazada, decidió llevarla hasta la entrepierna de Elisenda, acariciándole el sexo por encima de las braguitas. Esto pareció ser el detonante, ya que ella dio un paso atrás y mirando a su hermano dijo:

—¡Bueno! ¡¡¿¿Qué??!!

Los dos amigos se quedaron congelados, conscientes de que se les estaba a punto de acabar el chollo. Arnau avanzó unos metros hasta su posición, se colocó detrás de Jordi y bajándole el bañador hasta los tobillos liberó una erección descomunal. Miró a la hermana y le dijo:

—Una mamada a cada uno y se acaba el reto.

Se quedaron petrificados. Los amigos sin habla, no como la melliza, que explotó:

—¡¡¿¿Eres gilipollas??!! ¡¡¿¿De qué coño va esto??!! ¡¿De prostituirme?!

El hermano se acercó a ella, le retiró la melena aún mojada de la oreja y le susurró:

—El reto es este, tú misma. Yo siempre he hecho lo que me has pedido.

La hermana estaba en shock, vio entonces como Mateu se unía al juego, bajándose también el bañador, impaciente. Jordi anduvo un par de pasos, con cuidado de no tropezar con la prenda que tenía enrollada en los tobillos, agarró a la muchacha por el pelo con cuidado y haciendo un poco de presión hacia abajo le suplicó:

—Por favor Eli, por favor…te juro que me corro en dos minutos.

Ella le miró con odio.

—Por favor… —insistió—. Joder, es que estás tan buena.

Arnau le susurró de nuevo:

—¿Quieres perder el juego? ¿Quieres que le cuente a mamá nuestro encuentro en el granero?

La melliza le empujó, estaba a punto de dejar a los tres salidos allí mismo, pero el orgullo por no perder e incluso los largos minutos de tocamientos, hicieron que se decidiera a acceder. Se sentía humillada, pero casi se compadecía de los dos amigos, sabedora de que jamás podrían estar con una chica como ella. Eso le daba un cierto morbo. Cogió la falda vaquera y la dejó sobre las piedrecitas del suelo, previsora. Se arrodilló sobre ella y le agarró el erecto falo al amigo graciosillo, que casi parecía un niño indefenso en manos de una mujer.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohhh!!

Mientras que lo sacudía agarrando el miembro por la base comenzó a lamerle el glande como si fuera un helado, consciente del placer que provocaba.

—¡¡Mmm!! ¡¡Mmm!! ¡¡Oh!! ¡Oh! ¡¡Eli!! ¡¡¡Elii!!!

Siguió con aquella paja acompañada de las dulces caricias con la lengua, se dispuso a ponérsela entera en la boca cuando pudo sentir como vibraba el pene, a punto de descargar. Se apartó rápidamente, pero uno de los chorros le impactó en el pelo, oyendo los gemidos de inmenso placer de Jordi al descargar.

—¡¡¡Ohhhh!!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!!

La hermana, asqueada, le miró con desprecio diciéndole:

—Joder, ya podías avisar. Encima de salido eres un puto eyaculador precoz.

Se le acercó entonces Mateu, que llevaba un rato masturbándose mirando la escena, reclamando su turno. A Elisenda no le había dado tiempo ni a limpiarse que decidió agarrarle la erección y sacudirla con fuerza, con rotundidad.

—¡¡Mm!! ¡¡Mm!! ¡¡Ohh!!

—Contigo será incluso más fácil —dijo ella sin dejar de pajearle.

—¡¡¡Ohhhh!!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!!

La sensual adolescente tenía claro que con un ligero meneo más el reto habría terminado, pero entonces vio como Mateu se hacía a un lado violentamente empujado por su hermano. Estaba desnudo, y también erecto. La agarró el pelo y la llevó hasta su sable, medio obligándola a metérselo en la boca.

—Te había dicho mamadas, no pajas —dijo él fuera de sí.

Mateu estuvo a punto de quejarse por la abrupta intromisión, pero la escena era tan desconcertante que no fue capaz. Lo mismo que Jordi, que tumbado sobre el suelo de piedrecitas alucinaba sin perder detalle. La melliza sentía el vigoroso miembro de su hermano moviéndose violentamente dentro de su boca, a punto estuvo de que le vinieran arcadas. Él le agarraba del pelo, forzando el movimiento, metiéndola y sacándola a su antojo.

—¡¡Mmm!! ¡¡Mmm!! Eso es, eso es. ¡Chúpamela, joder!

—¡Glurp, glup, grddggg!

Arnau parecía fuera de sí, forcejeando excitadísimo con su hermana que apenas podía reaccionar.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! Mmm. ¡¡Mmmm!! Síi. ¡¡Síi!! Creías que te ibas a librar, ¡¿eh?!

Elisenda, indefensa, decidió seguir. Le agarró el miembro también con la mano y continuó como pudo con aquella paja-mamada, intentando terminar lo antes posible. Mateu, que seguía alucinado y frustrado a partes iguales, se animó a acercarse a ellos, le agarró un pecho y manoseándolo volvió a masturbarse, intentando molestar lo menos posible.

Jordi seguía tumbado, exhausto, pero fue capaz de excitarse otra vez. El primero en correrse fue Mateu, que descargó su simiente entre gemidos sobre la espalda y la nuca de la muchacha. Después vino el hermano, corriéndose en el interior de su boca, llenándola con su semen sin permitirle apartarse.

—¡¡¡Ohhhh!!! ¡¡¡Ohhhh!!! ¡¡Ohhhh!! ¡¡Ahhhhhhhh!!

Cuando por fin se retiró el hermano, Elisenda se sintió sucia. Pegajosa, con ganas de vomitar, utilizada. El juego había llegado demasiado lejos. Escupió todo lo que pudo y bebió abundante agua de una botella que llevaba en el bolso. Miró a su alrededor y vio a los tres amigos, desnudos. Mateu extenuado, igual que su hermano. Con Jordi que volvía a masturbarse mientras la observaba en la distancia. Se vistió como pudo, se adecentó la ropa y se fue sin decir una sola palabra.

2

“Ríe y el mundo reirá contigo, llora y llorarás solo.”

Arnau y Elisenda no volvieron a hablar sobre lo ocurrido en el río. Después de unos días incómodos siguieron con su juego como si nada hubiera pasado. Procuraron, eso sí, no volver a cruzar límites peligrosos. Todo iba bien hasta que cumplieron los dieciocho años, día en el que la melliza decidió que era el momento para vengarse.

“Te reto a que suspendas la prueba de acceso a la universidad.”

Arnau llevaba dos años esforzándose en los estudios, preparándose para ese día. Fue como un mazazo. Perder un juego que duraba dieciocho años o perder su futuro, ese era el dilema. Eligió mal. Contra todo pronóstico decidió suspender la prueba, después de eso todo a fue a peor. Varios enfrentamientos con los padres, el odio a su hermana y finalmente se fugó de casa con los pocos ahorros que tenía. Elisenda y los padres estuvieron años sin saber nada de él. Ni una llamada, ni una visita, ni una carta. Con veintidós años la hermana decidió que era el momento de poner fin a la tragedia familiar, provocada, dicho sea de paso, por ella misma.

“La soledad más triste es aquella que se vive acompañada de personas equivocadas.”

Le costó mucho encontrarle. En el último año de carrera Elisenda había investigado más que estudiar. Sus notas se resintieron, pero aun así consiguió graduarse. Tuvo que alquilar un todoterreno para llegar hasta allí, una cabaña de cazadores en los Pirineos en la que, por lo visto, llevaba años viviendo su hermano. Aislado de todo y de todos, su pista definitiva fue encontrar el registro de la propiedad, después de eso solo necesitó convencer a la gente adecuada. Aparcó el coche bajo un pino y salió un tanto titubeante. Llevaba cuatro años sin ver a la que antaño fue su alma gemela.

Se acercó lentamente por el pequeño sendero que lo condujo a la cabaña. Fuera, un hombre de barba poblada y cerrada y pelo largo cortaba leña, ajeno a la visita. Iba completamente desnudo, tan solo él, el hacha y la madera.

—¿Arnau?

El hombre, joven, pero de mirada cansada, levantó la cabeza y la observó algo sorprendido. Después miró al cielo y observando que este estaba cada vez más rojizo dijo:

Cel rogent, pluja o vent.

Ella supo enseguida que era su hermano, estaba muy cambiado, pero no lo suficiente como para no reconocerlo. A él pareció no importarle mucho la visita, y siguió cortando la madera. Su cuerpo era fibroso, trabajado, destacando un par de profundas laceraciones aparentemente recientes  en la espalda.

—Arnau, soy yo.

—Jajajaja —rio con voz profunda y algo afónica—. Ya sé que eres tú.

—Papá y mamá no saben que estoy aquí. No saben que estás aquí.

—Mejor.

—Arnau… ¿podemos hablar?

Los reproches no tardaron en llegar.

—¿Hablar? ¿Eso quieres? ¿A eso has venido? Jodiste mi vida, ¿recuerdas?

—¡¿Pero qué dices?! ¡¿Cómo iba a saber yo que te irías para siempre sin decir nada?!

El hermano clavó el hacha con fuerza y se sentó sobre el tronco de un árbol cortado.

—Pues ahora ya lo sabes. ¿Qué quieres?

—Quería verte…

—Ya me has visto.

—¡Joder! Hace cuatro años que no sé nada de ti, ¿vale? No hace falta que seas tan hostil. ¿Cómo me iba a imaginar que aceptarías el reto antes de perder el estúpido juego?

—Sabías perfectamente que lo haría. Para mí ese juego lo era todo, todo en mi pequeño y pueblerino mundo.

—¡¡Te juro que no lo sabía!! Además, fuiste tú quien empezaste prostituyéndome con tus amigos.

—No seas exagerada, estabas encantada con ser el centro de atención. Comenzaste tú enseñándome las tetas, ¿recuerdas?

—¡¡Era una cría!! —exclamó la melliza antes de obligarse a relajarse—. Ok, ok, los dos cometimos errores. O solo yo, me da igual, ¿podemos hablar como gente civilizada un rato? Me ha costado mucho encontrarte, y no vives cerca precisamente.

Él se puso en pie, volvió a mirar el cielo y señalando con el dedo la puerta de la cabaña dijo:

—Entra, antes de que se ponga a llover.

Se sentaron los dos en un destartalado sofá que parecía ser de los pocos muebles que tenía la casa. Uno al lado del otro. Elisenda observó a su hermano y le preguntó:

—¿No podrías ponerte algo?

—No pienso cambiar mis hábitos por ti. ¿Qué pasa? ¿No te gusta verme desnudo? De niños bien que insistías.

La hermana se resignó a contestar, inspiró profundamente e intentó seguir con la mayor cordialidad posible.

—¿Qué has hecho todo este tiempo?

Él se rascó la barba, pensó unos segundos y respondió:

—Poca cosa. Cazar, pescar, convivir con la naturaleza. La gente se sorprendería al descubrir lo autosuficientes que podemos llegar a ser si nos esforzamos.

—¿Eso es todo? —repreguntó ella.

—¿Y tú? —dijo él evitando seguir con el tema.

—Pues me he graduado en derecho, un rollo de carrera, pero mira, una vez había empezado…

—¿Derecho?

—Sí, en Barcelona, ahora vivo allí.

—Está bien —fue lo único que dijo Arnau.

—¿Sabes quién no está bien? —dijo la hermana alzando la voz—. Mamá y papá. Desde que desapareciste casi perdemos la granja, y mamá toma más pastillas en un día de las que le receta a sus pacientes en una semana.

—Si vienes a decirme eso, por mí ya te puedes ir ahora mismo.

—Joder, es que no lo entiendo. ¿Qué culpa tenían ellos?

—¡¡Lárgate!! —explotó el hermano.

Elisenda no obedeció, pero se produjo un nuevo e incómodo silencio que pareció no terminar nunca. Arnau se fijó en ella en una mezcla de desprecio y curiosidad. Llevaba un vestido blanco y azul, algo corto y escotado. Pensó que a sus ya magníficos pechos le acompañaban lo que parecían unas nalgas más deseables de las de antaño. Sus piernas, casi totalmente descubiertas, estaban torneadas, bien formadas y eran deseables. La reacción natural no tardó en llegar y su miembro comenzó a crecer, como una tortuga que sale de su caparazón lentamente. La hermana se dio cuenta y le miró molesta, pero él la cortó al segundo:

—No es por ti, maldita presumida. Llevo meses sin ver a una mujer, no crecen en los árboles, ¿sabes? Daría lo mismo que fueras tú o una Margaret Thatcher de ultratumba. No has cambiado nada.

—No he dicho nada —contestó ella.

—Ni falta que hace, te gusta provocar y luego te haces la ofendidita. Una de estas feministas toca cojones, como si lo viera. Si no quieres que te miren las tetas no las enseñes.

—¿Te has convertido en un misógino?

—Uy, no, que va. Aquí no existe toda esa mierda. Esto es la naturaleza, las cosas son mucho más sencillas.

—¿Ah sí? En plan…si se te ve el culo… ¿bunga bunga?

—¿Cuándo te vas? —dijo él a modo de invitación,

Elisenda esperó un par de minutos antes de responder:

—Vale, vale, perdona. Pensé que te alegrarías de verme, pero creo que nos hemos hecho demasiado daño. Lo siento. A mí sí me gusta ver que estás bien.

—A mí me da igual —insistió él.

—¿Ah sí? Pues tu polla no piensa lo mismo, por lo visto.

—Me gustaría, de verdad, que te fueras —insistió apretando los dientes

—Lo único que he dicho es algo obvio —dijo ella señalando su notable erección, que seguía creciendo a pesar de la discusión.

—A saber cómo estás tú, siempre fuiste una puta morbosilla. Seguro que también estás mojada, pero vestida no se nota, claro. Además, te encanta excitar a la gente.

—Vale, déjalo —pidió ella cada vez más ofuscada.

—No, ¿sabes qué pasa? Que yo mandé mi vida a la mierda por un puto juego y ni siquiera tuve tiempo de decirte mi reto.

Al tono cada vez más amenazante le acompañó la actitud. Arnau se acercó intentándola besar en los labios, y siguiendo por la mejilla y el cuello mientras colocaba una de sus varoniles manos en el muslo y lo magreaba. Ella le esquivaba como podía diciéndole:

—¿Pero qué haces?

Los dedos se colaron rápidamente entre el vestido, acariciándole el sexo por encima de las braguitas mientras seguía besándola y manoseándole un pecho con la otra mano.

—¿No decías que estaba contento de verte? Pues eso es lo que hago, mostrarte un poco de cortesía.

—Joder…Arnau, para. ¡Para! ¡¡Qué pares coño!!

Pero no paró. Estaba demasiado excitado para parar. Se abalanzó sobre ella colocándose entre sus piernas, abriéndolas, subiéndole el vestido y presionando con su erecto falo su entrepierna, separadas las carnes solo por las braguitas.

—¡¡Te he dicho que pares!! —dijo ella intentando sacárselo de encima.

—No, de eso nada. Este es mi reto. Te reto a que seas mía.

Por increíble que pueda parecer, aquellas eran como unas palabras mágicas. O quizás malditas, pero seguían teniendo una fuerza indescriptible. Algo que iba más allá del juego, de la sangre, del cosmos. Elisenda dejó de forcejear, pero recordando las normas dijo:

—Han pasado más de dos semanas. Has perdido tu turno.

—De eso nada, me lo debes. La norma del tiempo solo se aplicaba en nuestra niñez, ha habido excepciones y lo sabes.

Era fascinante como en medio de una situación tan al límite eran capaces de discutir, negociar e incluso cumplir las normas del macabro juego. La melliza le dio vueltas a la última afirmación del hermano, segundos estos en los que él aprovechó para romperle las bragas y deshacerse de ellas. Ya no era necesario que fuera brusco, la actitud de ella era mucho más sumisa, pero sintiendo el glande de Arnau jugueteando con su vagina, buscando la entrada al paraíso, le bastaba con mover ligeramente las caderas para impedírselo mientras seguía reflexionando.

—Estate quieta —se quejó él mientras ella seguía intentando recordar.

—Tienes razón —afirmó en un susurro—. Hubo esa vez que me fui de campamentos y no te reté hasta al cabo de un mes…

—¿Qué? —preguntó él desconcertado.

—Nada —respondió ella, agarrándole la trabajada espada y dejándose penetrar.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohhhhhh!! ¡¡Ohhh!!

Arnau se la metió hasta el fondo, hasta que no pudo más, y se movió entonces con tanta desesperación que recordaba más a un perro que a un ser humano.

—¡¡Mmm!! ¡¡Mm!! ¡¡Mmm!! Tranquilo, tranquilo joder que me haces daño. ¡¡Oh!! ¡Mm!

Se sentía incómoda por el ímpetu, pero también disfrutaba. Era cierto, siempre le había gustado sentirse deseada, y en parte no podía evitar pensar que la fuga de su hermano había sido culpa suya. Le pareció que aquel polvo, sucio, acelerado e inconfesable era la solución a un problema causado cuatro años antes. O quizás mucho antes.

—¡¡¡Ohh!!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohhhhh!! —gimió él mientras le manoseaba exasperado el cuerpo, haciendo incluso que uno de los tirantes del vestido se rompiera.

—¡¡Ah!! ¡¡Ah!! ¡¡Ahh!! Cuidado, cuidado, mmm.

Elisenda se sentía llena, colmada por el necesitado y vigoroso miembro de su hermano mientras él le agarraba ahora por el culo para poder cabalgarla aún con más fuerza.

—¡¡¡Ahhh!!! ¡¡Ahh!! ¡¡¡Ahhhh!!

Ella le agarró el pelo con fuerza, intentando mantener el equilibrio sobre el sofá por las embestidas de aquel animal salvaje con el que había compartido vientre materno cuando, notando unos potentes espasmos dentro de su sexo, Arnau se corrió en su interior.

—¡¡¡Ohhhh síiiiiiii!!!

Decidió reprimir todo lo que tenía que decirle. Dejarle disfrutar el orgasmo mientras descargaba hasta la última gota. Le fastidió que eyaculara en su interior. También que terminara tan rápido que ella ni siquiera estuviera cerca de correrse. Pero no dijo nada. Dejó que terminara y esperó hasta que él se retiró agotado. Se adecentó la ropa como pudo, dando sus bragas por perdidas, y le dijo:

—Te reto a que vuelvas a tener contacto con papá y mamá.

3

“Venver y perdonar, es vencer dos veces.”

Arnau cumplió con el reto, pero Elisenda siempre se arrepintió de no cuantificar el contacto que debía tener con sus padres. Les visitó dos veces y luego volvió a desaparecer. Esta vez fue como si se lo hubiera tragado la tierra. Ella siguió con su vida en Barcelona, ascendiendo en el bufete donde trabajaba y llevando una vida lo más normal posible.

Pasaron diez años…

Aquella noche le tocó trabajar hasta tarde, así lo había querido su jefe. Llevaba tiempo sospechando que aquellas inacabables jornadas laborales obedecían más al placer de los socios por mirarle las tetas que al trabajo en sí. Pensó en proporcionarles unas fotos suyas picantes, si con eso podía salir a una hora razonable todos los días. La ciudad estaba vacía los martes por la noche, especialmente a esas horas y por el tranquilo barrio donde vivía. Llegando a su hogar se sintió observada, seguida de cerca, pero no le dio mayor importancia. Sería otro pajillero mirándole el culo, a todos les ponía la típica abogada con ese vestidito gris y las medias. «¡Qué disfrute!» Pensó.

Dejó atrás otra solitaria calle, creyendo que el voyeur ya la había dejado en paz, cuando una fuerza animal la agarró y casi con un solo movimiento la arrastró hasta detrás de unos contenedores de basura, tapándole la boca con fuerza. Al observar que el desconocido iba con un pasamontañas tuvo claro lo que le iba a pasar y tan solo deseó que no le hiciera demasiado daño. Estaba aterrorizada. El asaltante no dijo nada, pero sus ojos eran muy expresivos. Entendió que si gritaba le haría daño y, como pudo, asintió con la cabeza.

«Fóllame y vete, cabrón, pero no me hagas daño».

El agresor le retiró despacio la mano de los labios, comprobando que el mensaje estaba claro, cerciorándose de que no haría ninguna estupidez. Extrañamente, Elisenda se sintió aliviada, casi segura. El encapuchado le acarició las mejillas y la boca con extrema delicadeza, bajó los dedos por el cuello y se recreó en su excepcional busto, dibujando un infinito invisible sobre la tela. Continuó el imaginario camino hasta llegar al final del vestido, ligeramente por encima de las rodillas. Ayudándose de la otra mano, se lo subió con delicadeza hasta doblarlo en su cintura, convirtiéndolo en un improvisado cinturón y descubriendo sus caderas cubiertas por las sensuales medias.

«Al final me va a poner cachonda el puto degenerado, ¿cómo debe ser debajo del pasamontañas?» —pensó.

El delicado atacante comenzó entonces a acariciarle los pechos y la entrepierna al mismo tiempo, animándose poco a poco. Elisenda podía oírle respirar profundamente, conteniéndose. Se excitó al momento, sintiendo como se le humedecía el sexo con los tocamientos.

—¡¡Mm!! ¡Mm! —gimió ella.

«Gime cabrón. Joder, yo tengo un problema».

Se preguntó cuántas chicas en el mundo serían capaces de excitarse al ser asaltadas. Se preocupó, pensó que estaba aún más perturbada de lo que creía. Siempre le había pasado lo mismo, era sensible al deseo. Sensible a sentirse deseada. Cuando alguien mostraba interés por ella era incapaz de negarse, incluso se excitaba más que en una relación convencional. Por eso estaba soltera a los treinta y cuatro años, dedujo.

—¡¡Mmm!! ¡Mmm! ¡¡Mmm!!

Entre tocamiento y tocamiento decidió romperle las molestas medias, recreándose en su ropa interior negra, elegante, de encaje. Pudiéndole frotar la entrepierna por encima de la exquisita tela. Le bajó también las mangas del vestido para después quitarle el sujetador, liberando unos pechos desproporcionados. No lo hizo por la fuerza, tuvo la paciencia de llevar sus manos a la espalda y desabrochárselo.

«Cuando venga la poli no se creerá que me has violado, quizás debería arañarle o algo».

Le manoseo entonces las apetecibles mamas, con movimientos circulares y apretujándolas. Elisenda seguía algo desconcertada, sus pensamientos iban y venían como si estuviera en medio de una reunión de equipo en el trabajo.

«¿Y si es muy feo? ¿Deforme? ¿Conozco esos ojos?».

Estuvo a punto de levantarle el pasamontañas, pero él le dio la vuelta y la apoyó contra la pared del edificio, la colocó en pompa y le separó ligeramente las piernas. Sacó hábilmente su erecto miembro y lo restregó por sus deseables nalgas, casi a modo de aviso. La agarró por las caderas, retiró lo justo a un lado la ropa interior y puso de tope su falo que, colocándose con astucia en la entrada de su vagina acabó por penetrarla con suavidad.

—¡¡Ohh!! ¡¡Oh!! ¡Mmmmmm!

Elisenda no supo que le excitaba más, si el asalto, su rostro oculto o que los pudiera ver cualquiera en un momento dado. Esa mezcla tabú entre la posible violencia y el exhibicionismo. La penetraba con movimientos largos y controlados, ella se separó un poco del muro al comprobar que sus pechos rebotaban contra él con las acometidas.

—¡¡Mmm!! ¡¡Mm!! ¡¡Mmm!!

El ritmo aumentó ligeramente y al notar que una de las manos del tipo le agarraba un seno desde detrás se corrió como hacía años que no lo hacía, sintiendo como su cuerpo se sacudía violentamente por el increíble orgasmo.

—¡¡¡Ohhhh síiiiiiii!!! ¡¡Joder!! ¡¡¡Jodeeer!!!

Con las contorsiones del cuerpo el miembro se salió de su interior y ella cayó aplomo en el suelo, aprovechando para sentarse y observar desde su nueva posición al frustrado atacante, que la miraba con el erecto pene al aire.

«Cago en todo, que me haya corrido yo antes que el violador…».

Sentada en el frío suelo, con las medias rotas, las bragas mal puestas y los pechos al aire, se sintió más ridícula que asaltada. Hizo un gesto con ambas manos, una especie de “lo siento mucho, no sé qué me ha pasado”, que fue mucho más cómico que dramático. El tipo fue también al suelo y, agarrándole del brazo y con gestos, consiguió colocarla a cuatro patas. Se arrodilló detrás, acomodándose, le bajó las maltrechas bragas hasta las corvas, y comenzó a apretar su ano con el glande, intentando hacerse un hueco poco a poco.

«Joder que puta obsesión tenéis los tíos con querer darme por el culo».

Le agarró de nuevo las caderas y siguió presionando, con fuerza, con dificultad, hasta que logró meterle la puntita.

—¡¡Mm!! ¡¡Mm!!

—¡Ah! Joder…qué daño —dijo ella entre dientes.

Él insistió, consiguiendo penetrarla parcialmente, llegando a introducir medio miembro fuertemente aprisionado en esa nueva cavidad.

—¡¡Ahh!! ¡¡Ahh!! ¡Ah!

—¡Au! ¡Au! ¡Au! ¡Au! Duele, duele. ¡¡Duele!! Ahora sí gimes eh, joputa.

De una última embestida la penetró completamente, moviéndose enseguida dentro del orificio, consiguiendo que poco a poco fuera más cómodo.

—¡¡¡Ahhh!!! ¡¡Ahh!! ¡¡¡Ahhhh!!

—Más te vale que seas guapo, gilipollas…¡¡Au!!

El desconocido siguió embistiéndola, recreándose con la exquisita forma de su culo perfecto y viendo desde su posición el sugerente vaivén de sus pechos, descontrolados por culpa de la gravedad.

—¡¡Ohh!! ¡¡Oh!! ¡Mmmmmm!

Finalmente, aunque intentó alargarlo un poco más, eyaculó en su interior entre espasmos, alcanzando un potente orgasmo que lo dejó sin aliento. Quedaron sentados en el suelo uno al lado del otro, mirándose. Asimilando la surrealista escena.

—¿Quién coño eres tú? —le preguntó Elisenda mordisqueándose el labio inferior.

Él no dijo nada, pero se puso la mano en el bolsillo de la sudadera y sacó un pedazo de papel que le entregó. Escrito a mano ponía:

“Te reto a que me perdones.”

A Elisenda se le hizo un nudo en la garganta y Arnau aprovechó para descubrir su cara. Tenía una barba corta y cuidada, nada que ver con la que le había visto diez años atrás, y el pelo revuelto por culpa del pasamontañas.

A la hermana le entró el pudor de golpe, tapando sus pechos con el vestido y dejando el tema del sujetador para más adelante. Pensó en abofetearle, pero recordando lo ocurrido sintió que tenía poca credibilidad.

—Eres un hijo de puta —dijo con voz serena, casi alucinada.

—No podía retarte a que te dejaras violar, no habría tenido gracia. Sin decírtelo tampoco es que me lo hayas puesto muy difícil…

A pesar de la monstruosidad de su plan, Arnau estaba diferente. Más sonriente, tranquilo. Casi en paz consigo mismo.

—No, eres un hijo de puta por desaparecer de nuestras vidas. Un puto enfermo mental.

Él la observó de arriba abajo con un semblante pícaro y respondió:

—Hermanita, creo que los dos somos un saco de problemas, no hay psicólogos en el mundo que puedan tratarnos.

Elisenda se levantó, se arregló el vestido, se puso bien las bragas y guardó el sujetador en el bolso. Se quitó momentáneamente las manoletinas para terminar de quitarse las destrozadas medias, las tiró en el contenedor y comenzó a andar. El mellizo la observaba cuando esta le dijo sin girarse:

—Guárdate la polla anda, y sígueme.

Minutos después llegaron al bloque de pisos en el que vivía. Subieron hasta su apartamento sin hablarse, solo mirándose. Al entrar Elisenda le dio las gracias a una chica y unos billetes, diciéndole:

—Gracias por todo Judith, ya estoy aquí. Perdona que me haya retrasado tanto.

—Hasta mañana, señorita Maliol —dijo ella, despidiéndose.

Avanzaron por el recibidor hasta llegar al salón, dónde les recibió un cariñoso muchachito que, sin pensárselo, se lanzó a las piernas de la madre abrazándolas.

—¡¡Mami!!

La melliza miró a su hermano y le dijo:

—Se llama Oriol. Oriol Arnau Maliol i Maliol. 

Él le miró desconcertado…

—Te reto a que seas padre.

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