MARYCRUZ HERNÁNDEZ

Mi más reciente decepción amorosa me dejó una serie de secuelas bastante interesantes y variadas.

La más importante, supongo, debido al impacto emocional y (sobre todo) económico, fue la imperiosa necesidad de asistir a terapia, cada semana, religiosamente, incluso desde algún tiempo antes de que la relación llegara formalmente a su fin.

La segunda en importancia (que espera poder ser contrarrestada eventualmente con ayuda de la primera), es el temor a relacionarme con alguien, más allá de un lazo amistoso. De hecho, incluso la amistad es para mí una forma de afecto que de pronto siento escapárseme de las manos, así que recurro a breves apagones emocionales, aislándome por algunos días, y regalándole a los demás una permanencia exitosamente intermitente que ninguno de ellos parece notar como tal.

La tercera, divertida y posiblemente desapercibida para muchos, es un amplio catálogo de expresiones verbales y faciales que le pertenecían exclusivamente a él, pero ahora son parte de mí también.

La cuarta, fue la absurda idea de tener mis propias flores. Absurda, porque hasta hace poco me consideraba una especie de anticristo de las plantas, y particularmente de las flores. Años atrás, solía echar a perder incluso cactus; sin importar los cuidados y atenciones que tuviera, cada una de las plantas que pretendía cuidar, terminaban marchitas e irrecuperables. A pesar de esto, un par de meses después de la que califico como la peor ruptura de mi vida, me aventuré a visitar un local de plantas, en mi afán por encontrar un pasatiempo que me permitiera recobrar un poco la cordura y olvidar lo acontecido.

Mi planta elegida la encontré arrumbada en un rincón, reseca y con escasas florecitas azules que luchaban visiblemente por su vida. Sentí empática pena por ella, y la compré por un precio ridículo y ante la mirada condescendiente del vendedor.

“Va a necesitar mucho cuidado”, amenazó amigablemente, antes de decirme el nombre: “Nomeolvides”. Le compré tierra, una macetita color terracota, la saqué de su dañada bolsa negra, retiré las hojas y ramas muertas, y la regué con todo el cariño del que fui capaz en ese momento de (todavía) fresco dolor.

Mi plantita sufrió bastante. Por varias semanas, consideré la posibilidad de que ella absorbía un poco de aquello que me aquejaba, pues durante el tiempo en que logré sentirme mejor respecto al final de mi relación, surgieron algunas tímidas florecitas
más, que estuvieron a punto de morir, justamente durante las semanas en que volví a caer en episodios depresivos. Una plaga llenó sus hojas durante los días en que luché enardecidamente contra mis ganas de llamarle a él; las pocas flores que tenía adquirieron fuerza en los días en que comencé a ocuparme exclusivamente de mí misma, y ese pequeño manojo de ramas sin chiste se llenó de color y belleza cuando, por fin, decidí que ya era suficiente tiempo de duelo, y que debía seguir avante.

Hoy, superada esa pérdida que me dejó hecha añicos, mi planta sigue sorprendiéndome con florecillas nuevas, con colores más vivos, y con la magnificencia de su nombre: “No me olvides”.

Y no, supongo que nunca lo haré…

https://cronicasdemad.wordpress.com/

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